Ricard Balada
"Logré llamar papá a mi padre gracias al arte dramático"
Trabajar con estrellas le quitó los filtros. Frente a la cámara no hay lugar para el temor. Todo está dentro. Aunque le toque encarnar a un vampiro
FRANCISCO PASTOR
FOTOS: ENRIQUE CIDONCHA
Ricard Balada creció en un pueblo que no llegaba al millar de habitantes. De niño, era el único vecino en Santa Maria de Martorelles que soñaba con la actuación. En casa le dijeron lo de siempre: que estudiara una carrera. Barcelona quedaba a solo unos minutos, y allí se matriculó en Psicología. Pero su vocación llegaba por las tardes, en la escuela de Nancy Tuñón, la cual pagaba de su bolsillo. Tres cursos pasó entre unos estudios y otros. Hasta que dejó la universidad para entregarse al arte dramático, los talleres, las pruebas y los cortometrajes. "Fue el año más feliz de mi vida", recuerda el artista.
Lleva cumplidos 29. Y podría decirse que le han cundido. El pasado febrero logró participar en el programa de talentos de la Berlinale. Pronto estrenará El caso Ángelus, un largometraje en el que encarna a Dalí. Es miembro de la Academia de Cine, y también de la European Film Academy desde hace pocos meses. Tanto él como sus trabajos han recibido varias menciones, especialmente la serie Oh My Goig!, durante cinco temporadas en la Betevé de Barcelona. Y de ahí, a compartir reparto con Nicolas Cage en El insoportable peso de un talento descomunal (2022) o a rodar películas de corte independiente. A Balada no se le caen los anillos. Su último paradero fue Finlandia, donde trabajó vestido de elfo. Ejercía de guía en un parque temático dedicado a Papá Noel: "Me venía bien para el inglés. Y rodearme de niños me ha quitado la ansiedad". Que se preparen en Estados Unidos, ya que acaba de firmar con una mánager en Los Ángeles, lo que potenciará aún más su carrera.
- ¿Por qué ansiedad, si le va de fábula?
- Puede parecer que he trabajado mucho, y lo cierto es que llevo en esto más de 15 años. Pero todo ha llegado con cuentagotas. Y buena parte de mi filmografía se compone de papeles no remunerados. Algunos meses he vivido de las ayudas sociales de AISGE. Si no, no alcanzaba a pagar el alquiler. Para llegar a la Berlinale envié entre 70 y 80 correos.
- Algo tendría, si fue el único rostro español entre los seleccionados.
- Supongo que la pasión. La solicitud para entrar allí era muy artística y personal. No se trataba solo de mandar el currículo. Así que intenté hacerles llegar toda mi energía, dejarles claro que llevo queriendo actuar desde que vi El señor de los anillos (1998). El sueño de la Berlinale me ha acompañado durante buena parte del camino, pero quise esperar a tener algo más que ofrecer. Trabajar en la misma película que Nicolas Cage me animó. Había llegado el momento.
- ¿Cómo acabó en aquel filme?
- Me grabé con el móvil para la prueba. Recuerdo que fue en el comedor de la casa de mis padres, el lugar en el que solía ver películas. Me respondieron, me preguntaron por mi agenda. Y nada, a rodar en Budapest. Conocí a Pedro Pascal y Neil Patrick Harris. Son el tipo de estrellas que van acompañadas a las producciones, pero estábamos en pandemia, encerrados en el hotel. Así que nos tocó mezclarnos. Yo iba como una esponja, escuchando todos los consejos y las anécdotas.
- ¿Y qué se llevó de ellos?
- Me fijé en cómo se concentraban. ¡La cámara les sigue! Su consejo era siempre el mismo: que disfrutara. Lo demás no está en nuestras manos, y yo mismo me lo digo a diario. Si el actor lo goza, el espectador lo verá. Un niño no juzga, solo juega, se sorprende a sí mismo. Va sin filtro por la vida, ¿verdad? Pues así es como aparecen las ideas nuevas. Pienso mucho en un ejercicio de la escuela: sentarme en una mesa vacía, imaginar que tengo a alguien enfrente y decirle aquello que nunca le conté. Todos elegíamos a algún familiar. Yo mismo logré llamar papá a mi padre gracias al arte dramático. Una vez crucé aquella línea, el resto me pareció sencillo.
