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14-10-2022

Sorogoyen, el espectáculo

a pie de calle

 

El director de ‘El reino’ o ‘As bestas’ repasa sus orígenes creativos y sus grandes filias cinematográficas en la primera entrega del nuevo ciclo ‘Mi vida en películas’

 

FERNANDO NEIRA (@fneirad)

Casi cualquier aficionado reconocería a Rodrigo Sorogoyen como uno de los realizadores más deslumbrantes del cine español de la última década, con el añadido de que a sus apenas 41 años no es osado pronosticar que lo mejor está todavía por venir. Pues bien: contradiciendo ese consenso generalizado, el director madrileño prefiere rebajar la graduación de su excelencia y atribuirse, sobre todo, el mérito de la capacidad de observación. “A menos que seas un genio, y no es el caso, solo cuentas historias interesantes si estás conectado con la realidad”, resumió este jueves cuando le pidieron que encapsulara sus méritos propios. Y añadió: “Para eso tienes conocer a mucha gente, pero sobre todo a gente bien distinta. Porque si tratas siempre con el mismo tipo de personas, la realidad tampoco es así…”.

 

La reflexión constituye una de las muchas perlas que dejó la primera entrega de Mi vida en películas, el nuevo ciclo mensual de encuentros cinéfilos que promueve Ámbito Cultural en colaboración con la Fundación AISGE. La división de El Corte Inglés para la difusión de la cultura, en plena celebración de su vigésimo quinto aniversario, ha querido enriquecer su menú de actividades gratuitas acercando a los grandes nombres del cine español con unos encuentros que pueden seguirse en directo, pero también a través de streaming y en formato podcast. Y la periodista especializada Andrea G. Bermejo, redactora jefa de la revista Cinemanía y rostro habitual en Historia de nuestro cine (TVE) y en las proyecciones con coloquio que organiza AISGE en su sede de la calle Ruiz de Alarcón, es desde este mes la encargada de coordinar y dirigir unas charlas que no pudieron comenzar de manera más suculenta. La próxima cita de estos encuentros tendrá lugar el jueves 10 de noviembre, también a las 19.30, con Antonio Resines como protagonista.

 

 

Sorogoyen desembarcó en el auditorio principal de Ámbito Cultural (cuarta planta de El Corte Inglés de Callao) muy pocas semanas antes de que su nueva entrega, As bestas, llegue al fin a los cines, pero su cometido no era esta vez promocional sino sentimental y retrospectivo. Recordó el director de Stockholm sus muchas tardes de cine en los Lido, Cristal y Renoir de Cuatro Caminos, salas cercanas a su domicilio familiar y hoy todas desaparecidas, y desveló cómo aquellas proyecciones fueron afianzando, desde muy joven, sus ansias por colocarse detrás de la cámara. “Nunca me llamó la atención la posibilidad de ser actor, la verdad”, matizó. “A los 18 llegué a matricularme en la carrera de Historia [es licenciado por la Complutense], así que no quise echar todas las cartas del mismo lado, pero mi empeño por dirigir ya lo tenía decidido a los 16 o los 17. O eso creía hasta hace poco, cuando un compañero del cole me dijo que ya daba la tabarra con eso de ser director desde los 12…”.

 

Fue más o menos a esa edad, de hecho, cuando el aún niño Sorogoyen y un amigo de la infancia escribieron su primer guion (o algo parecido), “unas cuantas hojas y dibujos con ecos tarantinianos”. Rodrigo aprovechó el ambiente distendido y la buena química con la presentadora para deslizar detalles biográficos familiares que apuntalaron su amor por la pantalla grande. “Mis padres están separados y mi padre me llevaba mucho al cine porque no sabía qué hacer conmigo y allí dentro no había que hablar…”, anotó con una mezcla de sorna y amor cosanguíneo. Podemos colegir que aquellas proyecciones les resultaron provechosas a los dos, porque Rodrigo Sorogoyen padre aparece, bajo el nombre artístico de Paco Revilla, en Que Dios nos perdone (2016), El reino (2018) y la serie televisiva Antidisturbios (2020), con papeles cada vez más relevantes: en esta última, de hecho, le identificarán como el sosias del comisario Villarejo.

