Mariona Terés
“A veces no soy consciente de lo graciosa que soy”
Llegó a la profesión tras cumplir los 30, cuando empezaba a pensar que vivir de la interpretación resultaba imposible. ‘Paquita Salas’ le abrió las puertas de una industria en la que después ha seguido creciendo. Ahora protagoniza ‘Barrio Esperanza’ y se sube a las tablas con ‘Las que gritan’. Así sostiene una vocación que, incluso en los parones, es su mayor certeza
PEDRO DEL CORRAL
FOTOS: ENRIQUE CIDONCHA
Que su calma no les despiste. Mariona Terés tiene pólvora. De la buena. De la que no estalla para llamar la atención, sino para remover algo por dentro. Aparece y, casi sin levantar la voz, la escena cambia de temperatura. Tiene una comicidad propia. Adictiva. Como si siempre estuviera a punto de soltar una verdad envuelta en carcajadas. Lo demostró en Paquita Salas, una serie en la que convirtió por primera vez lo pequeño en memorable. Ante la duda de si veremos más desternillantes episodios, ella responde: “Es la pregunta del siglo. Sería un sueño, pero Los Javis están en otra liga. Ojalá regrese”. Desde aquel debut no ha dejado de dar vida a mujeres que llevan alguna grieta bajo el jersey.
Ha pasado por Veneno, Supernormal, Las de la última fila, Entrevías o Mariliendre. Nada mal para alguien que camina sin prisa y con paciencia. “Disfruto de cada guion como si fuera el último”, subraya. Esta actriz catalana avanza con una mirada que entiende el humor como refugio. Después de un crecimiento exponencial encabeza en TVE Barrio Esperanza, donde encarna a una maestra salpicada de fantasmas. Y también la vemos en el madrileño Teatro Maravillas con Las que gritan, junto a Soledad Mallol, Rocío Marín y Laia Alemany. No para quieta. Su propósito es estar siempre cerca. Del personaje. Del público. De la verdad. Da igual que esta venga entre risas.
– Empezó a actuar delante de las cámaras con 30 años. ¿No lo tenía claro?
– Me parecía imposible ejercer esta profesión. No me salía nada, y eso que tenía representante y un videobook maravilloso. Solo había hecho algo de teatro amateur. Hasta que llegó Paquita Salas y se alinearon los astros.
– ¿Este oficio era su meta desde la infancia?
– Tengo vocación desde que nací. En el colegio, con muy poquitos años, me encantaba exponerme en las funciones de fin de curso. ¿Qué pasaba? Que no tenía referentes. Recuerdo que en el cine de mi pueblo solo ponían películas americanas, así que no me planteé en ningún momento dedicarme a esto. A los 17 conocí a dos chicos que estudiaban interpretación. Me quedé en shock. Aunque me puse a investigar, no me animé a lanzarme a la piscina hasta el año siguiente. Me apunté a un curso de iniciación. A partir de aquello, fui tirando del hilo.
– ¿Era buena estudiante?
– En el colegio, no. Siempre me ha costado concentrarme. Pero cuando pongo el foco en una cosa, nadie me saca de ahí, soy bastante rápida. Eso fue lo que me pasó con la actuación. Leíamos teatro, desglosábamos textos. Para mí era un juego. De hecho, un profesor me dijo: “Eres muy buena. Elige ser actriz”. Tenía miedo y él me animó. Empecé a moverme. Si miro hacia atrás, siento orgullo de mí misma.
– ¿Qué series le gustaban?
– Era muy fan de Compañeros, Al salir de clase, Un paso adelante… Me quedaba embobada viéndolas. Y por aquella época se estrenó Hola, ¿estás sola?, la película de Silke y Candela Peña. Me fliparon. Quería ser como ellas.
– ¿Se presentó a muchas pruebas hasta conseguir su primer papel?
– No, apenas me salían. Paquita Salas fue lo primero. Coincidí con [Javier] Ambrossi en un seminario y [Javier] Calvo ya me conocía por el microteatro. Fueron ellos dos los que me lo ofrecieron directamente. Gracias al furor que causó en la industria tras estrenarse, comenzaron a llegarme oportunidades.
