Rodrigo Sorogoyen
“Me encantaría trabajar con Viggo Mortensen. Tiene un carisma tremendo”
En apenas 15 años ha hecho de la cresta de la ola una meseta. Cada experimento es una experiencia cinéfila. Cada prueba cosecha el aprobado alto (al menos). De plena actualidad por la llegada de ‘El ser querido’, repasa una trayectoria que no deja de llamar la atención desde hace tiempo
Una entrevista de JAVIER OLIVARES LEÓN
Pocos cineastas españoles suscitan tanta unanimidad. El espectador no va al cine a ver tal o cual película. Va a ver “la de Sorogoyen”. Con su séptimo largometraje, El ser querido, consolida su caleidoscopio de registros. Esta vez aborda el rodaje de una película dentro de la película y cuenta con Javier Bardem y Victoria Luengo, otros dos perfiles que admiten poca división de opiniones. Aglutinador de premios Goya, el director madrileño, de 45 años, se sabe en el mejor momento de su carrera. Y su talento no parece amenazado por la sequía.
– ¿Puedo llamarle SeráGoyen?
– [Risas]. Me habían llamado SoroGoya alguna vez, pero no en futuro.
– El hecho de tener uno o varios Goyas, ¿condiciona al inicio de cada nuevo proyecto?
– Absolutamente nada. Podría llegar a entender que le sucediera a un director novel. Consideraría que es un error, aunque lo llegaría a entender. Pero donde estamos nosotros… Imposible pensar que a Amenábar o Almodóvar eso les repercuta. No, por favor. Queremos contar historias. Y somos unos privilegiados a los que nos dejan. Además, los Goya son una lotería.
– ¿De verdad lo cree?
– Sí. Aunque desde el punto de vista de la satisfacción el proyecto vaya bien a mitad de ejecución, no piensas que va a estar ahí la noche de la gala. Hay grandes películas que no han ganado Goyas y otras no tan buenas que los han logrado. Existe una especie de equilibrio. Siempre les digo a los actores: “Vas a ganar el Goya con la película por la que no lo mereces. Por la que sí lo mereces, no lo ganas. Y al año siguiente lo obtienes con la que no lo mereces”.
– En El ser querido, ¿no pudo mantener el intríngulis sobre el parentesco entre Javier Bardem y Victoria Luengo más allá de los geniales 20 minutos iniciales?
– Podríamos haberlo hecho, pero nos parecía un poco tramposo. Nos hacía gracia la tensión que se genera en la cita de un hombre y una mujer en un restaurante después de un tiempo. Lo primero que piensas es que son amantes. La diferencia de edad es poca: suficiente para ser padre e hija, aunque podrían ser amantes.
– ¿Cómo es la experiencia de trabajar con Javier Bardem? ¿Lo había visualizado así?
– No visualizo mucho, la verdad. No me creo expectativas, lo cual a veces está muy bien. Todo me sorprende y, a la vez, creo estar preparado para todo. Es decir, habría aceptado si incluso hubiese sido un desastre. Pero es un tío muy normal, muy divertido. Un tío muy listo, muy inteligente. Lo que pasa es que vas conociéndole. Ya en la primera cita detectas cosas. La segunda, la tercera...
– ¿En esas citas ya detectaba qué tipo de persona es?
– Es evidente qué persona es.
– ¿Le sorprendió algo de su proceso de trabajo?
– Te hace todas las tomas distintas. Quiere sentirse seguro. Todos actuamos por seguridad, claro. Él se siente seguro si el director tiene todo el abanico de posibilidades. No quiere que en la sala de montaje digas: “Hostia, ¿cómo no había visto esto?”. Por eso hace todas las tomas posibles. Eso me parece una osadía porque, entre todas esas tomas, en algunas fallas. Son las que guardan decisiones erradas. Que él se permita eso me parece valiente.
– Además de valiente, suena paradójico.
– Creo que es más difícil mostrarte vulnerable cuanto más éxito o prestigio tienes. Y Javier Bardem no tiene ningún miedo a eso. Me parece bastante osado, insisto. Con ciertas cosas que yo creía que no funcionaban, al verlas tiempo después en el combo [sistema con el que el equipo visualiza en tiempo real lo que capta la cámara], no me quedaba otra que decir: “Hostia, aquí sí ha acertado”. Sabe más el diablo por viejo que por diablo. Cosas que yo no veía, luego las reconocía: “Ojo, nos puede venir muy bien esto que ha hecho”.
– Al encarnar Bardem a un director de cine, ¿le aportaba algo a usted como director real de la película? Es decir, ¿puede ofrecer una mirada panorámica por haber coincidido con muchos otros realizadores?
