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11-03-2026


#MiVidaEnPelículas

 

Marta Etura

“Si tuviera que resumir mi carrera en una palabra, sería gratitud”

 

La actriz vasca repasa una carrera luminosa en la que espera “el papel definitivo”, hace balance de tantos amigos y coincidencias felices, aplaude las obras que “plantean preguntas y tratan al espectador como adulto” e insinúa un próximo salto a la dirección



EVA CRUZ (texto y fotos)

'Empatía' y 'regalo' fueron las dos palabras que más repitió Marta Etura (sonrisa luminosa, cuerpo menudo, elegantísima silueta) durante su conversación con la periodista Andrea G. Bermejo en Mi vida en películas, ciclo que se encarga de organizar el Ámbito Cultural de El Corte Ingles con el respaldo de la Fundación AISGECinemanía. Dijo que la empatía es la clave de su trabajo como actriz, un oficio que quiso ejercer ya desde muy pequeña, pero que aprendería a desempeñar con el paso de los años. Marta va desgranando su carrera (los muchos "regalos" de su vida) con casi idénticas dosis de fortaleza y suavidad, y con esa emoción que a veces le asoma a los ojos. Una rara alquimia que espectadores (y directores) han visto en ella desde sus primeros papeles.


   Y también en los últimos. Tras unos años de menor actividad, vuelve a los cines con Calle Málaga, la película donde comparte cartel con Carmen Maura bajo la dirección de Maryam Touzami. A ella le toca un rol muy difícil de por sí, más complicado aún por ser secundario. Y es que dispone de menos secuencias en las que mostrar quién es su personaje. "A los actores nos apura un papel pequeñito. Pero la preparación sigue siendo la misma: intentar comprender por qué alguien actúa como actúa. Mi personaje de Calle Málaga era feísimo en ese sentido. Eso pensé al leerlo. Luego hice mi trabajo y surgió lo hermoso del cine: empatizar, comprender. Ahí está la magia. Nuestro trabajo genera mucha empatía, lo cual me encanta", reconocía la actriz donostiarra.


   Eso tan "feo" que hace su alter ego en el filme es el desalojo de su madre. La echa de su propia casa en Tánger, vivienda que es todo su mundo. ¡Y encima esa progenitora es Carmen Maura! Según Etura, su personaje siente que "no tiene otra salida. Todos hemos pasado por ciertas situaciones en las que no creíamos que saldríamos adelante. En esta historia yo estoy instalada en el 'yo necesito, yo necesito' y no veo a mi madre. Hay una falta de comunicación. Al final la escucha de verdad y establece una conexión consigo misma. Eso hace que salga de esa rueda de supervivencia. Se produce un cambio". Ella recorre un arco bonito pese a que el papel es pequeño. Y lo mejor de todo es que le ha dado la oportunidad de trabajar con Maryam Touzami, lo cual considera "un lujo" por la "sensibilidad exquisita" que posee la cineasta: "Ahora, por fin, hay una mirada femenina que nos faltaba. La sociedad, de la que formamos parte hombres y mujeres, se contaba desde una sola perspectiva. La diversidad es riqueza".


   Otro aliciente de Calle Málaga ha sido observar de cerca la "picardía" y el "poderío" que tanto caracterizan a la gran Carmen Maura, una de las actrices que ocupan su altar desde que en la infancia se escapaba todos los viernes al cine con su amiga Miriam. Maura carga a sus 80 años con el protagonismo de una historia que habla sobre el amor y la sexualidad de una mujer de su misma edad. Opina Etura que "ha sido un error garrafal dar la espalda a las personas mayores en esta sociedad hiperproductiva, en la que no vales si no produces, en la que hemos renunciado a la contemplación. Nunca vamos a dejar de amar y desear. Son impulsos vitales de los humanos. Parece mentira que haya tabúes en el siglo XXI, y el sexo a los 80 continúa siéndolo". 


