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Esta madrileña de Lavapiés es una figura clave del cine español. Lo certifica el título de “musa de la tercera vía” que los estudiosos le otorgaron por aquellas películas de la Transición que utilizaban el humor para engrasar reflexiones. Su personaje arquetípico –mujer valiente y luchadora dispuesta a acelerar los cambios que se avecinaban– podría ser un calco de ella misma. Aquí repasa su inmensa trayectoria, marcada por el firme atrevimiento de no conformarse nunca y aspirar siempre a hacer “cosas cada vez más importantes”, lo que implicó una batalla perenne contra el encasillamiento al que los directores la condenaban por su envidiable físico. “Esa ha sido mi lucha continua”, suspira. Y su testimonio en esta nueva entrega de los minidocumentales de producción propia #MuchaVidaQueContar deja constancia.

El proyecto vital de la actriz ferrolana se llama Teatro do Noroeste, una compañía que formó en 1987 para potenciar la dramaturgia gallega contemporánea y que, medio centenar de montajes después, aún continúa en activo y con vocación de permanencia. Es una aventura que emprendió en común con el dramaturgo Eduardo Alonso, su compañero de vida: descubrió el teatro con él, un día que apareció por el instituto de Luma buscando vocaciones; juntos se empaparon de vanguardia y reivindicaciones en el Madrid de los setenta y juntos han luchado por profesionalizar y dignificar el teatro gallego.

El actor malagueño acaba de recibir el homenaje de la Fundación AISGE por su longeva carrera profesional, que le convierte en el decano de los artistas en activo gracias a haber seguido a rajatabla el consejo de Fernando Fernán Gómez: “En esta profesión, lo importante no es triunfar, es permanecer”. Lo ha conseguido durante seis décadas y media alternando “éxitos y desengaños al 50 por ciento”. Conoció la penuria (“he pasado mucha hambre”) y la vileza. Pero salió adelante gracias a una inquebrantable fe en sí mismo. Como cuando, a punto de arrojar la toalla, logró su primer gran papel tras perseguir a Alfonso Paso e insistirle: “Hágame la prueba, don Alfonso, que soy un gran actor”. Por cierto: atesora más de 3.000 carteles históricos del cine español, una especie de Museo del Prado de la militancia cinéfila.

Solo alguien que se emociona tanto cada vez que recita a Cunqueiro podía ser tan especial. Manuel ja escrito más de 300 obras, la mayoría de teatro y todas en gallego. Ha participado en cerca de 200 espectáculos como autor, actor o director; o como todo a la vez. Tras las cifras apabullantes se esconde un sabio de aldea que trató de convertir el teatro en una imbatible herramienta cultural: lo usó en las academias para que sus alumnos aprendieran Historia o Literatura, lo llevó a rincones de Galicia donde nadie “había visto tal cosa” y creó grupos que eran también escuela de actores y taller de reflexión y publicaciones. Pero como suele pasar, la televisión sentenció. En su tierra le conocen como Melgacho, por su papel en la serie ‘Mareas vivas’, y en el resto de España como Terito, el contrabandista de ‘Fariña’, un personaje que interpretaba (y nadie lo sabía) todo un premio nacional de literatura dramática.

El rostro de Guillermo Montesinos aparece en varios momentos icónicos del cine español y de todos el actor castellonense tiene una anécdota que contar: que la idea de teñir de rubio platino al taxista de ‘Mujeres al borde…’ surgió muy de madrugada en un ‘after’ o que Pilar Miró le eligió para ‘El crimen de Cuenca' porque el personaje real al que debía encarnar media 1,50m. Aquello le confirmó que para triunfar lo de menos era la estatura. Bastaba con recurrir al talento interpretativo que fue autocultivando desde los ocho años incluso con riesgo de su vida: se le quemó el bazar familiar tratando de imitar la danza del fuego de los apaches. Por hacer el indio, vamos. También trató con Berlanga, que le recordaba la importancia de no ponerse dramático. "Me has hecho a Lorca, y esto es una comedia", le resumió un día.

