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28-05-2026

 

Mariano Barroso

 

“Estoy obsesionado últimamente con la búsqueda de los orígenes”

 

Lleva más de media vida trabajando. Director, productor, profesor, gestor… Acumula tres premios Goya y muchas vivencias en medio planeta. Mariano Barroso nos regala un generoso ramillete de reflexiones antes de ‘El niño’, su esperado nuevo largometraje

 

 

JAVIER OLIVARES LEÓN

Reportaje gráfico: Enrique Cidoncha

Conversamos con él justo cuando acaba de regresar de Montevideo, donde lleva algunos años perfilando un proyecto. Tiene amigos a ambos lados del Río de la Plata, por lo que en esos ocho días de asados se ha hablado mucho de cine, también en Buenos Aires. Mariano Barroso, de 66 años, ha hecho para nosotros un pequeño paréntesis en la postproducción de El niño, un drama a partir de la traumática explosión de Ortuella (Vizcaya) que segó en 1980 la vida de 53 personas, 49 de ellas de cinco y seis años. “Hemos rodado entre Vizcaya y Madrid, y ha sido una experiencia inolvidable”, comenta Barroso, catalán en Madrid. “Con Belén Cuesta, Karra Elejalde, Pep Ambròs, Raquel Ferry, Joan Solé y unos cuantos actores más, fantásticos”. Se estrena en unos meses. Pero da tiempo a hablar del resto de su trayectoria (tres Goya incluidos), mientras tanto.


- ¿Cómo vive el duermevela hasta el estreno de una película?
- Esta es la fase que más me permite disfrutar, sin la presión del rodaje. Estoy en plena postproducción de color y sonido, mezclas y demás. Arreglamos muchas cosas en montaje. Aunque hace tiempo que aprendí a no arrepentirme de nada de lo hecho en las fases previas, sí arreglas. Cambias incluso diálogos en doblaje.


- ¿Pero no es usted de versión original?

- Sí, por supuesto. Como espectador, me encanta. Pero las posibilidades que tiene el doblaje o el ADR [reemplazo automatizado de diálogos, por sus iniciales en inglés] permite al propio actor corregir su interpretación. Me parece que sí se mejoran muchas cosas. Los buenos actores lo saben.


- Hay dos hitos de gestión en su carrera: la presidencia de la Academia y la dirección de contenidos de películas en Netflix. ¿Cómo le han cambiado la vida ambas cosas?

- Bueno, me han cambiado bastante la percepción de la profesión, del oficio, de la industria… Me han permitido verlo todo desde otros sitios y eso cambia mucho la perspectiva. Fíjate, es como cuando descubrí el teatro.


- ¿En qué sentido?

- A mí, de niño, me encantaba el teatro en el colegio. Era un teatro… de colegio, te puedes imaginar. Un nivel muy básico, pero con esa pasión y esa inocencia de aquellos años. Mi hermano Benjamín hacía de actor. Un día subí al escenario y descubrí todo desde atrás, descubrí nada menos que la tramoya. Aluciné. Y ahí fue cuando dije: “Joder, aquí se puede uno inventar la vida”. Algo así es lo que me han permitido tanto la presidencia de Academia como la responsabilidad de Netflix. Ver que las cosas del cine son muy diferentes en función del punto de vista y la responsabilidad que tomes.


- Y seguro que, en algún momento, renegó de ambas.

- A ver, todo es complejo, somos una industria y un gremio complicado. Prefiero nunca enfocarme en lo negativo, ya hay suficiente en la vida. Prefiero todo lo contrario: descubrir el entusiasmo cada día en el sueño y en el privilegio que supone dedicarse a esto y poder vivir de ello. Cuando me propusieron y me insistieron en que me presentara, primero de vicepresidente con la gran Yvonne Blake, y luego durante mis cuatro años como presidente, siempre tuve la sensación de que era una manera de devolverle al cine todo lo que me ha dado.


- ¿Y qué es lo que le ha dado?

- Una cierta identidad, un mundo profesional. Y también un universo creativo y artístico del que formar parte, al que pertenecer, en el que explorar. El hecho de trabajar y desarrollar proyectos en la profesión y ayudar a convertir aquello en un lugar físico, incluso espiritual. Un lugar en el que compartir aquello que te gustaría que se hubiera compartido contigo y que te ha inspirado. Los proyectos que hacíamos o que pusimos en marcha son eso para mi. Y el resultado que veo es muy positivo. Un orgullo.


