twitter instagram facebook
Versión imprimir
04-03-2020

Miguel Albaladejo


“Casi todas las películas que me gustan con locura suelen acabar mal. 'Rocco y sus hermanos' me deja clavado”

 

Era fan de una serie de éxito, La que se avecina, y ahora está al volante de ella. Pero antes firmó algunas de las películas más sorprendentes de los años noventa. Tiene otra en puertas. Y muchas cosas que contar


 

JAVIER OLIVARES LEÓN

Reportaje gráfico: Enrique Cidoncha (@enriquecidoncha)

Hoy, la sonrisa de Miguel Albaladejo luce más amplia, si cabe. Viene de la (siempre) ilusionante reunión con un productor. Han hablado de un largo que ha escrito solo, como Nacidas para sufrir, su última película. Por supuesto, no hay exclusivas: “No cuento nada, que se gafa”, justifica entre bromas. El cineasta, de 53 años, firmó otros títulos imprescindibles, como La primera noche de mi vida, Volando voyRencor o Manolito Gafotas. Pero desde hace cuatro años vive de la vorágine de La que se avecina, uno de los fenómenos televisivos del siglo XXI: es director de la segunda unidad, que se encarga de las escenas exteriores. Alicantino de Pilar de la Horadada, no tiene parentesco con el actor Daniel Albaladejo ni con la actriz Geli Albaladejo, con la que ha trabajado. “Hay mucha estirpe Albaladejo en el Levante. Debe de ser eso”, bromea.

 

– ¿Es muy intensa la agenda de trabajo en una serie?

– Depende del programa de rodaje. Ayer, por ejemplo, me levanté a las seis para empezar a las siete en Moraleja de Enmedio [a 30 kilómetros de Madrid]. Procuro aprovechar la hora de pausa para dormir un ratito: con el rodaje me estreso y se me trastorna el sueño. No descanso suficiente porque abro el ojo mucho antes que el despertador. Con los nervios, la alerta, te bullen muchas cosas en la cabeza. Me pasaba también en las películas. Por ejemplo, Rencor se hacía prácticamente de noche en exteriores, como La primera noche de mi vida. Descubrí que luego, de día, soy incapaz de dormir. Y no podía ni echarme la siesta después. Supongo que resistí porque era muy joven entonces.


– Como creador, ¿es frustrante un ritmo tan frenético?

– Para nada: trabajo en una serie que me gustaba mucho como espectador. Y me siento cómodo. Eso sí, se trabaja mucho más rápido e intenso que en el cine. Me ofrecí incluso a Alberto Caballero [productor y jefe de guionistas] como refuerzo para una semana de trabajo intenso. “Yo sería feliz”, le dije. Pero ya tenían una figura como yo. Por otro lado, año tras año se incorporaban a la serie actrices que habían trabajado conmigo, y eso me daba alegría. En la octava temporada entró Petra Martínez [doña Fina], con la que yo había hecho Nacidas para sufrir. Y volví a decírselo a Alberto. 


– O sea, que cayó por su peso.

– Llegó un momento en el que necesitaban a un director de segunda unidad porque el que tenían dejó la serie. Me llamaron. Y ya no era para una sustitución, sino para una temporada de ocho meses rodando todas las semanas. No había trabajado a ese ritmo nunca.



– Para los despistados, recuerde qué es la segunda unidad.

– La que se ocupa de hacer todas las escenas que se filman fuera del plató: los exteriores, las oficinas de bancos, los hospitales, los hoteles… Se trabaja en paralelo. Hay dos equipos: uno en plató, que no descansa, y el de exteriores. Pero hay cosas de la segunda unidad que conduce Laura Caballero [la directora de la serie y hermana del productor].


– ¿Requiere mucha labor de charla previa?

– No tanta, solo hay que concretar los temas más complicados, pero en el fondo es muy fácil, nos entendemos muy bien. Y va todo tan rápido que se requiere rapidez también en la planificación. 


– ¿Y repetir tomas, de un día para otro?