 

Agulló se ve en el retrovisor como una niña “polvorilla” que era todo desparpajo. Pasaba las tardes en una peluquería de su calle, en el barrio chino de Alcoi, a donde iban todas las prostitutas. “Mi madre las llamaba las chicuelas. Y a mí me gustaba muchísimo escuchar todo lo que decían. Yo creo que por eso me gustaba actuar”. Debutó con 17 años en La Cazuela, un grupo de Alcoi que conseguiría cierto renombre en el teatro independiente y con el que permaneció dos décadas no del todo felices. Hasta que Pep Cortés la convenció para mudarse a Valencia, "un 8 del 8 del 88", para emprender su etapa profesional. Ha hecho de todo, muchas veces con Cortés, del que fue inseparable hasta que nos dejó. Entre otras cosas, aquel Tierra y libertad en la que Ken Loach, tras completar ella una secuencia, solo pudo gritar: "Perfeeeect!".

Al cumplir los 16, el joven Manuel López Zarza –aquel niño payasete del barrio madrileño de Ventas– y su hermana Pepi se enrolaron en una compañía juvenil, Los Chavalillos de España, con la que recorrieron ojipláticos el país durante tres años. Así fueron los primeros pasos en el periplo profesional de Zarzo, un "obrero del cine" que anota en un cuaderno el diario de todos sus rodajes... y acaba de completar el número 126. Dice encontrar dos explicaciones para su longevidad profesional. Una: “La cámara me ha querido y me ha querido haciendo de malo, de bueno, de hijo de su madre, de torero o de cura. La fotogenia es un misterio”. Y la segunda, las enseñanzas de los mejores: José Bódalo, José María Rodero, Fernando Rey, Adolfo Marsillach, José Luis López Vázquez, Paco Martínez Soria… “No he intentado copiar a ninguno, porque no he sido capaz, pero aprendí cómo hay que hacer las cosas”.

¿Cómo es que nos hemos ido a entrevistar a esta niña de Ferrol actriz con Goya, estrella de la televisión gallega e interprete con compañía propia… en medio de un bancal de cebollas? La vida de Mabel Rivera ha sido un permanente (y emocionante) giro de guion. Trabajó en los astilleros, se la llevó por delante la reconversión naval, inauguró el Centro Dramático Galego, arrasó en la TVG gracias a 'Pratos combinados'... y cuando temía encasillarse en la comedia televisiva apareció Amenábar y le ofreció el inolvidable papel de Manuela, la cuñada de Ramón Sampedro, en 'Mar adentro'. Ahora reclama el valor de las "actrices viejas" mientras pilota junto a su marido, el medioambientalista Enrique Banet, la Fundación Galicia Verde. Cuidar las semillas autóctonas es su nueva gran pasión.

Lo ficharon para las tablas porque ya cuando jugaba al fútbol en la playa de Gijón hacía mucho ‘teatro’. Y a la dirección se vio abocado porque un extraño “mal”, que solo una bruja mexicana supo diagnosticar: enfermaba cuando subía al escenario. Aprendió así un oficio cuya esencia, dice, es “evitar la catástrofe”. Le han tildado de “director maldito” debido a su admitida pasión por el “teatro de callejones meados, borrachos y marginados”, ese que tantas noches ha iluminado las tablas del Alfil, su sala fetiche. Ahora, Cracio (Jesús Pancracio Palacio, según el DNI) vuelve a pisarlas para un nuevo minidocumental de la serie #MuchaVidaQueContar, en el que recurre a la filosofía para precisar, al fin, la morada de la felicidad: "Está en un niño jugando con una pelota de colores en la playa".

Su vocación por las historias –por contarlas, inmortalizarlas y difundirlas– le viene de niña, cuando desde su pequeño pueblo de Mislata comenzó a soñar con el teatro profesional. Y aquellos locos sueños veraniegos de infancia acabaron fructificando, vaya que sí: desde la exquisitez del mejor teatro de autor al descubrimiento de las funciones para todos los públicos con Saza, al que acabaría adorando. Y eso, por no hablar del día en que José Luis Moreno se empeñó en que sustituyera en la tele a la más imparable de nuestras cómicas: ¡Lina Morgan! Empar hoy goza de la popularidad del gran público con la serie 'El pueblo', pero en la intimidad del hogar se emociona cantando con su marido la 'Cançó de pluja'.

