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08-10-2020


“Hay una especie de miedo ante el cine comprometido, pero también interesa”

 

Autor de series televisivas de impacto, con ‘Adú’, su película sobre la inmigración, consolida esa mirada comprometida que preside sus proyectos. Repasamos la trayectoria de Salvador Calvo, seguramente uno de los cineastas más rigurosos con la documentación


JAVIER OLIVARES

FOTOGRAFÍA: ENRIQUE CIDONCHA

Tanto recorrido tiene el refrán “No hay mal que por bien no venga” que don Juan Ruiz de Alarcón ya hizo de él una comedia a mediados del XVII. Una prueba más, casi 400 años después: el madrileño Salvador Calvo recelaba de la fecha del 31 de enero para estrenar Adú, su segunda película, un drama social con la inmigración como aleta caudal y con Luis Tosar y Anna Castillo en el cartel. “Acababan de celebrarse los Goya, y aguantar con una peli hasta la gala del año siguiente resulta difícil”, recuerda Calvo. Llegaron los Óscar… y la pandemia por la covid-19 eclipsó no solo el resto de festivales, sino también los estrenos de la primavera y el verano. El director, de 50 años, extrae cierta dicha de la calamidad. “Cuando se cerraron los cines, a mediados de marzo, llevábamos 6,3 millones de euros de recaudación. No confiaba en tan buena respuesta de público”. Gracias (con perdón) a la pandemia, en Telecinco Cinema adjudicaron más copias para Adú, en lugar de Operación Camarón, cuyo estreno se pospuso.

 

– Gracias a Netflix ha habido una especie de relanzamiento de Adú.

– Las plataformas no dan datos, pero es cierto que ha habido un repunte de interés. Ha funcionado muy bien en Brasil, Argentina, Uruguay, México, Colombia… [muestra su móvil con los pantallazos]. En España fue número uno entre los títulos más populares. Con los mismos métodos de medición, 1898, los últimos de Filipinas no tuvo tanta acogida.


– O sea, que el drama social funciona.

– Se demuestra que hay cosas interesantes que pueden funcionar. Como espectador, habiendo vivido los ochenta y los noventa, echo en falta grandes dramas, tipo La misión o Memorias de África, referencias de cine grande. Gandhi, Pasaje a la India… En estos días que se plantea este tipo de ficción –excepto TVE, que tiene por norma el “dramas, no”–, celebro que las demás cadenas y productoras se atrevan.


– ¿Qué poso le queda del rodaje, hace casi dos años?

– Era todo un reto rodar en África. No había mucho presupuesto, cuatro millones justos, precisamente porque no se confiaba en esa temática. El peso de la peli lo llevan tres niños africanos que recorren su continente de sur a norte, y dos de ellos ni siquiera eran actores. Hubo que buscar a un niño de seis años y hacerlo actuar. Estoy orgulloso de cómo los chavales se lo han peleado y lo han conseguido. Lo malo –es una forma de hablar– es que no entren en candidaturas a los premios. Bueno, así no se ‘estropean’… Viéndolo con distancia, además de que la temática sea atractiva, me parece lo más meritorio del rodaje.



– Su obra en cine y televisión se basa mucho en testimonios, en episodios reales: 1898… (guerra de Filipinas), Niños robados (desaparecidos del franquismo), El padre de Caín (métodos de Intxaurrondo contra ETA), Alakrana (piratas del Índico)…

– Puede ser. Pero hoy no se hace mucho de eso. Hay una especie de susto ante el cine comprometido. Con peliculones como También la lluvia, de Iciar Bollain, te evades: también ese cine interesa. Cuando se ha hecho, ha funcionado. El problema es que entre las nominadas los Óscar está Black panther. ¿Perdón? En los setenta esa película no habría tenido ni una nominación… Se habla mucho de que, tras la huelga de guionistas en Estados Unidos [2007-2008], el talento se fue a las plataformas. Y es cierto que hay cosas más adultas en la tele que en el cine. Al público adulto nos han echado del cine.


– ¿Va usted a las salas?

– Después del confinamiento me obligo porque me encanta. Pero miras la cartelera y apenas hay oferta. He visto Dersu UzalaApocalipsis now redux… y me quedé con ganas de La naranja mecánica. Últimamente ha merecido la pena Under the skin, Tenet ha creado expectación… pero van retrasando las fechas de estreno. Está bien que haya comedias, terror, pelis para niños, pero también los adultos tenemos derecho a ver otras cosas.


– En Adú se trata también la caza furtiva de elefantes. 