- ¿Se presentaría otra vez?

- A veces me lo dejan caer compañeros y amigos. Y nunca lo descarto, porque tengo muy buen recuerdo, con sus momentos, claro. Uno de ellos fue la pandemia, que generó un estado de emergencia, como en todas partes. Pero tengo un recuerdo muy bueno. Trabajé con gente maravillosa, que ahí sigue. Chusa, Mónica, Juan y los demás. Un lujo, un equipo fantástico.

 

 

- ¿Le salen a uno contactos como a Florentino en el palco de Madrid? ¿Superproducciones, por ejemplo?

- No, la verdad que no conocí a nadie que no conociera ya antes. Esa era una de las cosas que, por una parte, me hacían sentirme cómodo. Pero, por otra, me impedían parar, estaba todo el rato encontrándome con gente conocida. A veces era como un estreno permanente. A otro nivel, hay mucha relación con el mundo político, claro, con las leyes, los Goya, los actos, las publicaciones, los proyectos que hacíamos o las ayudas que pedíamos. Pero contactos como los que cuentan  que hay en el palco del Bernabéu, no hay [risas].


- ¿Recibió presiones para las nominaciones a los Goya o los Óscar?

- Bueno, eso funciona de una manera totalmente limpia. La notaria es la única que sabe lo que hay, hasta el momento en el que se lee. Y por muchas presiones que haya, no... Quizá, alguna vez, hubo gente muy equivocada que creía que podía influir, pero más a nivel de promocionar las películas dentro de la academia. Recuerdo que mucho antes de mi etapa se tuvieron que prohibir los regalos que alguien mandaba para promocionar la película. Un año regalaron a todos los académicos una paellera. Se trataba de un documental valenciano…, que ganó el Goya.


- ¿Y merecía la pena?

- No recuerdo, pero ganó. Independientemente de la paella, espero. Me contaron que la Academia se llenó de paelleras. Y luego se prohibieron los regalos, no sé si a raíz de aquello, claro, porque era demencial. Había entonces menos de 1.500 académicos (1.500 paelleras) y luego subimos a unos 2.500. Ahora seremos 3.000. Entonces había menos socios. Entró muchísima gente del nuevo cine. Se rompió aquella tendencia que supuestamente había que preservar: que no pudiera entrar cualquiera. Y fuera de la Academia había mucha gente que quería formar parte de aquello. Abrimos la Academia, no había nada que ocultar y, todo lo contrario, mucho que compartir.


- Lo de la extensión de gala sigue siendo un reto anual.

- Bueno, esta última duró veintitantos minutos menos. Un año medimos el tiempo: desde que se dice el nombre del ganador de todas las categorías hasta que llegan al escenario sumaban 25 minutos de paseíllo. Casi un minuto por premiado, y hay 29 premios. Es imposible mantener un ritmo de espectáculo cuando surgen, además, cosas inesperadas. Pero hicimos alguna gala que estuvo bien. Recuerdo con cariño la que hicimos Antonio Banderas [2021], en un momento muy difícil, y resultó muy fluida. Como se hacía online, no había paseíllo y se acortó mucho. Íbamos al grano.

 

- El buen puesto en Netflix sí le habrá ensanchado la agenda.

- Cuando me propusieron entrar en Netflix, ya había hecho una serie con ellos [Criminal]. Y dos con Movistar, una con Amazon… La irrupción de las plataformas se podía ver de muchas formas. Una, desde el punto de vista creativo. Otra, con la nostalgia de las salas de siempre, donde todos nos hemos criado e iniciado, de donde venimos. Si algo nos ha marcado a la mayoría de la gente que nos dedicamos al cine, ha sido la carencia, la falta de trabajo, los problemas de empleo que ha habido y hay. Sería absurdo negar que la llegada de las plataformas fue un revulsivo para todo el mundo y que se está haciendo más ficción que nunca. No solo en España, sino en todas partes.


- O sea, incluso los giros y las rupturas tienen su parte positiva.