- ¿Qué sabe ahora que desconocía entonces, cuando salió de la escuela?
- Eso mismo: que nada es tan importante. No hay solo una manera de llegar a un personaje. Antes ponía el foco fuera, estaba pendiente de la aprobación de los otros. De la escuela salimos con las emociones en bruto, nos asomamos al mundo… y pensamos que no somos válidos. A mí me costaba encontrar mi talento porque venía de un pueblo en el que todos nos conocíamos. Me tocaba ponerme una coraza, no fueran a meterse conmigo. Y resultó que mi punto fuerte era el contrario: la sensibilidad, la capacidad de expresión. Ahora busco dentro. Si soy honesto conmigo, si trabajo desde la verdad, eso es suficiente.
- Empezó en esto muy pronto.
- Al menos en este oficio, es más fácil conseguir un trabajo a los 12 años que a los 18. ¡Éramos muchos menos para las pruebas! Yo iba como un loco. Escribía correos en los que me hacía pasar por mi madre y me descubrían enseguida por las faltas de ortografía. Mientras, el cine me hacía creer en la magia, ahí todo se resolvía con un encanto. Tallé una varita como la de Harry Potter y le dije a mi prima que me iba a estudiar con él a la escuela de Hogwarts. En la pantalla no hay límites.
- ¿Y en casa lo llevaban bien?
- Jamás olvidaré el día en que mis padres por fin asumieron que esto era lo mío. Fue en el Festival de Sitges, durante el estreno de Salvación (2016), en la que yo era el protagonista. La mitad de la platea venía de mi parte. Una amiga mía incluso perdió su trabajo por verme, ya que no le concedían el día libre, pero se lo cogió. Escuchaba a mi familia sollozar y me echaba a llorar yo también. Y además, ¡en un papel de vampiro! Entendieron que era actor porque el personaje no se me parecía en nada: yo estoy siempre arriba y en la película me tocaba una energía bajísima. Todo ocurría con la mirada, tumbado en la cama.
- ¿Cómo encontró a ese vampiro?
- Hubo muchos ensayos y hablé largo y tendido con la directora hasta comprender lo que quería. Pero lo busqué, sobre todo, por mi cuenta. Me iba a la montaña a caminar por la noche. Creo que ahora trabajo de otra forma, menos espectacular. Leo, veo documentales. Como ya decía, busco más dentro. Así busqué a Dalí [en El caso Ángelus]. Al principio quise parecerme a él. Hasta que el director me dijo que no me preocupara, que aquel personaje no había quien lo entendiera. Ni siquiera él. Así que me relajé y salió. Cuando algo ha nacido de nuestro interior se le pueden poner accesorios externos, como un deje, una forma concreta de hablar. Pero no podemos partir de lo ajeno. De ahí no crecerá nada.
- Y en su interior, ¿usted siempre es el mismo? Ahora vive entre Madrid y Cataluña.
- Lo intento, pero es muy difícil. En Barcelona se me conoce un poco más, imagino que por mi trabajo en televisión. Pero en la capital aún sigo siendo Ricard, a secas, pues casi nadie me ha visto en la pantalla. Es muy curioso: en Madrid soy anónimo y tengo menos contactos, pero el trabajo artístico aparece antes. ¡Me salen audiciones hasta en el Centro Dramático Nacional! O voy a bares de actores, como el Café Pavón. Salgo por ahí y nos juntamos varios grupos. Como yo, hay muchos que han llegado a Madrid a buscarse la vida. Solos, lejos de familia ni amigos. Así que acabamos formando una tribu: juntos celebramos lo bueno y pasamos lo malo. Nos ayudamos y lloramos.
— Muchos le dirán que, a estas alturas, le toca más dar ayuda que lo contrario.
- Y en ello ando. Porque a mí también me han echado una mano. Hago recomendaciones a mis representantes, escribo correos. Si me llega un papel, pero veo que no es para mí, doy un soplo. ¡Con lo discreto que es todo! Me convocan para una prueba y ni siquiera me mandan el guion, sino solo una escena. Cuando estoy en Santa Maria de Martorelles doy muchos consejos a otro actor que está empezando y no sabe bien por dónde tirar. Ya no soy el único artista del pueblo. Las cosas han cambiado: mis amigos se reían de que quisiera actuar y he llegado a dar el pregón de las fiestas.




