María Vázquez
“Este oficio te da esa visión de niño, de descubrir cosas por primera vez”
Aunque se formó como actriz teatral, ‘Al salir de clase’ la puso ante las cámaras con 18 años. El rodaje de ‘Mataharis’ cambiaría su forma de ver la vida y la profesión. Hoy pretende trabajar con quien la quiera bien y que la experiencia prevalezca sobre el resultado. No ha tenido golpes de suerte: solo esfuerzo y más esfuerzo. Pero ahora está saboreando un momento dulce
ANDREA G. BERMEJO
FOTOS: CRIS ANDINA
María Vázquez (Vigo, 1979) consigue que las entrevistas no lo parezcan. Después de estar una hora escuchando su voz dulce en respuestas sentidas, pensadas, cargadas de honestidad, una tiene la ilusión de que ha quedado con una vieja amiga para ponerse al día. Al llegar el momento de despedirse, solo quieres que le vaya bien. Que siga siendo tan fiel a sí misma y mantenga esa inteligencia suya de poner la vida por delante de todo lo demás. El año 2023 y el comienzo de 2024 los vivió cargados de emocionantes películas: Matria (Álvaro Gago) o Los pequeños amores (Celia Rico). La actriz, que empezó ante las cámaras hace casi 25 años gracias a Al salir de clase, tiene ahora pendientes de estreno el largometraje Nosotros (Helena Taberna) y la serie de Netflix El jardinero. Además, pronto podremos verla sobre el escenario junto a Nathalie Poza en Un tranvía llamado deseo, con dirección de David Serrano.
- Lleva ya 25 años en esta profesión. ¿En sus inicios pensaba que tendría una carrera como la que ha trazado?
- No me lo he planteado mucho. Procuro vivir sin muchas expectativas, aunque es inevitable hacerte algunas, pero dicha actitud me ha salvado. Afrontar el momento sin pensar más allá.
- ¿Cómo nació su vocación?
- Siempre estuvo ahí presente, aunque no fuese muy consciente. Yo quería ser bailarina, y raíz de eso empecé a estudiar interpretación. Era lo que me gustaba. Pero, si echo la vista atrás, desde pequeña hacía teatro en casa, montaba shows con mis hermanas en las fiestas, me disfrazaba, imitaba a actrices, repetía escenas de películas…
- ¿Qué películas eran esas?
- Por ejemplo, Mujeres al borde de un ataque de nervios. La veía con mi hermana muchísimas veces y nos sabíamos diálogos de memoria. Y veía mucho cine popular con mi abuela: Manolo Escobar, Sara Montiel… Me sabía todas las canciones. Soy fan de Sara Montiel porque me crie con ella.
- Después de todo este tiempo, ¿mantiene aún esa aproximación lúdica a la actuación?
- Hubo un tiempo en que la perdí un poco. Inevitablemente, cuando me empecé a formar: por miedo a hacerlo mal, a no gustarle a los directores… Pero desde que tuve hijos, algo que me cambió mucho, disfruto de mi trabajo. Llego a un plató y para mí es un juego. Es un juego en serio, pero sí mantengo esa parte lúdica de darlo todo, de crear buen ambiente de trabajo. Creo que es muy importante. Durante años se llevaba eso de que “la fama cuesta”, con ambientes que no ayudaban a ser creativo. Para mí, ahora lo primordial es que la experiencia vital esté por encima del trabajo. Ignoro si será mejor o peor, pero para la mente es muchísimo mejor y yo vivo más feliz.
- Ha mencionado su formación, que fue en el Estudio Corazza. ¿Qué recuerda de aquella etapa?
- Fue una época bonita. Los alumnos hicimos mucha piña. Muchos veníamos de pueblos y aprendimos juntos a crecer en la gran ciudad. Le estoy agradecida a Corazza por la enseñanza de amor a las personas y porque ahí conocí a mi pareja, a Víctor. A veces le digo en broma a Juan Carlos: “Si mis hijos son actores, me haces descuento”. Sigo muy vinculada al Estudio. Intento ir allí a reciclarme cuando puedo. La escuela ha crecido mucho y ha cambiado para bien.
