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20-02-2026


Marta Hazas

“Todos los personajes se me quedan dentro”



Mientras protagoniza y produce junto a Javier Veiga la obra 'Un matrimonio sin filtros', espera estrenar este 2026 sus últimos largometrajes con Gracia Querejeta y Álex de la Iglesia. Ya se prepara para grabar su próxima serie. Vive este momento tan fecundo tras más de dos décadas compaginando las tablas y las pantallas



Texto: ARANCHA MORENO
Fotos: ENRIQUE CIDONCHA

Emiten un brillo inapagable los ojos de Marta Hazas. En algún momento de la infancia, entre películas de Marilyn Monroe, Hithcock y Lo que el viento se llevó, aquella muchacha inquieta soñó con ser actriz. Y lo cumplió. A principios de los 2000 dejó atrás su Santander natal para formarse en la escuela de Cristina Rota y empezar a buscar oportunidades. Un papel menor en la serie Gran Hotel le abrió las puertas de Velvet. Y una obra teatral la condujo hasta el largometraje Muertos de amor. Por aquella época inició su alianza sentimental y profesional con Javier Veiga, junto al que fundaría Medio Limón, la productora de la obra Un matrimonio sin filtros, que una y otro protagonizan hasta el próximo 28 de junio en el Teatro Maravillas, en Madrid. A las salas de cines llegará con 2+2 (Gracia Querejeta) y La cuidadora (Álex de la Iglesia). Todo ello sin dejar de regalarnos carcajadas a su paso por la serie Machos alfa.

 

– El teatro suele ser el primer refugio de un actor. ¿Cómo fueron sus pinitos?
– Haciendo café-teatro en un sitio de Santander que se llamaba El Barraquito. Y realicé una gira de teatro clásico por Mérida, Sagunto, Clunia… Era espectacular actuar para miles de personas. Recuerdo la ilusión de ver en Mérida las placas de actrices que habían actuado allí antes.


– Ha repartido su carrera entre el escenario, la televisión y el cine. ¿Todo ha fluido de forma natural?

– Ha sido bastante fluido. Lo más fácil para el actor es comenzar en el teatro porque puedes autogestionarte, aunque yo empecé a trabajar pronto en el ámbito audiovisual. No han dejado de llegarme proyectos teatrales que me interesaban y he aceptado, a pesar de la paliza que es compaginar. La obra Un matrimonio sin filtros sí la he provocado yo, me apetecía hacer un mano a mano con Javi [Veiga]. Desde la pandemia no había representado teatro.


– Me gusta ese verbo, “provocar”. ¿El trabajo también hay que provocarlo?

– Creo que sí. Hay que proyectar tu cabeza y tus acciones hacia el lugar al que te quieres dirigir. Tienes que ser un personaje activo dentro de tu propia historia.



– ¿Su primera provocación fue cambiar Santander por Madrid?

– Sí. A los seis años ya fantaseaba con ser actriz. Siempre lo tuve claro. Y esta industria se mueve en la capital.


– Debe ser muy ilusionante cumplir los sueños que proyectaba aquella niña tan pequeña.

– Creo mucho en las proyecciones que son posibles. Hay algo en el empeño que me hace creer que los sueños racionales y coherentes se logran.


– ¿Con qué compañeros de profesión soñaba en sus comienzos y ahora ya forman parte de su vida?

– Con Carmen Maura. Mi abuelo era barrendero. Y de pequeña vi La ley del deseo, con esa secuencia del “¡riégueme!” que le decía la actriz a un barrendero. Me parecía lo más. En la película salía una niña que era Manuela Velasco, con la que después yo iba a coincidir en Velvet. Poder actuar ahora para Álex de la Iglesia en La cuidadora, con Carmen Maura en el papel de mi madre, ha sido un sueño. Nos hemos hecho muy amigas. Con Maribel Verdú no he trabajado, pero sí puedo considerarla amiga. Y a Natalia Verbeke la he conocido en la comedia de [Gracia] Querejeta 2+2. Mis abuelos me llevaban a ver a [José] Sacristán y Concha Velasco al teatro. Fue flipante trabajar con Aitana Sánchez-Gijón. Y con Blanca Portillo en Días mejores. Conozco a grandes artistas que no decepcionan como personas. Muy al contrario: al conocerlos entiendes por qué han llegado tan lejos.


