Muriel Romero
"Creo en la interdisciplinariedad y en el artista que piensa por sí mismo"
La nueva directora de la Compañía Nacional de Danza desvela sus planes de futuro para mantener la excelencia de la institución: desde una programación que apueste por grandes coreógrafos y talentos emergentes a la intersección de lenguajes artísticos y nuevas tecnologías, o las giras que incluyan teatros de diferentes dimensiones
BEATRIZ PORTINARI
Reportaje gráfico: Laura San Segundo (Centro Nacional de Danza)
Decía Maya Plisétskaya que no le interesaba la pedagogía, ni crear una escuela con su nombre o tener discípulos. Solo quería bailar y ser libre. Sin embargo, durante su paso como directora de la Compañía Nacional de Danza (CND, entonces Ballet del Teatro Lírico Nacional de la Zarzuela), entre 1987 y 1990, una niña prodigio de la danza observaba cada uno de sus movimientos y palabras. Aquella joven de 16 años era Muriel Romero (Murcia, 1972), que en septiembre de 2024 fue nombrada nueva directora de la CND, la primera mujer que ocupa tal cargo desde la propia artista moscovita (antes de Maya había ejercido María de Ávila). Regresa Romero a la institución donde creció y en la que asumirá retos como apostar por la intersección entre disciplinas y los nuevos lenguajes coreográficos, crear una compañía versátil con nuevas oportunidades de creación e interpretación o reivindicar el sueño histórico, pendiente desde hace más de 40 años: la construcción de una sede propia y un Teatro de la Danza.
— Cuentan las crónicas que fue una niña de matrícula de honor en todos sus estudios de Danza Clásica, Española y Música. ¿Cómo surgió ese talento?
— A mi madre le gustaba la danza, estudió danza y piano, y mi padre también era un apasionado de la música clásica -aunque él venía de la Física y Química-, a través de mi abuelo. Desde pequeña me llevaron a la academia de danza de Alicia Monteagudo y me transmitieron esa pasión. En esa época nos examinábamos por libre en el Conservatorio y fui sacando buenas notas; se veía que tenía talento, coordinación, musicalidad… Tenía esa curiosidad dentro de mí, fui dotada de una serie de condiciones y de la capacidad de trabajo.
— ¿El apoyo familiar fue clave para su carrera?
— Si mis padres no me hubiesen traído a Madrid con 11 años, no habría tenido esa posibilidad de seguir creciendo, desarrollándome y aprendiendo de los buenos profesores que tuve. Me acuerdo del primer año que estuve en Madrid, con una profesora, María Teresa Falgas, que era la hermana de la cuñada de mi madre. Ella me impartió el primer año aquí, me abrió su casa, su familia y su estudio. Luego pasé a la Escuela Nacional de Danza, con Lola de Ávila, donde estuve tres años intensivos de su mano. Ella me aportó una técnica y una sensibilidad hacia la danza clásica que me dura hasta ahora.
— Con solo 15 años ganó el Prix du Paris en el concurso internacional Prix de Lausanne y ese mismo año obtuvo tres galardones en el International Ballet Competition. ¿Qué han supuesto para su carrera los premios y concursos que ha ganado?
— Mucho, porque los concursos en aquella época, y ahora también, te visibilizan para tener acceso a compañías profesionales. Y de ahí fue mi entrada en la Compañía Nacional de Danza, que en esa época se llamaba Teatro Lírico Nacional de la Zarzuela, con Maya Plisétskaya y con repetidores maravillosos, como su hermano Azari Plisetsky y Valentina Sabina. Plisétskaya era maravillosa, una gran diva, muy top, que venía de una Rusia donde las bailarinas son tratadas con respeto, cultura y conciencia de la disciplina de danza por parte de todos los ciudadanos. Después me llevaron a Moscú, a un concurso que me abrió otra oportunidad porque en el jurado estaba Konstanze Vernon, otra directora maravillosa, que dirigía en ese momento el Bayerisches Staatsballett de Munich. Ese fue el salto a compañías europeas.
— ¿Qué le aportó su etapa posterior en Europa como primera bailarina del Bayerische Staatsballett o el Deutsche Oper Berlin?
— Como siempre he sido muy curiosa, tenía ganas de conocer otros estilos y compañías, culturas distintas. Lo que más me interesaba era la versatilidad de estilos; por eso me he movido de grandes compañías a compañías pequeñas e independientes, con unos tiempos distintos, con una intimidad y una profundidad mayor, y después regresaba a grandes compañías porque me llamaban, con un repertorio muy amplio. Como las compañías europeas tienen la suerte de disponer de un teatro propio, puedes representar muchos espectáculos y un repertorio muy amplio.
— Quizás esa sea una de las reivindicaciones de la Compañía Nacional de Danza en España, que ahora dirige.