– Alguna vez, sí. Pocas. No es lo habitual. Va todo el mundo muy bien entrenado. Tenemos y tienen todo clarísimo. Los actores fijos, ni te cuento. Las primeras semanas les comentaba: “No sé qué deciros, llevo ocho años siguiéndoos…”. Aunque tienen clarísimo su personaje, es necesario un director que les ofrezca sugerencias de ritmo, de velocidad, de intensidad. Como los mejores músicos de cualquier orquesta. Lo agradecen. Y creo que lo pasan bien.


– Como director de actores, ¿qué le aporta la serie?

– Disfruto mucho, y es un lujo trabajar en un sitio donde te ríes. Aun sabiendo muy bien lo que voy a rodar cada día, me hacen reír. Los técnicos que no han leído el guion se tronchan. Y como profesional, me aportan apertura de miras: ver el proceso me ha enseñado otra forma de trabajar, otra imaginación, otra creatividad. Llevan al extremo la caricatura del personaje que han inventado, pero con mucho rigor. Juegan con su papel hasta el extremo.


– ¿Cree que el gremio aprecia ese talento tan, digamos, histriónico?

– Quizá no reciben muchos premios (algo inherente a la comedia), pero con el aplauso y la adoración del público no se puede competir. Hemos llegado a tener problemas para rodar en exteriores. La gente vibra cuando sabe que van a estar por ahí Antonio Recio [Jordi Sánchez] o Fermín Trujillo [Fernando Tejero].


– ¿Recuerda algún rodaje en concreto?

– Una noche de verano en San Blas [un barrio popular de Madrid] se juntaron centenares de personas… Sin colegio al día siguiente, sin prisa por acostarse… y se pusieron a cantarles rumbas inventadas. Había que pedir silencio cada poco. Creo que fue el año en el que empezamos a rodar más pronto, en verano. Los siguientes, ya en octubre o noviembre, no había tanta gente. Me cuentan que un día en Vallecas se formó tal lío en un cruce de calles que tuvieron que regresar a plató y cancelar.


– ¿Apunta las anécdotas?

– Es imposible… Nos reímos mucho, pero cumplimos un plan de trabajo intenso. Te ríes mucho, pero te estresas más. A los actores les dan ataques de risa… que les cuesta parar.


– ¿Aporta mucho el elenco al guion?

– El texto no lo cambian, pero el gesto sí. Y tienen ocurrencias para ser más Coque [Nacho Guerreros], más Berta [Nathalie Seseña], más Antonio Recio [Jordi Sánchez], más Fermín Trujillo [Fernando Tejero] o más Amador [Pablo Chiapella]. Son trabajos de su propia composición. Después de descubrir que eso funciona, lo exprimen.


– A ellos les costará compatibilizar la serie con otras cosas.

– Mucho… Y le cuesta aún más a la coordinadora de rodaje, Cristina Monzón, porque todos tienen muchas propuestas. Mucho teatro. Acuden a rodar agotados, y no siempre resulta fácil adaptar bien un reparto tan coral. Ellos lo compaginan, pero el coordinador de rodaje suda sangre.

– Y pensar que usted se enamoró de la profesión por el cine que regentaban sus padres…

– Cuando yo nací, mis tres hermanos eran adolescentes (yo fui una especie de ‘despiste’) y mis padres ya tenían el cine en Pilar de la Horadada [Alicante], que funcionaba también como teatro. Se construyó en los años cincuenta. Me encantaban las películas desde pequeño, aquella era mi casa. En los setenta, cuando tuve uso de razón, ya no había funciones de teatro ni variedades. Así que iba mucho a la pantalla. Detrás había una estructura cubierta por unas mantas para que no cogiera polvo. Me daban miedo aquellas figuras fantasmagóricas. Luego supe que eran los altavoces.


– ¿Con quién iba al cine?

– Con mi madre. Mi padre nunca entraba. No me instruían especialmente, pero recuerdo que me gustaba ver todo tipo de películas. La primera que me hizo pensar fue Espartaco, de Stanley Kubrick. Tendría yo seis o siete años. Había mucha carga ideológica y un retruécano en el drama final. Me impactó. Entonces yo pensaba que las películas las hacían los actores.


– ¿En serio?

