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05-10-2018

“Pertenezco a una generación desencantada que tiene mucho que decir”



A los 26 años tenía dos Goyas. Ha trazado su fulgurante estela en el cine apostando por autores jóvenes y huyendo de la comodidad. Consumada en el drama, ansía más comedia y conoce incluso el género de terror, fruto de su vertiginoso ritmo de trabajo. Por eso ahora necesita darse mayores respiros entre película y película  



TEXTO: INMA RUIZ

Reportaje gráfico: ENRIQUE CIDONCHA

Ríe más que habla con modales educados y acento andaluz. Su piel blanca la decoran tres cruces, una clave de sol, otra de fa... tatuajes pequeñitos cuyo significado no le gusta explicar. Lleva nueve, pero dice que, si pudiera, se tatuaría entera. Habla con nosotros en su último día de trabajo antes de empezar unas vacaciones para hacer lo que más le gusta: estar con sus amigas y tirarse en el sofá a ver series y cine. Acaba de descubrir la música electrónica y la vida festivalera, así que el calor promete. Mejor que se desmelene, porque tiene la vuelta bien atada con un maratón de estrenos: Animales sin collar, de Jota Linares; Quién te cantará, de Carlos Vermut; y ya para 2019, Elisa y Marcela, de Isabel Coixet.   

 

– Tiene 28 años y dos Goyas. Lleva usted un carrerón.

– Sí, impresiona, la verdad, porque además ha sido en muy poco tiempo, me ha pasado todo en cinco años.

 

– Que ganara el Goya a la mejor actriz revelación, pase; pero llevarse a los dos años el de mejor protagonista frente a Penélope Cruz, Juliette Binoche e Inma Cuesta raya lo épico.

– Sí, fue fuerte, increíble. Creo que fue la sorpresa de la noche... Y con una película tan pequeñita como Techo y comida, que costó tanto esfuerzo hacerla. Yo estaba en shock y todavía sigo en shock [risas]. Fue impresionante estar allí con Juan Miguel del Castillo, que estaba nominado como director novel, y con la canción, que también estaba nominada. Yo pensaba: “¡Dios, lo hemos conseguido! ¡Ha tenido relevancia la película!”. Eso era lo que queríamos, que la gente supiera que existía, que la viera. Y gracias al Goya lo logramos.

 

– Fue un premio con polémica: lo recibía una desconocida frente a vacas sagradas de la interpretación. ¿Cómo vivió aquello?

– Lo entendí. Es normal que ocurriera eso, pero creo que muchos no habían visto la película. Pensé: “Jo, tenéis que verla para hablar, para dar vuestra opinión”. Pero espero que mucha gente se animara a ver Techo y comida gracias a esos que pensaban: “Qué está pasando aquí, esto no puede ser”. Al final resultó una manera de generar interés.



– ¿Cómo ha llegado al éxito?

– Pues trabajando.

 

– Mucha gente trabaja mucho y no lo toca.

– Es verdad. En esta profesión hay muchísima gente con un talento increíble que lucha y lucha y… No sé. Hablar de suerte no me gusta porque es una manera de quitarse responsabilidad y mérito. Y es cierto que hay suerte, pero hay un trabajo detrás. Yo me he dejado la piel en cada cosa que he hecho, por eso me da miedo hablar de suerte. De repente vives un momento en el que parece que las estrellas se han alineado, pero hay un trabajo muy importante por mi parte y por parte de toda la gente que hacemos posibles las películas.

 

– Ha trazado una exitosa trayectoria a base de apostar por un cine joven. No parece que pierda la cabeza por trabajar con los consagrados.

– Es así. Creo mucho en el talento de esa gente que está luchando por hacerse un hueco, que tiene una mirada diferente, cosas nuevas que aportar. Hace falta también que haya un cambio de generación, que vaya saliendo a la luz gente diferente. Me gusta recibir guiones con los que piense: “¡Guau! Quiero que esto salga adelante”. Y apostar por ellos.

 

– ¿Qué deben tener esos guiones?

– En el fondo es una cuestión de intuición. Leo un guion y de repente siento que me apetece estar ahí, que quiero formar parte de eso, que me siento representada como mujer por sus personajes femeninos con fuerza, que luchan, que se van de los clichés… Me gustan esos papeles.

 

– ¿Qué tiene que decir esa nueva generación de guionistas, directores y actores a la que pertenece?

– Muchas cosas. Las mujeres debemos reivindicarnos, tener nuestro sitio, empezar a contar historias desde nuestro punto de vista. A los mi generación nos contaron que, si estudiábamos y nos formábamos, lo tendríamos todo. Pero nos hemos dado cuenta de que es una mentira, hay gente con carreras increíbles que está trabajando en un supermercado. La mía es una generación muy desencantada: nos vendieron un cuento que no existe y nos hemos topado con una realidad durísima, así que hay que reinventarse y atreverse a romper con lo establecido. Esta generación necesita encontrar su sitio y manifestarse diciendo: “¡Estamos aquí, vamos a ser el futuro pero estamos siendo ya el presente, no os olvidéis de nosotros, tenemos cosas que contar, tenéis que escucharnos!”.



