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08-12-2020


Pilar Palomero

 

“Me gusta mucho dirigir a niños”

 

La directora de ‘Las niñas’, mejor película en el Festival de Málaga, disfruta el buen sabor de su primera película. Ya perfila la siguiente, sobre la maternidad en la adolescencia. Crecen la estatura y los DNI del reparto, pero más alto está el listón (que no obstáculo): es aragonesa



 

JAVIER OLIVARES LEÓN 

FOTOGRAFÍAS: ENRIQUE CIDONCHA

Tras instaurar un lenguaje propio en el universo del corto, Pilar Palomero llega a los 40 con una experiencia saciante, su primer largo. “Se ha cumplido una meta biológica y profesional, de momento”, reconoce. Mucha gente de su generación, en su Zaragoza natal y en su Barcelona laboral, le ha agradecido esa película autobiográfica sobre las vivencias de un colegio de monjas a sus 12 años, en la España del 92. Las niñas, una de las gratas sorpresas del negro 2020, ganó la Biznaga de Oro. “Estrenamos en la Berlinale el 1 de marzo y el 17 teníamos la sección oficial en Málaga. El estado de alarma obligó al aplazamiento del festival… y del estreno comercial para después del verano”. La incertidumbre no permitió a distribuidores, exhibidores y festivales prever nada, ni siquiera cómo sería el ritual de la vuelta al cine. Y la cosa ha ido bien, según dos barómetros: las salas se han llenado (al porcentaje marcado por la ley) con cuadrillas de cuarentonas y el grupo de WhatsApp de Palomero con sus amigas de clase, un poco “coguionistas” del proyecto, sigue echando humo.

 

– ¿Las chicas de su cole continúan rescatando anécdotas?

– Surgen cosas, recuerdos. Y se muestran ilusionadas, se ven muy reflejadas, aunque saben que hay mucha ficción en la película. Las niñas no es un documental, es cien por cien autobiográfica. En la recogida de ideas conté con las del cole, pero también con mayores. Mi hermana iba al mismo centro, por lo que tenemos amigas mayores. Les pasé incluso un cuestionario mientras hacía el guion. Y hay amigas desde la infancia que son casi coguionistas.



– Andrea Fandos, la actriz elegida para Celia, parece hecha a la medida del personaje.

– Había visto un corto de ella, pero en aquel momento me había parecido demasiado joven. Pese a ello, la convoqué al casting –que hicimos con Gisela Krenn– con idea de hacer el papel de Cris, más pequeña. Y no me funcionaba para ese personaje. Tras ver a muchas chicas, no encontraba a Celia. Volví a llamar a Andrea, que en tres meses había crecido un montón. Sin ser tan mayor como para dar vida a la protagonista, me gustaba tanto que bajé la edad. Originalmente debía estar en séptimo de EGB, y finalmente va a sexto. Las hermanas mayores son de octavo. Andrea tiene ahora 12 años.

– ¿Qué le gustó de ella?

– En los castings pedíamos siempre una improvisación con dos chicas. En esa segunda convocatoria fui yo quien hizo con ella la improvisación. Hay una escena de riña con su madre en la que le pide perdón. Me emocionó que ella se emocionara sin haber leído el guion. Se lo creía tanto que me dio buenas sensaciones. Sin mirarla aún a través de la cámara, sentí que tenía algo en la mirada, que entendía bien los conflictos. “Enfádate más”, le decía. O: “No me lo creo mucho…”. Y sabía gestionar bien los imprevistos.

– ¿Cree que tiene vocación o es talento innato?

– Tiene un don, sin duda. En el rodaje a veces te deja con la boca abierta. Tiene capacidad para empatizar con el personaje. Lleva incorporadas la timidez, la introspección. Ya se parecía mucho a Celia.

– ¿Qué tal sus padres? ¿La dejan volar?

– Son maravillosos. Sin duda, ella es así gracias a ellos. No la sobreprotegen, le permiten decidir sin dejar de cuidarla, obviamente. No es consciente de lo que se dijo de ella durante toda la promoción porque los padres la han aislado un poco. Si ella quiere ser actriz, bien, pero no se trata de una obsesión, de una meta. Si no es actriz, quiere ser maestra, estudiar Magisterio. Hay algo vocacional. Empezó en el teatro porque realmente le encantaba. No hay nada impostado en ella, todo es fluido.



– ¿Le costó menos decidirse por Natalia de Molina como madre?

– Nada. Es que me gusta mucho, mucho. Fue la primera persona a la que se lo pedimos. Y aceptó. Es 10 años más joven que yo, cumple con la edad requerida. No es madre, pero en su colegio, en el año 2000, todavía la señalaban por ser hija de padres divorciados. Sintió que eran absurdos muchos prejuicios, como los que sufre Celia por no tener padre. A sus hermanas, que son de mi edad, sí les tocaba mucho el guion. Y ella lo apoyó en su desarrollo, muy convencida.

– La profesión de la madre no se concreta en el argumento. Ese turno de noche se abre a la especulación…

– Para mí, no… Trabaja en la Balay, una fábrica de Zaragoza con mucho personal. Pero todo lo que queda grisáceo es el universo de Celia, por ejemplo, cuando van al pueblo a ver a la abuela, también madre soltera.

