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19-01-2021

Melina León

 

“Hablo de la indiferencia como forma de violencia”


 

Estética y mensaje se dan la mano en su salto al largometraje con ‘Canción sin nombre’. Ha sido la primera cineasta peruana en Cannes y espera competir por el Óscar. Durante más de una década ha gestado esta cinta, cuyo germen fue una trama de tráfico de bebés

 

GERSON VICHEZ

La directora Melina León (Perú, 1977) ve la vida como una sucesión de claroscuros. Y eso quiere reflejar en su trabajo. “Cuando iba a comenzar a agudizarse la guerra interna en Perú, mi padre, que era periodista, tuvo que tomarse unas vacaciones porque la cosa se puso muy fea. Nos llevó a Argentina. Yo era chiquita, pero me impresionó salir de Lima, conocer Buenos Aires y conocer la lluvia, porque en Lima no llueve. Y conocer esos teatros y cines maravillosos. Ahí vi Amadeus. Algo tuvo que ver ese filme en mi interés por el cine”.

 

   Su ópera prima, Canción sin nombre (2019), es una coproducción de Perú con España. Se presentó en el Festival de Cannes y es precandidata a la mejor película internacional de los próximos Óscar. El germen de esta historia también guarda relación con el trabajo periodístico de su progenitor, Ismael León: “Fue por esa famosa llamada que hizo una chica francesa a mi padre: ‘Señor, me gustaría conocerle, yo soy una de las bebés robadas del caso que usted relató en el año 1981”.

 

   Primero fue el teatro y luego el cine, tanto en la historia como en la vida de León. “En la escuela yo hacía una cosa que se llamaba teatro-danza, inspirado en el trabajo de Pina Bausch. Era un pequeño taller, pero para mí fue importante, me llevó a conocer grupos de teatro experimental de Latinoamérica y Europa. Desde entonces me fascinó un poco el teatro. Y de ahí al cine no hubo más que un paso”, recapitula. 

 

   “En medio, entre eso y estudiar cine, hubo una fascinación, pero no tanto con la cámara, como cuentan tantos directores que tienen una cámara y se ponen a grabar. En mi casa no había plata para cámaras de cine, aunque teníamos cámaras fotográficas. Con la llegada del Betamax y el VHS, me fascinaba hacer tapes, grabar programas, mezclarlos. Como editora [risas]. Primero estudié Comunicaciones en Lima y después Cine en Nueva York”, comenta con palabras que muy rara vez atropella, consciente de que cada cosa tiene su momento. Porque ella ha vestido en el cine muchas camisetas, desde utilera y vestuarista hasta responsable de casting, guionista y directora

 

   Hasta la fecha, Canción sin nombre ha participado en más de 100 festivales alrededor del mundo y ha logrado más de 40 premios. Quizá la clave de esta acogida radica en que León plantea la historia desde una lente macro, armada con sus vivencias personales, familiares, académicas y profesionales.

 

   A León le interesan las máscaras que usamos para ser aceptados por la sociedad. Pero ella parece no portar una. No crea un personaje de sí misma en sus comentarios. De hecho, al hablar de su trabajo previo a la película, se limita a decir: “He hecho un montón de cortos. El que más destacó fue el de mi tesis de maestría, titulado El paraíso de Lili”. La maestría a la que hace referencia es en Dirección de Cine por la Universidad de Columbia, en Nueva York. Y el corto mencionado se estrenó en el New York Film Festival y logró 11 premios, entre ellos el de mejor película latinoamericana en el Festival Internacional de Cortometrajes de São Paulo. 

 

   La historia de Canción sin nombre la atraviesan varias problemáticas sociales. Hablamos con la directora de esta laureada producción para conocer al detalle sus intenciones y visiones.

 

– El trabajo para Canción sin nombre duró una década. ¿Valió la pena tanto tiempo invertido?