– Tras conseguir que su nombre en el cartel sea un atractivo para la película, ¿qué tiene por aprender?

– ¡Uf! ¡Todo! ¡Acabo de llegar! Me siento muy verde.

 

– ¿En qué?

– En todo. Soy superinsegura y tímida. Me cuestiono mucho en todo lo que hago, aunque intento ser un poco objetiva, porque a veces soy bastante dañina conmigo misma. Siempre tengo ganas de crecer, de dar lo mejor de mí, de aprender algo nuevo. A veces me veo y digo: “Bah, aquí he caído en el lugar en el que me siento cómoda”. Y no me gusta sentirme cómoda.

 

– ¿Qué le incomoda de la comodidad?

– No me gusta cuando pienso: “Esto lo tengo controlado”. Porque en esta profesión hablamos de sentimientos, de emociones, de cosas que están en constante cambio, de personalidades de todo tipo, de crear personajes que no tienen nada que ver contigo. Ese es el trabajo que me gusta, el de construir, el de trabajar los detalles. Me veía en Techo y comida y me preguntaba pensaba: “¿En serio he hecho yo eso? ¿Quién es esa mujer?”. Veía a Rocío y era yo. A un actor le cuesta mucho verse. Eso de transformarte en otra persona y que la gente se lo crea…

 

– Habla mucho de ese personaje.

– Ha sido muy importante para mí. En muchos pases la gente se acercaba a mí a abrazarme, con esa mirada…  Muchos ‘creían’ que yo era esa mujer. Y ese es el mayor premio del mundo para una actriz, el mayor piropo, un regalo total. Por eso aflora la desazón cuando hago un trabajo en el que estoy sientiéndome cómoda: “Ay, no. Tienes que seguir buscando, aprendiendo de los directores, de los compañeros, del equipo”.

 

– ¿Qué tiene Natalia de Rocío?

– Mi interpretación de Rocío se inspiró en mi madre. Ella es mi Rocío. Si yo tengo algo del personaje, es por ella: ha criado a cuatro niñas sola, luchando contra viento y marea por sacarnos adelante, por darnos lo mejor, por construir unas mujeres fuertes y con dos dedos de frente. Por eso cuando recibí el Goya pensé: “Esto es suyo”. De hecho, se lo regalé. Ese premio es de ella.

 

– Su hermana también es actriz, su madre ha hecho cameos en algunos filmes... Parece que el apellido Molina crea en este país familias de artistas. ¿Actuar es innato?

– Hay gente que nace con un don, que lleva en la sangre lo de actuar. Y hay quien lo descubre con el tiempo, lo trabaja, lo desarrolla… Pero creo que todas las personas somos unos actores de la vida: ¡en el día a día tienes que hacer muchas veces un papel! [risas]. Todos estamos todo el día actuando. Aunque el actor va más allá: le ponemos delante a la gente un espejo donde se mira. Y en cuanto a mi familia, en casa siempre hacíamos muchos shows con los primos: karaokes, nos inventábamos obras de teatro… La cultura ha estado muy presente en mi casa, la hemos mamado desde pequeños, se nos ha incentivado mucho la creatividad. 



– Acaba de estrenar No dormirás, de Gustavo Hernández. ¿Qué tal la experiencia con su primera cinta de terror?

– ¡Un mundo por descubrir! [risas]. Me daba mucho respeto porque es muy compleja, con un personaje muy difícil, con muchas capas… Y el género, claro, no tenía ni idea de cómo funcionaba. Me daba cierto miedo, pero precisamente por eso pensé: “Ahí me tengo que meter [risas], porque salga lo que salga, sé que aprenderé algo nuevo y voy a salir más fuerte, aunque luego a la gente le parezca un horror lo que haga”. Tuve la suerte de trabajar con Belén Rueda, que es la diosa del género, además de una compañera excepcional. Y con Gustavo, el director, que es también increíble. Ha sido de los rodajes más complicados a nivel técnico: había fuego, agua, efectos especiales…

 

– Además de miedo a la hora de aceptarla, también lo pasó rodando.

– Sí, sí [risas]. El rodaje era en un sitio que daba terror, un orfanato de niñas abandonado en Argentina. Daba mucho miedo, no quería andar por allí sola, en ese lugar había una energía extraña. De verdad.

 

– Esa historia trata de actores, de los límites de la actuación. ¿Cuáles son los suyos?

– La salud mental y física por encima de todo: no sufrir más de la cuenta por un personaje. Respeto a los intérpretes que necesitan hacerlo para sentirse realizados, pero yo no, yo necesito disfrutar aunque sea llorando, pasármelo bien, sentir que es un juego, que hay un compromiso por parte de todos pero sin llevármelo a casa, que es ficción, que luego soy Natalia.

 

– Aparece en historias duras, pero también en comedias. ¿En qué terreno se gusta más?

 

– Las dos cosas son dificilísimas. Arrancar una carcajada o una lágrima, provocar emociones en el público, es tremendamente complicado. He hecho menos comedia que drama, y me apetece mucho porque en ella me siento más vulnerable, me genera más respeto porque no me considero graciosa. Es un gran reto para mí.

