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26-05-2020


Archivo AISGE (2018)



“Actuar es tocar la partitura del autor para llegar a los corazones del público”


Paula Soldevila lleva la interpretación en la sangre, pero no se conformó con una sólida carrera de actriz en teatro, televisión y cine. Ejerce con el mismo ímpetu la docencia, la investigación y la dirección escénica



PEDRO PÉREZ HINOJOS

Paula Soldevila (Madrid, 1965) conoce desde niña la mágica trampa y el maravilloso cartón del escenario y la pantalla. Hija de la inolvidable actriz Laly Soldevila y del productor de cine Jaime Borrell, se acostumbró a curiosear en los rodajes, en los platós de televisión o entre las cajas a edad temprana. Y no solo le sigue durando la curiosidad aún hoy, sino que está muy lejos de agotarse. Tres figuras de la dirección, Miguel Narros, Josefina Molina y Mario Camus, le dieron su primera oportunidad en teatro, televisión y cine. A lo largo de las últimas tres décadas ha compaginado textos clásicos de Lope, Calderón, Shakespeare o Valle-Inclán con su presencia en las series de éxito CeliaAda MadrinaCrematorio o Cuéntame y en películas tan recordadas como La casa de Bernarda AlbaTacones lejanos, Suspiros de España y PortugalSobreviviré o Bajo las estrellas. El trabajo interpretativo no bastaba para saciar la curiosidad incurable de Soldevila, y a raíz de un encuentro con el reverenciado Juan Carlos Corazza en el año 2000, empezó a trazar en su Estudio para el Actor una ya intensa trayectoria como profesora, investigadora y directora escénica. En ese modo multitarea piensa continuar. “Para qué elegir una cosa si en esto me gusta todo”, zanja. Al fin y al cabo, solo lleva la vida entera dedicada a ello.

 

– Con unos padres como los suyos, lo difícil era no dedicarse a la interpretación. ¿Le animaron a ello o le dieron libertad?

 Siempre me transmitieron que hiciera lo que yo quisiera hacer. Pero su vida y su mundo lo llenaban todo para mí. Yo iba a las funciones de mi madre y la veía entre cajas. Resultaba muy excitante porque en aquella época no estaba permitido que los niños fueran al teatro. Tenía mucha magia y misterio. También iba a sus rodajes y lo pasaba genial. Y siempre estaban rodeados de artistas e intelectuales. Mi madre tenía amistad con poetas como Goytisolo, Dámaso Alonso o Gil de Biedma y escritoras como Carmen Martín Gaite… 

 

– ¿Cuándo decidió en serio consagrarse a este oficio?

– Cuando murió mi madre yo tenía 14 años, y en ese momento tomé la decisión de ser actriz. Empecé a ir a clases de teatro. Josefina Molina me ofreció a los 17 mi primer trabajo, un papel en la serie Teresa de Jesús, cuya protagonista era Concha Velasco. Desde entonces compaginé la formación con el trabajo. Era alumna de José Carlos Plaza y trabajaba como ayudante de dirección. También lo fui de Miguel Narros, con quien debuté en Almagro con un Tenorio.


– Estaba claro que se le quedaba corta la interpretación.

– Era simple curiosidad. Siempre sentí que todo estaba interrelacionado. Nunca me he ceñido a una sola cosa. Me interesa cualquier aspecto que tenga que ver con el proceso creativo, y ahí entran también la biología, la física… No puedes separar el teatro o el cine de la literatura, la poesía, la música, la pintura o la escultura. No lo puedes separar de la vida, de las personas.


– Desde la experiencia tan amplia que maneja, ¿cuál es la cualidad más importante para un actor?

– Desde fuera se le suele dar mucha importancia a la memoria, pero no es tan difícil como parece. Es cuestión de práctica. A mi modo de ver, esto es una combinación de fuerza, sutileza y capacidad de comunicar. Se trata de conectar con el alma del personaje y tener la destreza y la valentía de tocar sus notas más íntimas, tocar la partitura del autor hasta llegar a los corazones del público. Meterte en la piel de alguien que no habla, ni piensa ni siente como tú. Comprenderlo y no juzgarlo. Eso solo se logra con mucho trabajo. El talento hay que cultivarlo.



