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12-07-2021


Mary Paz Pondal

“Hacer reír, llorar, pensar y amar te deja una huella en el alma”

 

Con una intensa carrera en teatro, cine y televisión, Mary Paz Pondal tuvo que buscarse como empresaria los papeles y proyectos que le “llenaban” de verdad para no conformarse con la condición de “mujer llamativa y poco más”


PEDRO PÉREZ HINOJOS

Asegura sentirse “decaidilla” por culpa de la pandemia, los confinamientos y la separación de sus allegados y su tierra, Asturias, a la que por fin ha regresado. Pero nada hay en el tono y la agilidad mental de Mary Paz Pondal (Oviedo, 1942) que delate ese bajón de ánimo. También afirma que está retirada porque lleva muchos años de oficio encima, pero tiene un rodaje a medias, escribe relatos y esbozos de guiones y sueña a menudo con que actúa en una película o en el teatro. Es cierto que su vocación fue temprana y que muy pronto comenzó a actuar. Cuenta con más de 70 películas, entre las que se recuerdan sobre todo las comedias de Martínez Soria, aunque estuvo a las órdenes de Buñuel, entre otros grandes. Llegó a sumar otros tantos trabajos en teatro y televisión, en los que siempre se resaltan los papeles cómicos, aunque fue discípula aventajada de Ibáñez Serrador y cosechó críticas sublimes con su Melibea en La celestina. Dice que no se arrepiente de lo hecho, pero lamenta que durante demasiado tiempo se la considerara “una mujerona” sin más. Le pesa también que solo en la recta final de su trayectoria experimentara, de mano de la poesía, aquello que le hace sentirse realizada. Y es que fue precisamente la poesía lo que en la infancia le encendió por dentro la llama de la interpretación. Cuesta creer, en fin, que Pondal se haya echado a un lado: ella misma subraya que será “una actriz de pies a cabeza” hasta el fin. Y eso sí que no hace falta que lo jure para creerla.

 

– Dice que está retirada, pero la pandemia le pilló mientras rodaba. ¿Cómo fue eso?

– Estaba rodando una película en Oviedo, Buscando a Rufo, y tuvimos que parar por culpa del Covid. La verdad es que no me apetece volver a trabajar. Amo el cine y el teatro, pero ahora lo que más deseo es estar en mi tierra natal y disfrutar de ella, ya que salí jovencísima de allí y hasta hace nada no he parado.



– Se marchó con 16 años.

– Y con 29 me hice empresaria. Al principio haciendo comedia, dándole el gusto a los demás. Y luego, dándome el gusto a mí, escribiendo mis espectáculos sobre Lorca, Miguel Hernández o Machado y dirigida por mi marido, Fernando Pereira. Con ellos he recorrido España, y también he estado en Iberoamérica, Estados Unidos y Canadá.

 

– Ha resumido su vida profesional en tres frases, pero no es así, ya que ha hecho usted infinidad de cosas. Bastante más de todo aquello que la ha convertido en una actriz muy popular y muy querida. ¿Imaginaba algo así cuando comenzó?

– Para nada. A mí me gustaba mucho leer y recitar. Lo hacía genial. En el colegio era la mejor. Luego me recorrí Asturias ganando trofeos, copas y medallas en concursos artísticos para niños y aficionados.

 

– ¿Cómo le dio por ahí?

– En mi familia no hay antecedentes artísticos. Sí recuerdo que una tía mía tenía en mi casa una estantería llena de libros. Me pasaba las horas leyendo, sobre todo poesía. Me encantaba. Fíjate si tenía pasión por aquella librería que un día, al llegar del colegio y ver que ya no estaba, me entró una tristeza tan grande que aún se me encoje el corazón con el recuerdo. Mi tía se había mudado y se la había llevado a su casa.

 

– ¿Y de qué modo pasó de los versos a los rodajes y los escenarios?

– Alguien les dijo a mis padres que yo tenía dotes interpretativas. Y como ellos tenían una confianza ciega en mí, me animaron. Porque yo en realidad era una niña timidísima. Así que viajé con mi madre hasta Madrid para ingresar en la Escuela de Arte Dramático a los 16 años. Y mientras esperábamos para nuestra conversación con el director, en una sala nos sucedió algo increíble. De pronto llegó un señor, un poco nervioso, que también tenía mucha urgencia en hablar con el director. Mi madre le dijo que pasara primero porque nosotras no teníamos prisa. Y ella, que era lanzada, se puso a contarle nuestra vida de cabo a rabo. El hombre no pareció hacer mucho caso. Pero cuando salió de hablar con el director se acercó para preguntarme: “¿Quieres hacer cine?”. Yo me quedé parada, no sabía qué contestar, hasta que mi madre me pegó un codazo. Y le dije que sí, claro. Nos dio su tarjeta; era el director César Fernández Ardavín. Unos meses después me dio un papelito en El Lazarillo de Tormes, con la que ganó el Oso de Oro en el Festival de Berlín de 1960. Así comenzó todo.



– Y empezó a hacer de todo a la vez. ¿Cómo recuerda aquella época?

