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28-07-2020


De Madrid al suelo

 

Un relato inédito de David Uclés (*)



Cuadros para una exposición, Nº2, El viejo castillo

Modest Músorgski

 

 

   «Cerrando puertas».

   ¿Lully o Purcell? Uno de los dos murió de gangrena tras dirigir su Te Deum; horadó la fascia de uno de sus pies con el ciclópeo bastón de hierro con el que marcaba el ritmo de la orquesta. La elle lo despista…

 

   «Segunda planta».

   Víctor no puede subir escaleras. Semanas atrás se perforó el pie en la planta de reciclaje donde trabaja. Se ayuda de un pequeño bastón que le recuerda continuamente a Lully, o a Purcell.

 

   «Tercera planta».

   ¿Por qué nunca para en la segunda? Cree que es porque allí es adonde van primero todos los visitantes y, para evitar colapsos, los ascensores llegan a otras plantas continua y ‘erróneamente’. En la planta dos, concretamente en la sala 206; allí se halla la pila bautismal tras la cual puede uno descubrir el resto del templo: el Guernica. Víctor respeta las tradiciones; pulsó el número dos.

 

   «Cuarta planta».

   Las puertas del ascensor deciden no abrirse. Estas no son transparentes, ni el suelo ni el techo, pero el resto del habitáculo, sí. Al encontrarse este anexo al exterior del museo, las vistas desde la última planta son impresionantes. 

 

   Víctor vuelve a pulsar el dos.

   Una señora llama al ascensor desde fuera.

   Víctor pulsa el resto de botones para despabilar el engranaje.

 

Nada.

 

   Ahora hay dos señoras y un adolescente que deciden tomar el ascensor de al lado. Cristal mediante, observan mientras descienden a Víctor, desamparado. A pesar de su claustrofobia, el elevador le transmite cierta seguridad. Desde su posición atisba una Madrid tranquila. El museo no lleva más de una hora abierto, y aunque la ciudad nunca cierra, todavía no hay demasiado tráfico humano.

 

   Aproxima su dedo al botón de alarma y algo lo inquieta. Sin aviso, el ascensor se pone de nuevo en marcha al mismo tiempo que la suite de Músorgski que escucha a través de sus auriculares se sube de volumen hasta el máximo. Víctor suelta el bastón y se quita los cascos de forma abrupta. Se toca los oídos, ahora desnudos, y escudriña a su alrededor. El fagot de la melodía inunda el espacio. La misma música de su reproductor suena ahora por todo el habitáculo, que se ha puesto en marcha, pero no hacia abajo, sino hacia arriba.

 

   Se desprende el ascensor del edificio Sabatini; se desquebraja la cubierta de la torre de cristal que protege los elevadores; se desarticula la estructura de perfiles tubulares que soporta en voladizo los pescantes de cuelgue de las fachadas; se desmenuzan las góndolas colgantes, vacías de limpiadores; y se desfragmenta la totalidad de la estructura superior.

 

   El ascensor sube hacia el cielo.

 

   La voz automática no dice nada, por no estar programada o por no tener nada que decir. Víctor tampoco piensa gran cosa, sus extrasístoles han captado su atención. Intenta calmarlas con una respiración lenta, al mismo tiempo que ve alejarse bajo sus pies la plaza de Juan Goytisolo.

 

«Todo se extingue y disipa la embriaguez del instante».

 

   Desde abajo, transeúntes y habitantes del barrio de las Letras y de Lavapiés observan la ascensión, una atracción visual que va contagiándose entre los madrileños de otros barrios. ¿Quién no alarga el cuello cuando dos miran al cielo?

 

   Al no ser la parte de arriba transparente, Víctor desconoce si el ascensor está subiendo mediante tracción. A cierta altura rechaza esta hipótesis. Las razones lógicas le van pareciendo inverosímiles y sus ideas se tornan cada vez más metafísicas. De forma refleja, aprieta su mano contra el bolso, en el que descansa el ejemplar que la biblioteca José Luis Sampedro no volverá a tener: El mito de Sísifo.

 

   200 metros.