– Tuvo que ser una grabación divertidísima.
– Sin duda. Lo pasamos genial. Lo primero que grabamos fue la escena del teatro. Como las horas pasaban volando, de pronto nos avisaron de que nos quedábamos sin tiempo. Me puse muy nerviosa. Ana Rujas me tranquilizó y finalmente sacamos aquello adelante.
– ¿Qué siente al ver de nuevo esa serie tiempo después?
– Me remueve. Era un personaje que, salvando las distancias, tenía mucho de mí: estaba en una escuela de teatro y, harta, se rebelaba contra todo. Esa era mi vida. Aquel monólogo suyo fue una liberación para mí. También me sirvió para quitarme un prejuicio enorme: hubo un tiempo en el que pensaba que la gente no me quería ver por mi cuerpo. Tenía grandes inseguridades. Por ello, cada vez que me pongo Paquita Salas me siento más contenta aún. Debuté cagándome en todo. Fue un gran comienzo. El texto estaba tan bien escrito que solo podía funcionar. Los Javis supieron leer mi esencia como nadie.
– ¿Cree que el físico todavía condiciona algunos papeles?
– A todos nos los dan según nos imaginen en ellos o no. Al final somos clichés. Los directores tienen que estar dispuestos a ver otros cuerpos no normativos. ¿He sufrido? Te mentiría si dijera que no. Hay personajes que no me ofrecen pese a poder hacerlos perfectamente.
– ¿La situación ha cambiado?
– Sí. Hace años que no hago una prueba que dependa de mi cuerpo. Hemos mejorado.
– Los Javis volvieron a llamarla para Veneno y La Mesías. ¿Qué es lo que más le impresiona de su universo?
– Tienen una sensibilidad preciosa para contar historias. Además, tratan a su equipo entre algodones. Ojalá trabaje con ellos en el futuro, sería la ilusión de mi vida.
– En Veneno puso cara a la excéntrica y alternativa Amparo. Una auténtica joya de personaje.
– Me contaron que habían pensado en mí al escribirlo. Sin embargo, al ser una producción más top, a diferencia de Paquita Salas, requería casting. No hubo problema. Ellos me acompañaron. Me ayudaron a relajarme. Muy pocas veces me he sentido tan cuidada. Amparo era la amiga ideal. Yo adoraba su forma de ser. Y me encantaba su apariencia: me veía guapísima de gótica y con el pelo naranja. ¿Debería volverme emo?
– ¿Son estrictos Los Javis?
– Los dos son actores. Por eso saben cómo llegar a ti. Y les encanta jugar. Sacan tu mejor versión sin que te des cuenta. Son magos.
– ¿Soñó alguna vez con ser otro tipo de actriz?
– Aún tengo carrera por delante. Cuando estudias interpretación te planteas adónde podrías llegar. Y desde esa inocencia aspiras a ser una figura prestigiosa que hace películas con mensaje social y está nominada a los Goya año tras año. Nunca se sabe qué pasará.
– ¿Se arrepiente de alguna de sus decisiones?
– Sí. No he podido elegir los proyectos que he ido haciendo, he aceptado todo lo que me ha llegado.
– Pasó por Acacias 38. ¿Recomendaría una serie diaria para aprender?
– Fueron 25 capítulos, lo que se tradujo en cuatro días de grabación. ¿Por qué tan pocos? Porque mis intervenciones eran cortitas. Estos formatos son un gran gimnasio para los actores. Van tan deprisa que no te queda otra que adaptarte.
– Otros títulos de su currículum son Por H o por B, Cuerpo de élite, Sabuesos, Cuéntame cómo pasó…
– Jamás he sentido que haya sido demasiado trabajo. Ocurre que a veces se emiten muy próximos en el tiempo y parece que estoy en todo. Pero nunca he tenido gran abundancia. De hecho, compaginaba esas producciones audiovisuales con el teatro. Si no hubiera surgido la oportunidad de actuar en la obra La madre que me parió, habría tenido que buscarme un trabajo extra. Es complicado mantenerse con papeles episódicos.