– Trabajaba y estudiaba. Me licencié con sobresaliente en Arte Dramático de la mano de Mercedes Prendes, ni más ni menos. Modesto Higueras me dio mis primeros papeles protagonistas en cine. Y también hice muchos programas en televisión. En aquella época todo iba rapidísimo. Y marchaba bien, pero poco a poco te das cuenta de que no es oro todo lo que reluce y tienes que empezar a controlar.

 

– ¿Qué era exactamente lo que debía controlar?

– Me refiero a que solo se me consideraba una mujer llamativa. Es cierto que era una chica guapa, pero para demasiados directores y productores eso era incompatible con tener entidad como actriz. Y tuve que hacer muchos más papeles que no me gustaban. Hasta que me cansé. Yo quería interpretar y hacer sentir a la gente como cuando era una niña.

 

– Pero también tuvo oportunidad de mostrar su talento.

– Claro que sí. He hecho muchísimo teatro clásico. He trabajado junto a directores y compañeros extraordinarios. Y también he actuado en el extranjero, en países como Alemania o Italia.

 

– ¿Qué fue de aquella oferta que le llegó de Hollywood?

– Me hicieron una propuesta para trabajar en Estados Unidos, pero yo era muy joven y aquello me sonaba un poco a cuento chino.

 

– Nunca ha tenido reparos en hablar del acoso que sufrió. ¿Hasta qué punto le perjudicó?

– La verdad es que he tenido que sortear muchos obstáculos en ese sentido. Ha habido de todo: hombres muy importantes que se me declararon y me prometieron de todo y otros que directamente que se abalanzaron sobre mí, como me pasó con un productor en Italia. Si decía que no, se rompía el contrato inmediatamente, y así perdí oportunidades, puesto que yo nunca acepté. Da vergüenza tener que decir que no di pie a nadie a tomarse esas libertades, pero así fue.



– Tiene una carrera muy extensa, y eso también es buena prueba de su valía. ¿Hay algún reconocimiento del que se sienta especialmente orgullosa? 

– He recibido muchas muestras de cariño y respeto. Una vez me ocurrió algo muy curioso que para mí tiene un gran valor. Fue en los sesenta. Conchita Montes y yo estábamos haciendo un programa de televisión, ella caracterizada como Greta Garbo y yo como Marilyn Monroe. Yo hacía una especie de monólogo, le contaba mi vida y mis problemas a ella, que asentía. Y me sentí muy a gusto. La pena es que el programa era en la segunda cadena de Televisión Española y se emitió la noche en que por el primer canal daban el Festival de Eurovisión. Por eso tuvo poca audiencia. Pero al día siguiente me llamó Chicho Ibáñez Serrador para felicitarme: lo había visto y le había encantado. Aquello me supo a gloria.

 

– ¿Qué otras cosas le han hecho feliz en su andadura?

– Muchas. Mis espectáculos sobre Lorca, Machado y Miguel Hernández me han dado muchísimas satisfacciones. Es casi como haber cerrado el círculo, volver a sentir las primeras emociones de aquella niña que recitaba en el colegio, en los concursos o en los festivales benéficos. Y por supuesto, he sido feliz con mis compañeros. Eso es lo mejor de esta profesión.

 

– ¿Y aún nos quiere convencer de que está retirada?

– Primero me tengo que convencer yo [risas]. A veces veo una obra de teatro o estoy en el cine y se me va el santo al cielo, pierdo el hilo porque me pongo a fantasear con mis propias historias. También me levanto muchas mañanas tras haber tenido sueños muy vivos de que estoy rodando una película o haciendo una función en el teatro. Soy actriz y siempre lo seré, porque hacer reír, llorar, pensar o amar a la gente, que es la esencia de este oficio, te deja una huella en el alma que te acompaña siempre.


La ‘tristeza persecutoria’ de Buñuel


Mary Paz Pondal reconoce que trabajar para Luis Buñuel en Tristana (1970) ha sido una de las experiencias más inolvidables de su vida. La meticulosidad del maestro aragonés le impresionó tanto o más que la extraña obsesión que le surgió por ella. De aquel rodaje compartido con Catherine Deneuve, Fernando Rey o Lola Gaos recuerda el frío en Toledo, a cuyas incomodidades se unía el celo perfeccionista del director. “En una escena quiso que el agua cayera por el suelo de la calle y que yo pasara sobre ella. No le gustaba como quedaba. Después de varias tomas logró el efecto que quería… ¡pero luego acabó eliminándolo del montaje final!”, rememora Pondal. Otra anécdota fue la de cambiar su vestuario de forma inesperada “porque a él no le convencía cómo estaba, ya que yo hacía de modistilla”. Pero no hay duda de que al cineasta de Calanda le gustó mucho su labor, ya que nada más terminar de rodar se acercó a ella para decirle: “Qué pena, Mary Paz, que el papel sea tan corto”. Ella sonrió y le dio las gracias. “Pero es que a los 10 minutos volvió a acercarse y me dijo lo mismo: ‘Qué pena, Mary Paz’. Y un ratito después, más de lo mismo. Yo no sabía si era broma o iba en serio. Al final tuve que esconderme detrás de Fernando Rey porque yo veía a Buñuel buscándome entre los técnicos y los actores. Ahora me río, pero en aquel momento pasé un mal rato”, cuenta entre carcajadas.

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