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30-07-2020

Nico Casal

Compositor de bandas sonoras

 

“Mi madre pone mi música en la guardería para dormir a los bebés”

 

El músico gallego reflexiona sobre el arte de traducir las emociones al pentagrama. “Si un compositor de cine piensa en su propio protagonismo, se ha equivocado de oficio”

El compositor Nico Casal, en su estudio, dentro de una nave de 'coworking', donde trabaja en Madrid (foto: Nano Amenedo)

 

FERNANDO NEIRA (@fneirad)

El creador en su cueva. O, más bien, en su cubículo. En una guarida de apenas cinco metros cuadrados, al fondo de una nave de trabajo compartido en el barrio madrileño de Delicias, ha instalado su cuartel general uno de los compositores de bandas sonoras más prometedores que conoce el país. Un ordenador, un teclado, dos banquetas: suficiente para reimaginar cómo suena la vida. Nico Casal, compostelano de 35 años, llegó a Madrid hace tres después de pelearse durante seis con el despiadado frenesí londinense. Llevó mala vida, pero completó un máster de composición y cimentó su popularidad. Stutterer, uno de los trabajos a los que puso música, ganó en 2016 el Óscar al mejor cortometraje. Ya en España le reclamó Ramón Salazar para La enfermedad del domingo y en la primavera de 2019 vio la luz su primer álbum solista, Alone, que ha publicado el sello PIAS, uno de los más influyentes del mundo. 


Todo bien, aunque ya se sabe que la felicidad en la vida nunca es completa: una infección absurda le tuvo ocho meses con el dedo anular derecho inutilizado. La peor pesadilla para un pianista. 2020 es el año de su resurgir, pandemias al margen. De hecho, acaba de emprender la publicación de una serie de epés, Stories, con nuevas composiciones. Y todo ello mientras prepara una nueva e importante banda sonora (¡misterio!) en la que, por vez primera, recurrirá a los servicios de un cantante. El nuevo genio español de la música minimalista para cine (piensen en Michael Nyman, Wim Mertens, Phillip Glass y compañía) vuelve por sus fueros.

 

– ¿Cómo recuerda haber llevado el dique seco?

– ¡Fatal! Viví más de medio año torturado. Soy muy cuidadoso desde pequeño, de los que no fregaban cacharritos para no tener accidentes con los cuchillos. Pero a todo se le puede sacar provecho. Nunca me había sometido a la pesadilla de una resonancia magnética, pero estoy trabajando en una composición a partir de los ruidos y los ritmos de esa máquina.

 

Una de las imágenes promocionales de Casal realizadas por Steve Gullick

 

– ¿Sabría precisar cuál es su primer recuerdo musical?

– El regalo a los seis años de un tecladito Casio, de esos con melodías pregrabadas. Lo utilizaba para sacar de oído las canciones de la tele, sobre todo las de los anuncios. Y a partir de ahí, ya empecé a improvisar.

 

– Curioso que eso lo diga un titulado superior del Conservatorio.

– Lo sé, pero defiendo la importancia de sentarse al piano sin partitura. Mis dos padres son profesores y ese principio de libertad creativa es lo que siempre he procurado inculcar cuando he impartido clases.

 

– ¿Se le habrían dado bien otras ramas de la creación si no hubiese cuajado como músico?

– Soy un absoluto apasionado de la arquitectura. No sé si sería buen arquitecto, porque la parte de cálculo y física no me va, pero con 12 años veía solares vacíos por Santiago y en cuanto llegaba a casa me ponía a diseñar edificios para ellos. Y la web que más consulto no es ninguna musical, sino Skyscrapercity, un foro para friquis de la arquitectura. Me sé de memoria todos los proyectos que concursaron para el Gaiás, la ciudad de la cultura compostelana.

 

– Igual termina escribiendo un disco como Architecture & Morality, de Orchestral Manoeuvres in the Dark…

– Jajaja. Algún día imaginaré cómo suena un edificio o una ciudad, sí. Me acuerdo de un día, en el Festival de San Sebastián, que se me acercó una señora mayor a decirme: “Es usted un genio gestionando los silencios, como la arquitectura de Oteyza con los vacíos”. Me dejó loco.

 

 

– ¿Y a qué suena una ciudad como Madrid?

– Llevo apenas tres años, pero ya he tenido tiempo de vivir en Lavapiés, Chueca e Iglesia y me he dado cuenta de que la ciudad me inspira ideas más libres, alegres e improvisadas que durante mi etapa en Londres. Para un gallego medio londinense, Madrid es una ciudad de respiración honda, chanclas y pantalón corto. Pura luz. Alone era un disco muy personal, pero de soledad y tristeza londinenses.

 

– El fotógrafo que hizo la portada es el prestigiosísimo Steve Gullick. ¿Por qué escogió esa imagen tenebrosa en la que apenas se le distingue?

– Hay algo de metafórico en todo ello. No quería que se me viese, sino que se me escuchase. No soy cantante, no es un disco de Pablo Alborán, sino de un pianista instrumental. Y no me atrae la figura del compositor mediático. Cuando pienso en otros autores de bandas sonoras, me siento más cerca de Alberto Iglesias que de Lucas Vidal.

 

– ¿Le molesta pensar que algunos oyentes tal vez utilicen su disco como música de fondo?

– ¡Qué va! Yo también uso a Rajmáninov de fondo, cuando quiero evadirme y pensar en otras cosas. Y mi madre pone mi música en la guardería para dormir a los bebés. ¡Un honor! 

 

 

– En el fondo, en esa guardería usted también se encarga de la banda sonora…

– Sí. Y el papel principal es para los niños. Igual que en el caso de la película. Si un compositor de cine piensa en su propio protagonismo, se ha equivocado de oficio.

 

 

 

 

 

El reto de la voz

Hasta ahora, toda la música que ha compuesto el compostelano Nico Casal es instrumental, sin excepción. Por eso uno de sus grandes retos para el futuro inmediato pasa por atreverse a concebir canciones. “Sospecho que soy malo escribiendo letras, pero veremos lo que surge”, se sincera. También sopesa colaborar con otros artistas gallegos jóvenes que residen en Madrid, como Baiuca o Blanco Palamera

 

 

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