Paca Gabaldón
"Siempre estuve esperando la llamada de otro tipo de cine"
Pasó la infancia recorriendo Europa. A los 13 años bailaba con su madre en un trío folclórico por lugares recónditos de América del Sur. En el cine peruano debutó a lo grande antes de volver de forma definitiva a España. Aquí seguiría siendo actriz de películas populares. Durante medio siglo ha poblado también la televisión y el teatro, y encima del escenario logró alcanzar su plenitud interpretativa
PEDRO PÉREZ HINOJOS
FOTOS: ENRIQUE CIDONCHA
A los 18 años Paca Gabaldón (Barcelona, 1949) acumulaba más kilómetros y experiencias en su maleta que ningún otro actor o actriz de su generación. Tras los pasos de su madre, bailarina en eterna gira internacional, recorrió media Europa y buena parte de Sudamérica. En este último continente, y entre no pocas pesadumbres, aquella adolescente debutó tanto en los escenarios como ante las cámaras. Cuando alcanzó la mayoría de edad, un viaje de vacaciones a su Barcelona natal se alargó hasta hoy. Sus papeles de chica guapa y sofisticada en comedias para el cine y su faceta como presentadora en algunos de los programas con mayor tirón de los setenta y los ochenta le dieron fama. Aunque solo pudo desplegar todo su talento y los valores de su formación cosmopolita en el teatro y entrada ya en la madurez artística. No haber logrado lo mismo en el cine es su espina clavada. Pero no sangra por ello. Se siente más que colmada de aprecio por parte del público.
- Lleva un tiempo desaparecida de los focos. ¿Es un alejamiento definitivo?
- Considero que una auténtica vocacional no se retira nunca. Aunque últimamente me lo oigo repetir algunas veces, desde hace algún tiempo no me siento muy motivada para este trabajo. Son casi 60 años de actividad. En este momento necesito libertad para hacer muchas otras cosas. Quiero disfrutar de mi Mediterráneo y viajar todo lo que la salud y el Covid me permitan. En mis comienzos solía asegurar que iba a morirme con las botas puestas, y ponía como ejemplo a la actriz Aurora Redondo, una de nuestras incansables grandes.
- Sus comienzos artísticos no fueron los más convencionales…
- La vocación fue muy temprana. Y los inicios profesionales, también. En el colegio de monjas italianas, en Estambul, hice mis primeros pinitos. Tendría seis o siete años. A los 10 vi un anuncio en un periódico europeo de una productora cinematográfica que buscaba a una niña de mi edad y características para una película. Les escribí inmediatamente, pero no recibí respuesta. Ya estaba inquieta. Poco después, a los 13, actué por vez primera frente al público.
- ¿Qué le atraía de la interpretación? ¿Fue solo el modelo que representaba su madre o tuvo otra inspiración?
- Mi madre era bailarina de clásico español. Con los años fue incorporando más géneros a su repertorio. Además de bailar, recitaba estupendamente. Cuando yo salía del internado de turno los fines de semana, ella me declamaba poesías y letras de coplas al pie de mi cama. Me quedaba embobada, me deleitaba con aquellos relatos y versos contados con ese talento. Me parecían cuentos fascinantes. Creo que esa fue mi primera y fundamental escuela de interpretación.
- Vivió en muchos países diferentes durante su infancia y su pubertad. ¿Cómo le afectó esa falta de arraigo?
- Mi madre me sacó de España con cinco años. Residimos en Turquía tres años y después estudié dos años más en Milán. Tras un breve período de viajes por distintos países de Centroeuropa, a los 11 me embarcó sola desde Rotterdam a Sudamérica. En avión. Hice trasbordos en Londres y Buenos Aires y mi padrastro me recogió en la ciudad de Córdoba, en Argentina. Un largo viaje para meditar sobre mi vida. Esa experiencia me ayudó a madurar de golpe. Cuando mi madre se reunió con nosotros e intentó vivir en familia fracasó. Al final se separó y yo acabé en casa de unos lejanos familiares de ella en Buenos Aires. Yo estudiando y ella volviendo a su ritmo de artista. Con los 13 recién cumplidos y muy buen expediente escolar, le dije a mi madre que no podía ya con esa vida. Necesitaba su cercanía y su cariño, no estar siempre interna o en medio de una familia extraña. Su respuesta fue muy clara: si quería estar a su lado, tendría que trabajar junto a ella.