– Claro. “Qué buenas películas hacía Kirk Douglas”, pensaba. Era actor, productor, tenía una valía tremenda. Creía que ellos decidían hasta el argumento. Supongo que al final de la infancia descubrí que había guionistas, directores y de todo. Salíamos de la sesión doble imitando a los karatecas. Recuerdo mucho El luchador manco, que no era ni Bruce Lee ni nada. Con la reforma del local, a mis nueve años, dejé de ver cine. Volví a la rutina los 11.


– ¿Notó aquel salto?

– Pues sí. A los 11 ya era un poco cinéfilo de otra edad. Mi hermano Pepe, que había estudiado Arquitectura en Madrid, hizo su primer proyecto en aquella reforma. Diseñó dos salas, a imagen del cine Duplex de Madrid. En una, programas dobles para adultos, con premios como los Óscar, y en la otra sala, más infantil. Era una forma de que ambos públicos disfrutaran. A mí me gustaba más el de adultos. Dejé de disfrutar a Le llamaban Trinidad o Adriano Celentano. Prefería a Brian de Palma, y aunque no se podía entrar a la sala de mayores, yo tenía salvoconducto. Quizá no entendía Annie Hall, de Woody Allen; o Lenny, de Bob Fosse; o El Decameron, de Pier Paolo Pasolini… cosas muy heavies que me dejaban descolocado, pero me reorientaron al cine bueno.


– ¿En su familia se sentían proveedores de cultura para el pueblo?

– No. Se trataba de un medio de vida. Mi padre era agricultor, y en los pueblos la gente suele tener oficio y negocio para subsistir. Él admiraba la copla, el teatro, algo que le hiciera feliz. Convenció a mi abuelo, su suegro, para que le ayudara en esa faceta: construir un cine-teatro e ir a Valencia a contratar películas o revistas. La etapa del teatro y la revista no la viví, ya digo, pero él lo hacía por el disfrute personal de tener un negocio más allá de los pimientos que plantaba. Y lo disfrutó. Cuando empiezo a tener recuerdos de mis padres, él ya está rozando los 50 años. Pero de joven sé que lo disfrutó. Gente de su entorno me decía que yo soy como él, que estaba loco por el cine de joven: era capaz de hacer 40 kilómetros en bici hasta Cartagena para ver Lo que el viento se llevó. Una vez, siendo ya muy mayor, intenté recordar en una charla con él todo aquello y se negó. Le podía el pudor padre-hijo. Falleció hace 14 años.


– ¿Usted estudió Cine en Madrid?

– Sí, a pesar de la reticencia familiar. Hice COU en Torrevieja, y ya hubo ahí cierto chantaje al que no accedí: veían bien que hiciera en Madrid una carrera seria, como mi hermano. Incluso me dejaban ir a la capital un año antes para hacer COU. Pero me quedé en Alicante, con tal de estudiar luego Cine. Me quedé con las ganas de viajar un año antes a Madrid, pero así se dieron cuenta de que iba en serio. Me fui a la capital a hacer Ciencias de la Imagen.


– ¿Cuántos años empleó en la facultad?

– La hice en seis años porque me quedaron dos asignaturas. Como la carrera me defraudó mucho y no había prácticas, en tercero ya empecé a dar la lata en las productoras para meterme de meritorio en lo que fuera. Era muy pesado. Lo logré en El sueño del mono loco, de Fernando Trueba, pero solo conseguiría entrar en producción. “Vale, donde sea”. Y luego hice algo parecido durante seis meses en la productora de Elías Querejeta.

– ¿Entrar en los rodajes ralentizó la carrera?

– …pero acabé, y nunca solicité el título. Me da igual. 


– ¿Aprendía en aquellos empleos?

– Sobre todo, lo que era el rodaje. Un meritorio de producción no tenía acceso a Fernando Trueba, por supuesto. Yo estaba a las cinco de la mañana poniendo el agua para los cafés, por ejemplo. O moviendo de aquí para allá las pesas y el gimnasio a Jeff Goldblum, que estaba en una etapa de vigorexia. Descubrí quién hace cada cosa en un rodaje, cómo encajan las piezas de producción, dirección y guion… Pero técnicamente no vi nada. Miraba cómo rodaban algún plano. Eso sí, era curioso ver luego una película en la que yo había estado trabajando.


– Y con Armendariz, ¿accedió a la célebre elipsis de su estructura de relato?

