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04-03-2014

Los maravillosos cuentos ilustrados de Pipo y Pipa, prohibidos (como tantos otros disparates) por el franquismo. El autor de estas memorias guarda la colección completa como oro en paño

Los maravillosos cuentos ilustrados de Pipo y Pipa, prohibidos (como tantos otros disparates) por el franquismo. El autor de estas memorias guarda la colección completa como oro en paño

 
'Paseo de La Habana':
Las memorias televisivas de Jaime de Armiñán
 
Capítulo 3: ÉRASE UNA VEZ
 

Un singular directivo de TVE, José Luis Colina, propone en 1958 al autor que escriba un programa infantil para las sobremesas, a razón de quince minutos cada domingo. Se acabaría titulando Érase una vez y será la primera vez que Armiñán firme un trabajo televisivo. Mayte, la regidora del bistró, se encarga de recordarle una y otra vez: “Piensa en tu responsabilidad, no patines…”. Sabia cocinera.
 
 
 
 
Decíamos ayer que nos dejaron cesantes y sin carbón en un bonito apeadero, parecido a una recoleta estación de ferrocarril, tal vez situada al pie del mismísimo Mont Blanc. O en Cercedilla a la vera de Siete Picos, sin fantasías, pero mejor me lo pones.

   Flashback.
No olvido que en cierta mañana de otoño llegó a casa un inesperado mensajero o coco-motorista. Como es habitual iba vestido de negro, tocado de casco y portador de malas noticias.  Según parece la autoridad estaba molesta con Elena Santonja y al efecto mandó –telegrama mortal comprendido– al aguafiestas de la moto. Con el enviado especial vinieron la Bruja Pirulí, los Papás de Pulgarcito, las Hermanastras de la Cenicienta, el Hada Madrina de la Bella Durmiente, Barba Azul… Todos ellos amparados por la generosa sombra del ministro de Información y Turismo. Mensaje recibido: Entre nosotras (inolvidable programa para la mujer moderna, incluida la española) había sido borrado del Paseo de la Habana a instancias de la bruja rebruja conocida como Cara de Pera.

   A servidor le quedaba la Diputación Provincial –léase rincón de Madera y Corcho en la calle Castelló– y la ilusión de escribir. Mi compañero, el anciano funcionario que fabricaba cigarrillos con una maquinita, se había jubilado. Por fortuna, en el despacho de arriba, que también daba al patio de abajo, paseaba y hacía cuentas de madera y corcho mi amable y locuaz colega, de nombre Rosa Alvarado Ramos, a quien nunca olvidaré. Ha sonado la hora de recordar a este personaje maravilloso. Fue real y se llamó Girasol. Vivió en el Palace, me acompañó en Siete pesadillas. Nunca lo dijo, pero yo creo que estaba enamorada de Saint Exupery… Distinguido piloto de aviación y autor de El Principito.

   Corte brusco. Por aquellas fechas (digamos, 1958) estaba escribiendo una nueva comedia aún sin título y sin final. Mal asunto. Yo escribía entonces con una bonita pluma estilográfica de marca Schafer, que me había regalado don Paco Segovia, conocido como El Caballero sin corbata, natural de Las Navas del Marqués (Ávila). Don Paco era amigo de mi padre, ciego admirador de mi abuelo Luis y loco por Cervantes y por Astrana Marín. Un tesoro de personaje, que todas las Navidades nos mandaba un pavo vivito y coleando. 

   Vivimos ahora un día de primavera del aquel año 1958. Elena Santonja retrataba al óleo a su amiga y compañera Chus, las dos eran licenciadas en Bellas Artes, al tiempo que Popea ladraba en respuesta al agónico rugido-lamento de los leones de la Casa de Fieras del Buen Retiro, que precedía al cantar de los ruiseñores de siempre y anunciaba la Feria de San Isidro en las Ventas del Espíritu Santo. La banda sonora no era gran cosa, pero ya se sabe que peor fue lo de Cuba y volvieron cantando.

