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19-10-2021


Ramiro Oliveros

“El compromiso del actor es decirse a sí mismo siempre la verdad”


 

Se retiró hace dos décadas en plenitud de condiciones, pero aún sigue refulgiendo el brillo de su dilatada carrera interpretativa en televisión, cine y teatro, además de como director escénico y escritor



PEDRO PÉREZ HINOJOS

FOTOS: ENRIQUE CIDONCHA

Ramiro Oliveros (Madrid, 1941) todavía conserva la sonrisa y la mirada del que fue uno de los intérpretes más afamados en la televisión, el teatro y el cine de los setenta y ochenta. Y conserva también la memoria y la energía suficientes para meterse en la piel “de un Ricardo III de Shakespeare”. De hecho, se retiró con las fuerzas intactas hace ya 20 años. No le gustaban los papeles que le ofrecían y tampoco lograba dar vuelo a su carrera de autor y director de teatro, su otra gran vocación. Las decepciones y las amarguras, no obstante, palidecen ante el peso de una trayectoria con más de un centenar de trabajos, donde han cabido desde el teatro independiente al cine popular; desde la escena del Siglo de Oro a las series exitosas o los míticos Estudio 1. Una carrera, en fin, más propia de un actor sólido y versátil que de una simple “cara guapa”.

 

– Desapareció de la escena hace dos décadas en plenitud de condiciones. ¿Por qué?

– Porque ya no me compensaba seguir tras mi último papel, el don Juan de la segunda parte del Tenorio en el Teatro Español. Tiempo más tarde me llamó un productor para que sustituyera a otro actor en una serie titulada Todos los hombres sois iguales. Lo acepté porque se trataba, en principio, de no más de cinco episodios. Lo que vino a continuación es que ese personaje, llamado Iñaki, cayó en gracia al público y me quedé. Me convencieron.


– Fueron 60 capítulos haciendo ese papel, su último trabajo de relieve en televisión. ¿No recibió más propuestas para continuar en el medio?

– Le cuento una anécdota con esa serie. Mientras iba con el equipo a rodar a un pueblo cerca de Madrid encontramos un grupo de gente que me llamaba Iñaki. Que me hubieran reducido a la categoría de aquel personaje después de todo mi historial en cine, teatro y televisión me dio tal rabia que me juré que jamás me prestaría a trabajar, a menos que el personaje tuviera más carne que aquel imbécil al que presté mi voz y mi persona.



– Era estudiante de Medicina y comenzó su formación actoral fuera de España. ¿Fue algo buscado o forzado por las circunstancias?

– Naturalmente, forzado por las circunstancias. Estábamos a finales de los sesenta y el franquismo imponía sus reglas. A mí, como a tantos otros, nos disgustaban enormemente. Para conseguir el pasaporte le conté a mi padre el cuento de que me diera permiso para acudir a unos cursos de verano en Inglaterra. Funcionó, y cuando me vi fuera de España, escribí: le comunicaba entonces mi decisión de no volver. Se enfadó muchísimo. En Londres empecé a estudiar teatro, que era lo que me gustaba. Acudí a unas clases que dirigía la ya famosa Joan Littlewood en un teatro de Barons Court. Y ahí nació mi vocación, no de actor, sino de director, y más tarde de autor.

 

– ¿Cómo fue su vuelta a casa? ¿Le costó mucho abrirse puertas?

– Fue a inicios de los setenta. Se decretó la amnistía para los que no se presentaron al servicio militar, así que regresé a Madrid después de pasar varios años en Londres, París y Fráncfort. Con mis estudios de Medicina logré sacarme el título de ATS y comencé a trabajar en el Hospital de la Princesa. Me independicé y alquilé una casa en el barrio de Atocha donde construí un escenario para ensayar. Fundé el grupo de teatro independiente Nasto e inicié así mi carrera como autor y director

 

– ¿Qué tal se dio?

– El primer montaje fue una obra de Büchner, y siguieron otras de autores como Pinter o Brecht, que los teatros comerciales jamás exhibían. Hacíamos giras por España en un Seat 1400, durmiendo en tiendas de campaña y hoteles de mala muerte. Creé Proceso a Segismundo, que presentamos en un festival en la ciudad italiana de Catania, conmigo de protagonista porque no encontré al actor adecuado. Ganamos los premios de espectáculo, dirección e interpretación, que fue para mí. Fue un sueño.



– Por entonces empezó en la televisión y el cine.

– Fue a mediados de los setenta. El realizador de TVE Luis Enciso me propuso un papel en algo que preparaba él. Pagaban buen sueldo y lo acepté sin darme cuenta de que a partir de ese momento las cosas irían de otro modo en mi vida. La televisión había encontrado una “cara guapa” y no quería soltarla. Hice no sé cuántos Hora once, conocí a Pilar Miró y encabecé Humillados y ofendidos, de mi admirado Dostoievski. Tras eso protagonicé mi primera película, El pantano de los cuervos (1974), rodada en Ecuador. Y se inició la vorágine que supone estar siempre rodando películas y series.

 

– Ha trabajado con algunos de los mejores directores de escena y cineastas de nuestro país. ¿Le ayudaba su experiencia en la dirección a llevarse mejor con ellos?

– Con unos mejor que con otros. Siempre recuerdo con cariño a mi amigo Manolo Summers, con quien rodé Ya soy mujer (1975), y a José Antonio Páramo, a cuyas órdenes hice Sur (1979), junto a la gran Marisa Paredes. Fueron muchos los directores españoles y extranjeros gracias a los que superé las 40 películas, entre ellas Memorias de Leticia Valle (1980), en la que debutaba Emma Suárez y fui coprotagonista.

 

– La profesión ha cambiado mucho, pero el compromiso del actor sigue siendo igual. ¿Daría algún consejo a quienes empiezan?

– La función juega a favor o en contra de los actores. Son los que están condenados a someterse a directrices que no siempre son las deseadas por ellos. A mis actores les he exigido que dejen de ser ellos mismos y se conviertan en sus personajes cuando se alce el telón. El compromiso del actor es decirse a sí mismo siempre la verdad, con mayúsculas, evitando justificaciones que, al final, son solo sus miedos e inseguridades.



Un biógrafo del amor

Oliveros se ha consagrado a la escritura. Tiene novelas publicadas en la editorial Lekla, además de textos de teatro. La obra escrita, como su vida, está marcada por Concha Márquez Piquer. Contrajo matrimonio con la célebre cantante en 1982 y la convirtió no solo en cómplice y testigo de su última etapa profesional, sino también en su mayor fuente de inspiración. “Tras conocer a quien es la mujer de mi vida, la gran olvidada Concha Márquez Piquer, me dediqué a escribir para ella. Primero, la obra titulada Los siete círculos de humo, y luego la maravillosa La baronesa interminable”, cuenta. Tal es el vínculo con su esposa que remite a otro libro suyo, No serías mía si no me hubieses hecho tuyo, subtitulado Biografía de un amor, para que llegue a ser comprendido en toda su dimensión. “Ahí cuento un sinfín de anécdotas, nada de cotilleos de esas gentes que ensucian las mentes de quienes les escuchan, sino relatos originales de las vicisitudes que acumulamos a lo largo de estos ya 39 años de vida en común. En este tiempo solo nos hemos separado dos noches por mi trabajo”.

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