– ¿La ambigüedad de Brisa, la amiga de Celia que llega de Barcelona, es premeditada?

– Puede ser. Pero no pensé mucho en introducir las primeras relaciones sexuales. A los 12, en mi época, no se pensaba nada más que en fumar a escondidas. Y el episodio del condón [Cris, una amiga, descubre una caja en el dormitorio paterno] representó un acontecimiento divertido para los padres de las actrices. No hubo ningún problema.

– ¿Qué cortó del guion?

– Varias cosas, muy de la época. Cuando está el grupo de chicas fumando un cigarrillo en el callejón, por ejemplo, pasa un hombre por allí y les mete mano. Algo muy común. Hoy en día las chicas saben que eso es una agresión. Pero en nuestra época decías: “Qué putada, me han metido mano, me aguanto”. Y pasaba muy a menudo. No entró por montaje, por ritmo. No era tan indispensable.

– Hay quien echa en falta algún episodio de bullying, cierta crueldad de esa edad.

– No quería centrarme mucho en ello.



– ¿Cómo va su segundo proyecto largo?

– Para La maternal repetimos con la producción de Inicia Films y B-Team, soy muy fiel a ellos. No sé las fechas de rodaje (quizá el próximo verano) ni financiación, estoy aún en fase de documentación y guion. La trama está clara: una niña de 14 años llamada Carla, que vive con su madre, acude a un centro de acogida y se entera de su embarazo. Acaba en un centro que se llama La maternal, donde convive con otras chicas que también están embarazadas o ya son madres adolescentes. El hilo es la maternidad en sí, no tanto en la adolescencia. En el casting cuento con chicas mayores de edad, pero que fueron madres adolescentes. Me sirve de formación su experiencia y la de sus educadores. Solo el testimonio de una chica daría para una película. Hay dureza, pero también lucha por una vida digna. Es lo que más me transmiten. Estamos en esa fase.

– Le gusta el cine social, realista, por lo que se ve.

– No necesariamente. Es una historia que me propuso Valérie Delpierre, la productora [Inicia Films], que tiene una amiga que trabaja en un centro de acogida. Me explicó algún caso y de ahí surgió. Será una película urbana, pero nos iremos a algún pueblo en el rodaje y en la trama. Se aborda también el mundillo de los trabajadores sociales, personas que se involucran en batallas diarias.

– ¿Ya no piensa usted en cortometrajes?

– He hecho uno sobre la vida tras la pandemia para el primer largo que ha producido Aragón TV. Es una sucesión de historias, como Paris je t’aime [icónica película francesa de 2006 con varios directores].En este caso somos todos directores aragoneses, con Nata Moreno, Nacho Estaregui, Alejandro Cortés… Nos han dado libertad creativa, aunque tratando de que fuera optimista. Lo encargaron para verano, pero por razones obvias, los tiempos no son exactos. 

– Y le ha quedado tiempo para otras incursiones.

– La promo de Las niñas me ha absorbido desde septiembre… Acabo de ejercer durante dos semanas como coach de una niña en Cantando en las azoteas, una película de Enric Rives [sobre la figura de Gilda Love, un transformista de los años setenta y ochenta], en Barcelona.

– Se diría que tiene usted vocación psicológica.

– Pues no lo había pensado. Me gustan los niños, me gusta mucho dirigir, y ayudar en esa parte de coach me ha encantado. Ha sido todo fácil, tengo buena relación con el jefe de producción, Uriel Wisnia. Es algo que me gusta mucho, está claro, y la experiencia ha sido muy buena. Y es cierto que en todos los cortos que he hecho salen niños… Quizá lo mío era la enseñanza. Recuerdo que una vez me hicieron una prueba de actitud profesional y me salió que sería maestra. Algo habrá. Siempre puedo girar [risas].



La cátedra de Sarajevo

En 2013 Pilar Palomero estudió un máster en Dirección de Cine en la Film Factory. Lo impartía el director húngaro Béla Tarr en Sarajevo (Bosnia). “Me apetecía mucho ese director, el país y la experiencia, y no me arrepentí”, recuerda. Los “16 privilegiados” que resultaron elegidos tuvieron contacto en esa ciudad para siempre herida por la guerra de los Balcanes con grandísimos colegas, como Gus Van Sant (EEUU), Pedro Costa (Portugal), Carlos Reygadas (México), Cristian Mungiu (Rumanía), Guy Maddin (Canadá)… Aquel máster no cambió para nada sus referencias cinematográficas –Buñuel, Fellini, Bergman–, “pero todo lo que he hecho en mi primer largo lo aprendí allí y lo aplicaré a lo que venga. En la nueva película, La maternal, también”. Palomero forma parte del colectivo Bistrik7, en el que preparan una peli colectiva algunos de aquellos alumnos de Béla Tarr. Un antiguo auditorio parlamentario de los tiempos de Tito en la ciudad bosnia se adaptó como cine improvisado en el que debatir innumerables películas juntos. Marca Sarajevo.

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