Aprendió a ser actor vagando con una compañía universitaria por los pueblos de Andalucía. Supo que aquella profesión recibía un trato mísero entre bastidores y clamó por más dignidad. Ese aliento se atisba en cada paso de su carrera: en las compañías que montó para “hacer buen teatro y llevárselo a la gente”, en el Instituto de Teatro de Sevilla o en “la gran aventura” de su vida: los talleres de máscaras contemporáneas. Inspirándose en la Comedia del Arte, este sevillano ha ayudado a cerca de 400 estudiantes “a encontrar su personaje y trabajarlo”. Por su Instituto del Teatro de Sevilla desfilaron Paco Tous, Paco León, Maite Sandoval, Julián Villagrán, Álex O’Dogherty, Belén López, Cuca Escribano, José Luis García Pérez…“La docencia es lo que me ha dado más estímulos”, anota en el arranque de este nuevo minidocumental de la Fundación AISGE: 25 minutos para descubrir a un genio casi ignoto del imaginario hispalense.

Quiso ser cirujana. Como su padre y el padre de su padre. Pero atrapada en la actuación desde los 9 años no hubo lugar para estudiar una carrera. Así que fue actriz. Como su madre y el padre de su madre, como su tía y sus tres hermanas, los referentes que le hacían preguntarse si podría estar alguna vez a su altura. En 66 años de profesión, María José Goyanes ha reunido argumentos suficientes para disipar aquella duda juvenil (que, por cierto, también tenía su madre). Ahora se asoma a #MuchaVidaQueContar para repasar, elocuente y amena, una trayectoria más que singular, plena de éxitos y, al menos, un par de momentos angustiosos; uno provocado por su corazón y otro, por la carcundia nacional. Por el vídeo también asoman, entre otros, su hijo, Javier Collado, y la prima de este, Cristina Goyanes: la ¡cuarta! generación ya de una dinastía imprescindible.

 

Este alcoyano bonachón que habla como si tallara cada palabra es uno de los actores más queridos de la Comunidad Valenciana. Llegó al teatro aficionado muy joven, pero la vocación tardó en convertirse en profesión. A punto de cumplir los 40, una oferta para doblar en valenciano le sacó de la sucursal bancaria donde había sepultado sus ilusiones. Fue el primer peldaño de una carrera que le llevó por los teatros y televisiones de Valencia, Barcelona y Madrid en dos décadas vertiginosas. Aquel giro “fue un milagro”: no en vano, en Canal Nou se le conocía como la ‘veu de Déu’ (la voz de Dios). "Mi balance es realmente muy gratificante”, resume esta batallador nat que le ha ganado cuatro combates al cáncer en los últimos 11 años. Uno de ellos amenazaba directamente a sus cuerdas vocales, que afortunadamente se salvaron del embate. Ahora, revela, se encuentra en plena batalla contra el quinto.

Estaba llamado a ser un hombre especial y singular desde la misma partida de nacimiento. Pero hasta los 54 años, la profesión de Idilio Cardoso fue mecánico tornero, por mucho que a ratos, en su tiempo libre, se prodigara por la escena sevillana con la comprometida intención de “decir verdades, despertar a la gente y terminar con la dictadura”. “Hacíamos teatro con la espada levantada”, enfatiza. El giro de guion vital se hizo esperar. Llegó el día en que dejó su empresa por ciertas discrepancias. Entonces, el Centro Andaluz de Teatro (CAT) le reclamó para sus montajes y poco después Canal Sur le dio el papel de su vida, el Séneca. Y así fue cómo el experimentado mecánico tornero se acabó jubilando ya como actor. Conclusión: “una vida de idilio”, según resume ahora ante las cámaras de #MuchaVidaQueContar.

