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05-05-2020


Pilar Gómez


“Procuro que mi parte adulta cuide de esa niña apocada que llevo”


La actriz onubense nos habla de los miedos, la vida, de prestar atención al otro. La creación no siempre pasa por nuestro ombligo. Ni lucha sin alegría ni teatro sin discurso


FRANCISCO PASTOR

Pilar Gómez se plantó en Madrid a los pocos meses de acabar sus estudios de Arte Dramático a raíz de una llamada telefónica. La reclamaban en la Compañía Nacional de Teatro Clásico. Pero esta intérprete nacida en Huelva nunca dejaría del todo su tierra: este año estuvo cerca del Goya a actriz revelación gracias a la película andaluza Adiós. Esa nominación a los 45 años ella la atribuye al transcurso de su carrera más que a un personaje concreto. “Sobre todo, al cariño de unos compañeros que me han visto trabajar mucho y crecer poco a poco”, agrega. La hemos visto, entre otros, en largometrajes como Tarde para la ira (2016) o Blancanieves (2011). Y en televisión, con las series El accidente o Malaka.

 

   Una década atrás sorprendió como dramaturga cuando contó su propia historia en Mejorcita de lo mío. También ha actuado para Pablo Messiez en la lorquiana Bodas de sangre. Hace dos años alcanzó el Max por su interpretación en Emilia, el montaje donde se encargaba de dar vida a la Pardo Bazán. Gómez es habitual del Teatro del Barrio, en cuyo escenario la vimos gracias a la reciente Mundo obrero. Y conquistó al público del Matadero de la mano de Cuando deje de llover, un texto de Andrew Bovell en el que coincidió con Susi Sánchez. Ahora, de gira con Las cosas que sé que son verdad, vuelve a declamar a ese dramaturgo australiano. Esta vez es Verónica Forqué quien actúa a su lado. De toda la obra, la escena más celebrada de Gómez ocurre mientras está sentada, con la mirada fija, recitando una carta sin levantar el tono.

 

 Menos es más, que dicen.

– Desde luego. No podemos actuar desde lo general, sino desde lo concreto, saber qué quiero conseguir diciendo esto. En una escena, en la siguiente y en el recorrido general de lo que toque. Para empezar, en el cine, porque la cámara no admite una mirada vacía. Actuar no solo es jugar, ¡es jugárnosla! Sobre las tablas, aún más. Yo siempre hablo de atención, porque esto trata de atender al otro y al público, que es parte de la función. Actuamos, pero escuchamos lo que nos llega desde la platea. No me interesa tanto emocionarme por dentro porque me conmueva el texto, sino hacia fuera: la emoción de actuar está en formar parte de algo. Para mí la honestidad es eso.



 ¿Se puede trabajar desde la llamada verdad también en la comedia?

– Hay palabras en nuestro oficio que están manidas. ¿Qué es la verdad? Pues que nos entreguemos por entero a un código que hemos asumido entre todos. Estamos muy acostumbrados a que las grandes piezas deban partir de tragedias enormes. Pero tengo mucha formación en clown y para mí hay pocas cosas más verdaderas que esa. Nuestra labor es conmover al público, y eso debe ocurrir igual en la comedia que en las obras de Harold Pinter.

 

 Las cosas que sé que son verdad es ya su segundo texto de Bovell. 

– Sus trabajos nos hablan de la vida. De la tensión entre lo que somos y lo que queremos llegar a ser. Los personajes andamos en la diatriba entre admitir nuestros orígenes y escapar de ellos. Queremos aceptar a los otros, aunque cuesta. Soñamos con ser libres, pero entonces hacemos daño a los nuestros. Aprendemos a convivir, como lo hacemos en las tablas: si no ocurre en equipo, no es teatro.

 

– En Mundo obrero le toca un mano a mano con Luis Bermejo

– Alberto San Juan me contó que quería hablar de la clase trabajadora. Hasta escribió el personaje pensando en mí. Era la primera vez que me ocurría algo así. Y no me ha vuelto a pasar hasta la fecha. Recuerdo que no queríamos caer en el mero panfleto expuesto sin más, sino contar una historia, y elegimos hablar de una pareja que se quiere. Escogimos unos personajes que no resultan ajenos a los cambios de su sociedad, ni siquiera cuando pretenden serlo. La política incide en lo más personal: nos suben los alquileres y no nos podemos comprar un piso. Pero hay una alegría en la reivindicación. Es bonito vivir pensando en el bien común.