– Claro. Aunque eso de que invertimos una década es exagerado. Tardamos 10 años en hacer realidad una idea, no es que invirtiéramos 10 años. Se escribió en un par de años, más otros cinco luego en producirse. Eso sí, es bastante. La historia llegó a nosotros una década antes de que estrenáramos Canción…. O incluso más. Fue esa famosa llamada que una chica francesa le hizo a mi padre: “Señor, me gustaría conocerle, yo soy una de las bebés robadas del caso que usted relató en el año 1981”. Para mi padre eso fue emocionante. Para mí, también. Y yo dije: “Este material puede dar para una película muy hermosa”. Después nos pusimos a escribir el guion. Pasaron cosas, entre ellas cuestiones monetarias que, por lo general, te impiden trabajar en las películas. Y vivía en Nueva York: podrás imaginarte lo que cuesta ganarse la vida en esa ciudad. Es absurdo lo caro que es todo. Por eso eran pedacitos de tiempo los que invertía con el coguionista, Michael White. También llevó más tiempo de la cuenta porque escribíamos en inglés. Lo hablo bien, pero no es lo mismo escribir cada día en inglés y que mi creatividad fluya. Al cambiar al español, la cosa fluyó mucho mejor. Ya me sentí en condiciones de presentarla a los concursos para obtener financiación. En 2014 ganamos el Fondo Nacional y en 2019 estrenamos. El tiempo te permite un poco más de madurez para enfrentar el tema. Si lo hubiese hecho antes, no habría obtenido este resultado. La película es emocionalmente devastadora para el espectador y para quienes la hicimos.


– Parte de una historia real. ¿Cómo definió hasta dónde llegaba la realidad y hasta dónde la ficción?

– Yo quería hacer una ficción. Hay cosas de la realidad que se quedan, pero creo que no marcamos un límite fuerte. El gran cambio fue pasarla de año. El caso sucedió entre 1981 y 1982, y lo pasamos a los últimos años ochenta. Esta mafia sigue operando en el mundo entero, y en Perú se sigue traficando con niños y todo tipo de personas. Ahora, sobre todo con niñas. Para nosotros Canción… es una ficción, por eso pusimos “inspirada”, que suena menos fuerte que “basada”. Porque es eso, una inspiración. Georgina no existe. Nos inspiramos en dos mujeres de aquellos casos de bebés robados a madres peruanas en los ochenta. Pero hay tantas mujeres que pasaron por lo mismo en la dictadura de Pinochet o en la de Argentina… Y en la España de Franco también.


– ¿O sea, que la historia se desarrolla durante la presidencia de Alan García en Perú?

– Sí.


– El filme se estrenó precisamente el mismo año en que Alan García se suicidó. ¿Significó algo para usted esa coincidencia? 

– Sí. Ya nos habían aceptado en Cannes. De hecho, la película la lleva una persona peruana que vive en Francia. Y lo comentamos muchísimo. Llegó la noticia y ya no pudimos conversar de lo que nos ocupaba, sino de que se había matado Alan García. Todo el mundo decía: “¿Cómo han dejado que se mate? ¡No puede ser!”. Fue una frustración muy grande. Después de tantos años se lo llevaban preso… y se mata. ¿Y qué significó? Pues fue como si la historia no acabara. Seguía viva.



La pareja protagonista: Georgina (interpretada por la actriz Pamela Mendoza Arpi) y su esposo


– Hay en Canción… un entramado de problemáticas: sexismo, racismo, pobreza, homofobia, libertad de expresión. ¿Era importante que la historia abordase todo eso?

– El propósito del filme era hablar sobre las diferentes caras de la violencia, desde las más sutiles, desde lo que implica la indiferencia como una forma de violencia, hasta las más obvias, como cargarse a alguien. No lo ves en la película, pero las armas están todo el tiempo. Están los militares e incluso en una escena aparecen niños muertos entre cadáveres de campesinos. La idea no era solo contar una historia, sino hablar de todo lo que conlleva dicha historia. Las otras historias que acompañan a la de Georgina y las otras razones de esas violencias. El hecho de ser mujer parece un motivo para una doble violencia. Y si además se es indígena, hablamos ya de triple violencia. El periodista también es víctima de violencia, es discriminado. Hay algo interesante que descubrí durante la escritura: todos son violentados por su identidad. Surge entonces la cuestión de la máscara que todos tienen que ponerse. Y la única que no lo hace es Georgina. Pero Pedro [el periodista] sí tiene que ponerse una máscara, vender una identidad que no es la suya. Ocultarse. El esposo de Georgina, Leo, también pasa a la clandestinidad, se une a Sendero Luminoso, aunque no lo decimos. Deberá tener otra identidad por necesidad, porque no puede ser él mismo por más tiempo. Y la niña desaparece, se queda sin nombre. La cinta habla de lo que no puede ser.



