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06-05-2022


‘Crudo’ o cómo conquistar Málaga con solo 24 años desde el cine LGTBI


Era lo primero que movía en festivales. Rafael Martínez Calle presenta en Madrid el corto que le valió una Biznaga de Plata a la mejor dirección



FRANCISCO PASTOR

FOTOS: ENRIQUE CIDONCHA / @MADCITYLIFE

Un ruido algo ensordecedor envuelve la sala mientras la pantalla nos muestra la nuca de alguien. Son las espaldas de un joven que ni a adolescente llega. Está trabajando en una fábrica. Los colores, el atrezo y los sonidos nos trasladan concretamente a la industria cárnica. Estamos en Espejo, un pequeño pueblo de Córdoba. Y acompañamos a José, interpretado por el sevillano Fran Expósito. El sol pega con fuerza y el sudor recorre las sienes de los personajes. Así lo quiso Rafael Martínez Calle, el director de Crudo, pieza con la que ganaría la Biznaga de Plata a la mejor dirección en la sección para cortometrajes del Festival de Málaga. No era su debut absoluto, pero sí el primer trabajo que presentaba en certámenes.

 

   Aunque le avisaron con antelación de su victoria, el director no se lo creyó del todo hasta la ceremonia de entrega. Su madre le pedía que mantuviera los pies en el suelo, dado lo buenos que parecían sus competidores. Pero ocurrió. A su regreso de Málaga, el corto se proyecta en el Centro Internacional de Fotografía y Cine (EFTI), en Madrid. Martínez Calle pasó por estas instalaciones como alumno, y Crudo fue su trabajo de fin de máster. Lo rodó junto a decenas de estudiantes de ese centro.



A la izquierda, Fran Expósito en la piel de José, protagonista de la historia. A la derecha, Fabien Charreyre-Calvez. Foto: @madcitylife


   En Espejo, el pueblo donde vivió la bisabuela de Martínez Calle, José admira prendado la forjada silueta de un granjero, algo mayor que él. Este parece tratar de seducir al joven ofreciéndole tabaco. También, cuando lame la herida que el muchacho se ha provocado cargando palés.

 

   Quizá en consonancia con el título y el concepto, en Crudo no hay música. Y los diálogos se pueden contar con los dedos. José apenas habla con su padre, encarnado por Nicolás Montoya, un actor veterano que conoció el cine con Volavérunt (Bigas Luna, 1999). Al finalizar la historia, el silencio de la sala se rompe con aplausos. Se suceden los comentarios de Nacho Clemente, tutor en EFTI, y de Nacho Pérez de Guzmán, productor del corto, realmente empeñado en presentarlo a concurso. “En alguna ocasión nos habían nominado en Málaga, pero es la primera vez que ganamos”, clamó. Carolina Maltese, directora de fotografía de Crudo, pasó hasta seis fines de semana en Espejo antes de empezar el rodaje. Observó cómo aquellos vecinos lograban resguardarse del calor entre casas bajas que apenas dan sombra. Y en pleno mayo echó las cuentas para calcular la posición del sol en septiembre, cuando iban a filmar.

 

   “Al principio no me importaba tanto el hecho de ubicar la historia en un pueblo. El conflicto estaba dentro del personaje. Él se siente atraído por algo hacia lo que aún siente asco. Por muy abierta que pueda ser nuestra familia, si eres homosexual, es fácil vivir así la adolescencia”, cuenta Martínez Calle. El equipo se alojó entre la casa del director y las de allegados suyos. Pero sus padres no supieron nada sobre el contenido de la pieza hasta que la vieron en el Festival de Málaga. Y jamás han hablado demasiado sobre qué elementos presentes en la historia son imaginarios y cuántos pertenecen a las vivencias del autor. A José, ese primer encuentro con el granjero parece haberle marcado. Montado en una bicicleta, trata de alcanzar una furgoneta blanca. En ella viaja su objeto de deseo. La dura luz de Andalucía perfila los rostros. Y la carnicería, al fondo, tiñe de muerte y casquería lo que debería resultar lúdico.


   Martínez Calle escribió Crudo con 22 años. Tenía 23 cuando grabó esos caminos de tierra, también en plena noche. “Se suele tildar al cine LGTBI de oscuro y siniestro. ¿Por qué no va a ser así, si tanta gente lo ha pasado mal solo por tratar de vivir? Quizá los autores que pertenecemos a esta minoría tenemos algún trauma más de la cuenta. Pero yo no propongo ningún discurso ni mirada colectiva sobre nada. Solo hablo desde una experiencia personal”, reflexiona el director. Ahora, cumplidos los 24, este creador habla risueño sobre lo mucho que ha cambiado desde que dio los primeros pasos de Crudo. Ya se siente lejos, y más a salvo, del despertar sexual que muestra en este celebrado corto. El que al personaje de José, más que convocarle una sonrisa, parece encogerle el gesto. 



Martínez Calle, en un instante de la filmación. Foto: @madcitylife


   Durante los 20 minutos de metraje ningún detalle nos señala en qué año nos encontramos. Un crucifijo custodia un dormitorio y un rosario cuelga de un retrovisor. No hay más rescoldo del bochorno que una silla plegable en la puerta de las viviendas. La lámpara sobre una mesilla bien podría datar de mediados del siglo pasado. No vemos teléfonos móviles ni nada que nos traiga al presente; tampoco hay nada que nos lleve de manera forzosa al ayer. Es un efecto buscado por Martínez Calle, cuyos referentes son Carla Simón y Carlos Vermut. Por este último se animó a estudiar cine. Primero, Comunicación Audiovisual en la Universidad de Málaga. Sí, la misma ciudad en la que años después ganaría su primer premio. Más tarde, el máster para el que ha acometido esta pieza. “He puesto mucho esfuerzo y quizá mucho talento. Pero sé que he llegado hasta aquí porque soy un privilegiado, porque pude pagar una matrícula muy cara, de decenas de miles de euros”, reflexiona. Hoy se gana la vida como ayudante en rodajes y editor de vídeos musicales mientras prepara sus siguientes pasos.

 

   Crudo se montó con los fondos de EFTI y un equipo de 35 personas. “Pero no hace falta tanta gente para levantar cortos. En el siguiente seremos seis. Todos, dados de alta. Por lo demás, me gustaría manejarme igual de bien con un presupuesto de 20.000 euros que con uno de 500. Más que la obsesión por el detalle estético, me importa lo que se cuenta. Me gustan las historias particulares que hablan de lo universal”, apunta Martínez Calle. Este rodaje se nutrió, para bien y para mal, de imprevistos. No resultó sencillo entretener a decenas de figurantes durante casi una hora, hasta que la luz del sol llegara exactamente hasta donde debía. Mejor fue cruzarse con un tractor en marcha que salió de la nada e ilustró lo trabajoso de la vida agraria. En su próximo título el director rodará con sus propios familiares, a quienes convertirá en actores.

 

   Sobre una colina cercana a Espejo, desde hace pocos meses, una escultura recuerda al miliciano abatido y retratado en la famosa fotografía de Robert Capa. En el pueblo defienden desde siempre que la instantánea se tomó allí. La estatua se levantó para alertar del horror de la guerra, según el Ayuntamiento. Y José camina al amanecer de vuelta a casa, tras haber librado su propia batalla, la que mantiene consigo mismo. Nada de nucas: esta vez mira de frente a la cámara.

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