   La valentía de Maura no solo radica en enfrentarse a ese tema, sino en aceptar a su edad la dedicación absoluta que exige un protagonista. Las jornadas  se prolongaban hasta 12 horas. No obstante, bastaba con que le pusieran la cámara delante para que se produjese su estallido de energía. 


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   Nuestra artista donostiarra era una niña cinéfila en una casa de cinéfilos y en una ciudad que se volcaba todos los años en su festival de cine. Se fijaba en las actrices (“no había tantas: Carmen Maura, Victoria Abril, Charo López, Penélope Cruz”) y vio a Victoria Abril en la proyección de Nadie hablará de nosotras cuando hayamos muerto (Agustín Díaz Yanes, 1995) desde su palco. Recuerda cómo aquella estrella se levantó en los calurosos aplausos. Ella, todavía una niña, pensó: “Ojalá en el futuro yo me sienta así de orgullosa”.


   “Los actores dependemos mucho de los papeles”, reflexiona ahora. Y aquel personaje para Abril en ese momento supuso la perfección. A pesar del éxito sostenido a lo largo de la extensa carrera de Etura, sus cuatro nominaciones al Goya y la estatuilla en 2009 por Celda 211, no pestañea cuando asegura: “No creo que haya llegado aún para mí ese momento de orgullo total”.


Frases para entender la vida

Podría decirse que su carrera empezó al montarse en un autobús con 18 años y marcharse a Madrid para estudiar en la escuela de Cristina Rota (“mi maestra”). Estaba siguiendo la estela de Penélope Cruz (“quería irme a esa escuela desde los 14, pero debí esperar más por mis padres. Recuerdo que me dijeron: ‘No, tú termina COU y ya vemos”). Contó en Mi vida en películas que a su llegada no se enteraba de nada (“yo era una persona sin hacer, introvertida”), aunque muchas de las frases que Rota le decía las ha ido entendiendo de mayor, con el trabajo. Y han acabado siendo importantes tanto para la actuación como para la vida.


   De aquellas frases destaca esta: “No ves al otro”. Ella pensaba: "¿Que no lo veo? ¡Si lo tengo delante!". Se trataba de una lección sobre la empatía que ahora ya comprende y que resulta básica en su manera de estar en el mundo como persona y como actriz. Otra de esas frases era: “Lleva la dificultad a tu lugar". O lo que es lo mismo, que la usara a su favor.


   Se acuerda de que la escuela fue un lugar en el que desestructurar lo que aprendió en el colegio, toda esa dinámica de pupitre y lápiz. En una clase les pidieron que fuesen perros, y se dio cuenta de que cada perro tiene su fisicidad diferente, de la misma manera que ocurre con los personajes, pues cada uno tiene su propio cuerpo y su propia energía. Siente por Cristina Rota (y por sus hijos, Juan Diego Botto, María Botto y Nur Al Levi) inmensa gratitud: “Crecí con ellos. Me regalaron mis primeras obras de teatro”. A Despertares y celebraciones le siguió después su Ofelia en el Hamlet que Botto dirigió para el Centro Dramático Nacional en 2008.



   Durante el repaso a su andadura se detiene particularmente en Sin vergüenza (2001), el “regalo” que le concedió Joaquín Oristrell tras una visita a la escuela. “A él le apasionó nuestra energía y el deseo voraz que todos teníamos de actuar”, rememora. Aquel filme le permitió conocer a dos personas importantes. Una de ellas fue Verónica Forqué. “Qué generosidad la suya. Era mi primera peli y yo tenía muchos nervios, inexperiencia...”. Al recordarla, vuelve a la empatía: “Ella habló. Nosotros no fuimos capaces de escucharla”. Otro compañero inolvidable de aquella aventura fue el cantante Dani Martín. Ahora sigue siendo su gran amigo. “Conocer a alguien que quiere jugar dentro y fuera del rodaje no siempre pasa. Pero cuando sucede es mágico”. Dani y ella competían en todo, e incluso organizaron carreras de coches. “Le adoro hasta hoy”, remata.