   Un buen día me llamó por teléfono José Luis Colina. Creo que era director de programas de la pimpante televisión española, pero no me atrevo a asegurarlo.

   “Tenemos que hablar…”. Eso me dijo y, sin más explicaciones ni retórica alguna, colgó el aparato. Curiosidades linguísticas: “aparato” era entonces sinónimo de teléfono. Y allá que me fui, más preocupado que otra cosa.

   Corte brusco. La llamada de Colina me rechinaba con peligro… Sin duda Cara de Pera, bruja delatora y chivata, volaba sobre los tejados de Madrid con un gato negro, de ojos amarillos, sentado a la popa de su escoba.

*********
 
Paseo de la Habana, de nuevo. Crucé la frontera del palacete de la recién nacida tele, sin salvoconducto ni otras caspas burocráticas. De buen talante me sumergí en aquel medio misterioso y con toda sencillez llegué al antedespacho de un personaje para mí casi desconocido.

   La secretaria de Colina, que sabía de mi visita, me ofreció un dudoso café y me dijo que me sentara. Luego entró en el despacho número uno y servidor, con toda sencillez, se dispuso a esperar. Empezamos bien, me dije al tiempo que me sentaba en una butaca como de atrezo de comedia de Carlos Llopis.

   Volvió a salir la linda secretaria (se llamaba Celia), que me pidió que esperara cinco o diez minutos como mucho. Y siguió en lo suyo. Escribía a máquina a toda pastilla y de cuando en cuando me miraba y sonreía. Debo aclarar que Celia era muy atractiva y, más que de televi- sión neófita, parecía de película de la Warner.

   Paso de tiempo. Sonó el teléfono. Celia contestó, me miró de reojillo, asintió dignamente y colgó. Me sonrió entonces con estudiada espontaneidad y dijo: “El señor Colina le está esperando, señor Armijo…”. “Armiñán”, corregí a la joven secretaria. “Perdone, señor D’Artañán”.  Pensé entonces: ¿Juega? ¿Se burla? ¿O es tonta?

   Corte brusco. Siéntate... Hace mucho que no nos vemos… Así habló Colina, que no sonrió. Sin embargo, sus ojos me daban confianza y me decían: Anímate, hermanito. Estás en lobera amiga, tú y yo tenemos la misma sangre… Recordé el Libro de las Tierras Vírgenes y a Mamá Loba, al Hermano Gris, al oso Baloo… Y a los demás compadres, tanto los buenos como los malos. No debía temer a Shere Khan, el tigre cojo, ni a la astuta Tabaqui, la hiena maloliente. 

   Paro el carro y pienso que me hubiera gustado que José Luis Colina leyera estas líneas. En tal caso Tha, el Señor de la Selva, el Gran Elefante, añadiría: “si Colina viviera hoy, tú no habrías escrito estas líneas, jovencito…”. Es cierto. Tha, el anciano y sabio elefante de Rudyard Kiplyng, lo sabe todo y siempre tiene razón

   En menos de quince minutos Celia, discreta y sonriente, había entrado varias veces al despacho de Colina. El teléfono no dejaba de llamar… Por último sonaron las trompetas de alarma. En el castillo del Paseo de la Habana había surgido un problema grave con motivo del escote de una gloriosa pianista alemana, que se negaba a ponerse un casto pañuelo verde de seda artificial sobre sus admirables hombros desnudos. Según Celia, don Francisco, el Censor, amenazaba con presentar su dimisión y la pianista, con llamar a su embajada… José Luis Colina colgó el teléfono, sonrió y me dijo: “Si puedes, el sábado comemos juntos en una tabernita que está frente a los estudios de Sevilla Films. Celia te dará sus señas. Digo, las de la tabernita...”.