– No. Él siempre dice que no es muy técnico. En eso también es muy honesto y franco. Se fía mucho en ese sentido. Es evidente que, en cuanto a la actuación, aporta una barbaridad. Y se revela como un genio para otras cosas. Habla mucho. Tiene una sabiduría y una experiencia que yo no tengo. Y eso siempre aporta.
– ¿No se entromete, ni siquiera con algún chascarrillo sobre cierto rodaje?
– Chascarrillos cuenta muchos. Pero no los cuenta cuando trabajamos.
– ¿En la serie Antidisturbios ya vio que Victoria Luengo olía a largometraje?
– Sí. Tanto Isabel [Peña, la coguionista] como yo nos quedamos con ganas de contar con ella otra vez. Además, hemos desarrollado una amistad. Es una genia. Más tarde trabajamos juntos en un episodio de Historias para no dormir [2021]. Y volveré a currar con ella. Seguro.
– Los Raúles son también dos fijos de Sorogoyen.
– Tengo recurrencia con aquellos que me caen bien y con los que me encanta trabajar porque considero que son buenos. Creo que Raúl Prieto es con el que más he trabajado. Y con Raúl Arévalo. Ambos están también en El ser querido.
– ¿Cómo ha cambiado Arévalo desde 8 Citas? Estamos hablando de 18 años.
– Incluso 19, puesto que la rodé en… ¡2007! Pienso que las personas no cambiamos tanto. Sigue siendo el tío más listo de la clase. Sigue siendo encantador. Y un cinéfilo empedernido. Un tío divertidísimo, un gran amigo.
– Y delante de la cámara ha madurado para bien.
– Sí. Resulta muy camaleónico, tiene un físico total. Es de esos actores tocados con la gracia de Dios, como le pasa a Antonio de la Torre. Son tipos de apariencia totalmente normal a los que veo muy distintos de una película a otra. Son camaleones.
– El ser querido ha contado con unas 150 veces más presupuesto que Stochkolm (60.000 euros frente a nueve millones). Qué vértigo, ¿no?
– No es mejor ni peor aquella [risas]. Es distinta. Muy distinta. Son las circunstancias. No me asusta. Me siento muy agradecido y muy afortunado de que el mismo equipo que con el que hice Stochkolm siga todavía en El ser querido. Imagínate, 13 años después coincidimos el director de foto, el montador, el músico, la guionista... Increíble. Sonrío cada vez que digo: “Los mismos colegas que hemos crecido, que hemos aprendido juntos, intentamos superarnos en cada película, contar historias que emocionen. Y nos dan el dinero para hacerlo”. Somos unos afortunados.
– ¿Siempre sabe a poco el presupuesto?
– Los productores quizá sufren más. Yo siempre me quedo conforme. Me adapto a lo que tengo. Para eso soy muy controlado. Hay que recordar que yo firmo como productor [Sorogoyen es cofundador de la productora Caballo Films]. Sería mejor tener más dinero, ya que siempre vas ahogado. No obstante, insisto en que me adapto bien.
– ¿Qué poso quedará de El ser querido? Por poner un ejemplo, el espectador recuerda de As bestas aquella atmósfera angustiosa.
– Pues de puertas para adentro, me quedo con todo el equipo de actores del rodaje. Los escogí yo a través de un casting muy concienzudo, más allá de Javier y Victoria. Es lo que más me congratula.
– El casting del casting, digamos.
– Invertí mucho tiempo porque para mí era muy importante que estos actores no se me cayeran. Tras muchas pruebas, escogí a un grupo de actores del que estoy enamorado. Se entregaron en cuerpo y alma para hacer de figurantes.
– Actores muy buenos haciendo de figurantes.
– Sí. Gente que está al fondo, que solo tiene una frase. Y hubo escenas que se quedaron en montaje. Pienso que eso es lo que hace que la peli esté viva. Aunque tengas a Javier Bardem, si lo de detrás es flojo, me da igual Bardem. Estoy muy orgulloso de eso. En parte, por mi labor. Y les estoy agradecido a ellos, que se lo curraron muchísimo. No hubo egos ni malos rollos.
– Algo haría usted por evitarlos.
– Yo también les avisaba de vez en cuando: "Chicos, estamos con Javier Bardem en Fuerteventura…" [localización para recrear el Sáhara]. Pero no era necesario. Creo que para ellos el momento también era maravilloso. Se hicieron muy amigos. Fue bonito ver la colaboración entre mis técnicos reales y los figurantes [que encarnan a los técnicos ficticios de esa película que se rueda dentro de El ser querido]. Les ayudaron y les enseñaron. Me quité ese problema y me dije: “¿Esto funciona? Pues ya está, me dedico a otras cosas”. Yo estaba muy obsesionado con eso.
