twitter instagram facebook
Versión imprimir
10-11-2022


Montserrat Alcoverro

“Soy de la vieja escuela: cuando muera, que sea en un escenario”


Quiso cantar y bailar, pero descubrirse como actriz le cambió la vida. ‘El cor de la ciutat’ y ‘Acacias 38’ la consagraron en la tele. Cuando no suena el teléfono, produce por su cuenta: “Me he arruinado tres veces, y las tres me he levantado”



JAVIER BLÁNQUEZ

FOTOS: PAU FABREGAT

Seguramente no haya nada en la profesión que la catalana Montserrat Alcoverro (Barcelona, 1959) tenga aún pendiente. Durante casi cuatro décadas de actividad ha conocido la parte amarga de ser actriz –el fracaso de un proyecto, el prolongado silencio del teléfono–, pero también la más satisfactoria, hasta el punto de que ya no puede salir a la calle en Italia sin que le pidan una foto. La cara y la cruz.

 

   Peleona, reivindicativa, feminista. Todo lo hace con integridad, con enorme sentido de la justicia y de la responsabilidad frente al público y la sociedad. Conocida en los últimos años por el papel de Úrsula Dicenta en la serie Acacias 38, Alcoverro acumula una historia mucho más profunda, rica e inspiradora que comparte con nosotros.

 

– ¿En qué momento se le despertó el gusanillo artístico?

– La vocación la tenía despierta desde pequeña gracias a mi madre. Vengo de una familia obrera de L’Hospitalet, muy modesta. Mi madre necesitaba los libros y se hizo suscriptora del Círculo de Lectores. Había pocos en casa, pero fueron importantes. Durante la pandemia había vuelto a Barcelona tras cuatro años de trabajo en Madrid, en Acacias 38. Mientras ordenaba la biblioteca, en un libro de Lorca me apareció el recordatorio del entierro de mi madre: justo donde estaba el poema del lagarto, que ella nos leía. Es un poema que de pequeña yo había leído en la radio porque mi madre me llevó una vez.

 

– Pero alguna vez ha explicado que lo primero que le sedujo fue la danza.

– Al principio de todo yo cantaba. Era cantante de escalera y de terrado, y si fui a la radio, fue para cantar. Luego quise ser bailarina: hice lo posible por estudiar, pero empecé a trabajar con 14 años como auxiliar administrativo, así que lo tuve que dejar aparcado. Fue un momento personal importante porque empecé a ganar mi dinero y dejé de robarle cigarrillos a mi padre para comprar mi propio tabaco... Pero en 1984, después de divorciarme de mi primer marido, tuve claro que la vocación artística era poderosa y quise retomar los estudios. Me apunté a un grupo de estudio llamado Mass Media, en Poble Sec. Quería apuntarme a danza, pero como solo podía estudiar de noche, las únicas plazas disponibles estaban en el curso de actuación. Llegué un poco por error.



– Algo tuvo que pasar en aquellas clases...

– Ante todo, un gran maestro, el director de teatro argentino Osvaldo Calatayud, un gran intelectual que se había exiliado de la dictadura. Tenía su propia compañía, y cuando la democracia volvió a Argentina, asumió la dirección del teatro Cervantes bonaerense. Hay frases de Osvaldo que nunca se me olvidarán. Por ejemplo: “Al escenario se tiene que salir con el coño por delante”. O lo que es lo mismo, entregándote por completo. Recuerdo que él insistía en que el actor debía ser responsable, consciente del rumbo de su carrera y de la elección de sus personajes.

 

– Todo esto ya era a comienzos de los ochenta. ¿Cómo fue el salto profesional?

– En aquel tiempo participaba en el grupo independiente Borinot Negre. Éramos una compañía muy punki, yo incluso llevaba cresta, imagínate. Durante la semana estudiábamos y los fines de semana salíamos de gira. Fue un gran complemento, ya que era la motivación para trabajar las improvisaciones, relacionarnos con el público… Eran años en que se podía girar por Cataluña sin ningún problema porque había un círculo fuerte para compañías pequeñas. A finales de los ochenta se complicó más, y en la actualidad es mucho más difícil que exista un circuito underground estable.

 

– ¿A qué cree que se debe?

La estructura de la profesión ha cambiado mucho. Ahora está muy establecido un star system de directores, actores, etcétera, lo cual hace más difícil un recorrido fuera de eso. Pero yo necesito hacer teatro, así que cuando no ha sonado el teléfono para hacer cine, televisión o publicidad, y yo nunca he esperado a que suene el teléfono, he montado mi compañía para desarrollar proyectos que me salían de las entrañas. Eso es mucho trabajo y poquísima recompensa. Me he arruinado tres veces, y tres veces me he levantado. En la situación actual puedes hacer algo arriesgado y te van a aplaudir, te van a dar premios… pero nadie te va a contratar una gira.

