twitter instagram facebook
Versión imprimir
21-06-2022


Pablo Remón


“Jamás me ha resultado fácil escribir. Desconfío de los que dicen que les resulta tan sencillo”


Crear sin parar, aunque sin horarios ni rutinas. Sigue dando forma al texto en los ensayos. Al final, se rinden a él tanto las cámaras como los escenarios


FRANCISCO PASTOR

FOTOS: ENRIQUE CIDONCHA

Pablo Remón (Madrid, 1977) descubrió el cine con 15 años. “Lo veía absolutamente todo”, cuenta, y habla de Azcona, Bresson y Berlanga. Poco después empezó a estudiar Guion en la ECAM. Era un lustro mayor que su hermano, pero con él compartía sus ejercicios para clase: “Empezamos a trabajar juntos. Daniel escribía muy bien, aunque solo tendría 17 años en aquel momento”. Juntos acometieron varias obras de teatro. Entre ellas, Muladar, que nunca se representó, pero que ganó el premio Lope de Vega en 2014. Años después, también en familia, ganarían el Goya al mejor guion adaptado por Intemperie (2019).

 

   Porque Remón, sobradamente conocido como dramaturgo y director de teatro, nunca ha dejado el cine. Dirigió el premiado cortometraje Todo un futuro juntos (2014), que estuvo nominado al Goya. Ha puesto su firma en los guiones de Cinco metros cuadrados (2011) o No sé decir adiós (2017). Ha escrito dos capítulos de la serie Venga Juan. Episodios embotellados, como él los llama, algo apartados del resto de tramas y con unidad de espacio, acción y tiempo. Como a veces ocurre sobre las tablas, vaya. En 2021 ganó el Premio Nacional de Literatura Dramática por Doña Rosita, anotada. Remón considera que ese homenaje a Lorca es su obra más íntima.

 

   El confinamiento se llevó por delante Las ficciones, un trabajo que estuvo a punto de estrenar, aunque finalmente quedó como un recuerdo. Pero que nadie se asuste: el autor recupera algunos de sus fragmentos en Los farsantes, donde actúan Javier Cámara, Bárbara Lennie, Francesco Carril y Nuria Mencía. Remón también se vengó del COVID al dirigir tres piezas sobre la pandemia para el Centro Dramático Nacional. Una de ellas, El autor y la incertidumbre, la escribió él mismo.

 

— ¿Goza de más fama en el teatro que en la pantalla?

— Sí. En el cine los guionistas siempre han vivido en la sombra. Al menos hasta hace un tiempo. Quizá algo haya cambiado con la eclosión de las series y estemos alcanzando cierto reconocimiento. Pero nosotros, al contrario de lo que ocurre con los directores, somos grandes desconocidos para el público.



— Si dirigir lucía más, ¿por qué prefirió estudiar guion?

— Porque para escribir no dependo de la inversión de una productora o de la confianza de los demás. Puedo hacerlo en mi propia casa, yo solo. Esa libertad me seducía mucho.


— Alguna vez ha contado que la escritura es descubrir, que le ayuda a pensar.

Quienes nos dedicamos a crear, en general, andamos inquietos todo el rato. Yo siempre estoy dándole vueltas a mis ideas. Si no modulo eso, me puede estallar la cabeza. Al escribir, no sé si descubro algo, pero el ruido se acalla. Surge una voz muy mía, más profunda, capaz de decir cosas que yo no sabía.


— ¿Se considera distraído?

— Totalmente. De niño vivía en mi mundo paralelo. Y en la adolescencia andaba ya por entero en las nubes. Aún hoy la gente me habla y, si no logro reunir mi atención, me preguntan dónde estoy. Hay quienes piensan que vivo ausente, pero no. Estoy en mis cosas. Creo que esto le pasará a mucha gente que escribe. Cuando tuve un hijo decidí alquilar un despacho. Y aun así, me he acostumbrado a carecer de rutina. He intentado escribir en horas fijas y nunca me ha salido. Eso sí, le dedico bastante tiempo.


— ¿Le cuesta escribir?

— Sí, todo el rato. Jamás me ha resultado fácil escribir, y desconfío de quienes dicen que les resulta tan sencillo. Si un alumno me cuenta que un texto le ha salido solo, algo estará mal en su ejercicio. La escritura ni fluye ni sale con facilidad. Sí tiene que resultar fluida la lectura del texto. Pero hay muchísimo trabajo detrás de eso. Como escritores que somos, si nos importa lo que estamos creando, escribir nos cuesta mucho más que al resto.



— Sus títulos más premiados son adaptaciones. ¿Prefiere trabajar así a crear desde cero? 

— Diría que hay de todo. Mi versión de Traición, de Harold Pinter, fue prácticamente una traducción. Fue muy fiel al original. Cuando empecé Doña Rosita, anotada no sabía hasta dónde me iba a llevar aquello. Había un texto de Lorca que yo quería dirigir y hacer mío, pero no sabía si lo retomaría tal cual, sin tocar una coma, o si lo reescribiría. Al final fue como empezar de cero. Solo tiraba de ese material previo cuando me hacía falta. Siempre trato de crear algo nuevo, que no se parezca en nada a otros trabajos anteriores. Aun así, al escribir suelo acudir a antiguos apuntes míos y a fragmentos que descarté en otras ocasiones.


— Algunas de sus obras son trípticos. Se componen de tres escenas que, a primera vista, parecen inconexas. 

Llegué a las tablas con algunos prejuicios. Para mí, el teatro era una cosa aburrida. Solemne, muy importante, pomposa. Pero luego empecé a descubrir otro tipo de obras: las de Miguel del Arco, las de Alfredo Sanzol. Entendí que el teatro podía ir más allá de colocar a dos personajes hablando en un salón. Empecé a pensar ideas y retomar proyectos que reservaba para el cine. Pensaba en obras más rotas. Me gusta descomponer la obra en capítulos y fragmentos y que sea el espectador quien junte los pedazos.



— ¿Imagina un público concreto cuando desarrolla sus ideas?

— Pienso en algún conocido, por ejemplo. También me ayuda saber en qué teatro se va a estrenar la pieza. Eso influye mucho en mi forma de escribir. 


— ¿Hay reflexiones que solo tienen cabida en ciertos sitios, pero no en otros? ¿En el llamado off, por ejemplo?

— Creo que la etiqueta del off no tiene mucho sentido en España. Eso será para Nueva York. Aquí toda nuestra dramaturgia nace siempre a una escala relativamente pequeña. Es cierto que hay espacios alternativos, y a veces hasta hemos actuado en el vestíbulo del teatro. Pero nuestras obras transmiten cercanía incluso desde las salas principales.


— A la hora de levantar una producción, le quedarán más a mano los escenarios que el cine, claro.

— La escritura es quizá la parte en la que más se parecen el teatro y el audiovisual. Pero todo lo que gira alrededor es diferente. El cortometraje más barato ya cuesta más que lo más caro que yo llevo a las tablas. En la película más pequeña trabajan cinco veces más personas que en cualquier obra teatral. Como vengo de la escritura, me choca mucho. ¡Es alucinante pasar de estar solo en mi despacho a integrarme en equipos tan numerosos!


— ¿Y cómo pasa las horas a solas en ese despacho?

— Escribo mucho más de lo que luego aparece en una obra. Además, suelo crear de manera desordenada. Le entro a la trama por donde se deja. Dejo escritas cosas que no sé si llegarán al montaje final ni qué personaje las dirá. Sigo anotando durante los ensayos. Estoy dirigiendo y continúo escribiendo. Alargo una frase y corto otra. Hasta el infinito.

Versión imprimir

Contenidos Relacionados