 

Claudia Gravi (Boma, República Democrática del Congo, 1945) mantiene la misma casa que alquiló poco tiempo después de llegar a Madrid, a los 19 años. Aterrizó en España huyendo del frío y la grisura del clima belga, insoportable para una joven nacida y crecida en el corazón de África. “Y desde el primer día empezaron a pasarme cosas que nunca había soñado”, recuerda. Como que un director le ofreciera por la calle hacer una película. Así comenzó una carrera por teatro, cine y televisión que le demandó una fuerza extra para salvar las trabas de su condición de extranjera, luchar contra una timidez enfermiza o doblegar su acento (aunque algunos directores se lo reclamaban). Llegado el momento se entregó al activismo político y la lucha por la dignidad de la mujer. En los terribles calabozos de la antigua DGS aprendió que “cualquier experiencia sirve luego a un actor”. Hoy es la protagonista de #MuchaVidaQueContar

 

Hasta el Aljarafe sevillano nos desplazamos al encuentro de un cómico integral, sí, pero también de un pintor –con su estudio y cientos de bártulos– y un anticuario coleccionista que ha tapizado hasta el último metro cuadrado con cuadros, tallas, muebles, cerámica, libros de arte y objetos de toda clase y edad. Miguel Caiceo se supo artista desde que a los seis años, de monaguillo, prestaba más atención a los retablos de Martínez Montañés que al cura. Ha imitado a Lola Flores, Carmen Sevilla o Sara Montiel, fue uña y carne con Los Morancos o José Manuel Parada y ha representado desde teatro clásico hasta revistas con Bibiana Fernández. Pero todos le siguen recordando por doña Paca, esa chacha televisiva de Tele5, en los albores de las privadas, que repetía para alborozo general: "Yo lo único que quiero es morirme". ¿Por qué? ¡Porque se había quedado en blanco!

Sus padres eran gallegos, pero la inmigración hizo que naciera al otro lado del Atlántico. Aterrizó en España con 22 años y la firme intención de volver a Buenos Aires si no lograba asentarse. Se dio un plazo de cinco años. Y una década después de su llegada ya coleccionaba los premios más importantes, incluido el Nacional de Teatro. Hizo el viaje al éxito solo confiando en su trabajo, renunciando a los representantes, una prueba más de su carácter “de rara avis” que le ha permitido siempre decir lo que piensa. Como, por ejemplo, que, aunque mereció la pena, no volvería a ser actriz

Sus galardones le delatan: en su casa de la sierra madrileña exhibe el Premio Nacional de Teatro por sus Brecht, Lorca, Valle-Inclán, Pirandello… junto al Nosferatu que le otorgó el festival de Sitges por sus películas de terror. De Max Estrella a Boris Karloff: un actor versátil y pragmático que hizo de todo menos de indio en Nueva York. Una trayectoria repleta de vivencias y un gran amor que recuerda en este documental que le dedica la Fundación AISGE.

La suya fue una carrera artística tan meteórica como corta. Con su aura de “chica moderna” que rompía los clichés de la época fue encadenando películas desde muy joven. Era guapa, magnética, avanzadísima para aquellos años sesenta. Protagonizó ‘La venganza de don Mendo’ y la primera gran serie que se hizo en TVE, ‘Diego de Acevedo’. Fue, recuerda ahora, “un sueño maravilloso”, pero apenas duró diez años. Tenía otros planes para su vida y desapareció de los focos para dejar en el aire una pregunta durante más 50 años: ¿Qué fue de Paloma Valdés? Ahora vuelve para responderla en nuestra primera entrega de febrero de la serie de minidocumentales #MuchaVidaQueContar.

Él se dedicaba a su trabajo de oficina, aunque hiciera sus pinitos artísticos y la pasión por las tablas le hirviera en las venas desde chaval. Tuvo que ser Charo, su compañera de vida, la que le mirase frente a frente para exhortarle, muy seria: “Fernando, tú tienes que dejar eso de la representación y dedicarte a lo que te gusta". Aquel día, la profesión ganó a uno de sus grandes artífices del siglo XX, un hombre con muchísimas horas de vuelo sobre los escenarios (cómo olvidar aquel valleinclanesco 'Pelo de tormenta', mano a mano con la Bardem) que tuvo su primer gran reto cinematográfico a las órdenes de José Luis García Sánchez y que termina su intervención ante las cámaras de #MuchaVidaQueContar con un bondadoso y rotundo grito de guerra: "¡Viva el cine!". Con ustedes, vida, obra y algún que otro milagro de Fernando Chinarro, un casi nonagenario (le tenemos de cumpleaños en octubre) al que solo se le conocen amigos y admiradores.