- Así lo creo, sin duda. También como espectadores. Siempre he pensado en esa persona de una aldea de Pontevedra o de Almería que quería ver una película y no podía. De repente, con la irrupción de las plataformas, la podía ver el mismo día que se estrenaba en Nueva York, en París o en Los Ángeles. A veces la gente del cine pecamos de elitista, parece que hablamos siempre desde Madrid o desde Barcelona… Lugares en los que hay salas para ver películas en condiciones óptimas, como en la sala de la Academia, que tiene una proyección impecable. Pero esa no es la realidad para la inmensa mayoría de la gente que quiere ver cine. El mundo no acaba en la Plaza de España de Madrid ni en la Diagonal de Barcelona.


- ¿Esa deriva es universal?

- No tanto, en mi opinión. Fíjate, voy dos veces al año a dar clases en la escuela de cine de Praga, una ciudad en la que hay pasión por el cine. No sé si tiene que ver con el carácter local, con el frío o con una tradición potente. Están llenas las salas, siempre. Hay fiebre por ir al cine, pero ha habido un cambio en la forma de ver cine, no vamos a negarlo. Por otra parte, muchos de los directores o directoras, desde Pilar Miró hasta Mario Camus o José Luis Cuerda, venían de la televisión. Por no hablar también de ingleses como Ken Loach, o norteamericanos como Robert Altman. Contamos películas, contamos historias o sensaciones, en distintas ventanas o formatos.


- ¿Cómo ha cambiado su relación con los productores desde 1993, cuando Fernando Colomo le echó una mano con Mi hermano del alma, hasta hoy, que usted es también productor?

- A Colomo siempre se lo digo cuando le veo: “Nunca saldaré la deuda que tengo contigo”. Hay deudas que no se pueden saldar. La que tengo con Fernando es una de ellas. No era fácil en aquella época que alguien creyera en un novel. Primero me dio la oportunidad de dirigir capítulos de Las chicas de hoy en día cuando las series tenían un 100 por cien de audiencia. Y luego, Mi hermano del alma. Después trabajé con distintos productores que me ayudaron a hacer las películas. Y la cosa ha ido cambiando con los tiempos, pero no ha sido fácil levantar películas en este país para nadie. Solo se ha logrado a base de mucha fuerza, persistencia, determinación... cuando no podías vivir si no haces la película. Creo que ahora es diferente.


- ¿Gracias a la diversidad de canales?

- Hay más posibilidades. Leí que se han hecho 350 largometrajes en 2025, una cifra increíble. En mis años de la Academia estaban en torno a 180 o 200. Y, por otra parte, cada vez hay menos salas. Imagino que muchas de ellas serán para plataformas o para distribución pequeña.

 



 

- Más allá de la técnica y lo digital, ¿qué queda de series como Las chicas de hoy en día, con Carmen Conesa y Diana Peñalver?

Las chicas de hoy en día era una comedia a partir de situaciones cotidianas en las que se tocaban tímidamente temas como tolerancia o inclusión. Antes y ahora hay canales para series más y menos profundas. La sociedad no busca profundidad en general, eso es obvio, pero sí hay suficiente gente que lo busca y lo espera. A mí me parece que la gente que antes iba al cine –eso que llamaban el público adulto, el cine para adultos– era muy numerosa. Hubo una época en la que películas que estaban hechas para esa audiencia, títulos como Azul o El piano, fueron grandes éxitos de taquilla, con un público muy numeroso. Eso ha cambiado.


- ¿Ese público se trasladó a las plataformas o se ha perdido el interés?

Esas películas perdieron su público en las salas hace años. Luego empezó HBO con sus producciones de los años noventa, Los Soprano, The wire, Dos metros bajo tierra… Todas esas series que se hacían eran para ese público, que creo que se había quedado en casa porque se había quedado sin películas en las salas. Y viceversa. Entonces todos nos hicimos aficionados a ese tipo de series y producciones. Ese público es el que luego ha seguido viendo series y películas en las plataformas. Y a ese público se le ha unido también, y con diferentes tipos de producciones, otro mucho más numeroso que antes llenaba las salas. El de las películas más comerciales, que también están ahora en las plataformas.


- La media de 40 y tantos sigue inalterable.