– Me gustan los animales. Y me encantan África y Asia, soy un fanático del viaje. Fui socio de Adena y ahora lo soy de Greenpeace. Escuchas historias apasionantes de personas que se dejaron la vida por los gorilas, como Dian Fossey, que murió a manos de los guardas de su reserva, según cuentan. Al hombre blanco le cuesta entrar en la mente de África, como vaticinaba Ryszard Kapuściński en Ébano. Si una tribu come un año entero gracias a hacer la vista gorda a dos furtivos, sus miembros prefieren que maten al elefante. En esa dicotomía se encuentra Gonzalo [el papel que encarna Luis Tosar] con sus guardas. Y en esa visión que tiene el hombre blanco, por encima del bien y del mal, imponiendo su ley en África.



– Buenísimos los actores negros, por cierto.

– El que hace del guarda Kabila, Issaka Sawadogo, está casado con una noruega, vive en Burkina Faso y trabaja mucho en Francia. Eva Leyra y Yolanda Serrano, las directoras de casting, se dedicaron a coordinar todo el proceso, para el que contamos con Cendrine Lapuyade, una especialista en casting de calle, en buscar actores que no lo son. Nos ayudó mucho rastreando en los barrios de París. Tuvimos un candidato anterior para el papel de Massar [un chico de Somalia que se asocia con el protagonista en la aventura de llegar a Melilla] que era perfecto. Se lo encontró en un parque de Marsella donde llevaba tres días. Era somalí y había recorrido Italia tras escapar de dos años en Libia como esclavo. Pero al contactarle, una ONG le había buscado una familia que no era partidaria de que hiciera cine. Y hay que entenderlo: está bien en acogida para salir de su situación. Era parecido al personaje.


– ¿Y el que lo hizo finalmente?

– Adam Nourou es un chico francés de familia de actores, pero procede de las islas Comoras, con un tipo racial distinto. A grandes rasgos, en África hay dos biotipos: uno robusto y grande al oeste, en la zona de Senegal; y el de África oriental, donde la gente es más estilizada: Etiopía, Somalia, Comoras. Como Massar. 


– Es plausible la distancia con que trata usted la situación de la Guardia Civil en la valla de Melilla. 

– Nosotros medimos mucho. Nos documentamos. En este caso nos apoyamos en CEAR [Comisión Española de Ayuda al Refugiado], alguna otra ONG, Adena y la Guardia Civil. Si no cuentas con ella, la Guardia Civil no te permite el uso de sus uniformes ni su lancha. Lógico. Desde el principio dijimos que no haríamos sangre. Quienes han estado en la valla nos contaban sus problemas y el cambio constante de protocolo. “No podéis subir a la escalera”, les decían. Y al tiempo: “Solo la usáis si el de arriba está en peligro de…”. Por mucho que suban la valla para evitarlo, los migrantes seguirán saltando. “Y si ellos arriesgan más la vida, nosotros también”, decían los agentes.


– No es un problema de sencilla solución.

– Hay que percibirlo de otra forma. Si le fueran bien las cosas a todo el mundo en su país, nadie emigraría. Nadie quiere buscarse la vida si está a gusto en su casa. Pero eso no lo entiende todo el mundo. Lo hicimos muy medido. En la serie El padre de Caín, donde contábamos los años de plomo en Intxaurrondo, desde la Guardia Civil reconocieron que hubo torturas. En Adú tenía claro que contaría lo que se está viviendo desde distintas miradas. Empatizas con todos, incluso hay una parte del discurso más retrógrado de los agentes que aprobarías, aunque lo respalde la ultraderecha. Las buenas películas deben plantearte cosas


– De hecho, lo consigue en todas sus historias (1898…, Alakrana, El padre de Caín…). 

– Lo interesante es que te genere reflexión. Me decía un compañero, productor en Adú: “¿Qué hago yo por ayudar a esta gente?”. El hecho de que se lo plantee ya está muy bien. “Sabes qué? Me he encontrado al mantero pidiendo y le he preguntado de dónde es. Me ha contado su vida y nos vemos todos los días”, me comentó al tiempo. “Pues ya está, has puesto cara a un fenómeno que te era lejano”. Nadie tiene la clave para arreglar esos países, con la corrupción y la carga del colonialismo que sigue habiendo. Todos sabemos que la guerra del Congo tiene detrás la disputa por el coltán. Los cascos azules de la ONU solo están para evitar que haya accidentes mientras se extrae ese mineral. Es tan vergonzoso como eso. Intereses económicos.



– ¿Usted prefiere no ser guionista?

– Trabajo con los mejores, tengo esa suerte. Durante el proceso de documentación y arranque del proyecto ‘parimos’ juntos. Vamos viendo lo que nos gusta y lo que no, incluso en tele. Pero no suelo ponerme a ello, solo corrijo. Soy muy fiel a Alejandro Hernández, es de los más grandes.


– Hernández también es habitual de Martín Cuenca y Mariano Barroso. ¿Qué le aporta?