Ha sido el hombre de confianza y talismán por antonomasia de Jesús Franco, el rey de la serie B: en más de un centenar de sus largometrajes aparece, en papeles a menudo relevantes, la figura espigada y carismática de Antonio Mayáns. Pero este valenciano del 39 también resultó decisivo en otras filmografías, como la de Paul Naschy, y a día de hoy sigue escribiendo, rodando y actuando todo lo que puede, porque no hay nada que le pida el cuerpo con mayor intensidad. “Solo me retiraré cuando no pueda hablar”, enfatiza en este nueva entrega de la serie de minidocumentales #MuchaVidaQueContar, en la que confiesa incluso que las cámaras y la interpretación le han permitido dar esquinazo a una depresión que le había perseguido y atormentado durante estos últimos años.

A Josele no siempre le ha sonreído el destino en estas siete décadas largas de existencia. A veces, más bien al contrario. “Si pusiera todo el pasado en vertical, cualquiera se tira por ahí…”, reflexiona con más comicidad que amargura. Porque Román se dice cómica por encima de todo, incluso en los momentos de más curvas y vaivenes. “A mí todo me hace gracia. Lo que sucede, tendrá que suceder igual”, resume a modo de leit motiv vital. Fue reina del destape, comediante de cabecera para Vicente Escrivá y musa circunstancial de Almodóvar o Paco León. Tiene mucha vida y, sobre todo, muchas ganas de contarla en este minidocumental de 16 minutos que rubrica Asia Martín.

“Soy una persona muy positiva y no siento que me haya perdido nada. Ni siquiera he querido ser una estrella. ¡Creo que me agobiaría muchísimo!”. La reflexión retrata perfectamente, con esa humildad, lucidez y ternura de la que siempre hace gala, a la actriz Carmen Arévalo, protagonista de una nueva entrega de #MuchaVidaQueContar, la serie de minidocumentales con los que la Fundación AISGE celebra el trabajo, el talento y las enseñanzas de nuestros actores y actrices de más largas trayectorias.  Nunca lo tuvo fácil, y menos habiendo crecido en un pueblito muy humilde de la Alcarria. Pero ya en el cole sintió cómo "las lágrimas queman por dentro" desde lo alto de un escenario. Entre sus mayores admiradores figura Daniel Sánchez Arévalo, su hijo cineasta. "Me enseñó lo importante y delicado que es el oficio de interpretar".

 

La interpretación le dio una bienvenida dulcísima: comer chocolate como miembro del Belén viviente de su colegio en plena posguerra. En la adolescencia compaginaría su empleo matinal en una aseguradora con las clases en una escuela para actores aficionados. Ahí terminó de enamorarse del teatro y descubrió cómo lidiar con la censura. A base de hacer las cosas más diversas sobre el escenario tuvo como espectador incluso a Chicho Ibáñez Serrador, artífice del primer aldabonazo de su carrera gracias al 'Un, dos, tres' a mediados de los setenta. Pero Cecilio no quiso encasillarse, prefirió experimentar. Luego vendría el cine (con bastante destape) y series exitosas como 'Los desastres de la guerra'.

Ella misma recuerda que su popularidad en la España de la Transición era comparable a la del mismísimo presidente Adolfo Suárez. Y que antes, gracias a 'Tristana' (1970), de Luis Buñuel, se había granjeado un hueco imperecedero en la historia del cine español. Sus comienzos se remontan a 1959 con 'El Lazarillo de Tormes'. Insistieron en aprovechar su físico privilegiado en los años del destape, pero es ahora cuando se siente más pletórica que nunca, a vueltas con sus adaptaciones teatrales en torno a Machado, Lorca y Miguel Hernández. Mary Paz Pondal, más y mejor a estas alturas de la vida.