 

– Pues lo bordó a las órdenes de Paco León en Kiki, el amor se hace.

– Esa película es divertidísima. Va sobre filias: mi personaje tiene harpaxofilia, le excitan los atracos, pero además tiene dendrofilia, se pone con las plantas.

 

– Qué cosas... Y a usted, ¿qué le pone?

– Muchas cosas: la vida, sentir la adrenalina… Y la música me enciende muchísimo. Depende del momento, pero hay canciones que te ponen en una actitud… 



– Este año ya lleva tres largometrajes. No para.

– No sé ni cómo lo hago. Tengo sensación de agotamiento físico. Han sido tres películas seguidas y ahora necesito parar un poco. Tengo que respetar mi trabajo, poder desconectar de una peli a otra, porque son personajes complicados e intensos. Y me vuelvo un poco loca, me obsesiono.

 

– ¿Cómo que se obsesiona?

– Es que me obsesiono con todo lo que hago [risas]. Soy un poco obsesiva. Cuando sé que voy a hacer cualquier personaje, inmediatamente todas las cosas que vivo tienen que ver con el personaje. Absorbo la realidad para trabajar el papel.

 

– Con veintitantos años ha dado vida a mujeres tremendas. ¿Qué ha aprendido de ellas?

– Todas me enseñan algo. Animales sin collar, que se estrena ahora, ha sido un viaje fuerte en mi concepción de la realidad de la mujer. Ahora veo cómo pasan constantemente cosas supermachistas y no nos damos cuenta porque están aceptadas por la sociedad. Ese trabajo me ha abierto mucho la mente en ver eso que antes ni me planteaba. Ahora tropiezo con ciertas actitudes y pienso: “Ostras, es que esto es un micromachismo tras otro, todo el rato, y lo aceptamos sin darnos cuenta.

 

– Con Elisa y Marcela, de Isabel Coixet, habrá vivido eso de manera muy intensa.

– Sí, sí. Para mí es importante que un papel me aporte algo en el plano profesional, claro, pero también en el personal. Y con el personaje de Elisa he vivido un viaje increíblemente bonito, me ha descubierto el amor y la sexualidad en todas sus facetas.

 

– Me parece que ese es un aspecto que le corresponde a su generación en la manera de contar la sexualidad: las mil maneras legítimas de vivirla.

– Es un tema complejo. Ahora la sociedad y el cine están rompiendo con los conceptos de género. Eso de que la mujer es así y el hombre es asá… Ya no. Creo que mi generación quiere romper con eso y decir: “Somos todos iguales”. ¿Por qué un chico no puede llevar una falda? ¿Por qué una chica no puede sentirse fuerte? ¿Por qué está todo tan encorsetado, si eso no nos hace felices? Con Elisa y Marcela he descubierto el hombre que hay en mí. En todas las mujeres hay un hombre, y en todos los hombres hay una mujer. Tenemos que reconciliarlos con esa parte nuestra. Cuando lo consigamos, la sociedad será más feliz, habrá menos problemas, menos depresiones, menos juzgar al otro.

 

– ¿Qué parte masculina suya ha descubierto?

– La fuerza, la decisión, el no pensar tanto… Ser menos delicada, menos de agradar a los demás y más de pensar en lo que quiero, tener mayor seguridad. Al encarnar a Elisa, que es la mujer de la pareja que se transforma en Mario, pensaba: “¡Guau, es más fácil ser un hombre!”. Pero es curioso: ¿por qué tengo que vestirme de forma masculina para sentirme así?, ¿por qué no puedo ser fuerte y decidida cuando soy yo?, ¿por qué un pantalón o un bigote me hace sentir así y no pasa lo mismo si no lo llevo? Son muchas preguntas que responder.

 

– Le da vueltas a la cabeza...

– [Risas] ¡Sí! Demasiadas a veces.



– Cualquiera teclea en Google “Natalia Molina” y aparece cientos de veces una foto suya con las axilas sin depilar.

– ¿Has visto? Es alucinante. Y ahora se ha liado con otra que subí de cuando fui a la playa. Salgo desnuda de espaldas y eso es noticia. Vivimos en un mundo en el que ser natural es lo transgresor. A mí eso me sorprende muchísimo.

 

– ¿Lo hace para provocar ese debate?

– ¡No, para nada! Además, pienso seguir haciéndolo, por supuesto. ¿Por qué no? ¿Qué problema hay? Lo que me sorprende es que haya gente que lo vea como algo especial. Te das cuenta de lo sometidas que estamos las mujeres. ¡Nosotras nacemos con vello! A todas nos han educado en depilarnos, pero el vello no tiene que ver con la feminidad ni con que seas menos higiénica. Es naturalidad. Yo en las redes intento transmitir un mensaje de libertad.

 

– Y no le afecta que la pongan verde...

– Sí, lo leo, pero como estoy tan segura de todo lo que publico, pues no me afectan esos comentarios. Son opiniones y ya está. A veces hasta me hacen gracia. Cómo pierde la gente el tiempo, cómo estamos... [risas].

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