twitter instagram facebook
Versión imprimir
22-12-2020


Rafael Álvarez ‘El Brujo’

 

“No me cansa trabajar en solitario. Desgasta más estar con quienes no quieres”

 

Rafael Álvarez ‘El Brujo’ aparcó una carrera corta pero intensa en televisión y cine para consagrarse a la escena con espectáculos en los que, de la mano de los clásicos, es el único protagonista. Y en un actor único en su género se ha convertido por ese camino


PEDRO PÉREZ HINOJOS

Nervio y don para comunicar. Con esos extras vino al mundo Rafael Álvarez en el pueblo cordobés de Lucena hace 70 años. Aunque esa energía no comenzó a desparramarse hasta la recta final de la adolescencia. Antes de que el arrebato le condujera a un despeñadero, tuvo el acierto de orientarlo hacia la interpretación primero y la meditación vía yoga después. El teatro vanguardista, el cine, la televisión y los clásicos reinventados en su voz y en su carne le han convertido en un actor único en su especie que ha hechizado a público y crítica casi a partes iguales. Por algo su nombre de guerra artístico es ‘El Brujo’. Se considera a sí mismo simplemente un actor con “disparate”, tan dotado y eléctrico como el primer día, pero con el aplomo que da una sabiduría muy trabajada. Imprescindible en los tiempos raros que nos afligen.

 

– Atravesamos una época dura de confinamiento y amenaza del virus que alteró incluso a los espíritus más tranquilos. Usted se encontró con Valle-Inclán para aplacar su inquietud. ¿Cómo fue la experiencia?

– Fue una suerte, la verdad. El confinamiento lo pasamos toda la familia encerrados en una casa que tenemos en el campo. Como los de los cuentos del Decameron, que se refugiaron para ponerse a salvo de la peste y se dedicaban a contar historias. Así pasamos aquellas semanas, y yo comencé la preparación de un montaje de Valle-Inclán. De vez en cuando colgaba un vídeo en mi web con una pequeña lectura o un comentario, en plan informal, con un poco de coña. Eso me ayudaba a mantener el ritmo y el contacto con los espectadores. Me vino genial.


– Además, ha podido estrenar el espectáculo El alma de Valle-Inclán, todo un privilegio. ¿Cómo ha sido la experiencia en plena pandemia?

– Ha sido una sorpresa contra todo pronóstico. Nadie podía imaginar, ni productores, ni directores ni actores, que con la situación que teníamos encima estrenaríamos una función en un teatro después del verano. Pero yo le dije al productor, Enrique Salaberría, que quería salir al escenario, aunque fueran 40 personas. Y al final fueron más de 250, luego más de 300… Dábamos palmas con las orejas. Todos estamos deseando trabajar. 


– Y antes había tenido otra experiencia novedosa, la representación en streaming, a medias entre el teatro y el audiovisual. ¿Cómo se come eso?

– Fue como un tratamiento de choque. En mayo, durante el confinamiento, hice tres funciones en un teatro vacío para retransmitirlas por una televisión local. Salí al escenario con unas ganas tan locas que pensaba que el teatro estaba lleno [risas], pero allí solo estaban los cámaras, la directora del teatro, una persona de guardia y yo. Nunca hubiera imaginado hacer algo así, pero nos hemos adaptado. Y ahí estamos, acostumbrándonos a la nueva situación. 


– ¿Qué más cambios barrunta usted? Por ejemplo, en la relación del actor con el público.

– Creo que se producirá un cambio positivo. El espectador va a valorar mucho más, ya lo está haciendo, lo presencial, el hecho de poder percibir la presencia viva en la escena. Creo que eso se va a hacer extensible a los demás eventos que viven del directo. Yo noto en las funciones que el público acude al teatro con una actitud más intensa, más emotiva, con ese afán de apreciar más, de gozar más, de agradecer con el corazón la experiencia de acudir al teatro y verlo como es en realidad: un milagro.


– Con 70 años recién cumplidos, ¿todo esto le agota o le estimula aún más?

– Es lo que me ha tocado. No le doy muchas vueltas. Tener la mente ocupada y no perder el entusiasmo es fundamental siempre, pero en estas circunstancias todavía más.