 

– Y al revés; ¿existe el teatro no político?

– Lo más duro de ver en las tablas es la nada. A los actores se nos nota una barbaridad el desapego con lo que estamos haciendo. Yo no sé si habría seguido siendo actriz si me hubiera tocado hablar siempre de cosas con las que no me identificara. Alguna vez me he visto ahí y he pasado vergüenza, pero hay que comer. Cuando estoy sobre el escenario, me tiene que importar muchísimo lo que estoy contando. Cualquier acto creativo parte de un qué quiero decir, qué quiero aportar y qué quiero preguntarme. Siempre hay un discurso.



– Forma parte de un grupo de actores cultivados bajo el “No a la guerra”.

– ¡Ay! Qué difícil, porque nos jugamos el trabajo, y nunca sabemos hasta dónde exponernos. Quienes cuentan con carreras más sólidas se arriesgan menos que los demás y, sin embargo, ahí fuimos todos. Cuando algo clama tanto al cielo, como aquello, solemos dar una respuesta contundente y clara. Para lo demás, estamos menos definidos. Pero creo que somos bastante valientes, si tenemos en cuenta la precariedad que padecemos.

 

– ¿Se siente precaria?

– ¡Claro! Ahora mismo. Y eso que he tenido más o menos suerte, porque tarea no me ha faltado. Cuando el trabajo como actriz no me daba para pagar las cuentas, ejercía de profesora para otros intérpretes. El único parón me llevó, además, a escribir mi propio monólogo. Me vi sola en Madrid, en un momento en el que no contaba con una red. Me puse a trabajar en el bar de la sala Triángulo. De ahí, a jefa de sala. Por fin empecé a conocer gente. Hasta que me encerré un mes y medio a escribir junto a Fernando [Soto, director y dramaturgo]. Tenía mucha curiosidad por saber qué quería contar yo.

 

 Y estrenó Mejorcita de lo mío. De aquella, contó que era muy miedosa. ¿Lo sigue siendo?

– Seré franca: de cara al estreno, me pasé dos semanas con el estómago revuelto. Perdí ocho kilos. No me atreví a seguir con la gira cuando supe que estaba embarazada. También pasé las 10 primeras funciones de Emilia con el texto escondido en un rincón del escenario tras llegar a un acuerdo con el resto del equipo. Me daba pánico perder el hilo. Ahora soy miedosa, pero me siento más madura. Procuro que mi parte adulta cuide de esa niña apocada. Y eso que enfrentarme a mí misma, a la maternidad y al paso del tiempo, trae consigo algunas vulnerabilidades. Cuesta un poco entender que ya no somos unos veinteañeros. Pero yo me veo guapa. Estoy más buena que antes, vaya. A veces hay mucho miedo para muy poco peligro.



– Lejos de los monólogos, su nominación al Goya le llegó por un papel pequeñísimo.

– Preparar algo así es muy difícil. No hay arco, no hay continuidad, no hay nada. En Tarde para la ira no sabía por dónde tirar. Hasta que al fin comprendí que, cuando un personaje es pequeño, aquello no pasa por nuestro ombligo. Si trabajamos un secundario, hemos de entender qué somos, ¡pero en el conjunto de la película! Nos vemos pequeños, pero estamos, aportamos algo. Si no, no nos habrían escrito. En Adiós llegué con esa lección aprendida, así que lo vi rápido: me tocaba encarnar la luz y la ternura. Esa era mi aportación al grupo.

 

 Entre los nominados y los ganadores de este año hubo un evidente acento andaluz. 

– El teatro y el cine son parte de la vida, y en la vida hay un sinfín de acentos. Yo misma: tan pronto respeto mi timbre como encarno a una mujer gallega. ¿Qué más da si Doña Rosita suena con un deje argentino, como ocurrió hace poco en los Teatros del Canal? Era espectadora de Periodistas y me fijaba en el acento de Esther Arroyo y Pepón Nieto. ¡Qué maravilla! Pensé que había esperanza.

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