
Acaba de rodar una de suspense con Saturnino García y dos películas, con Carla Simón y Gonzaga Manso. Ha recibido dos premios AISGE en los últimos cuatro años “por buena actriz”, dice. Comenta cada semana temas de actualidad en la radio, el medio en el que empezó con 18 años. Todos se deshacen en elogios ante el sentido del humor y profesionalidad de esta viguesa de 91 años que se hizo actriz cuando la invitaron a dejar los micrófonos tras casarse. Hizo teatro en Vigo, protagonizó la inolvidable ‘Rías Baixas’ (TVG) y amplió su currículo en Madrid en series como ‘El tiempo entre costuras’ o ‘Cuestión de sexo’. La Wikipedia ni se ha enterado, pero la Fundación AISGE le dedica este capítulo de sus monografías documentales de producción propia.

Empezó en el oficio por casualidad y por la insistencia de su padre, el cineasta Clemente Pamplona, pero con 19 años ya era la estrella de los clásicos de José Tamayo y protagonista recurrente en aquellos inolvidables dramáticos de TVE. También llegó al doblaje casi de carambola, pero aquella disciplina la mantuvo ocupada durante 20 años y le ayudó a paliar el dolor ante la más terrible de las desgracias familiares. Luego se reenganchó al teatro y con las mismas arrastró a su hija Laura, que tampoco tenía intención de ser actriz. Se ha dejado la garganta en escena, literalmente, gritándole a Josep Maria Pou en La cabra o quién es Sylvia, tuvo que interrumpir las funciones de El malentendido porque eran "bestiales" y ahora da viva a una nonagenaria en Camino largo de vuelta a casa. Amparo Pamplona: una maestra de la intensidad y la emoción en carne viva, tanto en la profesión como en la vida misma.

El destino le metió en una pelea carcelaria a navajazo limpio en El Pico II, una película que estuvo seis meses consecutivos en cartel. Poco antes de aquello, más de media España le había visto amenazar con otra navaja al entrañable Chanquete en Verano azul. Valentín Paredes fue galán o macarra, incluso las dos cosas, hasta el día que se topó con García Lorca en el teatro y pudo demostrar que ese niño crecido en un pueblo remoto de Badajoz había sido alumno aventajado de Paco Valladares. En este documental que le dedica la Fundación AISGE repasa su trayectoria salpicada de anécdotas: lo que le ocurrió en su primera escena de cama, el piropo que le lanzó Berlanga (para el que tuvo que rodar en calzoncillos), los ojos más bonitos que ha mirado, sus conversaciones en el plató con Anthony Perkins o por qué Almodóvar, aunque le piropeó, no le quiso.

Críspulo, el entrañable gamberrete pirotécnico de La gran familia, ha cumplido 71 años. Ese “niño relámpago” al que toda España vio crecer en decenas de películas y en Estudios 1 de televisión, rompió con todo aquello el día en que se puso un corsé en el escenario. Se lanzó a explorar rumbos interpretativos nuevos: Calderón y el verso cambiaron su vida. Su mantra para ser actor: “Hay que hablar como se quiere, no como se puede”. En el viaje, el manchego se ha construido una sólida personalidad artística, aunque algunas de sus aventuras le llevaran casi a la ruina. Fue bendecido por Kubrick para doblar La naranja mecánica y Antonio Gades alabó su estilo flamenco. La Fundación AISGE le dedica este capítulo de la serie #MuchaVidaQueContar.

Llegó a España huyendo de un marido abominable. Y huyendo de los no menos terribles caballeros Templarios, que creó Amando de Ossorio, se convirtió en una musa del ‘fantaterror’, un género que alienta fans devotos. Acaba de cumplir 80 años y los festivales de terror se pelean por esta hispanodanesa. Del último, en Transilvania, se vino con el título de condesa de Drácula; toda una paradoja para alguien que almuerza a diario en un restaurante regentado por rumanos de aquella región. Rodó cuatro decenas de películas hasta que en los ochenta al cine “le dejaron de gustar los acentos”. Tras 30 años arrumbada, volvió dirigiendo sus propios guiones, donde se intuye la huella de la primera escena de terror que contempló, con ocho años, en el dormitorio de sus padres. “Sí, he tenido una feliz vida de miedo”, resume en este minidocumental de #MuchaVidaQueContar que le dedica la Fundación AISGE, en el que no faltan cuchillos, hachas, un millonario malo y una lápida para un esposo de pega.