   El fuego de la interpretación prendió de modo espontáneo en Rafael Álvarez. No hay rastro de antecedentes familiares en el gremio. En cuanto llegó a Madrid para los estudios de Derecho, el instinto orientó sus pasos hacia los colectivos universitarios de teatro. En el colegio mayor San Juan Evangelista se subió por primera vez a un escenario en 1970. Luego se enroló en grupos independientes como el mítico Tábano o el Teatro Libre de Madrid, y ya en los ochenta despegó gracias a sus apariciones en las series VísperasJuncal y Brigada Central. Las tres han dejado huella. Aunque antes de todo eso, cuando daba pasos titubeantes en el oficio, existió cierto momento de encrucijada, un instante decisivo para ‘El Brujo’: o se hacía actor o marino mercante.


– Ha contado alguna vez que casi lo dejó todo para enrolarse en un petrolero. ¿Cómo le dio por ahí?

– Pues es cierto, aunque pasó hace tanto tiempo que parece una batallita de esas que cuentas a los nietos. Con un chico de mi pueblo que ya murió, vivimos juntos las aventuras, como un Quijote y un Sancho, desde Andalucía hasta Rotterdam. Pero de ahí no pasamos.


– ¿Ha pensado alguna vez que habría sucedido de haber embarcado?

– De algún modo me terminé embarcando, pero no fue en la marina mercante, sino en el teatro. Llegando a Rotterdam nos vimos muertos de hambre y de frío y sin dinero. Para recuperarnos del viaje, dejamos los maletones en la consigna de la estación e hicimos autostop hasta París, donde teníamos amigos. Nos acogerían. Llegamos famélicos. Desde allí hablé por teléfono, a cobro revertido, con mi amigo José Luis Alonso de Santos, que me dijo: “Vente para Madrid, que tengo un papel para ti en una función”. Ahí empezó de verdad mi carrera como actor y como marinero en tierra [risas].


– ¿Los trabajos de actor que había hecho antes no le habían aclarado su vocación?

– Hacíamos pequeños montajes en los colegios mayores, cosas alternativas, pero como un simple entretenimiento. Me gustaba aquel ambiente con los compañeros, pero no me hice a la idea de poder dedicarme profesionalmente a ello hasta que José Luis me llamó.


– ¿Cómo saltó la chispa por la interpretación, sin tener un entorno ni antecedentes en la familia dedicados a ello?

– Ninguno en absoluto. Yo no vengo de una estirpe como la de los Merlo o los Gutiérrez Caba, que son cómicos de varias generaciones. Mi padre era agente comercial, por ejemplo. Yo me fui a Madrid a estudiar Derecho y en la universidad conecté con la gente que hacía teatro. Me hice amigo de José Luis, de Layton, Margallo, José Carlos Plaza, Narros… Toda esa mala gente empezó a meterme el veneno de la interpretación.


– Menudo grupo. ¿Cómo hizo para caer en él?

– Gente del teatro total. Mejor rodeado no he podido estar. Han sido personas clave en la historia reciente del teatro en España, marcando la evolución entre la Transición y la situación que vivimos en la actualidad. Han sido decisivos. Y para mí… ¡te puedes imaginar!



– Tampoco le fue mal en la televisión o el cine. ¿Cómo recuerda su desembarco en el audiovisual?

– Tuve la suerte de hacer algunas series muy buenas de seguido. En Juncal, con Rabal, tuve un personaje muy popular. En Brigada Central, con Masó, también conté con protagonismo, junto a Imanol Arias y Assumpta Serna. Y tengo muy buen recuerdo de Vísperas, con Sampietro y Echanove. Hice además unas cuantas colaboraciones en cine.


– Muy pronto se cortó esa racha. ¿Por qué?

– Decidí dedicarme al teatro intensa y exclusivamente. Mi calendario se iba llenando de días de funciones, ensayos y viajes, así que ya era imposible compaginarlo. El teatro me proporcionaba más gratificación que el cine. Incluso económicamente encontré la continuidad. No soportaba el estrés de estar pendiente de una llamada y de quedarme meses sin trabajar, que desgraciadamente es la tónica para la mayor parte de los actores. Pero el teatro sí era para mí seguro, y si me surgía alguna serie o alguna película, ya estaba comprometido.

