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07-01-2021


Marta Fernández-Muro

 

“Me gusta ver que mi trabajo no ha envejecido, que no me he acartonado”


 

La interpretación fue la respuesta de una llamada tardía. Artista de culto y aprendiz al mismo tiempo. El cine, siempre lúdico y mejor entre amigos



FRANCISCO PASTOR

FOTOS: ENRIQUE CIDONCHA

Marta Fernández-Muro lamenta, en algún comentario de pasada, no haber trabajado más. Aunque haya participado en unos 30 largometrajes, y con directores como Luis García Berlanga, José Luis Garci o Fernando Colomo. Pedro Almodóvar la reclamó en Laberinto de pasiones (1982) y La ley del deseo (1987). Más adelante dejó su impronta en series como Colegio mayorPeriodistasSeis hermanas o Amar en tiempos revueltos. Y algún papel protagonista en teatro, como ocurrió en La carcajada salvaje o La secretaria. Ella misma trabajó de oficinista antes de arrojarse a la actuación, ya que tardó un poco en empezar en el oficio: ocurrió a los 27 años, de los 70 que ya cuenta.


   Pero Fernández-Muro tuvo otra vocación tardía, que le llegó aproximadamente una década atrás: la de narrar. Y acaba de publicar su tercer libro, La cabeza a pájaros (Niños Gratis, 2020). “Para escribir no hace falta ni dinero ni producción. Soy dueña de todo. Se nota que soy actriz también al redactar, porque elijo un lenguaje visual y mediante acciones. No me gusta que la gente se enrolle”, cuenta. Con todo, sentada en una cafetería del madrileño barrio de las Letras, junto a la casa donde nació y creció, ella habla sin ningún problema, largo y tendido, también de lo personal.


   Es de esa casa, de alguna forma, de lo que trata este libro. Y de su familia, y de las primeras veces. Uno de sus grandes estrenos ocurrió en Arrebato, que dirigió su amigo Iván Zulueta, estrenada en 1979. Allí trabajó con Eusebio Poncela y coincidió con Cecilia Roth. La cinta se rodó sin apenas presupuesto, pero a menudo se la considera la mejor película del cine español. Así figura en las críticas que se escriben sobre ella periódicamente. Hace solo unas semanas se proyectó en la Filmoteca. Y con lleno, al menos el que permite la pandemia, en el patio de butacas.

 

 ¿De dónde viene la fascinación por Arrebato?

— En esa película hay una voluntad de éxtasis, de fuga, de recuperar la infancia perdida. Sin tiempo y sin espacio. Y habla de las dependencias: más allá de las drogas, que aparecen en la cinta, las personas dependemos las unas de las otras. Cuando actué en ella no pensé que fuera a dedicarme a esto. Para mí todo tenía un aspecto lúdico en aquella época. Venía de bañarme desnuda en Formentera. ¡Y luego mis padres me preguntaban en casa por qué no llevaba la marca del bañador! Pero no se lo tomaban mal. Yo era hippie y carecía de pliegues y de retorcimientos. Solo quería reírme. Ahora también, aunque ya no me río ni la mitad. Dicen que con la vejez llega la mejor parte de la vida, pero me parece una tontería. La juventud es mucho mejor



— ¿Es cierto que pasó por el calabozo?

— Tres días, nada menos, por una bellota de hachís. Estábamos en el cine California con una sesión fuera de horario en la que, entre amigos, proyectábamos cortometrajes en la pantalla grande. Ocurrió a mediados de los setenta. Llegaron los grises con las metralletas. “¡Que nadie tire nada al suelo!”, gritaron. Pero, claro, el que tenía el hachís lo arrojó. Fuimos todos a la comisaría, a la Puerta del Sol, cagados de miedo.

 

— ¿Alguna vez dejó de ser el cine algo entre amigos?

— Fíjese: algo así me preguntó Garci cuando me escogió para Volver a empezar [1982]. Me llamó un día a su despacho y me preguntó si quería ser una actriz de verdad o si me iba a quedar siempre con los míos. Pero yo creo que entendí el oficio muy rápido, y muy bien, entre allegados. Aprendí a actuar con todo el cuerpo, no solo con la cabeza. Dejo que la voz sea el resultado de todo lo demás. Estoy abierta y disponible, aquí y ahora, para el otro. Trato de hacer las cosas de verdad, que sucedan en el momento. Es curioso: cuando impartí clases de Arte Dramático, ya de mayor, me costaba enseñar a los alumnos estos mimbres tan sencillos. Incluso me llevaba mal con los directores de las escuelas, que quizá buscaran a alguien más peliculero.


