Martiño Rivas
“En este momento quiero ser menos consciente como actor. Quiero confiar más, entregarme y que el subconsciente haga lo suyo”
Aquel niño de 'Mareas vivas' era feliz gastándose el sueldo en videoconsolas. Ya en la veintena apuró los tiempos de la fama analógica en 'El internado'. Y el artista adulto viviría su mayor hito profesional haciendo de actor porno en la serie 'Nacho'. Le frustraba mucho su afán de tener bajo control un oficio "tan volátil e impredecible", así que ahora pone cierta distancia y lo vive de forma más fluida. Encaja bien los anhelos que quedan incumplidos al cumplir años y aspira a repetir con quienes siente conexión en el trabajo
ANDREA G. BERMEJO
FOTOS: ENRIQUE CIDONCHA
"No tengo a nadie idolatrado", asegura Martiño Rivas (Vimianzo, A Coruña, 1985) en esta entrevista. Últimamente le hemos visto en la piel del actor porno Nacho Vidal para la serie Nacho y bajo la dirección de Miguel del Arco en la obra de teatro Jauría. Aquel chaval que empezó a trabajar en la televisión gallega con Mareas vivas e irrumpió en la ficción de ámbito nacional gracias a El internado dice que siempre buscó la figura del mentor y nunca la encontró. Así que yo, diligente, paso a la siguiente pregunta y olvido aquella. Pero él no. Un par de días más tarde recibo un mensaje que su representante me envía por WhatsApp: "Martiño aún sigue dándole vueltas a algunas preguntas".
Encuentro adjunta una ilustración de un cuento infantil en la que un lobito mira a cámara con una sonrisa junto a tres ovejas gorditas. Sobre el dibujo hay un poema de José Agustín Goytisolo que reza: "Érase una vez / un lobito bueno / al que maltrataban / todos los corderos. / Y había también / un príncipe malo, / una bruja hermosa / y un pirata honrado. / Todas estas cosas / había una vez / cuando yo soñaba / un mundo al revés".
A continuación hay un audio. "En su momento no supe decir qué actor me había inspirado", dice Rivas, "pero mientras cantaba esta canción con mi hija me di cuenta de que podría ser la síntesis de lo que debería ser mi manual de interpretación".
- ¿Había gusto o aprecio por el cine y la actuación en una casa tan ilustrada como la suya?
- Mi padre [el escritor Manuel Rivas] sí tenía un amigo actor y dramaturgo. Se llamaba Lino Braxe y murió. Era una de esas personas que te causan cierto impacto. Me dejó huella. Era un tío grande, muy divertido, con una voz imponente, bien colocada. Saber que se ganaba la vida como actor hizo que yo no lo viese como algo imposible. No quise ser actor en Mareas vivas. Abracé esa idea después de una temporada grabando El internado en Madrid. Pensé que era un punto de no retorno. Cuando yo estaba en la veintena, soñaba gracias a figuras como Luis Tosar. Recuerdo que pensaba: "Si este cabrón lo ha hecho, se puede hacer". No había tantos referentes para mí: Fernando Rey y Xan das Bolas. Este último me hacía mucha gracia en la infancia. Pero, al poco tiempo de llegar a Madrid, vi a Luis Tosar en la película Miami Vice, junto a Jimmy Fox y Colin Farrell. Pensé: "¡Qué regalo para nosotros!".
- Hablaba de Mareas vivas, que fue un auténtico fenómeno en Galicia. ¿Qué recuerdo conserva de aquel primer trabajo profesional suyo?
- Fue un hito en la televisión. El protagonista era Luis Tosar. También estaban Carlos Blanco, Luis Zahera, Miguel de Lira, Manuel Lourenzo… Toda esa generación de actores gallegos acabó trabajando más tarde a escala nacional e internacional. Hoy son voces a tener muy en cuenta. Yo tenía 12 años por entonces. Aquello era algo serio, pero yo no me planteaba la vida como actor. Había caído ahí y me lo estaba pasando bien. No tenía que ir al cole. No sé cuánto me pagaban, me limitaba a hacer las cuentas en términos de videoconsolas: "Con el trabajo de tres días me puedo comprar una Sega Mega Drive". Ese era mi barómetro para cuantificar el sueldo.