Tommy Párraga se ocupa de dar vida a un periodista llamado Pedro


– El personaje de Georgina (la actriz Pamela Mendoza Arpi) es desgarrador. ¿Cómo fue el acompañamiento a la actriz?

– Me fui a buscar a los actores a Villa El Salvador, un barrio al sur de Lima. Es un especial porque, desde su creación, fue conducido por gente muy progresista, interesada en apoyar mucho las artes. Es paupérrimo, pero hay muchos teatros. Vayas donde vayas, vas a encontrar teatros. Y eso es bonito. Busqué por Internet y llegué al teatro más impactante de los que había encontrado: el Arena y Esteras. Me presenté y fueron amables y generosos, enseguida me animaron a hacer el casting allí. Al director de ese teatrín, Arturo Mejía, le dije lo que buscaba. Quería encontrar el reparto completo, claro, pero mi principal preocupación era contar con alguien para el papel de Georgina. Comencé a describirle las características que me gustaría que tuviera ese personaje y él se puso a imaginar. De inmediato me mostró una foto de Facebook y le dije: “¡No puedo tener tanta suerte!”. Yo pensaba que aquello sería tan difícil como escribir el guion. Y Pamela hizo además un estupendo casting. Continuamos con las pruebas y seguíamos viendo a aspirantes a los que dábamos otros personajes. Y al final Georgina siempre fue Pamela. Lo suyo era imbatible. Nos tomamos mucho tiempo para darle el sí, hasta el punto de que ella pensó que no tenía el papel y comenzó a mandarnos recomendaciones. Tal generosidad hizo que yo me dijera: “Quiero trabajar con ella, quiero trabajar con una persona que es capaz de hacer esas cosas”. Si tardamos en darle la confirmación, fue también para ver un poco su compromiso. Porque a veces surgen problemas al trabajar con no actores. Los actores profesionales hacen de la interpretación su vida y sí tienen un nivel de compromiso muy alto. Ensayamos los fines de semana durante un año, mientras buscábamos financiación. Y para no abusar del guion, nos inventábamos otras escenas. Fue buenísimo porque tomamos confianza de cara al rodaje, donde nos sentimos un poco invadidos al ver tanta gente.



Pamela Mendoza Arpi es Georgina en la ficción


– El largometraje se basa parcialmente en sus recuerdos de esa época. La fotografía y colorización recuerdan mucho al fotoperiodismo de los ochenta. Parecen esas fotos de portada de los periódicos anteriores a las imprentas en color. ¿Iba por ahí la intención?

– Totalmente. Ese es el mismo recuerdo que tengo yo. Crecí en los años ochenta. Mi padre era periodista y llegaba a casa con el diario. La portada era siempre una desgracia en blanco y negro y con el grano bien grande. La foto de una masacre, de una torre de luz tirada en el piso con un policía muerto al costado. Era horrible. Las fotos contaban historias. Había fotoperiodistas famosos. Es mítica toda esa etapa del periodismo y la fotografía de la que bebemos. Canción… tiene algo dialéctico: esa dulzura y esa violencia al mismo tiempo. El blanco y negro ayuda en esto: de la oscuridad a la luz, de la luz a la oscuridad todo el tiempo. Hay todo ese espíritu.


– El cuidado estético no opaca el contenido, ni viceversa. ¿Cómo se logra ese equilibrio?

– Con ganas de dirigirnos a la audiencia con honestidad. Entendemos la honestidad como la apreciación de la vida en toda su complejidad. Es esa música bella que suena cuando tu familiar está por fallecer o ha fallecido. Es ese hermoso sol que sale el día de tu mayor tragedia. O al revés [risas]. Como esa canción de Alanis Morissette [Ironic], con esa lluvia fatal el día de tu boda [risas]. Es un poco eso. Entender el cine con ese criterio de que la vida nos da siempre claroscuros. Uno no siente una sola cosa. Como en esas películas que te ponen el amor romántico, que ahora se critica tanto, donde el amor es perfecto. Y tú piensas: “No, eso puede durar un rato, pero después…”. Y buscar eso que no se ha dicho, eso que no se ha expresado, esas complejidades que vivimos. Esas contradicciones.

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