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21-07-2022

Cruzando puentes

 

 

Rubén Sanz

“En este oficio la paciencia es la cuenta bancaria. Yo me he visto con 20 euros”



No entiende el menosprecio hacia lo popular. Le ocurrió con su irrupción en ‘Escenas de matrimonio’. Y luego el éxito le ha acompañado también en Latinoamérica, donde saltó por primera vez hace casi una década. Allí ha descubierto unos salarios y unos medios que nuestros prejuicios no nos dejan ver. Sueña más con encarnar a un superhéroe de Marvel que al Otelo de Shakespeare



JUAN FERNÁNDEZ

FOTOS: ENRIQUE CIDONCHA

Localizas a Rubén Sanz (Madrid, 1979) por correo electrónico y su respuesta te da la medida de su actual hoja de ruta vital y laboral: “Estoy en México, vine unos días a grabar algo rápido, pero en dos semanas andaré de nuevo por España”. Ese “algo rápido” son las últimas secuencias de Los ricos también lloran, la adaptación de ese clásico de los culebrones que Televisa prepara para los nuevos paladares televisivos. La grabación de Falsa identidad, el serial que Telemundo ha producido para Netflix, le obligó a pasar los peores meses de la pandemia en la capital azteca. Y anteriormente había sido el remake de la célebre telenovela Rubí lo que le hizo estar más tiempo en aquella orilla del charco que en esta.

 

   Deben renovar el registro los que se quedaron con la impronta del actor que alcanzó la fama en televisión con Escenas de matrimonio (2007) y más tarde participó en películas como Lo contrario al amor (2011) y series como Arrayán (2011) o Ciega a citas (2014). Ahora tienen delante a un intérprete internacional que lo mismo despacha con el CEO de Telemundo en la planta noble del canal latino en Miami que baja al metro de Nueva York y lo encuentra forrado con su rostro gracias a los anuncios de la serie El Dragón. Había otros mundos y Sanz quiso ir a conocerlos.

 

 – ¿Cómo surge lo suyo con América?

– Quizá por haber estudiado la carrera de Económicas, siempre me ha interesado la dimensión empresarial de este oficio y he tenido claro que, aunque nos dediquemos a hacer arte, es necesario que quien pone en pie las producciones gane dinero y que nuestro trabajo lo vea la gente. Toda la que sea posible. Cuanta más, mejor. Esto va más allá del ego, va de recordar siempre que las propuestas no llegan si te quedas en casa y nadie te conoce.



– ¿Cuál ha sido el camino para pasar de ese pensamiento a convertirse en actor de producciones latinoamericanas?

–Una buena amiga que ocupa un puesto importante en una gran productora de nuestro país me dijo: “Rubén, el futuro está fuera, no en España. Tienes que explorar nuevos caminos”. Era un día de 2013. Aquel comentario me hizo abrir los ojos, pero lo que me convenció de verdad fue conocer a un mánager de actores latinos muy top que me presentó esa misma amiga. Cuando nos sentamos a hablar, fue sincero al decirme: “Puedes pasarme una foto tuya y que la ponga en mi web, por si un día alguien busca un actor español para un proyecto, o puedes venirte a América para que empecemos a trabajar desde cero.

 

– Y no se lo pensó.

– No. Hice las maletas y me fui a Colombia a aprender cómo se trabaja allí. Hice varios cursos de naturalización del acento, me presentaron en todas las compañías de casting, me enseñaron las principales productoras… Me sorprendió la forma en que tratan a los actores. En España sería impensable que te recibiera el director de una cadena. Allí, en cambio, los empresarios más potentes me abrieron enseguida sus puertas, tienen una mentalidad muy americana: creen que tú puedes ser una oportunidad de éxito para ellos y no les importa invertir su tiempo en conocerte. Tienen menos prejuicios que aquí. 

 

– ¿Por eso se quedó?

– Aquella vez no pude quedarme. Mi padre empeoró de salud y regresé, pero lo que vi durante esos meses en América me marcó. Trabajé en varias series y pude comprobar el nivel en el que se mueven. Por ignorancia, miramos por encima del hombro a las producciones latinoamericanas. Y en realidad, somos enanos a su lado. Sus series arrasan en un montón de países y llevan así muchos años. Por eso han montado una de las mayores industrias audiovisuales de todo planeta. Pagan sueldos que aquí parecerían surrealistas y trabajan con unos medios que para nosotros son impensables. Lo hacen porque pueden, porque saben que sus productos serán vistos en medio mundo



– ¿Le costó volver?