- ¿Considera que ese debut fue una escuela?
- No. De pequeño, por la forma en que los adultos te hablaban del trabajo, lo percibías como algo pesado, algo que se hace para ganar dinero, para poder vivir. Pero en la serie pensaba que esa gente, además de sacar el trabajo adelante, se divertía. Ellos se lo pasaban mejor que nosotros en clase. Yo no sabía si me dedicaría a eso de mayor, pero quería estar tan loco como ellos.
- Avancemos hasta los tiempos de El internado. ¿Hubo un momento concreto en el que eclosionó su vocación de actor?
- No. Fue algo progresivo. Solo me quedaba un cuatrimestre para licenciarme en Comunicación Audiovisual cuando me salió el curro de El internado. En mi etapa universitaria iba por la mañana a la facultad y por la tarde a la escuela de teatro. Después me marché a Madrid.
- ¿Y cómo recuerda los años que pasó en Laguna Negra en la piel de Marco Novoa Pazos?
- Fuimos como los últimos mohicanos, ¿sabes? En cierto momento de la segunda o tercera temporada de El internado yo estaba con otro actor en el camerino y le veía teclear y teclear en el móvil. Me dijo que estaba usando una aplicación que se llamaba WhatsApp. Era una época en la que no había ni cámaras en los móviles. En los comienzos de la serie mucha gente nos pedía autógrafos y salíamos en revistas como Bravo o Súper Pop. No existían las redes sociales. Había un punto de ingenuidad. Aquello fue ayer, pero era otro mundo. Las reglas del juego eran otras. Creo que en la actualidad todo está mucho más industrializado… A lo largo de los años que duró El internado se produjo el tránsito, la mutación. Fuimos el puente entre el universo analógico y el digital, entre Compañeros y Élite. Nos pasó como a Larry Holmes en el boxeo: estábamos a medio camino entre Muhammad Ali y Mike Tyson. Habernos dado a cualquiera de nosotros un móvil con 15 millones de seguidores habría tenido consecuencias nefastas en aquel momento. Ahora los actores de series juveniles saben llevar eso con naturalidad. Aparentemente, están preparados para gestionarlo. Yo flipo.
- Háblenos de su salto al cine con José Luis Cuerda, que le dirigió en Los girasoles ciegos.
- Era uno de los mayores oradores que he conocido nunca. Le encantaba la comida y le encantaba el vino. Los girasoles ciegos fue un regalo: sentirme parte de la adaptación del libro de Alberto Méndez, coincidir con Maribel Verdú, Raúl Arévalo y Javier Cámara… Además, se rodó en Galicia.
- ¿Le gustaría hacer de nuevo cine de autor?
- Me gusta hacer de todo si está bien escrito.
- ¿El acento ha sido un obstáculo?
- Lo llevo pegado a la suela de los zapatos. Y a partir del tercer vino sí se vuelve más complicado de controlar. Siempre vi Madrid como lugar de tránsito. Nunca pensé que sería mi casa. Tampoco hubo un momento consciente de decidir quedarme, pero las cosas han ido pasando así. Al final he vivido más tiempo en la capital que en cualquier otro sitio. Como dice mi amigo Nancho Novo, "soy madrileiro". Hoy sigo viéndolo como un sitio de paso. Un sitio maravilloso, pero de paso. Aunque cada vez me parece un poco más hostil.
- Todavía seguimos recordándole en Nacho, uno de sus trabajos más valientes.
- En la situación que yo tenía entonces, lo valiente hubiera sido no hacer esa serie, puesto que llevaba bastante tiempo sin trabajo. Hay algunas veces que te dicen: "Qué huevos le has echado a esto". Y la realidad es que no tenías otra opción [risas]. Bueno, alternativas hay, pero a veces no lo parece.
- Es una serie estupenda.
- Muy buena. El trabajo del que más orgulloso estoy.
- ¿Qué le da y qué le quita la actuación?