- Los que ven los bombazos de la taquilla, las películas de superhéroes, tienen la edad de siempre, gente muy joven. Piensa que de las 300 películas españolas apenas pasan de cinco las que tienen público masivo. Estamos hablando de cifras muy pequeñas. Cada vez se hacen menos películas para un público que ya no existe en las salas. ¿Somos capaces de atraer a ese público? Es un círculo difícil de romper. Me encanta ir al cine y ver una película buena, esa sensación de reconectar con lo que era el cine cuando empezamos a ir, cuando era el plan del viernes y el sábado.


- La inolvidable sesión doble.

- Eso es. El Cinestudio Griffith, la Filmoteca, el Bellas Artes, el Amaya, el Infantas, el Palace… Había 20 salas en Madrid para ver Truffaut, Bergman, Fellini, Godard. Un tipo de cine que estaba mucho tiempo en cartelera, porque no había la presión ni el ritmo de producción tan bestial que hay ahora. Una película de Bergman aguantaba dos meses o tres en la sala. Impensable ahora.


- Y, de pronto, Torrente, presidente.¿Por qué cree que gusta ese personaje?

- A la gente le encanta. Santiago Segura siempre ha reivindicado el cine popular y sabe conectar con el público. Torrente es lo que quiere ver mucha gente. ¿A qué apela o deja de apelar? Mejor dejarlo para los críticos o para los historiadores de cine. Me cuesta analizar ese fenómeno. A Segura le salen así las cosas y él tiene una capacidad para conectar con el público impresionante.


- ¿Tenía su Nacho (Eduard Fernández), de Todas las mujeres [2013], cosas de Torrente?

- Bueno, era un depravado moral, pero un humano entrañable, sí, en ese sentido sí. Y él estaba convencido de que era un tipo íntegro. Eso sí que lo tenía en común con Torrente, pero no hicimos su taquilla. En eso no se parecía [risas].

 

 

- Al menos en número de participaciones, Eduard es su actor fetiche.

- Los buenos actores y actrices son en general mis fetiches. Aunque no haya trabajado con ellos. Son la red sobre la que me dejo caer y la inspiración de mi trabajo. Mis héroes y mis heroínas. Mis dioses y diosas. Junto con los guionistas. Y que no se ofendan los de foto, arte, sonido… gente brillante, por supuesto. Pero los actores son de otro planeta. Asumen unos riesgos que los demás no asumimos. Y sí, con Eduard, además de Todas las mujeres, hemos hecho Hormigas en la boca, Los lobos de Washington... Y el documental El oficio de actor, con Javier Bardem y Luis Tosar. Trabajos bonitos, que disfrutamos y con los que aprendí mucho.


- ¿Qué garantiza trabajar con Eduard?

- Hace tiempo que no coincidimos, la vida te lleva por distintos caminos. Pero la primera vez que le vi en el teatro, me impactó. Yo le veía trabajar y me creía todo lo que hacía. Cuando veo a un actor, me lo creo y me emociona, me digo: “Quiero trabajar con él”. Siempre me ha gustado trabajar con actores con los que aprendo, o que me sorprenden y me abren puertas. Eso me pasó con Eduard. Las buenas actrices y los buenos actores te dan tanto y se la juegan tanto en la cuerda floja… Una película son los actores y el guion. Y luego estamos los demás. Un guion y unos actores con técnica, preparación, implicación… eso no hay quien lo pare. Hay muchos casos de grandes guiones lastrados por malas interpretaciones.


- ¿Ha sufrido usted ese lastre?

- A veces ves que igual te has equivocado, que no has dado con un actor o una actriz. He hecho muchos talleres en esta casa, en AISGE, y siempre digo a los actores: “El trabajo del guion ya lo ha hecho alguien y ya ha cobrado por ello. Ahora lo que hay que hacer es el trabajo que hay del guion hacia arriba”. Los buenos actores trabajan del guion hacia arriba. Hay otros que lamentablemente trabajan del guion hacia abajo, y muchos que se quedan en el guion, sin aportar... Pero cuando tienes delante una actriz que trabaja del guion hacia arriba, no solo te quita la responsabilidad y el trabajo de la parte que le toca. También te inspira y te abre caminos para el resto de los personajes y para las relaciones que tiene con los otros.


- ¿Da manga ancha a los actores en el proceso de creación?