   Corte brusco. Interior natural. Un bistró o pequeño restaurante cerca de los estudios de Sevilla Films, en la avenida de Pío XII de Madrid. Decoración modesta entre familiar y sabia. Ella sonrió. Hay una mesa reservada a nombre del señor José Luis Colina. Una mesa discreta. Aún no ha llegado el señor Colina. Así me informó ella: una moza de blanca sonrisa, que añade airosamente: “mientras viene el señor Colina, le invito a una copa de un Rioja de la casa del que yo respondo”.
 
 

"Nadie quiere recordar que los niños también son capaces de guardar un secreto... Como enamorarnos de Loretta Young"

"Nadie quiere recordar que los niños también son capaces de guardar un secreto... Como enamorarnos de Loretta Young"

 
 
   La conocí aquel día. Se llamaba María Teresa Aguado Castillo, Mayte, con y griega, que de tal forma lo escribía ella. Nació en Santander. Era entonces una chica muy guapa, de ojos verdes profundos y escrutadores, largas pestañas, más que morena, de pelo muy negro, andares rotundos; dientes blancos que siempre sonreían, pero que también sabían morder. Hizo mucho por los toros, el teatro, el circo y la buena cocina. Tuvo compañeros y camaradas. Aduladores, enemigos y sospecho que pocas amigas: Mayte no caía bien a las mujeres, pero le importaba un pito.

   Por supuesto comimos de fábula, a veces distraídos, porque allí entraba Ana Mariscal con la misma naturalidad que Aurora Bautista, Luis Peña, Luchi Soto, Fernando Fernán Gómez, Lola Flores, Amparito Rivelles, Antonio Vico o Valeriano León.

   Para romper el hielo le pregunté a Colina por el escote de la pianista alemana y él me dijo que bien valía una misa. “¿Y don Francisco, el censor?”, añadí. “Don Francisco recordó que tenía cita con el dentista y abandonó el cuadrilátero”. Los dos sonreímos.

   En la sobremesa me habló Colina como poca gente –o nadie– lo hiciera hasta entonces. No éramos amigos, solo conocidos, pero algo nos unía: una pijada, cualquier cosa en el teatro, en el cine, en el mismísimo Paseo de la Habana. Quizá algún libro o un cuento…

   “Déjame hablar”, me dijo. “Piensa. Busca. Yo sé que seguirás escribiendo teatro, guiones de cine. Seriales de radio, cuentos, artículos… Ya has visto que la televisión es un disparate, aún más que los estudios de Sevilla Film. Yo te pediría que fueras de visita al Paseo de la Habana y que… Qué se yo. Mira, hay de todo y no hay nada. Bueno, malo, absurdo, maravilloso. Sí, también maravilloso. Ya lo has visto, pero me gustaría que lo siguieras viendo… Sin prejuicios”.

   Y así lo hice. Fui de visita al Paseo de la Habana. Traté a varios realizadores que ya conocía del tiempo de Entre nosotras; léase Enrique de las Casas, Pedro Amalio López, Vicente Llosá, Alfredo Castellón, Carlos Muñiz, gran chico y autor malogrado… Me hice amigo de la Mosca y asiduo cliente del chiringuito de la señora Remedios.
 
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Corte brusco. Un sábado de invierno, José Luis Colina y este servidor de ustedes volvieron a reunirse en el bistró que gobernaba María Teresa Aguado Castillo, Mayte.

   Sentí aquella tarde (ya eran más de las tres) que a Colina le aburría la joven tele y él me lo confirmó con distraída indiferencia, ante dos vasitos de pacharán: “mi padre -así me lo contó- fue muy amigo de un clown valenciano, de Catarroja para ser exactos, que se llamaba Franc Pichel y siempre decía: ‘Cuando pasan rábanos, hay que comprarlos’. Según mi abuelo Luis, ese latiguillo era cosa del general Weiler”. Le corregí. Bueno: un payaso, un militar, un juez, una pianista alemana, un obispo… Olvídate de los rábanos, pero apúntalo.