– Ha citado a Sacristán. ¿Qué le enseñó durante tantos episodios juntos en Velvet?

– Su ejemplo es la mayor enseñanza. Siempre estaba de pie, con la ropa del personaje, se sabía el texto… Está en acción todas las horas del rodaje, que son muchas. Te mira y mira más lejos. Tiene la humanidad de los personajes en la mirada. En los Goya de 2024 nos llevaron juntos desde el hotel a la gala y llovía. Recuerdo que yo repetía: “Mira que llover justo ahora…”. Y él me decía con su voz increíble: “Tiene que llover, Hazas, tiene que llover”. Me reí. Le dije que tenía razón. Cada vez que llueve, ahora Javi [Veiga] y yo decimos: “¡Tiene que llover, Hazas, tiene que llover!”.



– Debutó en la gran pantalla con 8 citas, la primera incursión de Rodrigo Sorogoyen en el largometraje. ¿Ha seguido la imparable trayectoria del cineasta desde entonces?

– Claro. Nos llevamos muy bien. Nos conocimos en la serie de improvisaciones Impares y después me llamaron para ese pequeño papel en 8 citas. Me encantan sus películas. Ojalá volver a trabajar con Ruy.


– Inolvidable será para usted Muertos de amor, donde conoció a Javier Veiga. Hoy es su marido y socio en la productora Medio Limón.

– Sí. Yo estaba representando El mercader de Venecia en el Teatro Alcázar y el siguiente espectáculo que entraba era el Don Mendo de Paco Mir, protagonizado por Javi. El director de Muertos de amor, Mikel Aguirresarobe, le había ofrecido a él ese filme y había pensado en una actriz conocidísima que en ese momento estaba trabajando, así que Javi se animó a decirle: “Esta chica está haciendo televisión y creo que le pega el personaje”. No nos conocíamos de nada. Me hicieron una prueba y al final cuajó. De alguna manera, el teatro nos unió.


– Una película puede cambiarte la vida, literalmente.

– Imagínate. Todavía seguimos juntos, 15 años después. ¡Nunca había estado tanto tiempo con alguien! [ríe].


– Ahora ambos triunfan con las funciones de Un matrimonio sin filtros. Y antes habían gozado de éxito en la pantalla gracias a Pequeñas coincidencias. ¿Barajan algún otro proyecto audiovisual conjunto?

Tengo ganas de hacer comedia gamberra en el cine y no me pienso quedar con ellas [ríe].



– Empezamos a familiarizarnos con usted en capítulos de Hospital Central, Cuéntame cómo pasóSin miedo a soñar… ¿Fue el rol de Amelia Ugarte, la profesora de El internado, el que le dio el primer gran empujón a su carrera?

– Sin duda. El internado supuso un punto de inflexión en el terreno de las series, se rodaba de forma parecida al cine. Me brindó mi primer personaje fijo. Y además tuvo mucho éxito. Fue un antes y un después para mí.


– Otras sorpresas le han deparado las series desde entonces. Iba a Velvet solo para unas secuencias y se quedó las cuatro temporadas.

– Ya conocía a Ramón [Campos] y Teresa [Fernández-Valdés], de la productora Bambú, desde la tercera temporada de Gran Hotel. Hacía un personaje genial, una loca que hablaba con una muñeca. Más tarde me ofrecieron Velvet y fue un acto de fe por las dos partes. Ellos solo tenían dos guiones escritos, pero me encantaban sus series, su manera de escribir. Y me gustó encarnar a una mujer de los cincuenta, que es por lo que yo soñaba con ser actriz: por Tippi Hedren, Audrey Hepburn… las mujeres Hitchcock. Y por Marilyn Monroe. Para construir a mi Clara cogí de aquí y allá: los contoneos, la manera de moverse… Fue un regalazo.


– Se maneja con soltura en el drama, como bien demostró en Días mejores.
– Uno de los personajes más difíciles que he hecho: una mujer absolutamente normal a la que se le había muerto el marido. Fue bonito y difícil trabajar esa naturalidad desnuda y absoluta. Incluso en su drama había sentido del humor. Admiro mogollón como guionistas a Adolfo Valor y Cristobal Garrido. 