 

 

Por parte materna también existen notables lazos cinematográficos. “Vivíamos ella y yo solos y compartíamos muchas tardes de videoclub. Incluso me hacía el enfermo para que alquilase más películas…”. Aquel tándem maternofilial se complementaría, años después, con la irrupción en casa del abuelo, una figura casi desconocida para Rodrigo porque aquel hombre había vivido con otra pareja y se había desvinculado de su familia original. Se trataba de Antonio del Amo (1911-1991), el hombre que conquistó en 1954 la Concha de Oro de San Sebastián por Sierra maldita y que pasaría a la posteridad como el gran descubridor de Joselito. “Luego le presentaron a Marisol y dijo: ¡Bah, esa niña no vale nada!”, reveló su nieto, que guarda de él un recuerdo vago y extraño. “Le conocí de repente, ya como un señor de 80 años y durante pocos meses. Pero era un personaje. Había pertenecido al Partido Comunista y fue ayudante de Buñuel durante la guerra. Acabó en la cárcel y le salvó [el también director] Rafael Gil de morir fusilado. Mi abuelo era un hombre muy valiente, osado e inconsciente… ¡Como yo!”.

 

El encuentro para Mi vida en películas permitió discernir las grandes filias cinematográficas de su primer protagonista, que señaló a Paul Thomas Anderson como su gran referente tras la cámara. “Es un niño prodigio, el cineasta al que más miro y admiro”, enfatizó sobre el director de Pozos de ambición o Magnolia. “Es profundo y espectacular, inmejorable en la forma pero de un trasfondo complejísimo. Ha hecho siempre lo que ha querido, aun trabajando en Hollywood. Podrías ver sus películas 18.000 veces y seguir descubriendo cosas en ellas”.


Sorogoyen se retrató como un cinéfilo de raíces noventeras, curtido a partir de Kevin Smith, el movimiento Dogma de Lars von Trier o Amenábar y Álex de la Iglesia como primeros grandes referentes españoles. En cambio, admitió ser poco devoto de Tarantino. “Soy un fanático de sus dos primeras pelis [Reservoir dogs y Pulp fiction], pero cada vez me interesa menos. ¡Es bastante malo! Se gusta tanto a sí mismo que me termina cansando”. También admitió su desapego por la década anterior (“Hay clásicos del cine comercial de los ochenta que no me flipan o ni siquiera he visto”), mientras que su gran referente clásico es, sin discusión, Scorsese. “Vi Taxi driver, Malas calles o Toro salvaje muy pronto. Es Dios”.

 

 

Rodrigo Sorogoyen se confesó esperanzado ante el momento actual del cine español, “que está viviendo un año artísticamente brutal y seguirá así en las próximas temporadas”, y subrayó la “noticia estupenda” de que cada vez haya más mujeres tras la cámara. Él siente devoción, en concreto, por Carla Simón. “Alcarràs es muy buena, pero me quedo con Verano del 93. Hace un par de días la volvimos a ver Isabel Peña [su coguionista] y yo, parándola casi a cada escena, y descubrimos que tiene una estructura perfecta, increíble, aunque no parezca estar tan preparada”. Inevitablemente surgió en la conversación su amor por los planos secuencia, que se han convertido en uno de las grandes señas de identidad de su cine. “Me encantan porque todo el equipo está entregadísimo, y lo que más valoro en un rodaje es el entusiasmo”, relató. “En ellos, los actores se sienten libres y pueden volar más alto. Las mejores interpretaciones que he visto como director han sido en esos momentos”.

 

¿Una espinita, puestos a hacer balance de esta década meteórica? Sin duda, la incomprensión que suscitó Madre (2019), su largo más atípico. “Tengo un recuerdo muy bueno, pero nunca sabes por qué una peli funciona o no. Los primeros 20 minutos [el corto original] son de thriller y luego evoluciona a todo lo contrario. Como espectador, ese contraste me fascinaba, pero está claro que a muchos otros no… Quizá nos lastró el gran éxito de El reino. La gente esperaba El reino 2 y Madre es El reino menos 1…. ¿Y un momento de autocrítica? “Vi hace poco 15 minutos de Stockholm”, se sinceró Sorogoyen, “para una charla en una escuela, y fue para mí un shock. Es una obra muy de su tiempo, no es actual. Fue el inicio de todo, nos divertimos muchísimo, conseguimos el dinero no sé cómo…, pero cinematográficamente cambiaría millones de cosas”.

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