- Y usted decidió trabajar junto a ella.
- Casi de la noche a la mañana me vi en un trío de folclore argentino: ella, su nueva pareja de baile y yo, adolescente inexperta. Ensayábamos rápidamente chacareras, sambas, gatos y hasta malambo. Menos mal que algo había aprendido en la escuela de Buenos Aires. Mi debut fue en Mendoza. Luego recorrí Chile durante un año. Finalmente, Perú. El baile nunca ha sido lo mío. Pronto me captaron para telenovelas, publicidad y otras apariciones en televisión. A los 15 ya tenía contrato en la cadena peruana Panamericana, como actriz y hasta cantando al lado de Palito Ortega o Betty Missiego.
- ¿Cuándo apareció el cine?
- Con un personaje principal para la película Ganarás el pan, de Armando Robles Godoy. Era 1965 y no se hacía apenas cine peruano. Aquel era el mejor director nacional por entonces y fue un acontecimiento, con un estreno a lo grande y toda la prensa volcada. Fue un sueño hecho realidad en un suspiro de tiempo. No me lo podía creer. Con ese bagaje volví a España de vacaciones, pero el destino me tenía guardada otra carta.
- Porque no resultaron ser unas simples vacaciones…
- Con 17 años recién cumplidos embarqué desde El Callao de Lima hacia Barcelona. Mi familia paterna al completo me recibió con enorme cariño tras 12 años. Por tanto, fue un desembarco agradable. Nunca imaginé que mi visita de vacaciones se convertiría en una estancia definitiva y una carrera tan fructífera. No me costó en absoluto adaptarme. En un par de meses debuté en TVE desde Miramar, en Barcelona, e inmediatamente me reclamó el cine en Madrid. Fue como algo milagroso. En efecto, no fueron unas simples vacaciones, ya que no volví a Lima.
- Pedro Lazaga la hizo fija en sus comedias y el suyo fue un rostro habitual en la gran pantalla. ¿Qué aprendió de aquella época y de aquel cine? ¿Le encasilló en el arquetipo de chica moderna y atractiva?
- Al tándem Pedro Masó-Pedro Lazaga le debo mi entrada en el cine español y un aprendizaje intenso, rodeada de los mejores actores del país. Con los años y la madurez, mi reconocimiento y gratitud hacia ellos se ha incrementado. A veces cometía la injusticia de infravalorar aquel cine, sus guiones, los personajes femeninos. Lazaga era un gran director, con mucho talento, fue enorme la suerte de caer en sus manos. Y también en las del productor Masó. Pero me hicieron firmar un contrato de exclusividad de tres años y, al encadenar varias comedias 'blancas', en cierto modo me encasillaron. Siempre estuve esperando la llamada de otro tipo de cine.
- En los ochenta su carrera pareció entrar en otra dimensión, con papeles destacados en importantes obras de teatro clásico y contemporáneo. ¿Cómo se produjo ese cambio de registro?
- Siempre tuve el privilegio de compaginar los tres medios. Cuando recibía menos ofertas de cine, la televisión me capturaba como presentadora o actriz. Y cuando probé el teatro descubrí mi auténtica pasión. Lo ha sido todo para mí, lo más intenso de mi carrera, la plenitud, el medio más verdadero, el vehículo que logró descubrirme mi dimensión real como actriz. El encuentro con el público, tantas nuevas sensaciones, penetrar en el alma de pieles tan intensas, dominar el escenario, la expresión corporal y la voz para cada personaje y situación… Ningún otro medio se puede igualar al teatro y sus satisfacciones. Los mejores recuerdos siempre se los deberé al teatro.