– Fui muy poco al rodaje de Las cartas de Alou, hacía básicamente trabajo de oficina. Pero recuerdo un día en el que rodaba un plano secuencia muy complicado en un interior y cómo repetía las tomas hasta obtener el plano exacto que él quería. Me di cuenta de que era un director muy perfeccionista.


– Sí puede contar usted que ha trabajado con Berlanga.

– En Todos a la cárcel. Y ahí, como auxiliar de dirección, sentía ya que podía asomarme más. Me volví loco al ver cómo Berlanga organizaba el plano secuencia, el movimiento de los actores, las dificultades del decorado para pasar la cámara… Era espectacular verle trabajar, y asistir luego al resultado es impactante. 


– ¿Cómo era su técnica?

– Siempre dijo que no le gustaba montar, era partidario del plano secuencia. Se aburría en la moviola, prefería verlo ya montado: un día de rodaje, y se acabó. Eso requiere mucho movimiento de cámara y de personajes para acompasar todo con ritmo y gracia, porque era comedia. Otros muchos han trabajado con la técnica del plano secuencia, como el griego Theo Angelopoulos, parsimonioso, paisajístico… Pero con ritmo y comedia resultaba complicado, si era una escena de persecución en un salón, por ejemplo. Crearon incluso la berlanguita, una pequeña grúa que movía la cámara. Había que cambiar el escenario, reconstruyéndolo sin hacer ruido para conseguir el plano secuencia. Y además, con sonido directo. Muy bonito de ver, un auténtico espectáculo. Y ahí hice un papel.


– ¿Ah, sí? ¿Cuál?

– Una escena con Torrebruno. “Su yogur”, le decía al cómico. Lo vi, pero no lo he rescatado ni en YouTube. Igual lo tiene Enrique Cerezo en su plataforma…


– En su filmografía es usted muy recurrente con cinco o seis intérpretes: Adriana Ozores, Mariola Fuentes, Petra Martínez, José Luis García Pérez…

– Repito por placer. Lo que funciona, mejor no tocarlo. Si entienden tu sentido del humor, del drama y del ritmo, es perfecto. Y más que lo habría hecho. Siempre, con los actores que me gustan, me imagino hacer más cosas. Incluso me permitiría disparates de casting con ellos, seguro que encajarían. Con Mariola, Adriana o Geli Albaladejo haría miles de cosas, todo el rato. Te dan alegrías renovadas y garantías de que te va a salir lo que tú quieres.

– ¿No se obsesiona con el casting?

– No, no. Woody Allen suele decir que no hay que obsesionarse con el casting, porque al actor que tú esperas para tu película puede atropellarlo un autobús y matarlo [risas]. Hay que tener un recambio en la cabeza. Y gracias a Dios, no hay autobuses, sino otros proyectos o preferencias que se imponen.


– ¿Cómo es su relación con Emilio Gutiérrez Caba, con quien hizo dos películas?

– Muy buena. En la segunda con él le dieron un Goya. Esa y la primera eran encargos y partían de dos guiones de Elvira Lindo. La primera noche de mi vida la dirigiría Iciar Bollain, era un proyecto de mujeres: una productora, una guionista y una directora. Pero a Iciar le surgió un proyecto personal, por lo que Elvira y Mariel Guiot, la productora, hicieron un casting de directores: nos dieron a leer el guion a varios. Creo que en la entrevista me las gané al proponer que el padre de la película fuera Emilio. Sonrieron y pensé: “Les he gustado”.  


– Hablando de casting, es usted experto en el infantil.

– Sí, con miles de críos. Me parecía que los niños de agencia estaban resabiados. Peleé mucho para que los castings se hicieran en colegios. Por ejemplo, David Castillo, el niño de Cachorro, sí tenía experiencia. Era actor y se lo ganó. Aunque Javier Mori, el director de casting, se había desplazado a Granada a ver colegios, no encontramos ninguno mejor que David. Sacrificamos el acento y listo.


– ¿Son duras las pruebas con niños?

– Sí, porque me obsesionaba que fueran niños reales. El de Manolito Gafotas debía ser de barrio. Daba igual Carabanchel, Villaverde o Usera. El ejque del habla del sur de Madrid debía estar.