Cómo recorrer el mundo con la familia en un crucero con todos los gastos pagados. Mamen García lo hizo durante siete años a cambio de cantar una hora cada noche. Fue en el medio de sus dos vidas. En la primera, pianista y compositora, se erigió en “la cantante de la tele” con la orquesta Patxinguer Z de Si yo fuera presidente, el programa de moda en los ochenta. En la segunda, que emprendió a los 50, se destapó la actriz. Su presencia en musicales de renombre le dio seguridad para explorar variopintos territorios: De Chéjov en el teatro a Escenas de matrimonio en televisión. Ahora “con muchos más de 70 años”, sigue activa en los tres frentes: teatro (Caperucita en Manhattan), televisión (La que se avecina) y un musical con su hijo Albert Sanz al piano titulado Hasta el final de la fiesta. Toda una declaración de intenciones. En este minidocumental de la Fundación AISGE lo resume con elocuencia: “No soy una actriz al uso”.

Lo confiesa él mismo, apabullado por su propia versatilidad: “No sé si soy un director que actúa, un dramaturgo que hace cortos, un escritor que sale en películas…”. No se confundan por culpa de los 200 filmes en los que ha intervenido (incluyendo los que ha escrito y dirigido: el bilbaíno presume de ser, ante todo, “un hombre de teatro integral”. Cumplidos los 75, nada ha cambiado desde que con 20 creara su primer grupo. Y prepara su tercera película que irá, claro, sobre “la vejez feliz”. La Fundación AISGE le dedica este capítulo de #MuchaVidaQueContar, imprescindible para descubrir cómo se puede triunfar sin maestros o representante y con un hermano crítico que no le menciona en las críticas.

Ni Bárbara Rey, ni Ágata Lys. La primera fue Bárbara Lys (aunque las tres compartían un representante poco imaginativo). Había llegado a Madrid a participar en Miss España como reina balear de la belleza, pero ya no regresó a la isla. Entró en el primer ballet de TVE, fue la estrella Barbarella en las populares fotonovelas de la época y se hizo fija en la cartelera teatral de los setenta. Militante clandestina, participó activamente en la huelga de actores y en los movimientos reivindicativos profesionales. Conoció los calabozos y la brutalidad policial. Fue madre soltera. Y al final lo dejó todo porque quería estudiar Historia en la universidad. He aquí la biografía singular de una mujer valiente y libre que comparte #MuchaVidaQueContar para la Fundación AISGE

Hace 40 años se metió en la piel de Tasio y ya nunca le abandonó. Pero a Patxi Bisquert no le importa haber cedido parte de su identidad al personaje porque comulga con todos los valores de aquel carbonero navarro al borde de la extinción: la lealtad, la humildad y la libertad. Como Tasio, Patxi Bisquert se considera un furtivo en una profesión que nunca eligió. Llegó al cine de casualidad después de haber participado en una de las fugas carcelarias más legendarias y solo porque Imanol Uribe quiso contar con presos que la vivieron de verdad. La anécdota se convirtió en una profesión que le permitió besar a la actriz que admiraba: Pepa Flores. Su vida es tan singular que Ignacio Amestoy la llevó al teatro. Lo último: convencer a 30.000 personas para que le ayudaran a financiar una película sobre un ‘bertsolari’ olvidado. Lo cuenta en este minidocumental de #MuchaVidaQueContar que le que le dedica la Fundación AISGE.

“Hacer teatro es el juego más divertido que he conocido. Y rejuvenece”. Lo resume con aplomo jovial, barcelonés del barrio de Sant Andreu que a sus 80 años no para de hacer cosas: ahora con Pazzo, donde encarna a un viejo artista de circo que busca la manera de mantener vivo su oficio. Jordi debutó a los 10 años en el grupo del Casal Catòlic, meca del teatro aficionado donde montaban una obra cada 15 días, y desde allí emprendió aventuras de vanguardia como la del Teatre del Nord de la Ciutat (TNC), siglas premonitorias de lo que vendría más adelante. Pero su debut profesional no llegó hasta los 48, a raíz de un encuentro accidental con Sergi Belbel; solo entonces pudo dejar su puesto de trabajo en la Pegaso para entregarse a la pasión que hasta ese momento le obligaba a pasar gran parte de su jornada laboral escondido en los lavabos de la oficina para estudiar los papeles.

