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14-02-2022

                  

Goya de Honor

 

José Sacristán

 

El poder del ajo     

            

Cortesía de la Academia de Cine / Papo Waisman

 

PEDRO PÉREZ HINOJOS (@pedrophinojos)

El gozo de un crío de pueblo que ha llegado a ser el rostro y la voz del cine español. Así podría resumirse la colosal carrera profesional de José Sacristán (Chinchón, Madrid, 1937), el Goya de Honor 2022 que es historia viva de la interpretación de nuestro país. También es un modelo de sencillez y de decencia, de lealtad al oficio y a los compañeros y de respeto al público. Y quizá por eso, o más bien solo por eso, ya es una leyenda.


Sus cerca de 130 películas, que van desde su debut en la popular La familia y uno más de 1965 hasta la última el año pasado, Cuidado con lo que deseas, de Fernando Colomo, son en realidad el fruto de un sueño y de una siembra. El primero lo ha referido en multitud de ocasiones: su verdadero afán, siendo chiquillo, era convertirse en el Tyrone Power (pronunciado aquí como “Tirone Pouer”) hispano, un aventurero de la gran pantalla. Y de sembrar habló con propiedad y donosura en su breve y entrañable discurso de recepción del premio, cumpliendo su palabra de que echaría una “ojeada” al “sitio y la gente de donde vengo”.


En su condición de chinchonete universal, Sacristán evocó las faenas del campo, con su inquebrantable orden de labranza, simiente y fruto. Y recordó a sus ancestros más amados: sus abuelos; sus padres, “La Nati y El Venancio”; sus tíos Francisco y Socorro… Y también a su hermana Teresa, a la que le preguntaría como podía caberle “tanta ternura” dentro de su alma. No contó cómo casi enloqueció de dolor con la muerte temprana por enfermedad de esa hermana que era la bondad hecha mujer o de la de su madre, su gran cómplice. Tampoco que tuvo que seguir de cárcel en cárcel los pasos de su padre, represaliado político tras la Guerra Civil; que sufrió el hambre y el destierro; y que vivió penalidades sin cuento desde su infancia forzosa en la capital hasta casi ser un treintañero.


Pero el gozo del crío siempre se impuso sobre las penalidades y reveses que le fue deparando la vida, convertida en un ciclo perpetuo de siembra y cosecha a las órdenes de la flor y nata de los cineastas patrios: Mario Camus, Pedro Olea, Gonzalo Suárez, José Luis Garci, Pilar Miró, Eloy de la Iglesia, Pedro Lazaga, Mariano Ozores, Pedro Masó, David Trueba… Por no hablar de sus trabajos con las nuevas generaciones, como Javier Rebollo, Pau Durà, José Skaf, Kike Maíllo, Isaki Lacuesta, Carlos Vermut o Bernabé Rico.


Y es que lo de Sacristán ha sido un continuo reverdecer en aprendizajes y experiencias, sin renegar de nada. Desde las españoladas como Don erre que erre, La tonta del bote o Vente a Alemania, Pepe, una “escuela de trabajo y de vida”; hasta sus proyectos tras la cámara en Soldados de plomo, Cara de acelga o Yo me bajo en la próxima, ¿y usted?; pasando por sus títulos clave en la Transición como Asignatura pendiente, Solos en la madrugada o Un hombre llamado flor de otoño.


Y en eso sigue, alternando el cine con el teatro, procurando no alejarse demasiado de los más jóvenes y encarnando el ejemplo de “entrega, pasión, ética y responsabilidad”, los dones que le atribuía la Academia en su justificación del Goya de Honor. José Sacristán no negará ninguno de ellos, pero los presentará como parte del proceso de labranza y simiente que es su compromiso social y actoral.


Y con la mediación del imprescindible factor suerte, junto a la memoria inspiradora de sus raíces siempre bien presente, agradecía en los Goya que “bien en manojo o bien en ristra, me sigan comprando los ajos”. Eso es tener poder. Y no Power.

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