– Ha realizado numerosas intervenciones en televisión. ¿De cuál guarda el mejor recuerdo?

– Tengo muchos buenos recuerdos. Pero por decir uno, el de una serie que hice con Basilio Martín Patino para la televisión andaluza: Andalucía, un siglo de pasión. Trataba sobre los mitos andaluces, mezcla de ficción con falso documental, y yo aparecí en el capítulo dedicado al mito de Carmen. El trabajo con Basilio era como estar en otra dimensión. No he hecho nada igual. Se grabó en su propia casa, yo hacía de diva y tenía un monólogo sobre ópera con acento italiano, fue maravilloso.

 

– Menos intensa ha sido su andadura en cine, aunque se ha puesto a las órdenes de grandes nombres como Almodóvar, Chávarri, García Sánchez, Villaronga…

– He hecho papeles más pequeños. Me hubiera gustado algo más, pero a cambio he trabajado con buenísimos cineastas. Recuerdo con especial cariño un personaje en Bajo las estrellas, de Félix Viscarret, con un talentazo impresionante, un lenguaje y una mirada muy personales y haciendo un trabajo con los actores realmente impresionante.

 

– ¿Por qué cree que no ha podido hacer más cine?

– Cuando empecé había pocos papeles para actores y actrices de mi edad. A medida que me fui haciendo mayor, se empezó a reclamar a gente más joven, así que he ido con el paso cambiado. Y al cumplir los 40, apenas hay oportunidades. Además, por lo general existen pocos papeles relevantes para mujeres. O se producen disparates como ver a una abogada con muuucha experiencia ¡pero de 30 años! e interpretada por una actriz de veintipocos… Espero que esto cambie en el futuro, siempre he sido optimista. Y el cambio también vendrá porque habrá más mujeres en la escritura de guiones.

 

– Al revisar su biografía, se aprecia un antes y un después en el encuentro con Juan Carlos Corazza.

– Con Juan Carlos encontré la oportunidad de seguir investigando y profundizar. Él siempre te lleva más allá. Es divertido, tiene una gran inteligencia, visión de poeta y calidad humana. El sentido artístico está en todo lo que hace. Encontré un espacio de crecimiento como actriz y como persona.  Un lugar donde trabajar en equipo, de cuestionamiento, de renovación constante. En esta sociedad cada vez queda menos lugar para la investigación y el arte. La presión comercial es muy fuerte. Admiro a quienes contribuyen a enriquecer el espíritu y la sensibilidad de las personas, y Corazza en eso es un maestro.

 

– Seguro que no le faltan proyectos, pero… ¿cuáles son sus sueños?

Un sueño de siempre es tener un teatro. Y espero verlo hecho realidad algún día. Como actriz me encantaría hacer el Ama de Romeo y Julieta, con dirección de Juan Carlos Corazza y en el CDN. Puestos a soñar… Es un papelón. Para mí tiene una fuerza y un amor únicos, además de una gran contradicción, porque de puro amor mete la pata hasta el fondo.



Pompoff, Teddy y ‘El olivar de Atocha’

La serie El olivar de Atocha reunió a finales de los ochenta a un elenco de lujo. La historia de una familia madrileña en el convulso primer tercio del siglo XX se emitió en TVE durante la primavera de 1989 y alternaba a artistas veteranas (Amparo Soler Leal, Marisa Paredes, María José Goyanes, Magüi Mira) con promesas como Paula Soldevila. Esta conserva un recuerdo imborrable junto a otra compañera de hornada: Cristina Marcos. “Estábamos empezando las dos y quedábamos para ensayar. Nos inventábamos cosas. Desarrollamos una complicidad y una comunicación preciosas”. ¿Por qué tanto trato? “Hacíamos de hermanas e íbamos siempre juntas, éramos como Pompoff y Teddy”, rememora entre risas Soldevila, que ha coincidido con Marcos también en la exitosa Cuéntame cómo pasó y en la película Entre rojas.

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