Tiene tres libros publicados y un cuarto en camino: escribe porque todo le hace un “clic en el estómago y en el corazón”, y aún hoy se pregunta si no debería haber sido escritora antes que artista. Pero aquel sueño infantil de la literatura quedó invernando hasta los 60 años porque la interpretación irrumpió en su vida con otros planes para ella: la mítica ‘Arrebato’, el Almodóvar temprano (aunque no hubiera feeling con el director manchego), el Óscar "impensable" con Garci… De todos esos hitos habla en el videodocumental de #MuchaVidaQueContar que le dedica la Fundación AISGE, desde la visita a España de los Beatles en 1965 a su papel más deseado (por mucho que le arruinara) y aquel pasodoble que bailó en una plaza de Córdoba junto a Núria Espert. “He hecho la carrera que he podido, pero en mi haber tengo ese pasodoble”, resume.

Antes de que el éxito del fugaz dúo cómico Arenas y Cal le cambiara el apellido, Manuel Salamanca sumaba 30 años de escenarios, desde que le subieron por primera vez con dos meses. Hijo de actores ambulantes, del teatro de los caminos donde solo se comía si el público iba, llevó una vida itinerante hasta que un vendaval se lo llevó todo. Lo que vivió de niño, lo retrató luego Fernando Fernán Gómez, que se inspiró en sus padres para El viaje a ninguna parte. Se lo confesó la primera vez que coincidieron en un plató, en TVE, donde además, tras verlo actuar, le profetizó: “Chaval, tú vas a comer de esto”. Augurio cumplido, gracias, entre otras cosas, a su permanencia ininterrumpida durante 23 años en Cuéntame cómo pasó y al Cuponazo de la ONCE, sus dos golpes de suerte, según revela en el minidocumental #MuchaVidaQueContar que le dedica la Fundación AISGE.

Mucho antes de las apoteosis futboleras, la Cibeles fue conquistada por la polifacética y políglota artista bonaerense, que en 1963 decidió celebrar encaramada a la diosa su recién adquirida nacionalidad española. La actriz, cantante, bailarina y acróbata emprendía entonces una carrera prolífica: intervino en cerca de 75 películas, abrió el debate del destape cuando enseñó el pecho con Franco aún vivo, visitó los calabozos por deslizar morcillas políticas y presumió de madre soltera. “Yo siempre he pensado que la gente tiene que hacer lo que quiera”, resume a sus 93 años en el minidocumental que le dedica la Fundación AISGE, un homenaje al que se suman sus compañeros de cartel Raphael, Manolo Cal y Luz Casal, que debutó con ella

Muchos le reconocen hoy por La casa de papel, pero para que el artista barcelonés pueda celebrar estos días su medio siglo de trayectoria artística hizo falta que se cruzaran en su vida tres personas: un defensa sin escrúpulos, un coronel cinéfilo y el dueño del bar más mítico de Cadaqués. El primero acabó con su carrera de futbolista profesional de una patada. El segundo entendió que un actor ya prometedor no podía estar arrumbado en el Ampurdán con un petate. Y Pere, el del Marítim, le espabiló para que abandonara su retiro bohemio y volviera a los escenarios. Fue entonces cuando realmente supo lo que quería hacer: “teatro en vaqueros y camiseta”. Munné se ha pasado toda su carrera buscando respuestas al hecho escénico. Ahora las comparte con sabiduría y serenidad en este documental #MuchaVida Que Contar que le dedica la Fundación AISGE.

En sus años de infancia en Ceuta solo recuerda una cosa: "bailar, bailar y bailar". No había nada más en aquellos crudos años treinta, y tampoco la ciudad disponía de academias donde desarrollar la vocación. Pero la niña y su madre viajaron a Madrid, visitaron a Antonio el Bailarín en camerinos y el ya mítico coreógrafo tiró de olfato para darse cuenta de que aquella chiquilla "con raza" tenía "algo". Algo tan poderoso como para terminar pasando 16 años como pareja de baile, entrando en la Casa Blanca o en la residencia monegasca de Grace Kelly... y ejerciendo como profesora particular de la Duquesa de Alba. Lo que se dice una vida que contar, o más bien un cuento de hadas.

