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#MuchaVidaQueContar

 

Ana Marzoa, la ‘rara avis’ que cambió un país por un sueño

 

Aterrizó en España con 22 años y la firme intención de volver a Buenos Aires si no lograba asentarse. Una década después ya coleccionaba los premios más importantes, incluido el Nacional de Teatro. Hizo el viaje al éxito solo confiando en su trabajo, sin representantes, ejemplo de ese carácter “de rara avis” que le ha permitido siempre decir lo que piensa. Por ejemplo: mereció la pena, pero no volvería a ser actriz

ASIA MARTÍN

Realización, vídeo, montaje y fotografías

JUAN ANTONIO CARBAJO

Guion y redacción)

Ana Marzoa, nieta de inmigrantes de Sada (A Coruña) y Pontevedra, lleva 51 años en España, un país que hizo suyo inmediatamente porque no necesariamente se es de donde se nace, piensa convencida. De Buenos Aires le quedan los recuerdos de una infancia en la que muy pronto se topó con su vocación. Fue a los siete años, deslumbrada por un disco de los Nocturnos de Chopin que llegó a casa bajo el brazo de su padre, sastre. “Sentí una emoción tan grande, fue una conmoción. Ahí nació”. Años después, ya convertida en actriz, la casa familiar sería el escenario de lo que ella considera su lección magistral. Su madre, Emma, y su tía Sofía bailando un tango de Osvaldo Pugliese “con los ojos cerrados, como si fueran las jovencitas de antaño. En ese baile estaba toda su vida, lo que habían sido y lo que pudieron ser. Bailaban para ellas, no para los demás, que es lo que tiene que hacer un actor. Y dije: es una lección magistral”.

 

Marzoa desgrana sus recuerdos para las cámaras de #MuchaVidaQueContar, la serie documental de la Fundación AISGE, en su casa de las afueras de Madrid, donde vive con vocación de aislamiento rodeada de libros junto a su marido, músico. Un ejercicio de remembranza que ya hizo en otoño pasado en el escenario junto a Guillermo Montesinos, Amparo Pamplona, Paco Racionero, Juan Ribó y María Luisa San José. Todos compartieron sus experiencias en Celebración, dirigidos por Luis Luque. “Fue un encuentro luminoso”, dice el también director adjunto artístico del Teatro Español en este documental.

 

En Celebración se preguntaban: ¿volverías a ser actor? Marzoa daba la nota discordante. “Yo dije: si volviera a nacer a lo mejor no hubiera sido actriz. Preferiría tener más libertad, no depender de nadie, escribir, pintar, poder decir lo que siento sin intermediarios”. La actriz no reniega de su carrera —“ha sido fructífera, ha valido la pena”— pero sí de su dependencia. “Tengo un espíritu muy libre y no puedo ser mandada, la creatividad tiene que ser compartida”, reflexiona sobre su relación con los directores.

 

Cuando llegó a España en 1972 se propuso dos objetivos. Uno, inmediato, quitarse el acento. Dos, asentarse profesionalmente antes de cinco años. De lo contrario volvería a Buenos Aires. Pero se fueron conectando los trabajos. En televisión. De Curro Jiménez a Cañas y Barro y luego Anillos de Oro, “lo que más me ha gustado de lo que he hecho en televisión”. En teatro, un cursillo con José Luis Gómez, director del teatro Español, le llevó a La vida es sueño —“con una las direcciones más inteligentes que he visto para respetar el verso en su esencia y darle vida”— y de ahí a La Dorotea y Cuentos de los bosques de Viena con Antonio Larreta, —“uno de mis directores preferidos”— y más tarde, Buero Vallejo y Lope de Vega con Miguel Narros, momento en el que recibe el Premio Nacional de Teatro de 1986. No habían pasado ni diez años de su ultimátum. Había triunfado. 

 

“Si miro hacia atrás veo la suerte que he tenido de interpretar a todos estos personajes solo por el trabajo, por el boca a boca”, recalca Marzoa en otro momento del documental. “Yo no quería representante. El trabajo proporcionaba el trabajo. Uno es el trabajo”. Un espíritu libre que le lleva a confesar su placer que le da decir lo que piensa, a pesar de las consecuencias. “Tengo una lengua suicida”, reconoce. Un rasgo más, junto a “cierta propensión a la melancolía y la contemplación”, que define la singular personalidad de una deliciosa “rara avis” de la profesión.

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