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30-09-2022


“Cuando la fama me distrajo, el teatro me salvó”



Miguel Ángel Muñoz recibe el premio de la Fundación AISGE en el FesTVal de Vitoria coincidiendo con la plenitud de la madurez. “Me estoy preparando para envejecer”



FRANCISCO PASTOR

FOTOS: ENRIQUE CIDONCHA

Miguel Ángel Muñoz (Madrid, 1983) no lo oculta: se encuentra en el año más prolífico de toda su carrera. Este 2022 ha presentado dos series y otros dos largometrajes. Espera el estreno de What about love, donde trabaja con Sharon Stone y Andy García. Está grabando UPA Next, ficción en la que va a retomar su personaje más aclamado, Rober Arenales, aquel joven que aprendía baile y levantaba pasiones en Un paso adelante dos décadas atrás. Muñoz recuerda la emblemática serie con tanto respeto que reitera que esto no es una secuela ni una temporada más de una narración anterior, sino algo completamente nuevo. Mientras, recoge un galardón tras otro, como el Forqué por el documental 100 días con la Tata (2021). Lo dirigió durante el confinamiento junto a la persona que más quiere: Luisa Cantero, su tía bisabuela. La última incorporación a su vitrina llegaba este septiembre en el FesTVal de Vitoria, donde recibió el premio de la Fundación AISGE.

 

— Se emocionó en el atril al recoger el galardón. A muchos les sorprenderá esta cara sensible.

— Quise subir al escenario sin nada preparado. Hace tiempo que trato de hablar desde el corazón. Cuando era un niño, al presentar El palomo cojo (1995), pensaba que me tendría que saber las respuestas a las preguntas que hacía la prensa. ¡Claro que no! Ahora voy soltando lastre, me voy quitando los corsés. Mis amigos me felicitan por lo mucho que he cambiado. Hace 15 o 20 años jamás se me habría pasado por la cabeza rodar 100 días con la Tata, ¡era exponerse demasiado! Aunque trabaje mucho, trato de guardar un rato para mí, para crecer como persona. Estos meses, cada fin de semana me voy a un taller sobre el duelo. Hablamos de la muerte, pero también de cualquier despedida.

 

— ¿En lo profesional también suele sentir el duelo?

— Sí. Desde la primera vez que escuché la claqueta al final de un rodaje, cuando todos aplauden. ¡Pues yo me pongo a llorar! Me cuesta volver a la realidad, lejos de un equipo que se ha convertido en mi familia. Recuerdo ir en el coche, cuando me tocó grabar el último capítulo de El síndrome de Ulises. Me habían escrito un final feliz y me iba leyendo las separatas por el camino. El llanto me acompañó hasta el plató.



— ¿Cómo lleva que en UPA Next le toque de profesor y no de estudiante?

— Hoy mismo vengo de grabar. Estoy en una nube. Ando encantado por el talento de quienes nos toman el relevo. Les deseo, al menos, el mismo éxito que tuvimos nosotros, y que yo esté ahí para verlo. Además, me ahorro lo más complicado, aprenderme todas las coreografías [risas]. ¡Hasta puedo entrar al rodaje un poco más tarde!

 

— ¿Nota la diferencia entre su generación y la nueva?

— Sí. Sobre todo, en los teléfonos móviles. Antes estábamos ahí, en el lugar y el momento. Las relaciones eran otras: hablábamos de viva voz y nos mirábamos a los ojos. Teníamos teléfonos, pero para llamarnos, para mandarnos mensajes de texto. Ahora nos encontramos dispersos, como distraídos, tratando de llegar a todo. Le preparamos a alguien una fiesta de cumpleaños y, aunque estemos todos juntos, volcamos las ideas en un grupo de WhatsApp. De esto tampoco escapamos Bea [Luengo], Mónica [Cruz] o yo, los supuestos adultos de la serie.