 

– En la profesión esto se sabe bien, pero el público no llega a ser consciente de lo difícil que resulta dedicarse a la actuación.

– Esta es otra frase que recuerdo de Osvaldo: “Esta profesión es maratoniana. Toda la vida corriendo... y no hay final”. Te vas a encontrar de todo: obstáculos, negativas, muchos fracasos. Tienes que estar muy centrada porque esta profesión implica resistir, es para toda la vida y exige un compromiso con la cultura. Si quieres fama, ser influencer, no actúes: vete a un programa tipo Sálvame.


– Tampoco se habla del sacrificio continuado de estudiar, de ampliar conocimientos, idiomas... Y ese aprendizaje jamás se acaba.

 – Yo soy una burra trabajando. Hago de todo. Mi abanico está abierto los 180 grados, el único condicionante es el ideológico. Si en un periodo electoral me piden hacer un trabajo que tiene un sesgo con el que no comulgo, no lo hago. También pido que no se viole ningún marco legal. Por ejemplo, si me llega un trabajo desde el ámbito público, quiero que se siga el convenio y no voy a pedir caché superior a lo estipulado. A partir de ahí, si puedo, hago todo lo que me piden. Me gustan los cortometrajes, son un formato en sí mismo. Y si no hay dinero, pues suelen ser proyectos con poco presupuesto, no hay problema: lo hablamos y encontraremos la manera. La última película que he hecho, El caso Ángelus, que trata sobre Dalí y donde interpreto a Gala, se ha gestionado como una cooperativa. No veo conflicto en combinar lo comercial con lo underground: un doblaje, la publicidad o el modelaje –durante años fui modelo de manos– te permiten hacer cosas más pequeñas.



– La mayor parte del público la conoce por su trabajo en dos seriales: El cor de la ciutat (TV3) y Acacias 38 (TVE).

– Creo que son dos productos honestos. No engañan: están pensados para una parrilla y un público concretos, series de sobremesa para un perfil de gente mayor y que pasa mucho tiempo en casa. Este tipo de formatos, al igual que ocurre con los telefilmes, en algunos países tienen reconocimiento: yo he hecho muchas películas para televisión en Alemania. En el caso de Acacias 38, es interesante porque ofrece un trabajado contexto histórico, algo similar a Cuéntame pero en el siglo XIX. Los guionistas se alimentaban mucho de hechos reales de la época. Yo me lo tomé muy en serio: para preparar mi personaje estudié cómo era la psiquiatría a finales del ese siglo, me fui a un hospital de Mataró con la ayuda de un amigo médico y me infiltré entre los enfermos para así observarlos de cerca.

 

– Ese personaje de Úrsula Dicenta, una villana perturbadora, ¿se ha convertido en alguien especial en su larga carrera?

– ¡En Italia ya me han dado tres premios! Es un personaje al que accedí por un casting. Habían pensado en mí, pero no era la única candidata, así que tuve que hacer prueba. Yo por entonces hacía Medea con mi compañía de teatro, pero no nos salió ninguna gira, así que cuando me ofrecieron el papel de Úrsula, aun con condiciones no muy buenas, lo acepté. Al principio era un papel de reparto, y eso implicaba ir a Madrid, pero no podían pagarme alojamiento ni transporte porque era lo que establecía el convenio. Al cabo de tres meses, el personaje tuvo éxito y pasó a secundario, con otras condiciones. Y al cabo de un año era principal. Durante dicho periodo atravesé problemas familiares que lo hicieron todo mucho más difícil, así que… ha sido un personaje especial. Especial por lo que me ha dado, por lo bien que me trataron y por las dificultades que hubo.

 

– ¿De dónde sale la energía para poder con todo?

– Hay una parte genética. En las últimas pruebas que me he hecho me sale que tengo una edad metabólica de 42 años. Y eso que este último año ha sido jodido... Las secuelas de la pandemia están siendo durísimas.

 

– ¿Sale tocada de la pandemia? ¿Qué espera de estos próximos años?

Hay una realidad triste que me cabrea: tengo 38 años de experiencia, no he hecho otra cosa más que producir y actuar, me encuentro en esta edad maravillosa, con pocas arrugas… y estoy trabajando menos que nunca. La dictadura de la juventud es un hecho. Y es muy duro porque ahora puedo ofrecer más que nunca. En esta profesión vivimos de nuestro trabajo el ocho por ciento de los artistas. Y solo el dos por ciento son actrices. ¿Cuántas de más de 50 años puede haber en ese porcentaje? No es que falten personajes de mi edad en series, obras o películas; faltan guionistas que escriban esos papeles y una industria que quiera reflejarlos. Si esos papeles no llegan, ya me los escribiré yo. Como siempre. Yo soy de la vieja escuela: cuando muera, que sea en un escenario.

Versión imprimir

Contenidos Relacionados