– Su formación es de historiador. Desde ese punto de vista, ¿se ha quedado algo en el tintero sobre el asunto del Sáhara en El ser querido?
– Siempre quedan cosas en el tintero. Intentamos ser muy prácticos en el guion. "No nos regodeemos, contemos solo lo que es necesario para la historia", nos decíamos continuamente. Hay cosas que no han entrado porque manda la economía: se trata de que entre justo lo que deba entrar. Quedan cosas en el tintero y da rabia. Pero es por el bien de la película.
– ¿Cómo ha evolucionado usted profesionalmente?
– Creo que me he atrevido a asumir unos riesgos. Supongo que he aprendido a confiar en mí y a comprobar que la experimentación siempre está bien. Obviamente, siempre con sentido común y con trabajo. Eso no puede faltar. En otra conversación que tuve hace poco llegué a una respuesta que me gustó: la generación anterior a la mía, la de Esteban Martínez [el protagonista de El ser querido, el personaje de Bardem], ha sido de hombres sin educación emocional. Mi generación no ha sido tan carente de dicha educación y, obviamente, la que viene después, lo será aún menos. Eso es algo que hemos empezado a atender ahora.
– ¿Hace unos años no se hacía caso al asunto?
– Antes ni siquiera reparábamos en ello. Ni nosotros mismos ni las generaciones previas. Y ahora que estamos poniendo el foco ahí, me da pena, ya que esa gente lo ha sufrido.
Rodrigo Sorogoyen reveló que una situación traumática marcó su infancia: sus padres le ocultaron durante largo tiempo que vivían separados. Su padre le recogía en el colegio, le llevaba a casa, jugaba con él. Se marchaba cuando se dormía. A los 10 años sospechó que algo pasaba y su madre se animó por fin a contarle la verdad. Esa decepción le ha hecho desconfiar de todo. En la celebrada serie Los años nuevos reflejó esa vivencia a través del personaje de Óscar, al que da vida Francesco Carril.
– ¿Está contento con el resultado de Los años nuevos?
– Muchísimo.
– Aquella apuesta por Francesco Carril e Iria del Río…
– Estoy orgullosísimo del germen de esa serie y su reparto. Iria es una verdadera bestia. Contamos algo muy complicado de contar [la evolución de una relación de pareja a lo largo de diez nocheviejas]. Pienso que es una historia común, que ya ha sido contada mil veces, pero nosotros lo hemos hecho de una manera con la que es muy difícil emocionar. Y creo que lo hemos conseguido.
– Por cierto, en Los años nuevos no intervino Isabel Peña. ¿Qué le ofrece como coguionista? ¿Es un colchón de seguridad?
– Es una garantía. Muchísimo más que ese colchón que dices. Con Daniel Remón comparto ahora un proyecto, pero mi guionista es Isabel. Y ella ha hecho algunas cosas sin mí, evidentemente. Todo eso nos lo podemos permitir.
– ¿A Peña le tiran mucho los tejos otros directores?
– Sí, claro. Está cotizadísima. Y como es tan seria y trabajadora, no hace muchas cosas a la vez, así que suele estar cogida.
– Sí participó con usted en aquella serie postapocalíptica titulada Apagón. ¿Le llenó?
– No me llenó del todo. No obstante, son experiencias de las que siempre aprendes. Yo venía de muy cansado del rodaje de As bestas. En el episodio que yo dirigí trabajé con Isabel [guionista] y Álex de Pablo [fotografía], Oliver [Arson] hizo la música y Alberto del Campo se encargó del montaje. Era como estar en casa. Y Luis Callejo estuvo estupendo. Digamos que estoy contento con ese episodio, pero si una historia no es mía, mía, mía, no puedo decir que me llene.
– Las series con las que empezó en esto (Impares, Vida loca, La pecera de Eva...) tienen poco que ver con las que se graban hoy.
– Nada que ver. Y encima yo me acostumbré a una forma muy low cost de hacer tele. Aprendí muchísimo y me divertí muchísimo. Ahora ha cambiado todo. Las series en las que trabajo son cine. El guion y el rodaje son de película, con respeto a la historia y al oficio. La única diferencia es que las series duran más horas. Hay que escribir más. Antes la tele era un hermano muy menor. En la actualidad hay series que son mejores que muchas películas. O, al menos, se conciben como más ambiciosas que muchas películas.
– ¿Volvería a hacer relatos fraccionados, como en el comienzo de su trayectoria?
– Sí, tengo una idea de peli por capítulos. Y también me gusta trabajar con varios directores.
– ¿Se disfruta y se aprende con ese formato?
– Sí, claro. Me encanta.