- Ya no puedo contestar a eso. Ya se ha convertido en parte inherente de mi persona, de mi día a día, de la forma en que veo el mundo, del modo en que camino por la calle. Ha moldeado mi personalidad. Pero estoy pasando una época… distinta. Antes escuchaba hablar de series, películas o ensayos sobre interpretación y tenía la necesidad de consumirlos inmediatamente. Era ansia por habitarlos. Creo que esa llama sigue ahí, aunque desde un lugar más calmado.
- ¿Y por qué?
- No sé. Quizás porque soy padre. Y también siento que estoy en un momento en el que quiero ser menos consciente. El aspecto teórico de las cosas me interesa menos. Quiero confiar, entregarme, que el subconsciente haga lo suyo. No llegar con las cosas tan preparadas, no ser tan estudioso, tan disciplinado, tan riguroso.
- ¿Antes era así?
- Sí, claro, muchísimo. Creo que en exceso. Había cierta voluntad de complacer, cierta servidumbre hacia el oficio, un exceso de respeto. Ahora me lo tomo todo de una forma mucho más ligera. Esta profesión obedece a cosas tan arbitrarias y es tan caprichosa, volátil e impredecible, que mi afán de control no me estaba ayudando nada. Me estaba frustrando.
- ¿Es una vida solitaria la del actor?
- Sí, desde luego. Y no solo eso: pasas de estar rodeado de muchísima gente, un equipo de 200 personas, a volver a estar en el salón de tu casa. Es difícil de gestionar.
- ¿Qué le gustaría hacer?
- Había una lista de personajes que me apetecían, pero se ha perdido en algún lugar. Me encantaría ser Brick en La gata sobre el tejado de zinc. O hacer Largo viaje hacia la noche, de Eugene O'Neill, que me volvió loco a los 17 años. Todas las familias del mundo están incluidas en ese texto. Por otro lado, voy quemando etapas vitales y me he dado cuenta de que ya no podré hacer de Romeo. A Hamlet lo ha encarnado gente de todas las edades, pero si se trata de ser riguroso con la edad del personaje… a mí se me está pasando el momento. El siguiente va a ser Macbeth. Esas aspiraciones que tenías, esos sueños, ya te queman menos. En este punto me gustaría repetir con gente con la que me he llevado muy bien: Alfredo Sanzol, Miguel del Arco, Javier Ruiz Caldera, Carlos Sedes, Manolo Caro, David Pinillos, Eduardo Casanova…
- Ha citado únicamente personajes teatrales. ¿Qué le da el escenario?
- El teatro es increíble cuando está bien hecho, pero se vuelve la experiencia más traumática cuando es malo. Incluso como espectador. A veces no puedo esperar a que llegue el fundido para escurrirme del asiento y salir sin que nadie lo note. Lo que el teatro llega a tener de mágico, a veces puede tenerlo también de hostil.
- No es algo que le sucediese con la aplaudida Jauría…
- Desde luego que no. Por primera vez, tuve la sensación de que nosotros no controlábamos el espectáculo. Algunos días aquello se levantaba del suelo y volaba solo. Era simplemente surfear una ola. En algunas funciones estábamos sobre la ola y solo teníamos que dejarnos llevar. Fue muy especial, tanto a nivel artístico como por el mensaje que contenía.
- ¿Quiénes han sido sus grandes maestros en la interpretación?
- Siempre estuve buscando la figura del mentor. Nunca la encontré. Hay muchos actores me gustan, pero ninguno de ellos es infalible. No tengo idolatrado a nadie. Todas las cosas que me han ocurrido, que verdaderamente me han marcado, lo han hecho solo a nivel personal, no a nivel profesional. Además, en este punto de la vida digo: "Que le jodan a lo profesional". Solo es otra cosa, un aspecto más, una línea más del pentagrama que es nuestra existencia. Es evidente que el trabajo me importa y es lo que ocupa mi cerebro la mayor parte del tiempo. Pero, por otro lado, debe haber un punto en el que te tiene que dar igual. Tienes que abordarlo con cierta indiferencia. No digo que sea la fórmula correcta. Es como lo veo yo ahora.