   «¿He muerto? ¿Habré sido llamado por Dios? Quizás quiera leer a Camus y esta es la única forma de hacerlo, ascendiéndome. ¡Aunque si esto ha sido idea de Dios, le pega más Ionesco que el argelino! ¿Por qué sigo pensando a dios en mayúscula? No puedes acudir a él solo cuando te viene bien, Víctor… Es difícil saberse uno vivo o muerto. Ni saberme yo ahora mismo en cualquiera de esos dos estados…».

 

   400 metros.

   Cada vez ve más azul y menos ocre. Víctor desconoce si tropo, estrato, meso, o termo. Está mejor indicada la tierra que el cielo, se dice. Entonces aprecia un tintineo metálico en una de las esquinas del suelo. Descubre un tornillo del tamaño de un corcho aflojándose. Se lanza hacia él y, mientras lucha por detener su salida, recuerda unos versos de Canetti.

 

«Hoy hace cinco años murió mi madre. Me gustaría recuperarla del ataúd aunque tuviera que desatornillar cada tornillo con los labios».

 

   Solo hay algo que le hace pausar su empresa: no le duele más el pie.

   Se pregunta si el ascensor se ha transformado en su propio almario.

 

   Consigue apretar el tornillo. Se levanta y se pega a las opacas puertas.

   No quiere mirar hacia la ciudad. ¿Hacia la tierra? Se prohíbe pensar así.

 

   La canción ya ha dejado de sonar.

   No. Sigue sonando, pero ahora en el exterior.

 

   El ascensor se detiene y se abren sus puertas.

   Fuera ha dejado de ser solo azul. Hay algo en mitad del cielo.

 

   Víctor acerca su cuerpo hacia el exterior y contempla: un suelo translúcido y embaldosado se extiende delante de él; a lo lejos, la silueta de lo que le parece una casa y la figura de un hombre mayor sentado y tocando un fagot. De él emanan las notas de Músorgski que antes percibió desde el interior.

 

   Impulsado por el efecto arquitectónico del lugar y convencido por la pieza interpretada, tras comprobar que las baldosas resisten su peso y están fijas en el aire, abandona el habitáculo y se acerca al anciano.

 

 — Quieres saber lo que todos, y yo te diré lo que a todos. Desconozco quién soy, aún no estás muerto y ahí no vive nadie desde 1883.

   — ¿A todos? ¿Quién más ha subido hasta aquí?

   — ¡Muchos! Más que tus todos.

   — ¿Mis todos?

   — Yo me entiendo…

   — Y a mí me gustaría entenderle…, entenderlo.

   — ¡No hay nada que entender!

 

   El viejo prosigue la melodía.

   Víctor se acerca hasta la casa, desvencijada e inhabitable, cuyos astillados postigos destacan por su azul verdoso. Percibe que alrededor de esta el suelo de baldosas llega a su fin. La superficie total del lugar no llegará a medio kilómetro cuadrado.

 

   — ¿Y dónde están los otros?

 

   El viejo detiene nuevamente el toque, se seca el pulpejo de su mano derecha y le dirige a Víctor la que será su última contestación.

 

   — ¿Tú qué crees?

 

   Acto seguido, señala hacia el final del suelo embaldosado, después hacia la caída, hasta señalar la tierra. Cierra los ojos y vuelve a tocar.

 

   Víctor se acerca al borde del embaldosado y se sienta a contemplar el abismo. Ve amanecer varias veces.

 

   En la siguiente pausa de la eterna melodía, el viejo vuelve a estar solo.

 

   Lo último que Víctor ve antes de estrellarse contra el suelo de Madrid es la imagen de cientos de ascensores rompiendo los techos de los edificios y elevándose.


(*) David Uclés (Úbeda, 1990) es escritor, músico, traductor y pintor. Cursó sus estudios en cinco universidades europeas y trabajó en Alemania y Francia como profesor de español, alemán e inglés. También ha vivido en Inglaterra y varios años en Galicia. Actualmente reside entre Madrid y París. En 2019 recibió el Premio Complutense de Literatura por su novela El llanto del león y en 2020 publica Emilio & Octubre (Dos Bigotes), su primera incursión en realismo mágico. Como músico, compone al arpa, al piano y a la guitarra.

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