   Resumiendo: aquel día José Luis Colina me propuso que escribiera para la joven tele del Paseo de La Habana y, además, que lo firmara. Sería un programa de sobremesa de quince minutos, los domingos. “¿Los domingos y de sobremesa?”, le pregunté entonces. “No me interrumpas mientras yo hable y después hablas tú, si quieres”. Eso me dijo. A su tiempo le correspondería con un elegante gesto de conformidad. Quince minutos, un cuarto de hora. Vaya una chapuza. Como si Colina leyera en mis ojos, añadió: “quince minutos, que en realidad serán doce o trece y se te harán largos, muy largos, eternos… 350 pesetas por capítulo, 1.500 al mes y, de cuando en cuando, 1.850. Una verdadera fortuna. Tú decides”.

   Me acordé de las películas de Hollywood, las de siempre: yo era Clark Gable y Colina, Gary Cooper. Dos estrellas de cine, dos cómicos excepcionales. Un par de tipos duros que pelean sobre un ring de mentira.  Sonó la campana. ¡Dong! Mr. John Ford hacía de árbitro… Perdón, sombra querida; perdón, maestro, por tomarme esta especie de libertad. El autor de El hombre tranquilo gritó entonces: “¡Acción!”.

   Habla Gable, yo mismo: “¿Puedo preguntarte a quiénes irían destinadas esas dichosas historias?”. “A los niños. Tu público serán los niños”, responde Cooper. Me quedé atónito; o sea, de una pieza. Primero las señoras y ahora los niños. Demasiado. Crecido, Colina-Cooper se soltó el moño. “Lamento esta salida de tono, pero a lo hecho, pecho. ¿Has leído algo de Benjamin Spock?”. El muy canalla de Mr. Cooper venía preparado. Incluso sonrió con dolo y peligro: “Es psicoanalista y ha escrito algo fundamental sobre el tema infantil, El libro del sentido común del cuidado de bebés y niños”. Yo: “Bonito título”. Él: “Deberías leerlo: arrasa en Estados Unidos y en el mundo entero. Como afirma Spock, dirigiéndose a las madres de las criaturas: ‘Ustedes saben más de lo que se figuran’. Yo, yo mismo, salí a la contra y le dije a Gary Cooper: “A mí me basta con Rudyard Kipling, Julio Verne, Pío Baroja. Pipo y Pipa, Alicia, Betty Boop y Guillermo Brown… No quiero, no me interesa el Paseo de la Habana”. Me gustó aquel desplante y añadí: “¡Guárdatelo donde te quepa!  ¡Donde te quepaaa!”.

   La señora Mayte Aguado Castillo, que debió sospechar que en su territorio se estaba cociendo un centollo gordo y tal vez venenoso, se acercó a nuestra mesa y sonrió como hubiera sonreído Mirna Loy, maravillosa actriz, muchas veces compañera de Clark Gable y Gary Cooper. “You, boys! ¿Una copita de pacharán?”. Y sin esperar respuesta nos sirvió dos de pacharán. Gary Cooper asintió entonces, bebió en silencio y gruñó con cierto peligro: “Puede que tengas razón. Olvida lo que te he dicho, pero… solo hasta el viernes”.
 
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Paso de tiempo. Viernes… Lo sé porque lo tengo anotado a mano al comienzo de una novela policiaca de Erle Stanley Garder (Editorial Molino, Biblioteca Oro, 0,90 pts.): El caso de las piernas bonitas. Aquel era el título que, sin duda alguna, me sedujo en mis años de adolescencia. 

   El protagonista de la novela es Perry Mason, atractivo y peligroso abogado de Nueva York, afín a los crímenes retorcidos y a las señoras despampanantes.  El actor Raymond Burr hizo suyo al personaje en los primeros tiempos de nuestra sufrida tele y midió su talento con el plasta y zarrapastroso Colombo, que bordara Peter Folk. Gloria a dos singulares cómicos que nos ayudaron a confirmar que el libro impreso, el teatro, el cine, el circo e incluso la tele son ramas del mismo olivo.
 