- ¿En este oficio nunca se deja de aprender?
- Nunca dejas de reciclarte. Cuando puedo, hago un curso en Madrid. Otras veces vienen maestros a Galicia. También me trabajo mucho en lo personal, que me parece importantísimo para esta profesión. Hablo de estar en equilibrio con uno mismo. En la vida del actor se desata la neurosis: si trabajas, porque trabajas; si no trabajas, porque no trabajas… Hay que tenerla un poquito a raya.
- Así que no queda otra que formarse.
- Yo no conozco otra manera para dedicarse a esto. Algunos dicen que la actuación les sale de forma innata. Pues qué suerte, ¿no? A mí no me pasa. Necesito anclarme a cosas, poder ampliar mis herramientas. Cada personaje requiere recursos diferentes. Yo nunca me enfrento al trabajo de la misma manera. A veces es algo más externo; a veces me apoyo más en lo físico, en dominar el cuerpo, la voz… Y cuanto más trabajas, más fuerzas la voz, de ahí la conveniencia de formación para relajarla. Lo mismo ocurre con el cuerpo, sometido a tensiones, a miedos nuevos… Debo trabajar esas cosas. Y a veces tengo poco tiempo para hacerlo. Soy muy autoexigente. Tengo que darme un poco de cariño, relajarme y decir: “Llegué hasta aquí, no pasa nada. Está bien así”.
- ¿Cuánto se aprende de los compañeros?
- Muchísimo. De todos. De los actores y de los técnicos, de los directores y de las directoras. Tienen sus propios universos y te abren a otras maneras de trabajar y de vivir. Me gusta mucho la formación que tengo, pero soy muy libre para aprender cosas de mis compañeros, para dejarme sorprender por cosas que nunca he probado y acaban funcionando. Esta profesión es maravillosa porque aprendes sin fin. Te da esa visión de niño, de descubrir cosas por primera vez. Eso engancha mucho. Los actores podemos aprender los unos de los otros si no estamos amarrados al ego y no tenemos miedo. A veces es solamente miedo al fracaso. Y tampoco pasa tanto si fracasas. Todos lo hacemos en algún momento.
- ¿Ha aprendido de algún fracaso concreto en su carrera?
- He aprendido cómo no quiero trabajar. Lo tengo clarísimo. Ahora mi máxima es ir a trabajar con quien te quiera bien. Eso me parece primordial.
- ¿De qué colega de oficio ha extraído una enseñanza inolvidable?
- Yo trabajaría infinidad de veces con Luis Tosar. La primera vez que coincidimos él ya era muy top, había estado en Estados Unidos. Pero es muy humilde, muy generoso en el trabajo, cercano, tranquilizador… Compartía sus inseguridades conmigo. Y eso me encantó, ya que es muy difícil en esta profesión. La gente quiere parecer más segura de lo que es por miedo a que se le señale. Luis iba siempre con la verdad por delante. Esa enseñanza me pareció muy bonita.
- ¿Se acuerda de su primer casting?
- Fue para Al salir de clase. Tuve suerte porque me eligieron. Salí llorando, con el típico drama de que lo había hecho fatal. Mis hermanas se enfadaban conmigo porque salía de los exámenes diciendo que iba a suspender y luego sacaba buena nota. En los castings todavía me pasa lo mismo: cuando salgo descontenta, me escogen.
- ¿Le gustan las pruebas?
- No. ¿A quién le pueden gustar? [risas]. Creo que en un casting no se ve lo que un actor puede dar. Quieren ver al personaje, pero los personajes se construyen trabajándolos. Y tengo muy en cuenta que no todos encajamos en todos los perfiles, ¿eh? Las pruebas deberían ser lugares más de igual a igual, donde se trabajase más el cuidado, donde no hubiera una autoridad marcadísima. Parece que todo funciona en una dirección. Y lo cierto es que los actores también tenemos que hacer nuestro casting para saber si podremos entendernos con la persona con la que vamos a trabajar. Habría que buscar otra manera.
- Háblenos de Al salir de clase.