- En general confío, pero yo dejo ver si me convencen o yo les convenzo de lo que planteamos. Hay actores que superan lo que tú te has planteado muchas veces. Otras veces se contradice con lo que tú quieres, pero siempre me gusta probar las propuestas. A veces se hace difícil, porque no todos los actores son conscientes de las presiones que vives como director, en cuanto al tiempo de rodaje y el trabajo que te queda por hacer, algo que debes tener en mente. A veces no hay tanto tiempo para probar como quisieras o como a ellos les gustaría. Entonces tienes que ser un poco más drástico, pero lo bueno es colaborar con ellos. Eso lo aprendí muy jovencito. Tratar de imponerle algo a un actor o a un director de arte, a un director de foto… se te vuelve en contra inmediatamente.


- ¿Quién es la gemela de Eduard Fernández en sus repartos?

- Me parece una actriz excepcional Nora Navas, con la que he trabajado. Una de ellas. La admiro mucho, aparte de que es buena amiga. Otra actriz con la que no veo el momento de volver a trabajar y que me flipa completamente es Carmen Machi. Es una barbaridad, una superdotada. Es Carmen Machine. Tengo la suerte de haber trabajado con actrices muy buenas, como Nathalie Poza o Emma Suárez, con la que me encantaría volver a hacerlo. O Leonor Watling, una actriz inglesa en el sentido de la precisión y de la contención, y segoviana por cercanía… Trabajar con Belén Cuesta, en El niño, ha sido muy enriquecedorTenemos grandísimas actrices.


- En El niño se ha reencontrado con Leyre Berrocal, que hizo Éxtasis.

- Y hace un papel muy bonito. Hemos trabajado muy a gusto. Adoro y admiro a Leyre.


- Hablando de Éxtasis, vaya pulso interpretativo el de Luppi y Bardem.

- Recuerdo que a Luppi le mirábamos todos como si fuera Gregory Peck. Y yo se lo decía. “No digas boludeces”, contestaba. Pero todos, Javier [Bardem], Dani [Guzmán], Leire y yo íbamos a escuchar, en las comidas, a ver qué decía Luppi. Era muy humilde, nos venía a decir que no había tantos secretos, se trataba de conectar con uno mismo. Y también decía que la edad aporta mucho. Que la carga emocional que ya tienes por la pura presencia y por la serenidad biológica ya te da el 50% de la interpretación. Pero más que un duelo era una lección magistral.

 

 

- ¿Esperaba que Javier llegara tan lejos?

- Qué te voy a decir de Javier Bardem. Cuando le conocí tenía ya parte de todo lo que ha visto todo el mundo. El talento, la fuerza, la capacidad de trabajo, la pasión y la entrega. Pero tenía una cosa que lo hacía diferente de todos: una chispa, una caldera de vapor que bullía dentro de él y le hacía estar a pleno rendimiento todo el rato, con una intuición muy bestia y mucha fuerza e implicación.


- ¿Cómo se manifiesta eso?

- En un nivel de implicación brutal, que es lo admirable. Porque nunca es excesiva la implicación del actor. Lo vivía a cien. Como espectador, uno se identifica con el personaje tanto como el actor se implique en él. La identificación del espectador depende de la implicación del actor. Javier es el amo en eso, el rey. Todo lo vivía a cien. Y además, elegía muy bien los proyectos, y creo que lo sigue haciendo, solo cuando sentía que podía estar ahí con toda su energía. En el rodaje de Éxtasis se lesionó. El papel exigía dar un golpe en una caja registradora con una barra de hierro, y teníamos preparada una de goma, de efectos. Pero se empeñaba en usar la barra de verdad, y le rebotó. Se rompió el tendón de un dedo. Hubo que parar el rodaje.


- De todos los años y metraje de su trayectoria, ¿qué es lo primero que rescata?

- Pues hablando de Javier Bardem, siempre me viene una anécdota de Los lobos de Washington, que hicimos los dos como coproductores ejecutivos. Recuerdo que funcionaba todo bien en el rodaje. Le dije a Javier un día: “Joder, va todo de maravilla”. Y le salió del alma: “Pues fíjate, justo eso es lo que me preocupa, Mariano”. Me dejó pensando… Como yo, Javier tenía la sensación de que, si todo iba bien, fallaba algo. Y, aunque no hay parto sin dolor, creo que no falló nada. Me llamó la atención y lo recuerdo ahora. Por supuesto, no ganamos dinero: cuando fuimos a pedir la liquidación, el productor dijo que le debíamos pasta.