– No. En España trabajé en todo lo que me salía. Participé en varias series y películas, pero siempre con la oreja puesta en América, por si surgía alguna oportunidad. Un día alguien me avisó de que se pondría en marcha El Dragón, una megaproducción escrita por Pérez Reverte para Netflix cuyo presupuesto sería superior a los 20 millones, y que buscaban a un español para hacer de villano. Mi mánager me consiguió un encuentro con el responsable de la serie y nos caímos bien. Tras aquel gigantesco casting con actores de todo el mundo me dijeron que me querían a mí. No me lo podía creer, aquello era como jugar la Champions con el Real Madrid. 

 

– ¿Qué ocurrió después?

– Tras El Dragón, que funcionó de maravilla, me dijeron que querían hacer Rubí y que me veían para el personaje de Eduardo, el príncipe español. Y muy pronto me saldría la propuesta de grabar Falsa identidad, otra teleserie larga. En ese momento mi mujer estaba embarazada de siete meses, pero nos plantamos en Ciudad de México. Mi hijo nació allí el día que la OMS decretó la pandemia mundial. Los últimos años han sido de auténtica locura.

 

– ¿Hoy se ve más allí o aquí?

– Los actores debemos tener la maleta siempre hecha para ir donde esté el trabajo. Al menos, así veo yo este oficio. Últimamente he hecho más cosas en América que en España, pero me gusta mi país, quiero seguir viviendo aquí. La situación ideal es estar con un pie en cada lado.

 

– ¿América le dio lo que no encontraba en España?

– Cuando me marché, tenía trabajo aquí. De hecho, desde que debuté no he parado de hacer cosas, pero también sé lo que es estar en casa sin que el teléfono suene. Conozco esa angustia y no se la deseo a nadie. No me fui a América porque no encontrara oportunidades. Quizá lo hice con el propósito de que mi teléfono lo tuviera más gente. Así, al menos, había más posibilidades de que sonara.



– ¿Cómo vivía esos momentos en los que no le llegaban llamadas?

– En este oficio la paciencia es la cuenta bancaria. Yo me he visto con 20 euros y sin saber qué hacer. En esos momentos piensas que la vida tiene algo contra ti. Si vives esa experiencia varias veces, acabas dándote cuenta de que no es algo personal, sino que esto funciona así: un año haces una serie o una película con la que alcanzas tanta popularidad que no puedes tomarte un café tranquilamente en una terraza, y al siguiente sientes que todo el mundo se ha olvidado de ti. Asumes que este trabajo es así, que cada proyecto supone volver a la casilla de salida. 

 

– Pasó de ser desconocido al éxito mayúsculo de Escenas de matrimonio. ¿Ese debut ha condicionado su carrera?

– Mentiría si dijera que no. Lo que peor he llevado ha sido tener que admitir que un trabajo aplaudido masivamente por el público pudiera perjudicarme. Recuerdo que mi conflicto mental era: “¿Me estáis diciendo que algo que gusta a una brutalidad de espectadores está mal? Perdonadme, pero no lo entiendo”. Y sigo sin entenderlo. No entiendo cómo un personaje popular puede restar en tu carrera, ni que haya que pedir perdón por gustar a la gente. Eso es algo muy español, en otros países no pasa. Aquí etiquetamos y estigmatizamos.

 

– ¿Lo popular tiene menos prestigio?

– Son formas de entender este oficio. Muchos actores sueñan con hacer Otelo de Shakespeare. A mí, en cambio, lo que me fliparía es ser un superhéroe de Marvel y acompañar a mi hijo al cine y que me viera volar por la pantalla. Mi percepción de este trabajo está enfocada a la diversión, a pasarlo bien. Por supuesto que me encantaría hacer una película de Haneke, pero me pregunto por qué el superhéroe está peor considerado. Este conflicto lo he vivido en las escuelas de interpretación. He pasado por muchas. Algunas me han resultado útiles, pero otras me han parecido una cosa de locos, te llevan a extremos que no son necesarios.

 

– ¿Esos conflictos le han hecho dudar en algún momento sobre su vínculo con esta profesión?

– No. Este trabajo tiene cosas muy duras, algunas de psiquiátrico, pero también tiene algo extraño: el día que te pones delante de la cámara se te olvidan todas las mierdas por las que has pasado. Yo no me dedico a esto por la fama ni por el dinero, sino porque realmente me da la vida. Cuando estoy trabajando, siento que doy mi mejor versión.

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