- Aunque solo salí en seis capítulos, a mis 18 añitos me hizo mucha ilusión. Era lo primero que hacía. Estaba convencida de que el audiovisual no era para mí. Venía de la escuela de teatro y no tenía mucha idea del lenguaje, de la cámara… Me ponía nerviosa. También sentía que aquello me quitaba libertad, puesto que en el teatro me movía a mis anchas. Aún me sigue pasando un poco. Disfruto más en películas con mayor libertad de movimiento, en las que la cámara te sigue, en las que no todo es tan técnico, tan estético.
- ¿Cuál de sus películas le hizo cambiar su percepción del audiovisual?
- Creo que Mataharis. Y mira que ya llevaba un tiempo en esto. Icíar [Bollaín] había sido actriz, y con ella descubrí otra manera de trabajar delante de la cámara. Nos daba más libertad. Y ese es el tipo de cine que a mí me gusta: social, realista, en el que la cámara te sigue y hay espacio para la improvisación, en el que trabajas con actores y actrices no profesionales… Eso me divierte, me pone las pilas.
- ¿Qué supuso Mataharis en su andadura profesional? Porque a nivel personal significó mucho.
- Me dio confianza como actriz, aunque después hiciera un parón. Quizás esa pausa fue por eso, porque ya me podía atrever, porque estaba más confiada en que volvería a actuar aunque parase.
- Ese largometraje habla de la conciliación, de la vida que se anhela. ¿Fueron esos temas los que le hicieron reflexionar y darse ese descanso?
- Creo que sí. Llevo muchos años pensando que yo entraba y salía fácilmente de los personajes. Al final me he dado cuenta de que las pelis que me han marcado más y en las que he trabajado con más profundidad me han absorbido un poco. Han pasado por mí y se han quedado. Mataharis me tocó mucho por el tema de la conciliación. Hizo que me planteara que hay otras formas de trabajo distintas. Me hizo resetear, pensar qué hacer con mi vida, contemplar la idea de tener una familia. Cada cierto tiempo reseteo. Me pasó cuando mis niños eran pequeños: quise estar activa solo en Galicia. Más tarde volví a ampliar miras. Recuerdo que la gente me decía: “Te estás cerrando puertas”. Pues depende de cómo lo mires; puede ser que estés abriendo otras. Compañeras mías no han formado familias y no han tenido vida más allá del trabajo. Y no porque haya sido una decisión convencida, sino porque su carrera las ha llevado un poco a ese punto. Me da pena.
- La cinta Los pequeños amores encaja en ese cine realista del que habla.
- Es minuciosa, pero la disfruté mucho. Estuve largo tiempo ensayando con Celia [Rico Clavellino] y ya tenía muy claro lo que ella quería, su imaginario, su universo… La parte más técnica de la película me ayudó, ya que mi personaje estaba bastante paralizado. Mi Teresa atravesaba un momento de la vida en el que tenía menos energía que yo, era más mental, menos extrovertida. Por eso fue un regalo perder un poco de esa libertad.
- ¿Con Los pequeños amores y Matria ha tenido la sensación de haber regresado por todo lo alto al cine?
- Sí, estoy contentísima. Aunque me da un poco de vértigo. Me pregunto: “¿Ahora qué?”. Y pienso: “Hay que seguir trabajando y ya está”.
- En Matria preparó su personaje muy en profundidad. ¿Le gusta esa parte del proceso?
- Diría que lo que más me gusta es ensayar. Pruebo cosas y me convierto otra vez en una niña. Después de los ensayos ya me presiono y aumenta mi temor. En Matria, Álvaro [Gago] me dio mucho la mano y no tuve miedo. Fue un antes y un después en ese sentido.
- ¿Cómo describiría su trayectoria hasta este momento?
- Como una carrera de fondo. Como la de una atleta. Vista desde fuera, puede que se perciba que todo ha sido progresivo y que nunca he parado o he parado poco. O que, cuando he parado, ha sido más o menos porque he querido. Pero siempre ha sido pico y pala. Una carrera de fondo y con esfuerzo. No siento que haya tenido golpes de suerte. Cuando los he tenido, ha sido porque ha habido mucho trabajo detrás. Me ha tocado así.