- ¿Y enseñanzas o experiencias?

- Cosas que vas deduciendo a lo largo de los años. Estoy en un momento en el que quiero disfrutar del rodaje, trabajar con gente que me aporte y quiera trabajar conmigo, que nos inspiremos mutuamente, me haga sentir bien. Gente deseando explorar, arriesgar, jugársela. Así aprendo yo.


- Una cosa llevará a la otra.

- Yo creo que el buen actor es alguien que conecta creativamente con los demás, porque hay muchos riesgos en la actuación. Saben bien los buenos actores, y los directores también, que un riesgo es que el actor se quede trabajando solo, que no interactúe con los compañeros. Si no existe esa conexión no vas a disfrutar, y va a ser difícil que el trabajo salga, que aprendas y disfrutes. Acabo de trabajar con Karra Elejalde, y haría cien películas con él. Haría cien películas con Carmen Machi, y otras cien con Nora Navas. O Antonio de la Torre, genial. Son actores a los que te quedas mirando como te quedabas viendo películas con 17 años. No puedes dejar de mirarlos, como a Javier Bardem, por supuesto. Podría seguir citando a más, pero siempre omites a alguien… Hay grandísimos actores y actrices en nuestro país. Hay para hacer muy buenos repartos en las películas.

 



 

- ¿Y detrás de las cámaras, quién le ha llenado?

- Bueno, he nombrado a Colomo, fundamental en mi carrera, porque cuando uno está empezando es fácil tirar la toalla y difícil que aparezca alguien que te ofrezca la mano. No sé si se valora lo suficiente. Hay otra gente con la que he trabajado, como un músico excepcional, Bingen Mendizábal. Directores de arte como Llorenç Miquel o Juan Pedro de Gaspar, operadores de cámara que te ayudan y te resuelven situaciones complicadísimas y ademas les coges cariño y se convierten en amigos, como Albert Carreras…


- Rodó en Estados Unidos En el tiempo de las mariposas con Salma Hayek, Marc Anthony…

- Sí, y recuerdo también a Demián Bichir, que hacía de marido de Salma, un actor mexicano excepcional. A Lumi Cavazos, Pilar Padilla, Mia Maestro…


- Por allí estaba también Edward J. Olmos, el teniente Castillo de Corrupción en Miami. El primer día de aquel rodaje, ¿cuál era su sensación? ¿Percibía que estaba en Hollywood?

- Sí, sí, estaba en Hollywood. Pero todas esas cosas las ves después. En el momento que pasan va todo muy deprisa.


- ¿Marc Anthony hablaba español?

Sí, claro, y es tartamudo. Solo deja de tartamudear cuando canta. Él me explicó que tiene problemas de dicción. Había hecho un papel en Al límite, de Martin Scorsese, donde Nicolas Cage era un conductor de ambulancias. Anthony encarnaba a un yonqui que iba a urgencias y tenía un texto larguísimo, un pequeño monólogo. Le pregunté: “Pero, ¿cómo hacías con Scorsese para decir el texto?”. Y me contó que, cuando se atascaba mucho, Scorsese le decía: “Piensa en el color azul”. Y así consiguió hablar seguido.


- ¿Para desviar la concentración?

- Entiendo que sí, para dejar de estar preocupado con el texto. “Piensa en algo que no sea el texto porque, si no, pensarás que te vas a atascar”. Y claro… te atascas.


- ¿En América va todo a otro ritmo?

Sin duda. De repente, te llaman, vas a una reunión en la Metro Goldwyn Mayer, rodeado de productores. “Que empezamos ya”. Lectura. Viene Salma Hayek, firma otro actor… No tienes tiempo de nada.


- ¿La duración del rodaje es similar?

- Aquella era una película muy cara, pero solo seis o siete semanas, porque lo comprimen todo mucho. Con dos unidades o tres, eso sí, pero en días, todo comprimido. Vas viviendo en presente. La actividad es tan intensa y tan extrema que no hay tiempo de reposarlo. Cuando tienes un rato te vas a dormir porque es lo que necesitas.


- ¿Y Salma Hayek? ¿Es muy diva?