– ¿Cuántos le llegan a usted filtrados?

– Pues no lo sé, pongamos 20 o 30 al final de cada semana. Podías ir reservando algunos. Y al final, el que eliges lo tienes claro, no se reduce ni a una terna. Llega una sonrisa, una mirada o un desparpajo especiales que te hacen decidir. 


– ¿Es fácil entenderse con un director de casting?

– A veces pides u ofreces cosas contradictorias. “Me gustaría que lo hiciesen este o aquel”. “Si no tienen nada que ver”, respondía él. “Ya, pero hay características de uno que no tiene el otro”. Es algo orgánico, poco racional. Mis decisiones son intuitivas y, como digo, a veces contradictorias. Tengo la suerte de contar con directores de casting flexibles.

– ¿El más peliagudo fue el de ‘el Pera’, el niño delincuente de Volando voy?

– No fue sencillo. Había que buscar un niño de nueve años intimidante, con una mirada… tremenda. Había que creerse que fuera un delincuente que hiciera frente a la policía. Y realmente, cuando apareció el niño, Borja Navas, no había nadie que le hiciera sombra. Te miraba retándote. Y ningún otro de esa edad lo hacía. Si acaso, alguno de 12 o 13 años. Fue una búsqueda larguísima en colegios y agencias. 


– ¿Qué ha sido de ellos?

– Sé que David Castillo sigue siendo actor. Los otros dos, David Sánchez del Rey, el niño de Manolito Gafotas, y Borja, el de Volando voy, también han hecho alguna cosita pequeña.


– Como mentor, ¿frustra que no lleguen?

– No, no. Con David Castillo se veía que disfrutaba mucho de ser actor y de las partes ingratas de serlo: repeticiones, paciencia infinita. Todo eso se aprecia, como un niño músico se engancha a un instrumento. Pero tanto David Sánchez como Borja se llevaron una sorpresa ante lo aburridísimo que es un rodaje. Aguantar al director, sus manías, los cambios, tenía su miga. Como mucho, disfrutaban la parte chula del momento. De hecho, me sentía un poco violento al ver que ese juego no era tal juego, sino algo agotador, repetitivo y hasta un rollo. Me generaba un conflicto, mala conciencia con ellos.


– Y no era un trabajito de cuatro horas.

– Ni mucho menos. Además, en los noventa no había legislación que los protegiera, a los pobres. Y eran protagonistas de 10 horas, cinco días a la semana. En esa época había menos industria audiovisual y menos publicidad. Así que me tocaba pelear con las productoras porque querían rodar en sábado. Y ni yo podía ni ellos, los niños, debían. Además, no eran películas de un niño solo. En Manolito… había colegio, pandilla… En Volando voy, la cuadrilla. Eran rodajes tan agotadores para ellos como para mí. Por cierto, gracias a tener niños protagonistas nunca he rodado los sábados en las películas [risas].


– ¿El padre de actor es como el de otro artista o el de futbolista?

– No. Lo vivían con la ilusión de ver a su hijo como protagonista, pero nunca eran pretenciosos. Fueron colaboradores y cariñosos. No tuve ni un roce. A veces, alguna madre sufría de más incluso, al ver que el niño no disfrutaba con el trabajo. Pero jamás se le interrumpió el curso a ninguno. Y eso era un estrés añadido porque tenía que estudiar. O examinarse.

– Con Elvira Lindo tiene usted casi tanto ascendente como su marido, Antonio Muñoz Molina.

– No lo creo [risas]. El libro ya tenía muchísimos seguidores, Manolito era un éxito editorial tremendo, y el personaje radiofónico también tenía éxito. Gracias a esa popularidad y a que yo peleé hombro con hombro junto con Elvira para que la película tuviera el mismo tono y espíritu, fue muy bien. Había gente que quería alejarse un poco de ese espíritu. Los libros son muy bonitos porque hablan de niños de los noventa, pero de forma subterránea Elvira habla de su propia infancia. Por eso la entendía bien. La película no parece de finales de los noventa porque los libros también tenían un aire como de otra época, o eso me parecía a mí.


– ¿Quedó contenta Elvira?