Había llegado este palentino de Carrión de los Condes a la capital persiguiendo el sueño de ser escritor, pero no logró superar la prueba de acceso a Periodismo. Así que Antonio Medina se puso a hacer teatro de cámara y terminó estrenando el primer Brecht que se hizo en España y participando en varios montajes de Ionesco. José Tamayo se cruzó en su vida y le dijo: "Muchacho, tú tienes una voz espléndida, tú vas a trabajar mucho conmigo". Han transcurrido más de seis décadas desde aquello y nuestro protagonista de #MuchaVidaQueContar, espléndido a sus 88 años, sigue subiéndose a las tablas. En ellas conoció a la actriz Sonsoles Benedicto, compañera de vida desde entonces. En ellas ganó mucho dinero y también se arruinó, por estas cosas que tiene esta profesión bendita y endiablada. Y en ellas ha puesto en práctica en centenares de noches el consejo que le confió Cayetano Luca de Tena: “¿Cuándo está bien dicho le verso? Cuando el que está en el patio de butacas lo entiende".

“Carmen lo que tiene es mucha verdad y una enorme vis cómica”. Lo asegura el guionista Joaquín Oristrell en el minidocumental que la Fundación AISGE le dedica a Carmen Balagué, y lo hace con la autoridad que le da el haber pasado más de medio siglo junto a la actriz barcelonesa “trabajando en películas, series de televisión y… en la película de la vida”. Ambos se contagiaron de jóvenes la vocación, lucharon por abrirse camino en una ciudad extraña como Madrid y saborearon las mieles de “esa edad de oro de la comedia” que compartieron con Manuel Gómez Pereira. Se encuentra cómoda sacando la gracia a personajes peleones, “reñidores”, como esa Chunga de ‘Aquí no hay quien viva’ que tuvo que abofetear a Emma Penella el primer día de rodaje. Un trago que no olvida y que recuerda ahora junto a otras muchas anécdotas más en esta nueva entrega de #MuchaVidaQueContar, los minidocumentales de producción propia de la Fundación AISGE.

Con 18 años, recién llegado al oficio, ya comprobó lo complicado que puede ser tratar de andar por la calle si cada tarde sales en el serial de la tele encarnando, pongamos por caso, a Huckleberry Finn. Los hijos de aquellos primeros admiradores de José Carabias aún le llaman Luis Ricardo y son capaces de recitar el “cantidubi dubi dubi, cantidubi dubi da” sin que se les trabe la lengua. Y los nietos reconocen en su versátil e inconfundible voz sus dibujos animados favoritos ("¡Oliver, Benji, los magos del balóooon!"). Recorrer su carrera, plena de personajes imborrables, es una forma de repasar la historia de la televisión en España. Aunque él, que ha hecho de todo, se queda con el teatro; así lo confiesa a lo largo de los 25 minutos de este minidocumental que le dedica la Fundación AISGE.

Esta madrileña de Lavapiés es una figura clave del cine español. Lo certifica el título de “musa de la tercera vía” que los estudiosos le otorgaron por aquellas películas de la Transición que utilizaban el humor para engrasar reflexiones. Su personaje arquetípico –mujer valiente y luchadora dispuesta a acelerar los cambios que se avecinaban– podría ser un calco de ella misma. Aquí repasa su inmensa trayectoria, marcada por el firme atrevimiento de no conformarse nunca y aspirar siempre a hacer “cosas cada vez más importantes”, lo que implicó una batalla perenne contra el encasillamiento al que los directores la condenaban por su envidiable físico. “Esa ha sido mi lucha continua”, suspira. Y su testimonio en esta nueva entrega de los minidocumentales de producción propia #MuchaVidaQueContar deja constancia.

El proyecto vital de la actriz ferrolana se llama Teatro do Noroeste, una compañía que formó en 1987 para potenciar la dramaturgia gallega contemporánea y que, medio centenar de montajes después, aún continúa en activo y con vocación de permanencia. Es una aventura que emprendió en común con el dramaturgo Eduardo Alonso, su compañero de vida: descubrió el teatro con él, un día que apareció por el instituto de Luma buscando vocaciones; juntos se empaparon de vanguardia y reivindicaciones en el Madrid de los setenta y juntos han luchado por profesionalizar y dignificar el teatro gallego.