 

“Trabajar y tener suerte”

Quien la vio en Sin vergüenza fue José Coronado. Este la propuso para La vida de nadie (Eduard Cortés, 2002), que luego propiciaría su nominación al Goya como actriz revelación. “En esta profesión hay que trabajar", reflexiona, "pero también hace falta que tengas algunos golpes de suerte”. Su tercera cinta fue La vida que te espera (Manuel Gutiérrez Aragón, 2004), donde conoció a Juan Diego. Este encarnaba a su padre, un hombre autoritario. Relata que el primer día ella le saludó así: “Hola, padre”. Y él le respondió: “Hola, hija”. También Juan Diego quería jugar. “Con actores como ellos solo hay que escucharlos, verlos, dejarte llevar. Es tanto lo que te dan...”.


   La conversación se detuvo en Las 13 rosas (Emilio Martínez-Lázaro, 2007). La entrevistada tomó aire. “Cuando te cuentan una historia, tienes una experiencia vivencial, no racional. El cine, al igual que la literatura, tiene el poder de transportarte y hacerte vivir las peripecias de los personajes: su dolor, su alegría. Eso nos hace crecer como humanos". Se le llenaron los ojos de lágrimas en plena entrevista, mientras evocaba el rodaje del día del fusilamiento de esas niñas. “Esto pasa en el mundo”, explicó con perplejidad, asombro, espanto. Las emociones recorrían su rostro, como ocurre con sus personajes en la gran pantalla. 


   Pronto estrenará un largometraje que filmó en verano de 2025 y que desea compartir ya con el público. Se trata de Los relatos, donde la dirige Miguel del Arco junto a su querido Juan Diego Botto de coprotagonista. “Plantea preguntas sin dar respuestas. Trata al espectador como a un adulto”, detalló. Esta virtud la detecta también en Los domingos, de Alauda Ruiz de Azúa, que es su cinta favorita en este momento.


   La propuesta de Del Arco “plantea cosas difíciles y luego pregunta: ‘Señores, ¿qué hacemos?”. Etura aboga, como siempre, “por no juzgar, sino entender. También es fantástico no compartir, pero escuchemos con el corazón”.


   Los relatos presenta a un asesino que retorna al pueblo donde ocurrieron los hechos tras cumplir condena. Allí rehace su vida, tiene nueva pareja (el rol de Etura). Sin embargo, esta necesita saber que se ha arrepentido de verdad. La historia sugiere que las víctimas no son solo los muertos. “Cuando se produce un acto violento es como una bomba atómica. Todos son víctimas”, sentenció la entrevistada ante el público.



   A la hora de elegir un papel tiene en cuenta, sobre todo, qué películas le gustaría ver como espectadora o qué película le va a aportar conocimiento. No obstante, admite que “a veces tiene que pensar en pagar el alquiler”. Y viene al caso aquella frase de Fernando Fernán Gómez: “Una para ellos, una para mí”. Pese a sus dos décadas largas de trayectoria y las nominaciones y premios, no siempre prosperan los proyectos que anhela. Por ejemplo, el largometraje que trama con ella Daniel Sánchez Arévalo, quien le regaló uno de sus papeles más emblemáticos en Azuloscurocasinegro (2006). Ese trabajo marcó a toda una generación. Al final se han tenido que conformar con rodar un corto. 


   También la propia Marta puso a dirigir en tiempos de pandemia. En 2023 llegaba su primer corto, Lucía, cuyo tema era la falta de escucha. Y ello deriva en falta de empatía, uno de los temas fundamentales que habitan su cabeza. Y ojo a lo que deslizó al finalizar la charla: “Me gustó mucho colocarme en el lugar de directora, pero hasta ahí puedo leer”. En el momento en que tenga clara la historia y cómo contarla con suavidad, fortaleza y emoción, no cabe duda de que regresará otra vez al terreno de la dirección. Y nos tocará sentir gratitud a nosotros.

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