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Retrato al óleo de Chus Lampreave, original de Elena Santonja, hacia finales de los 50. "Me gustaba mirar ese retrato. Un viaje en globo...".

Retrato al óleo de Chus Lampreave, original de Elena Santonja, hacia finales de los 50. "Me gustaba mirar ese retrato. Un viaje en globo...".

 
 
La noche del domingo apenas pude dormir, entre otras cosas porque desde las doce ya era lunes… Daba veltas y más vueltas en la cama. Y me roía una obsesión: vale, la tele. Porque era difícil negarse. Para mí en mi circunstancia, claro está.

   Recordé entonces al general Weiler, al payaso Pichel y al Papa Negro, don Manuel Mejías Bienvenida, que un día me dijo: “No se ha escrito na de cobardes”. Ya. Pero no es lo mismo jugarse el pellejo ante un miura que lidiar a una tribu de criaturas feroces. 

   Intenté recordar mi infancia, más difícil todavía. Canguelo, espanto, horror… Evoqué el miedo de las criaturas vacunadas y bien alimentadas y, aún más, la jindama de los hijos únicos: perder el cariño de mamá. Me vino a la memoria el trance repetido, cuando ella salía de noche y yo no podía dormir. Velaba hasta que reaparecía y entraba en mi cuarto, me besaba en la frente y se iba de puntillas. Entonces servidor se dormía. Pero ahora, ¿qué cuento? Y, suponiendo que se me ocurra algo, y ya es suponer, ¿cómo lo cuento? De poco me iban a servir Andersen, los Hermanos Grimm, Perrault, Hoffman… Yo era de Pipo y Pipa, del brujo Pipirigallo, del gigante Malhombrón y del infame Gurriato. Todos, prohibidos por la censura. Respiremos. Gracias, Salvador Bartolozzi, autor de Aventuras maravillosas de Pipo y Pipa. Y siento que tus personajes, maestro, no quepan en los teléfonos móviles de los niños de ahora.
 
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Encadena con una vieja historia. Un sucedido que refrendará esta imagen. Tendría yo entonces tres años, no más. Veraneábamos en un pueblo de Ávila, Piedralaves se llama. Hermosa noche. La luna iluminaba el paisaje próximo a Gredos. En la montaña lucía una luz. Venía con nosotros otro niño. No recuerdo su nombre o nunca lo supe. Le llamaremos Niño B. Exclamó entonces alegremente: “¡Lacachalala! ¡Lacachalala!”. Los mayores trataban de entender lo que decía, lo que lloraba y gritaba el Niño B: “¡Lacachalalaaa!”. Según parece, yo lo traduje: “dice ‘la casa del guarda”. El Niño B sorbió los mocos y sonrió. Lacachalala. Este apólogo se contó en mi casa durante muchos años. No tiene ningún misterio; significa, simplemente, que los mayores no entienden lo que dicen los niños. Ni siquiera el Doctor Benjamín Spock, de USA, lo imagina.

   Lacachalala
encadena con Las Cruzadas, de Cecil B. De Mille. Y, de propina, Clive de la India… En tal fecha me enamoré de Loretta Young. Claro, que ¿cómo vamos a entender lo que sienten los niños, si ni siquiera sabemos traducir la lengua que hablan?

   Mi padre me llevó a una fiesta de aviación. Yo tendría cuatro años y en Cuatro Vientos se celebró. Vi cómo una avioneta se estrellaba después de hacer un llamativo ejercicio en todo lo alto del cielo. Vi la gran llamarada que se produjo al chocar con la tierra. Oí la explosión, los gritos, olí lo que nunca había olido y adiviné el miedo de Luis de Armiñán. Era como el tráiler cinematográfico de lo que sería la Guerra Civil, pero ni dios lo quiso entender entonces.