El actor malagueño acaba de recibir el homenaje de la Fundación AISGE por su longeva carrera profesional, que le convierte en el decano de los artistas en activo gracias a haber seguido a rajatabla el consejo de Fernando Fernán Gómez: “En esta profesión, lo importante no es triunfar, es permanecer”. Lo ha conseguido durante seis décadas y media alternando “éxitos y desengaños al 50 por ciento”. Conoció la penuria (“he pasado mucha hambre”) y la vileza. Pero salió adelante gracias a una inquebrantable fe en sí mismo. Como cuando, a punto de arrojar la toalla, logró su primer gran papel tras perseguir a Alfonso Paso e insistirle: “Hágame la prueba, don Alfonso, que soy un gran actor”. Por cierto: atesora más de 3.000 carteles históricos del cine español, una especie de Museo del Prado de la militancia cinéfila.

El pasado 10 de agosto de 2025 perdimos a los 82 años de edad a Manuel Lourenzo. Solo alguien que se emocionaba tanto cada vez que recitaba a Cunqueiro podía ser tan especial. En el verano de 2023 grabamos junto a él este episodio para la serie de documentales de producción propia #MuchaVidaQueContar. Manuel lega más de 300 obras, la mayoría de teatro y todas en gallego. Partició en cerca de 200 espectáculos como autor, actor o director; o como todo a la vez. Tras las cifras apabullantes se escondía un sabio de aldea que trató de convertir el teatro en una imbatible herramienta cultural: lo usó en las academias para que sus alumnos aprendieran Historia o Literatura, lo llevó a rincones de Galicia donde nadie “había visto tal cosa” y creó grupos que eran también escuela de actores y taller de reflexión y publicaciones. En su tierra le recordarán siempre como Melgacho, su papel en la serie Mareas vivas, y en el resto de España como Terito, el contrabandista de Fariña.

El rostro de Guillermo Montesinos aparece en varios momentos icónicos del cine español y de todos el actor castellonense tiene una anécdota que contar: que la idea de teñir de rubio platino al taxista de ‘Mujeres al borde…’ surgió muy de madrugada en un ‘after’ o que Pilar Miró le eligió para ‘El crimen de Cuenca' porque el personaje real al que debía encarnar media 1,50m. Aquello le confirmó que para triunfar lo de menos era la estatura. Bastaba con recurrir al talento interpretativo que fue autocultivando desde los ocho años incluso con riesgo de su vida: se le quemó el bazar familiar tratando de imitar la danza del fuego de los apaches. Por hacer el indio, vamos. También trató con Berlanga, que le recordaba la importancia de no ponerse dramático. "Me has hecho a Lorca, y esto es una comedia", le resumió un día.

Agulló se ve en el retrovisor como una niña “polvorilla” que era todo desparpajo. Pasaba las tardes en una peluquería de su calle, en el barrio chino de Alcoi, a donde iban todas las prostitutas. “Mi madre las llamaba las chicuelas. Y a mí me gustaba muchísimo escuchar todo lo que decían. Yo creo que por eso me gustaba actuar”. Debutó con 17 años en La Cazuela, un grupo de Alcoi que conseguiría cierto renombre en el teatro independiente y con el que permaneció dos décadas no del todo felices. Hasta que Pep Cortés la convenció para mudarse a Valencia, "un 8 del 8 del 88", para emprender su etapa profesional. Ha hecho de todo, muchas veces con Cortés, del que fue inseparable hasta que nos dejó. Entre otras cosas, aquel Tierra y libertad en la que Ken Loach, tras completar ella una secuencia, solo pudo gritar: "Perfeeeect!".

[IN MEMORIAM / Zarzo ha fallecido este martes 17 a los 93 años]
Al cumplir los 16, el joven Manuel López Zarza –aquel niño payasete del barrio madrileño de Ventas– y su hermana Pepi se enrolaron en una compañía juvenil, Los Chavalillos de España, con la que recorrieron ojipláticos el país durante tres años. Así fueron los primeros pasos para este "obrero del cine" que anotó en un cuaderno el diario hasta 126 rodajes. Decía encontrar dos explicaciones para su longevidad profesional. Una: “La cámara me ha querido, ya fuerahaciendo de malo, de bueno, de hijo de su madre, de torero o de cura. La fotogenia es un misterio”. Y la segunda, las enseñanzas de los mejores: José Bódalo, José María Rodero, Fernando Rey, Adolfo Marsillach, José Luis López Vázquez, Paco Martínez Soria… “No he intentado copiar a ninguno, porque no he sido capaz, pero aprendí cómo hay que hacer las cosas”.