- Aunque usted dice que nunca ha visto algo especial en su físico, ¿qué importancia cree que ha tenido a lo largo de su trayectoria? ¿Ha sido un obstáculo para llegar a algunos caminos profesionales o le ha abierto más puertas de las que esperaba?
- Es cierto que solía minusvalorar mi físico y su influencia para abrirme puertas. Quizá era autodefensa por tantos piropos y halagos que recibía. Al reencontrarme con mis primeros trabajos, me sorprendo favorablemente. Pienso que no me valoraba en justicia. Sin duda, mi imagen fue de gran ayuda en mis inicios. Y adoptar aquella actitud seguramente fue una manera de rebeldía: no quería que mis méritos solo estuvieran relacionados con el físico, así que mi lucha siempre se basó en demostrar otras cualidades. Lo conseguí, pero no fue un camino de rosas.
- ¿De qué personajes no se habría separado nunca?
- ¡Uf! De la Ana Mary de El caserío o la Asunta de La tonta del bote. Esas películas son de Juan de Orduña, uno de mis directores favoritos. O de mi querida y sufrida Maika de la serie El súper… Personajes de filmes como La violación, de Germán Lorente; El fin de la inocencia, de Larraz; o La comunidad, de Álex de la Iglesia. Y en teatro, mi trabajo junto a Alfredo Halcón en Al derecho y al revés, mi Elena de Las troyanas, La Perrichola, Materia reservada, El último dios… Y sobre todo, los papeles recientes en las obras Tras las huellas de Betty Davis, Testigo de cargo y Las presidentas.
- Ha trabajado además con directores e intérpretes importantes. ¿Hay alguno que le haya marcado o al que admire especialmente?
- He aprendido de muchos actores y actrices estupendos a lo largo de mi carrera. La lista sería inacabable: Mari Carmen Prendes, Cándida Losada, María Asquerino, Jesús Puente, López Vázquez, Alfredo Halcón, Manuel Galiana, Emilio Gutiérrez Caba…
- ¿Qué no echa de menos de su profesión?
- La espera del trabajo cuando no llega. Y siempre me quedo con el aplauso y el cariño del público.
- ¿Qué cree que se le ha quedado en el tintero para demostrar al espectador su valía, si es que hay algo?
- Siento, como mencionaba antes, no haber sido reclamada por algunos directores para esas películas tan valoradas en la historia del cine español. Directores a los que admiro por sus guiones, sus personajes y su talento.
Mary Francis, la chica de la voz cavernosa
Cuando Paca Gabaldón llegó a Barcelona en 1967 se presentó como Mary Francis. Con ese nombre artístico, más impuesto que escogido, realizó el primer tramo de su carrera. Hasta que decidió poner pie en pared, como había hecho una compañera suya: "A lo largo de mi vida me han llamado Paquita, Francesca, María, Francis… Mi nombre real es María Francisca Gabaldón. Mary Francis me lo encajó mi madre. Cuando decidí por mí misma, ya en mitad de mi trayectoria, cambié mi nombre por el de Paca Gabaldón. Coincidió con un tránsito de madurez profesional y personal. Fue arriesgado, pero hasta en esto la suerte me acompañó, pues el público se adaptó. Mi querido público. Siempre me inspiró el ejemplo de mi admirada Pepa Flores". También fue una imposición que no usara su propia voz, grave y profunda, en sus inicios. Pero supo ponerle paciencia: "En los sesenta y setenta era bastante frecuente que nos doblasen. Una cara bonita no se ajustaba a una voz grave. En cierto modo fue una moda. Afortunadamente, duró poco. Me molesta más desde una perspectiva actual que mientras ocurrió".