 

— En Un paso adelante había un personaje gay. Y el deseo de las mujeres se expresaba con franqueza, al igual que el de los hombres. ¿Qué tendrá de vanguardista UPA Next

— Que nos revisamos todo el tiempo. La serie Un paso adelante fue moderna, ¡pero había chistes machistas! Mi personaje, el tito Rober, era un machote que se metía con todo el mundo. Ahora conservamos su esencia, pero sin cruzar ningún límite. Si increpa a alguien, que no sea por su físico ni su vestimenta. Habrá chicos que se pinten los ojos, y eso ni siquiera tendrá que ver con su sexualidad. Vigilamos que no se falte al respeto a ningún colectivo. Pero me ha vuelto a tocar el papel más conservador. De eso no me libro.



— ¿Teme el día en que pueda dejar de ser objeto de deseo, perder ese ingrediente?

— Bromeo mucho con esto. Al calor de Un paso adelante, actuamos en estadios frente a 20.000 jóvenes que se volvían locos con nosotros. Ahora, quizá tras Amar es para siempre o por el documental 100 días con la Tata, son las señoras mayores quienes me piden una fotografía. Yo estoy encantado de recibir tramas cada vez más adultas, y no que me pongan a liarme con una compañera ¡o una alumna! Pero sí, me estoy preparando para envejecer y perder el atractivo más físico. Ojalá nunca añore ese tipo de vanidad. Eso significará que me encuentro bien.

 

— Según contó una vez, Un paso adelante le alejó de la vida real. ¿Cuándo logró aterrizar de nuevo?

— Hice lo posible por mantener la perspectiva, pero era muy difícil que no me despistara. Llegábamos a los conciertos acompañados de seguridad, la Guardia Civil nos protegía, la serie provocaba unas audiencias tremendas. Pero cuando la fama me distrajo, el teatro me salvó. Mi agente estaba empeñado en que siguiera con la música, que grabara discos y fuera de gira por Latinoamérica. Yo soñaba con actuar sobre las tablas. Hasta que fuimos a juicio

 

— ¿Tuvo que declarar ante un juez?

— Sí. Yo quería seguir en la interpretación y no sabía cómo hacerlo. Estaba atrapado. Hasta que encontré un abogado, mandamos un burofax… y me llegó una denuncia por incumplir mi contrato. Fue tremendo: acabé contándole a un juez, en un juzgado y con toda la ceremonia, que lo que yo quería era actuar. De hecho, estaba trabajando en el teatro, en El cartero de Neruda. Aquello me hacía feliz. Creo que aterricé ahí, cuando me libré por poco de esa vida que no quería para nada.



— En la actualidad, ante tanto trabajo, ¿cómo sabe qué camino tomar? 

Durante un tiempo me obsesionó elegir papeles muy distintos a mí, a todo lo anterior. Hubo años en los que siempre me ofrecían personajes cercanos a Rober, muy socarrón, el matón del grupo. Encaraba los textos alejándolos, como pudiera, de aquello que ya hubiera probado antes. Pero ya no. Atiendo a lo que el papel me pida y punto. Si me queda cerca, lo respeto, juego con él, lo disfruto. Decido en función de lo que me haga feliz. Aunque mantengo cierto impulso de un trabajo a otro: pido siempre a los directores que me lleven al límite. Una vez ahí, ya iremos bajando. 

 

— Tras toda su trayectoria, ¿qué le chocaría más de esta industria a aquel niño que empezó en ella? 

— En este mundo hay una tendencia a las promesas. Nos dicen que el siguiente papel nos cambiará la vida. Un productor jura que nos dará el próximo protagonista y que va a ser digno de un Goya. Pero muy pocas personas pueden cumplir las expectativas que han creado. ¡Cuántos directores han faltado a su palabra conmigo! No digo que mintieran deliberadamente, pero quienes tomaban las decisiones de verdad estaban por encima de ellos. Hoy, cuando me preguntan si podré ayudar a alguien para entrar en el oficio, respondo que no. No quiero fingir que soy yo de quien dependen las cosas. Es lo más honesto.

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