— Acaba de actuar en la serie La reina del pueblo, acompañada de un reparto jovencísimo. 

— Y reconozco que al principio no entendía el código de los más noveles. ¡Tantas vueltas al vestuario, a que les retoquen el maquillaje durante horas! Anda que le iba a decir yo a nadie, en mis tiempos, que me repasara el colorete. No, no. Yo llegaba, me ponía donde me decían y ya está. Siento que aquello que me pasaba a mí, que hacía esto para disfrutarlo, a ellos no les ocurre. Pero no tardamos tanto en entendernos. Y luego nos llevamos bien. Me gusta ver que mi trabajo no ha envejecido, que no me he acartonado.

 

— ¿Diría que llegó a La comunidad, hace 20 años, en calidad de actriz de culto?

—Sí, desde luego. No habré cometido grandes maldades, porque noto que se me quiere en el oficio. Nunca he ido de diva: intento ser puntual, simpática, procuro llegar con los textos aprendidos. Con Álex de la Iglesia me tocó el papel de la fea, pero estaba contentísima. Cuanto más asquerosa me ponían, mejor. Era una película coral, como las de Berlanga. Era muy importante que se reconociera enseguida a cada personaje.



— Pese a todas estas vivencias, en su libro muestra a una Marta indecisa, que aún no sabe qué hará con su vida.

— Antes de actuar había trabajado en París para aprender francés. Luego me fui a Londres, allí estaba cuando se murió Franco. Aprendí estenotipia, una técnica para escribir a máquina muy rápido, pero apenas aguanté cuatro lecciones. No me fijaba en nada hasta que conocí el oficio de actriz. Trabajando de secretaria me aburría muchísimo, pero no podía vivir del aire. Y no contemplaba, de ningún modo, casarme

 

 ¿Le parecía machista aquello del matrimonio?

— ¡Qué va! Por entonces yo ni sabía lo que era el machismo, pero me provocaba tristeza eso de vivir con un señor ¡para siempre! Y esperar al lado de una cuna a que él llegara del trabajo. Me gustaban el amor y los chicos, pero para las aventuras, no en lo doméstico. Habría dado una muy mala casada y me habría divorciado enseguida. Hay días en los que recuerdo dos grandes amores en mi vida. A ratos, tres. Pero del tercero, ahora mismo, no me acuerdo [risas].

 

— Lo cuenta como si todo eso quedara atrás.

— Para ese lío ya no estoy. Y la pandemia me ha encogido mucho, la verdad. ¡Tantas horas encerrada! Ha sido una de las épocas en las que sí me he sentido bastante sola. Y una parte de mí sigue atascada ahí. La pandemia pasará y creo que seguiré quedándome en casa. Voy al teatro y al cine porque mis amigos me piden que vea sus trabajos. Pero ya no voy de compras, ¡con lo que me gustaba! Apenas salgo a la calle. No sé de dónde me vendrán los amores. Como no sea del desagüe…

 

— Ahí están las aplicaciones móviles.

— No, no. A mí me gustaban los romances despreocupados, pero bonitos. Con su cortejo, con la imaginación siempre trabajando. El sexo a palo seco nunca me ha llamado la atención. ¿Es que cree que estoy en edad de tener un novio? Lo pasaría mal, creo que me traería más dolor que otra cosa. Todo aquello me lo he quitado, como quien deja de fumar. 



— De lo que no se quita es del trabajo. ¿Cuenta con tener algún protagonista más?

— Mire: he hecho dos protagonistas en teatro. Me las pagué yo, y perdí dinero las dos veces, pero me di el gusto. Les entregué todo lo que tenía. Iba dando saltos de alegría al Teatro María Guerrero. Supongo que aquellos fueron algunos de los momentos más bonitos de mi carrera. También, trabajar en Estoy en crisis [1982] ¡con José Sacristán! O cuando me admitieron en la escuela de Geraldine Page, en un cuarto cochambroso de la calle 42 de Nueva York. En aquella ciudad, en aquel momento, todo era viejo. Pero fui muy feliz. 

 

 Y al revés, ¿recuerda momentos difíciles? 

— Mejor no. Eso, para qué contarlo.

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