- Bueno, ella es encantadora y se maneja muy bien en ese universo de Hollywood. Lo sabe muy bien y lo dice, además. Sabe que allí el lenguaje es el poder y es el miedo. Ahora ha cambiado mucho Hollywood, está un poco de capa caída. Un ejemplo es la estupidez que dijo Timothée Chalamet: que el ballet y la ópera no le interesan a nadie, que hay que mantener esas artes por decreto. Y se le han echado encima, porque además creo que viene de una familia de bailarines. Y él mismo se dio cuenta de la estupidez que había dicho y sigue pidiendo disculpas por ahí. Le costó el Oscar.

 

 

- ¿Quién o qué le inspira a usted?

- A nivel inspiración, trabajo mucho con Alejandro Hernández, guionista: admiro su manera de escribir y su soltura. Me marcó García Márquez, con el que estuve en el Instituto Sundance, y a quien luego le ayudé en sus clases. Y me marcó decisivamente William Layton, de quien fui ayudante cuando dirigió El largo viaje hacia la noche. Un proceso larguísimo, un máster para mí, cuando lo hicimos en el Teatro Español. Luego también estuve mucho tiempo ayudándole a dar clases. La práctica de la enseñanza hace que desarrolles una capacidad para la puesta en escena y te abre a aprender de personas talentosas que han sido alumnos en tus talleres. Me vienen a la memoria muchos, como Ernesto Alterio, Alberto San Juan, Nathalie Poza, Manuel Martín Cuenca, Alejandro Hernández. Debería poner sus nombres en mi currículo [risas].


- ¿Coincide mucho con ellos?

- Me encuentro con mucha gente de la que he aprendido mucho. A base de hacer tres o cuatro escenas diarias. Recuerdo que, cuando vinieron las series y las plataformas, en la primera que hice, El día de mañana, tenía cierta soltura para resolver puestas en escena al ritmo que imponía el rodaje, un ritmo fuerte. Había estado muchos años dando clases. Mis hijos eran pequeños, había muy poca producción, costaba mucho levantar una película. Y en las clases y los talleres… había tenido que resolver puestas en escena a toda velocidad sobre la marcha. Aprendí cierta soltura ahí.


- ¿Cómo ve el nivel de la interpretación en España?

- Extraordinario. No solo en Madrid y Barcelona, por supuesto. He conocido fantásticos actores vascos, andaluces, gallegos… Gente muy potente que te daba mucho. Curiosamente, aprendía casi más por ahí, fuera de Madrid, donde está todo más mediatizado. En Madrid es donde está la producción y, claro, estamos todos más pendientes de otras cosas, del curro, de los proyectos, del teléfono… Ser actor profesional en Euskadi, en Galicia, en Andalucía, buscarte la vida implica un plus de dedicación y de entrega, de pasión. Encuentras gente con una fuerza y una dedicación que te quedas alucinado. Qué manera de trabajar. Hablo de todos estos, muy conocidos, pero puedo hablar de gente cercana a la que admiro, como Joaquín Notario, un actor excepcional, o de Dani Chamorro, que ha hecho una película como protagonista, La boda. O gente menos conocida, de teatro, cine o de televisión, pero que son actorazos.


- Tuvo en Kasbah acento argentino, con Ernesto Alterio y Natalia Verbeke.

- También hice un corto con Héctor Alterio y estuve con Federico Luppi. Ahora que he estado en Buenos Aires lo hablaba con amigos. Cuando empezábamos, los actores argentinos estaban al nivel de esos norteamericanos que nos han inspirado siempre. Y de los ingleses, con escuelas distintas, pero con algo muy parecido a los norteamericanos. Tienen algo muy creíble: mucha pasión, mucha técnica. Han trabajado mucho y tienen una preparación continua desde hace muchos años. Están entrenadísimos. Son actores que llegan a la primera lectura con todo hecho, a los que es difícil darle notas. Me ha pasado también con los norteamericanos, que ya tienen claro lo que deben hacer. A los argentinos puedes darles pequeñas indicaciones, pero tienen una tradición teatral brutal, de décadas. Y esa musicalidad del acento argentino, esa energía se adapta muy bien al cine. Lo capta muy bien la cámara.


- ¿Hay ahí cierta conexión italiana?

- Un poco, sí. Son parientes de Marcello Mastroianni, de Vittorio Gassman, de Alberto Sordi, tienen esa socarronería. Viene de la personalidad, son hijos de todos estos italianos y de los españoles.