   Jamás hablé con los mayores de aquellos delicados temas. Hasta ahora. Nadie recuerda o quiere recordar que los niños también son, somos, éramos capaces de guardar un secreto… Como enamorarnos de Loretta Young. De aborrecer al cursi príncipe de Blancanieves y de juntarnos con el disparatado Lobo Feroz. ¿Seguro? Bueno, tal vez medio seguro. 
 
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Hecho un lío y encaramado a mi Lambretta iba camino de Madera y Corcho, calle de Castelló (Madrid). Eran las 9 en punto AM. Aquella mañana, durante dos horas, estuve trabajando en el nuevo proyecto de mi tele. Sonaron las 12, hora del merecido recreo. Pausa. En la taberna de abajo, la del lóbrego patinillo me reuní con Rosa Alvarado Ramos. Me sonrió ella, salió el sol y yo pensé: hay que ver cómo se parece la señora Alvarado a Loretta Young. Nos sentamos a una mesa discreta, pedí dos vermuts de grifo, chocamos los vasos y bebimos. Yo, un chupito; Rosa, mirándome a los ojos, apuró su vermut y  asintió con lágrimas en los ojos:

– Me ha parecido magnífico.

   Probablemente era una gracia, porque no podía referirse al vermut. Pero no venía a cuento aquella frase

– ¿El qué?
– Lo que me has dicho…
– No he abierto la boca… ¡No he dicho nada!
– Ojo, ten en cuenta que vas a manejar un arma de doble filo. Ya sabes a lo que me refiero… Yo te podría hablar de El Principito, del Lobo Feroz, de Caperucita, del Ogro, de Pulgarcito… Lo que me has dicho me parece estupendo, pero considera que te has metido, de hoz y de coz, en el Castillo de Barba Azul. Y que vas a escribir para los niños, para todos los niños. Piensa en tu responsabilidad, no patines.

– ¡Pero si no he dicho nada!

   Paso de tiempo, pero de poco tiempo. Al día siguiente creo que firmé en algún sitio un compromiso con la joven y ya resabiada Televisión Española, y digo creo porque tal vez no firmara nada en ningún papel. Recuerdo que me comprometí a escribir guiones de quince minutos por un tiempo indeterminado. Poco tiempo, supongo… Yo dirigiría a los actores y un realizador –Enrique de las Casas, Alfredo Castellón o Pedro Amalio López– se ocuparía de la parte técnica. Con la censura no habrá ningún problema; al fin y al cabo, Érase una vez sería un programa infantil.
                                                                                                                                   
   Tampoco pude dormir aquella noche. Volvía a oír la voz de Rosa Alvarado Ramón: “Vas a manejar un arma de doble filo, piensa en tu responsabilidad”. Me levanté cautelosamente y, procurando no hacer ruido, fui al estudio de Elena. Me gustaba mirar el retrato de Chus Lampreave… Un viaje en globo. El fondo del mar. La Luna o, mejor, Saturno…

   Chus Lampreave, Elena Santonja, Agustín González, José María Prada, Antonio Ferrandis, Luis Morris, Venancio Muro, Marcela Yurfa, Alicia Hermida, Julita Trujillo, Amparo Baró, Guillermo Marín, Margot Cottens, Carola Fernán Gomez, Ismael Merlo, Rafaela Aparicio, Victórico Fuentes, Maite Blasco, Pepe Orjas, Rodero, Lola Gaos, Matilde Muñoz Sampedro… Boris Karlof. Se me había colao Boris Karlof. “Bueno, pues tu también, querido Monstruo, y perdona… ¿Queréis trabajar conmigo? Si vosotros me decís que sí podremos hacer algo que esté bien.

   Creo que pronuncié todos estos nombres en voz alta y muchos más. Me metí en la cama y cerré los ojos. Supongo que me dormí porque cantaba la alondra y dejé de oírla. Pero no puedo asegurarlo.

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