– Hay quien le compara con Carlos Saura, por su asidua presencia en Cannes.
– ¿Qué dices? Se están pasando... Si la gente dice eso, es mentira.
– ¿Está cómodo en los certámenes?
– Cannes no es el lugar más cómodo de la historia. Pero me encanta el ambiente que hay en los festivales, ver películas de otros directores es la hostia. Y luego, la promo para tu película está genial. A veces requiere solo un día de curro. Conocer gente siempre es importante, aunque no todas las tarjetas que te deslizan sean interesantes.
– El reino es uno de sus títulos más reconocidos. Con el panorama político actual, ¿daría para una segunda entrega?
– Si lo que quieres decir es que estamos en un pico de corrupción parecido a aquel momento Gürtel, no dudaría en decir que sí. Metiendo en la coctelera el mundo de las fake news y del lawfare. Es una especie de corrupción añadida a los tiempos que corren, lo que no significa que haya menos corrupción. Esto lo desconozco. Huele todo fatal, y a eso añádele la crispación política y el mundo de las redes sociales.
– Pues suena interesante.
– Pero no sería la misma película, ahora con un político de otro bando corrupto. Para que fuese una mejor segunda parte, habría que hablar de los nuevos métodos, la nueva guerra que hay en política, la crispación, las redes sociales, el auge de la ultraderecha. Odio las segundas partes que son iguales a las primeras y lo que quieren es sacar rédito de una fórmula que funciona. Podría haber una gran segunda parte de El reino. Habría que currarse mucho el guion.
– Ha hecho usted distopía, costumbrismo, historia y hasta milagros con poco dinero. ¿Qué le apetece ahora?
– La Guerra Civil.
– ¿Cree que es necesario?
– Por supuesto. No hay una gran película sobre la Guerra Civil en España. Siempre hace falta hablar de nosotros mismos, del pasado. Esa herida no está curada. Si estuviese curada, no haría falta. Si hay chavales de 14, 16 o 20 años cantando el Cara al sol y diciendo que con Franco se vivía mejor, hace falta una película sobre la Guerra Civil. Porque de la dictadura se han hecho pelis muy buenas. Y sobre la Transición se han hecho muchas interesantes. Pero dentro de 20 años estará bien revisitar desde otro punto de vista qué pasó con la Transición.
– ¿Tiene alguna idea o fuente documental para aportar al asunto?
– Hemos leído mucho, hemos escrito y tenemos un proyecto que estamos intentando mover. Siempre manejamos varias historias a la vez. Por ejemplo, el de As bestas era nuestro tercer guion y luego ha terminado siendo nuestra quinta película [de Isabel Peña y él].
– ¿Puede desvelar algún proyecto suyo para 2027, en televisión o en cine, aunque sea sin dar el título?
– No. Estoy trabajando en dos proyectos. Uno de ellos es muy, muy pequeño. No puedo decir nada sobre él. Y el otro es muy, muy grande. Por tanto, puede que no salga. No puedo gafarlo. Ojalá salga; me haría muy feliz. Es lo único que puedo decir.
– ¿Diría que se puede identificar una obra suya por algún elemento argumental, técnico o visual?
– Estoy en contra de analizar mi propia obra. Decir “mi propia obra” ya me da pudor. Para empezar, porque son nuestras películas, las que hago yo con mi equipo o mi equipo conmigo. Soy la última persona que debe decir si nuestras películas se identifican por el ritmo, por ejemplo.
– Si estamos aquí sentados dentro de otros 10 años, como lo estuvimos en 2015, ¿cómo se ve?
– Me gustaría haber hecho las películas que tengo en la cartera, que se hayan materializado esas ideas. Y me gustaría haber mejorado ciertas cosas.
– ¿Con quién le apetece trabajar?
– Me encantaría hacer una película con Victoria Luengo e Iria del Río juntas. Y darle un papel protagonista a Luis Zahera. Y volver a trabajar con Antonio de la Torre. Pero, por soñar, me encantaría trabajar con Viggo Mortensen. No sé si luego es tan buen actor, aunque tiene un carisma tremendo.
– Pues no parece que nadie se atreva a rechazarle a usted en este momento.
– Estoy en una situación muy privilegiada, eso es cierto.
– ¿Se ha plantado alguna vez? ¿Se ha levantado de una mesa?
– No. Soy muy peleón, pero no tan osado como para romper una negociación. Cuesta mucho cerrar todo. Eso sí, como trabajo con mis amigos y socios, no tengo problema en las decisiones. Siempre noto que confían en mí, incluso en la selección de repartos. Soy bueno cuando negocio aquello en lo que creo. Cuando dudo, soy malísimo. Pero sé que hay batallas que voy a perder.