– ¿En qué se fija cuando afronta esos retos efímeros?
– Mi prioridad es hacer lo que la dirección ha pautado. Confío en su criterio. Cuando ya sé lo que esperan de mí, analizo el código en el que actúan mis compañeros. Ellos acaban siendo la clave para no pasarte ni quedarte corto.
– ¿Qué le da la comedia?
– Principalmente, trabajo. La tengo tan integrada en mí que a veces no soy consciente de lo graciosa que soy. Me sale natural. Y eso suelen valorarlo. Me gustaría hacer un personaje histriónico. Para ello necesito que un director confíe.
– ¿Hay algún instante que usted viviese como un punto de inflexión en su carrera?
– Esa serie de Daniel Sánchez Arévalo fue una revelación por el particular ángulo desde el que abordaba el cáncer. ¿Qué le pareció el guion cuando lo recibió?
– Muy auténtico. Reflejaba bien lo que es la vida: hay momentos en los que la mierda te cae encima y, en cuestión de minutos, estás riéndote con tus amigas. Esa dicotomía es muy representativa. Cuando me tocaban escenas de drama me preparaba desde el día anterior. Necesitaba meterme en la trama progresivamente, no podía estar entretenida con otras cosas.
– Barrio Esperanza le ha brindado su primer rol protagonista. ¿En qué medida es importante este salto para una actriz?
– No sentí esa responsabilidad hasta días antes del estreno. Si los espectadores no empatizaban conmigo, nos íbamos a la mierda. Y empecé a preguntarme muchas cosas. Está siendo un viaje maravilloso. Sobre todo, por el mensaje. No sé si lograremos que se revalorice la educación pública, aunque tal vez ayudemos a replantear las múltiples carencias que existen. La serie ya está abriendo ciertos debates.
– ¿Se le ha ido la cabeza por culpa de la fama?
– De momento, no. Y no creo que me pase a estas alturas. Acabo de cumplir 41. Vengo de la calle. Tengo los pies en la tierra. Si la popularidad me hubiera pillado con 18, sí se me habría ido la cabeza.
– Ha encarnado a mujeres muy diversas. ¿Disfruta descubriendo mundos tan distintos al suyo?
– Cuanto más diferentes son los personajes, más me gustan. A todos les he dado mi toque personal. Afortunadamente, siempre me reconozco en ellos.
– Isabel Coixet la dirigió en Proyecto tiempo. Debió chocarle a usted esa llamada.
– Totalmente. Eran cortos publicitarios que, si los veías del tirón, formaban una película. Isabel fue muy maja, me transmitió seguridad.
– ¿Encuentra diferencias entre la Mariona de aquel Proyecto tiempo y la del largometraje Norberta, siete años después?
– Son personas muy distintas. En la primera película estaba tan nerviosa que incluso me trababa. Y en la segunda me sentía realizada. Me moría de la ilusión siempre que me tocaba rodaje con las señoras mayores. Carmen Balagué y Adelfa Calvo me dieron clases magistrales. Además, me veo tremenda. Muy ibérica.
– ¿Qué le gustaría hacer en cine?
– Algo social, pero también terror. Me encantaría trabajar con directores noveles.
– Está en el Maravillas con Las que gritan. ¿Se vive bien haciendo teatro en España?
– Da para mantenerse. Ahora me da un sueldo que me permite sobrevivir sin gastarme los ahorros. Personalmente, me fascina. Es gratificante hacer comedia en directo. La gente sale contenta tras haberse evadido de sus problemas durante unas horas. Cada vez que escucho risas me vengo arriba.
– Cuando las cosas van mal, ¿qué la ata a esta profesión?
– Tengo una vocación descomunal. Nada me llena tanto. Por eso trabajo la confianza durante los parones. Soy una privilegiada por poder vivir de este oficio.