 

   El encuentro con Fernando Fernán Gómez, a cuyas órdenes hizo los icónicos montajes de El Lazarillo y El Pícaro, le señaló un camino que emprendería primero como cofundador de Pentación. Esa empresa de espectáculos la creó en 1988 con José Luis Alonso, Gerardo Malla o Jesús Cimarro, entre otros. Unos años después, en 1995, continuó en solitario con un repertorio de textos clásicos de Homero, Shakespeare, Cervantes, Molière, Santa Teresa de Jesús o Fray Luis de León a los que imprimía un sello único ante un público cada vez más entregado. Rafael Álvarez se considera un “mediador” entre las palabras eternas de los grandes autores y el espectador; un embrujo que ha perfeccionado con la práctica del yoga, a la que dedicó incluso la función Autobiografía de un yogui y para la que reserva el mejor de sus sueños de futuro.


– Es complicado tener continuidad en esta profesión durante tantas décadas, y más cuesta conseguirlo con un estilo propio. ¿Esto fue algo estudiado o surgió así? 

– Es cierto que, primero con Pentación y luego con mi propia productora, he logrado tener una fuente de trabajo segura. Y he conseguido mantener una línea de creación muy gratificante, que también es esencial. El Lazarillo ha sido una constante en mi carrera. Esa función me abrió la puerta a la idea de lo que hago en los últimos años, que es trabajar en solitario, con la técnica, el estilo y la manera de Darío Fo


– ¿Qué le atrajo de Fo?

– Su técnica, ante todo, es muy creativa. Consiste en escribir tu propio texto e interpretarlo con ese modelo de narrador que incorpora distintas voces y personajes. Empecé con El Lazarillo y seguí con otras obras de Fo, como San Francisco, juglar de Dios. Y a partir de ahí creé mis propios textos: El Quijote, los místicos Juan de la Cruz y Santa Teresa, obras para el Festival de Almagro todos los años y también para el Festival de Mérida, como La OdiseaEl asno de oro o Esquilonacimiento y muerte de la tragedia.



– Usted reconoce que no es un actor al uso. ¿Qué es lo más difícil de esa multitarea para acercar los clásicos al público? 

– No hay nada complicado. Es cuestión de trabajo y de energía para, ante todo, mantener la atención. Y divertir, el actor tiene la obligación de ser divertido, es la esencia de un cómico.


– ¿No agota más el trabajo en solitario, acarreando el peso no solo de la interpretación, sino también de la creación, la dirección y la animación?

– Qué va. Desgasta más trabajar con gente con la que no quieres estar. Si tienes la suerte de caer en un reparto con gente maravillosa, que te hace sentir a gusto, es fenomenal. Pero si acabas metido en un grupo con personas que no toleran tus ideas, con las que chocas continuamente, es horrible. 


– Mirando al futuro, ¿en qué lío le gustaría meterse?

– Me gustaría tener una sede donde reunirme tanto con el público que he ido fidelizando a lo largo de los años como con todo aquel que quiera conocerme y ofrecer de manera regular las obras que tengo en mi repertorio. Y también para encontrarnos y relacionarnos, todo orientado a compartir algo que yo practico desde hace años y que considero buenísimo: la meditación yoga. La milenaria filosofía de los maestros del yoga es fundamental como apoyo o compensación al tremendo desequilibrio que sufrimos en el mundo actual, especialmente en Occidente. Podría aportar mucha luz y mucha armonía. Sería un sueño que el teatro fuese un vehículo de transmisión de esa cultura.


– ¿Y lo de tener pupilos que sigan sus pasos?

– Si otros vienen detrás y siguen por ahí, mucho mejor. Yo me sentiré muy feliz.


Una película de culto de Borau y una sombra quijotesca en cine


Aunque el celuloide tiene menor peso en su medio siglo de carrera, ‘El Brujo’ cuenta con una docena de títulos a las órdenes de directores de la talla de Carlos Saura, Antonio MerceroChus Gutiérrez, Fernán Gómez o José Luis Garci, quien le brindó su debut con un pequeño papel de policía en El crack (1981). Pero el trabajo cinematográfico del que más orgulloso se siente es Niño nadie (de José Luis Borau, 1997), donde compartió cartel con Iciar Bollain, José María Caffarel o Adriana Ozores. “Es una película rara, extrañísima, de culto, que ha cogido con el tiempo un valor testimonial de película a contracorriente. Y ahora tiene un peso documental muy especial. La vi recientemente y me gustó muchísimo. Bastante más que cuando la hicimos”, rememora. Su última aparición en la pantalla grande fue para otro trabajo singular, El embrujo del Quijote (Juan Manuel Chumilla-Carbajosa, 2016), a mitad de camino entre el cine y el teatro, donde se sintió “como pez en el agua”.

Versión imprimir

Contenidos Relacionados