— Esa es "la" reivindicación. Ya no es solo reivindicar, sino pasar a la acción. Será algo a largo plazo, pero no hay que dejar de insistir y trabajar por ello: necesitamos una sede y espacio propio, como las grandes compañías europeas. Ahora, desde la dirección, me encuentro con que es muy difícil armar este puzle, y no solo por el espacio. Me he encontrado la programación vacía: los bailarines siguen con ganas de bailar, pero los teatros cierran la programación con antelación de un o dos años de antelación y los coreógrafos están ocupados. Por eso he decidido desarrollar coreografías que pensaba hacer más adelante, pero hay que llenar el repertorio y cerrar algún espectáculo más. Para 2025 y 2026 ya estamos concretando proyectos, para los que además estamos pasando audiciones. Y además queremos traer un ballet de Balanchine, de un Cranko, para atraer ballets de artistas contemporáneos, porque también tienen que ir viendo ese giro.
— Su proyecto artístico para la CND propone un sistema de giras descentralizado, en territorios olvidados de España. ¿Cómo se plantea ese acceso a espacios pequeños y entornos rurales?
— En la época de Maya Plisétskaya bailábamos en grandes teatros, pero también en pequeñas ciudades españolas. Se trata de crear espectáculos que por tamaño no solo puedan caber escenográficamente en sitios grandes. La compañía es grande y tú quieres que todo el mundo baile, que todo el mundo viaje, pero tienes que ir creando un repertorio para esos grandes teatros y también para el público general en todo tipo de ciudades. Por eso tenemos que hacer una programación diversa.
— ¿Cree que su apuesta por los nuevos lenguajes artísticos, nuevas tecnologías, inteligencia artificial, servirá para atraer al público más joven?
— ¡Pues quizás! La tecnología y la inteligencia artificial están en boga hoy en día. Yo llevo trabajando 15 años en eso con mi propia compañía, el Instituto Stocos: creando tecnología para esa amplificación del cuerpo, de sonido, de luz. Por ejemplo, venimos de un proyecto europeo en el que creamos unas herramientas tecnológicas para el conocimiento de todo el proceso de creación artística hasta su muestra ante el público. Creo que ese conocimiento puede llegar. Ojalá.
— Su investigación le ha llevado a aplicar disciplinas como biología, matemáticas o psicología experimental en la danza. ¿Cómo se hace esto?
— Por ejemplo, a la hora de coreografiar he utilizado modelos matemáticos, como random walks [pasos aleatorios], que se usan también en la música contemporánea, a la hora de reorganizar un movimiento. He codirigido durante 15 años el Instituto Stocos con el compositor Pablo Palacio, que ha influido en la introducción de la psicología experimental. Y la tercera pata sería Daniel Bisig, que trabaja en la Universidad de Zurich, en inteligencia artificial, para crear redes neuronales. Yo tenía mucho interés por esa conexión entre el arte y la ciencia. Después de haber bailado tanto con muchas compañías, con muchos coreógrafos y coreógrafas, me interesaba trabajar con otras disciplinas y tecnologías que no suelen relacionarse con la danza, desde la robótica a la biomecánica. Me interesa mucho la investigación y la experimentación, porque creo que la interdisciplinariedad es el futuro del arte.
— ¿Cree que es factible introducir esta visión tan vanguardista en una institución como la CND?
— Creo que se puede aportar un poquito de todo. Tendrán su clásico y sus coreografías internacionales y nacionales, pero, como coreógrafa que soy, también puedo ofrecerles poco a poco esta otra faceta. Hemos trabajado últimamente improvisación en la sala con gente que nunca había improvisado. Me interesa el artista que piensa por sí mismo.
— ¿En qué sentido?
Estoy abriendo un diálogo, buscando la comunicación horizontal entre bailarines, dirección y técnicos. Quiero crear un espacio de diálogo, de comprensión, armonía y conciencia de trabajo. No nos podemos quedar en lo mismo. No vamos a copiar lo que han hecho otros: lo respeto muchísimo, pero quiero que este sea un centro de creación. Para un bailarín no es lo mismo que creen para ti o que repongan un ballet ya hecho. Me reúno con cada uno de ellos para escuchar cómo están y sus necesidades. Hemos creado el programa Creadores CND y hay gente con esas inquietudes que ya está creando sus coreografías. El trabajo de imaginación es necesario, y eso lo da el acto creativo.
— ¿Qué cualidades diría que son imprescindibles para ser un buen bailarín?
— Que sienta la danza como si fuera su piel, como parte de su vida, como un alimento para su vida. Ante todo, que tenga la mente abierta, porque he venido a transformar la rigidez en fluidez. Que tenga ganas de cosas nuevas, de experimentar y bailar. El artista debe estar siempre observando, aprendiendo, asimilando, educándose. Busco gente con personalidad y mirada, que quiera aportar, que sea curiosa. Con trabajo el cuerpo se va transformando y desarrollamos un gran nivel técnico, pero la mente debe estar abierta para recibir.
— ¿Qué otras iniciativas de formación continua plantea para la CND?
— Estamos activando talleres. Disponemos de un programa, Estudio Abierto, en el que los propios bailarines ofrecen varios domingos al mes sus talleres a gente de la calle, sean o no profesionales. Ofrecemos oportunidades y actividades de desarrollo. Desde el INAEM veo clave trabajar en el reciclaje, que los profesionales puedan enfrentarse a sus miedos. Y que dispongan de otras vidas, en la gestión, producción o docencia, cuando el cuerpo les conduzca, por edad o por lesión, a hacer otras cosas. Que puedan mirar hacia adentro y pensar dónde seguir creciendo y qué nuevos conocimientos quieren adquirir.