- A Juan Diego Botto no le ha dado un papel grande, solo secundarios.

- Con Juan hicimos Lucrecia, y en Éxtasis tiene una aparición muy breve. Otro actorazo con el que me encantaría trabajar, que está estupendo últimamente.


- En su catálogo ha tratado crímenes de odio [Lucrecia], inclusión [Todas las mujeres], drogas, aunque sea de forma tangencial [Éxtasis]. ¿Qué tema le apetece?

- Estoy obsesionado últimamente con la búsqueda de los orígenes. ¿A dónde pertenecemos? Me ocupa mucho saber dónde y cómo nos posicionamos a nivel individual. Todos somos ecologistas, feministas, etcétera. Pero lo somos a nivel general, como un cliché. Los pequeños detalles son los que nos definen. Y esos no los cuidamos, esa es mi sensación. ¿Hasta dónde es uno consecuente en su vida diaria? Conozco a mucha gente supuestamente de izquierdas que tiene un comportamiento de derechas en su día a día. A veces la ideología sirve para disfrazar inclinaciones. ¿Qué es ser solidario, más allá de lo que todos sabemos, más allá de la definición cliché? ¿Qué significa ser comprometido hoy, en un mundo de ficciones y de crueldad, de mentiras organizadas desde el poder? Ahí estoy, preguntándome esas cosas. ¿Cuáles son nuestras pequeñas y grandes traiciones de cada día?


- ¿Hemos dado la espalda a nuestros orígenes?

Creo que sí. El otro día leía que, en los años 60, el 70 por ciento de la población española era rural. Siete de cada diez personas tenemos abuelos o padres del pueblo, pero todos estamos ahora en la ciudad. Vamos al pueblo de vacaciones, un hecho que no deja de ser una extensión de la vida urbana. Aquí es donde está el trabajo, cierto. Pero ¿qué tal si intentamos ser consecuentes? ¿Dónde está esa pureza? Es decir, más allá del ismo o de la militancia en algo, ¿dónde está la implicación personal? Conozco mucha gente que hace más por transformar el mundo siendo un profesor anónimo en su colegio, en su instituto, en su granja, en un hospital, que como líder de un grupo político.


- Es cierto, hay profesiones literalmente vitales para el pulso de la humanidad.

El otro día le preguntaba a una buena amiga, ginecóloga, cuántas vidas ha salvado a lo largo de su profesión. Goyi Alonso, se llama. Le dije: “Habrás salvado a más de 30…”. Me quedé muy corto: “Al menos 20 al año”, dijo. Bebés y madres. Ha atendido partos toda la vida, en emergencias, imagínate. “O sea, más de 200, 300 vidas, fácilmente”, calculé. Se emocionó: “Nunca lo había pensado así”. Para estas personas no hay Premios Goya. Gente como ella son los verdaderos patriotas, auténticos revolucionarios, gente que trabaja de forma casi anónima y en silencio, paga sus impuestos y mueve el país. Me gusta mucho esa gente, quiero hacer películas sobre ellos.


- Qué sabios son los amigos de cabecera para ayudarnos a ver.

- Fundamentales, sobre todo cuando pertenecen a otro ámbito. Recuerdo un día, rodando la serie Criminal. Estaba con Carmen Machi, Eduard Fernández, Emma Suárez. Hubo alguna movida típica del rodaje, y yo estaba cabreado. Había venido un amigo de toda la vida a verme, y yo estaba obcecado con el problema, no recuerdo de qué trataba. Pero me encontraba fatal. De repente, me cogió mi amigo y me dijo: “Mariano, vamos a ver: ¿Tú qué querías hace 25 años?”. Y yo, que siempre lo tuve claro, se lo dije “Yo quería rodar con un horario fijo, en un plató y con actores a los que yo admirara. Con medios suficientes para no tener que mendigar por hacer una película”. Y él me dijo: “Pues mira alrededor”. Y efectivamente, estaba en un plató del copón, en Netflix, con los mejores actores de este país. Tenía todo lo que necesitaba. “¿De qué te quejas?”, me dijo mi amigo. Nos acostumbramos a cualquier rutina en cuestión de minutos. Y olvidamos el privilegio de vivir de nuestro sueño. El trabajo y la responsabilidad es recordarlo cada día. Valorarlo. Por nosotros y por quienes no pueden hacerlo.

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