A juicio de Avelino González, la biblia cumple la función de “acotar el campo”, inabarcable de otra manera. Para este actor, bregado en ficciones televisivas –As leis de Celavella, Pratos combinados, Piratas–, “hay muchas cosas que ya tenemos automatizadas. Los ensayos al principio eran más estrictos. En la italiana aclaramos las intenciones y en planta hay lugar a la improvisación”. “El realizador tiene una oreja muy grande”, agrega, cómplice: “nos escucha mucho, y eso se agradece”.
A lo que el director, Manuel A. Espiñeira –en la serie desde el capítulo uno: empezó llevando la segunda unidad y a partir de la tercera tanda, septiembre de 2008, tomó las riendas de la dirección–, matiza: “en cualquier teleserie debe haber un margen de libertad para proponer y sugerir sobre lo escrito. Los guiones son de hierro dúctil, tienen las tramas y la masa necesaria para la historia. Nosotros los modelamos y afinamos para que salgan brillantes y relucientes”. Afirmación que celebra Antonio Durán, para quien la intercomunicación entre el elenco, el equipo de guionistas y el realizador “es fundamental”.
Espiñeira comparte labores de dirección con Marta Piñeiro, a cargo de rodar los exteriores, localizados principalmente en el pueblo marinero de Redes y en Santeiro, lugar al que se trasladan para grabar en un monasterio vacío las secuencias del despacho del obispo, y de “cubrirme los días que tengo que revisar montaje”.
Ocho horas de trabajo intenso permiten al final de cada día conseguir unos 14 minutos útiles para el montaje final (alrededor de seis se concretan en exteriores). El tiempo se amortiza mejor en el plató, por lo que la mayor parte se rueda en los estudios. Los exteriores alivian la acción, pero exigen complicar el operativo de rodaje. “Intentas encontrar el equilibrio”, explica Paula Fernández. “Ahora salimos menos, unas 18 o 20 secuencias por temporada, pero cuando salimos procuramos que sea vistoso”.
Por lo general, las series no cuentan ni con grandes presupuestos ni con suficientes días para la grabación. Un capítulo viene a estar listo en cuatro jornadas, cuando hasta no hace mucho se disponía de márgenes algo más holgados. La tendencia actual es ir a menos, situación de la que no se libra Padre Casares, y ante la que técnicos y actores se plantean desafíos que el director sintetiza en no caer en rutinas aburridas y acabar en el plazo marcado.
Nadie esperaba el enorme éxito de la serie. “Todo eran incógnitas”, revela Carballo, “incluso en el momento de iniciar las grabaciones había bastante división de opiniones respecto a la aceptación”. Algunos actores nos dicen que en los primeros capítulos percibieron que aquello podría funcionar y eso les animó a trabajar la mayor comicidad posible en las escenas.
Todos sin excepción atribuyen gran parte del éxito al idioma, además de a la historia y los personajes. “Una y otros han empatizado con los espectadores”, subraya Espiñeira. “Son historias sencillas y humildes con cierto toque surrealista en el universo particular de un pueblo de cuento como es San Antonio de Louredo”.
Según Alberto Guntín, actual coordinador de guion y guionista desde los primeros capítulos, “es una serie donde el proceso de identificación con los personajes ha funcionado a las mil maravillas y el trabajo de actores y actrices marcha perfecto a todos los niveles, algo que se nota siempre”. El equipo de Guntín –tres argumentistas-escaletistas y entre cuatro y cinco dialoguistas– sigue el esquema habitual que ha triunfado en nuestras teleseries. “Hacemos el mapa de tramas que derivamos a guionistas externos. Es un proceso muy sencillo”.