– Creo que sí. Precisamente por quedarnos cerca del espíritu del libro.


– Otra persona que le debe parte de su caché es Lolita: usted la consolidó como actriz.

– No me gusta medir en esos términos. Hizo Rencor y ganó el Goya, y pasaron muchos años sin que le ofrecieran nada, como si de repente hubiera un extraño castigo. No sé qué pasó. Quizá es que tampoco Rencor tuvo mucho éxito de taquilla, solo se recuperó ocho meses después, con el Goya. Lo que ha terminado por dejar clara la categoría de Lolita es el teatro, y ser buena en teatro no es fácil. Es indiscutible, ya nadie tiene dudas sobre ella. Pero nunca he tenido esa sensación de préstamo de talentos. Todos damos lo máximo, y lo que Lolita me dio a mí haciendo el personaje como lo hizo no tiene precio.


– ¿La eligió usted?

– Sí, aunque inicialmente no se me había ocurrido. Y la opción descolocó un poco de inicio, pero cuando le propusimos el proyecto y el guion, fue ella quien pidió una prueba. “Y me tienes que decir si quedas contento con mi actuación”, advirtió. Hizo una de las mejores pruebas que le he visto nunca a nadie. Logró el personaje a la primera.


– ¿Y el maromo Jorge Perugorría llegó a la primera?

– [Risas]. Hubo también algún tumbillo, y cuando lo teníamos decidido, topamos con la burocracia de Cuba. En el último momento, ya en la semana de rodaje, no le dejaban salir de la isla. Y a él le gusta preparar los personajes, como a todo el mundo. Fue un poco atropellado y lo pasó mal. Pero salió todo muy bien.


– ¿Le da pereza el drama?

– Qué va, si es lo que más me gusta, por mucho que me ría con La que se avecina. Me gusta la comedia, pero Cachorro es drama, como Nacidas para sufrir o Rencor. Estoy cómodo en el híbrido del drama con momentos de humor, y viceversa. Casi todas las películas que me gustan con locura suelen acabar mal. Rocco y sus hermanos me deja clavado.

 

____________________________________________________________________________________________________________________

Los privilegios de nacer en un cine

Albaladejo se crio en el cine que regentaban sus padres en Pilar de la Horadada (Alicante). Entrar y salirse en las películas es algo natural para él: “No tengo ningún complejo si me apeo de una película que me aburre”. A su amiga Feli, con la que va mucho al cine, ya la ha contagiado. “Me da en el codo: ‘No te está gustando, ¿verdad? Pues vámonos a tomar café’. Por ejemplo, me he salido de Érase una vez en América dos veces [risas]. Y de Kill billQuentin Tarantino no está entre los favoritos del director. Tampoco duda en destacar la última que le ha gustado, La inocencia, con dirección de Lucía Alemany y con Carmen Arrufat, Laia Marull y Sergi López en el reparto. “Cuenta muy bien el verano eterno de las pandillas de la adolescencia”, confiesa.

 

Visionario del lenguaje inclusivo

En cierto modo, Albaladejo se adelantó dos décadas a su tiempo. En Ataque verbal había siete diálogos de siete parejas de actores, entre ellas una peculiar formada por dos monitores de boy scouts de 15 años. “Lo escribí en 1997 y se rodó en 1999. Era pura fantasía”, recuerda. “Se veía como algo disparatado que hablaran de una niña transexual de siete años. ‘¿Esa niña es transexual? Si parece Michelle Pfeiffer…’, decían”. Hasta parejas femeninas de guardias civiles había en Manolito Gafotas. “Pero eso era una broma”, sonríe. Veintitantos años después se siente orgulloso de que los niños y niñas transexuales, por la información que tienen (“cuentan con YouTube, que antes no había”), se dirijan a sus padres seguros y seguras de estar en un cuerpo que no es el suyo. Eso era algo impensable en los noventa. “Que se haya entendido y extendido me parece maravilloso, hay más naturalidad. Me parece emocionante que digan: ‘No me pongáis más falda o pantalón o no me hagáis jugar con eso que no me gusta’. Hay familias que acceden a salir en los documentales, familias de todo tipo, que asumen las situaciones con serenidad”.

Versión imprimir

Contenidos Relacionados