– ¿Se le ha quedado dentro algún personaje?

– Se me quedan todos dentro. Las mujeres que encarno en cada etapa de mi trayectoria son la suma y consecuencia de las anteriores. Aprendes a hacer una reanimación, poner una vía, disparar… vas adquiriendo muchas habilidades nuevas. Y entiendes mejor los conflictos humanos.



– ¿Cómo lleva el desafío de ejercer como actriz y productora al mismo tiempo? Así lo ha hecho en el reciente largometraje Playa de lobos.

– Como actriz, hacía solo un cameíto. Detrás de las cámaras aprendes mucho, tienes una visión completa del cine, te vuelves mucho más generosa con otros oficios. Yo vengo de una familia de autónomos y valoro a la gente que se atreve a levantar sus propios proyectos.


– También se arriesga por partida doble en el escenario con Un matrimonio sin filtros.

– Me está llenando en lo profesional y lo personal. La obra la escribe y la dirige Javi [Veiga], la producimos los dos y estamos solos en las tablas. Ha sido un acto inconsciente de valentía. Menos mal que ha ido bien [ríe]. 


– Permanecer seis meses en el Teatro Maravillas es algo fuera de lo común hoy en día.

– Estamos felices. Llenamos los fines de semana y entre semana sobran pocas butacas. Es una función muy transversal porque habla de relaciones de pareja: no importa si tienes 20 u 80, no importa si eres heterosexual u homosexual. Son relaciones humanas.


– ¿La vida cotidiana en su pareja es carne de guion?

– No son nuestras historias, pero sí nuestras histerias. A veces distorsionamos tonterías y las hacemos grandes. Pequeñas coincidencias funcionó bien y esto es como recuperar a los personajes unos años después.


– Al parecer, cuando el trabajo les va mal brindan con champán. ¿Ha descorchado muchas botellas a lo largo de su andadura?

– Sí. Ha habido disgustos. Hay algo cruel en esta profesión que nunca te permite celebrar del todo.



– Se le avecinan dos lanzamientos cinematográficos. Gracia Querejeta la ha dirigido en 2+2 y Álex de la Iglesia en La cuidadora. Menudo doblete.
– Tenía ganas de trabajar con ambos. De ella me encanta Siete mesas de billar francés. Y de él, Mirindas asesinas y El día de la bestia. Ha sido muy guay. Cuando cenas con la Verbeke, con la Verdú… es un lujo. También participo en Tres de más, de Mar Olid, aunque mi papel es secundario. La protagonizan Kira Miró y Salva Reina. Kira es muy amiga mía. Antes solían confundirnos porque dicen que nos parecemos, así que pensaba que no trabajaría nunca, pero finalmente hemos tenido nuestro hueco. Las dos estamos también en Machos alfa.


– ¿Guarda algo más en la chistera?

– Comienzo una serie para Prime Video en abril. ¡No me dejan decir nada! 


– ¿Qué metas artísticas le quedan por alcanzar?

– Todas. A medida que madure en la profesión me llegarán personajes que antes no podía ni oler. Me considero creativa porque me gusta hacer de carne y hueso lo que el director o el showrunner tiene en la cabeza. Lo de dirigir no me lo planteo, me quito el gusanillo estando cerca de Javi [Veiga].


– Su marido dice que usted tiene una luz innata que traspasa la pantalla. ¿Tendrá eso relación con su forma de mirar la vida?

Conozco a personas como Carmen Maura, que tiene el brillo de alguien de 20 años. ¿El secreto? Conservar siempre las ilusiones, los motores, que no te falten las ganas. En mi caso, es llegar al camerino o al plató y sentir una felicidad que no se me quita.


– Que conserve ese brillo del que hablábamos, Marta.

– El brillo es fácil tenerlo ahora, cuando consigues llenar el teatro en Madrid durante seis meses, habiendo rodado este año con gente muy grande… Pero esto va y viene. Por eso es importante tener una vida privada cimentada. Aunque es una locura de profesión, no me veo en trabajos de oficina [ríe].

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