 …Y ahora, también de Alejandro Amenábar. Hernández dialoga de la leche, sus diálogos son una maravilla. Y hace personajes increíbles. “Salva, vamos al tema”, suele decir. Y lo clava. Cuando te pones a hacer la italiana [mesa italiana o ronda de lectura de guion con los actores previa a los ensayos], nadie te cambia una coma. Vamos contando, apuntando, apuntalando. Intelectualmente vas perfilando el guion. Y luego empiezan los ensayos. Es un crack. Ojo, también he trabajado con Michel Gaztambide, con quien hice El padre de Caín, y es una maravilla. O con Jorge Gerricaechevarría en Alakrana. O con Elena Medina en Niños robados. O con Antonio Hernández y Carmen Pombero, con quienes hice Hermanos. Ha sido un gustazo con todos. He tenido la suerte de contar con muy buenos guionistas. La clave es estar en el proceso inicial.


– Da la impresión de que le obsesiona la documentación.

– Si no soy así de excesivo, tengo inseguridad. Me documento sobre todos los asuntos igual que lo hago sobre el clima o los métodos de la valla de Melilla. Acabas siendo un contestador de preguntas sobre el tema, y cuanto más seguro vayas, mejor.

 

   Salva Calvo se incorpora y regresa con un voluminoso guion-carpeta con todo tipo de apuntes, storyboards, recortes de prensa y de internet. Es un compendio exhaustivo de lo que ha emanado de su cabeza desde que concibió Adú. “El título iba a ser este: Un mundo prohibido”. Lo señala. “Esto que ves es la escaleta de color, con todas las tramas simultaneadas”. Hay recortes del recorrido por Benín, donde se rodó la cinta, con todos los ecosistemas del país. “También hubo escenas en Marruecos o Murcia, e interiores en Madrid”. Su dedo recorre fotos, apuntes, dibujos. Lo que se dice un currazo. Incluso de la maqueta del elefante muerto que hizo Raúl Romanillos, al frente de los efectos especiales. “La esculpió en poliespán. Es un crack”. No es Calvo precisamente celoso de tan puntilloso acopio de material documental. “Según voy haciendo páginas, las escaneo y se las mando a los jefes de equipo”, asegura.

 

   El tocho ha sido también víctima de la pandemia: “Escribo y dibujo con Pilot Frixion [bolígrafo de tinta borrable], que se desvanece incluso al sol. Y ha estado expuesto tres meses, abierto por algunas páginas, en el escaparate de la librería Ocho y Medio. Se me estaba borrando”. Y otra anécdota que se puede contar gracias a esta afición del cineasta: “Como en Marruecos no se permite rodar nada relacionado con la inmigración, en el control de aduana dije ser ‘profesor’. ‘¿Y usted?’, le preguntaron a otro del equipo. ‘Médico’, respondió. Y de repente nos conducen al cuarto de revisión de equipaje y materiales. Llevaba este guion. Salí del trance como pude: ‘Es que soy profesor, pero de cine’. Y al hojear el contenido… bronca, tensión, pollo. Creían que éramos del CNI, espías o terroristas. Nos salvó que googlearon nuestros nombres. Al comprobar que yo era director de cine y que uno de los de producción había sido nominado a los Goya, se suavizó la situación y nos dieron paso. Menos mal. Hubo un momento duro con la guardia real marroquí”.

 

– ¿Siempre es así de riguroso?

– Claro. Sirve para hacer creíble todo. Tocas asuntos delicados. En 1898… nos atacaron porque mucha gente de derechas tenía como única referencia una película de 1945, una historia colonialista y nostálgica. Era de un íntimo amigo de Franco [Antonio Fernández Román] que participó luego en el guion de Raza. Eso hizo que criticaran nuestra visión, más parecida a la realidad. Detrás de la guerra había un trasfondo económico. En nuestro imperio no se ponía el sol, se decía, pero ya no daba beneficios, y los que mandaron allí no eran los más capacitados, porque los mejores iban a Cuba. En Imán, la primera novela de Ramón J. Sénder, se cuenta que a la guerra de África iban los pobres. Lo mismo que a Filipinas. Y, además, no tenía sentido permanecer allí un año después de la rendición de tu país. Es el sinsentido de las guerras.



– Ya nunca va a hacer una película sin Tosar. Lo sabe, ¿verdad?

– No me importaría [sonríe]. Es un grandísimo profesional, y mejor compañero de viaje, porque ambas películas han sido fuera, en situaciones especiales. Le adoran los técnicos y el resto del equipo.


– ¿Siempre decide usted los actores?

– Hay veces que las estrellas aterrizan antes que tú en el proyecto. A mí me gusta mucho trabajar con los actores. No tengo problemas y me adapto a casi todo. En televisión eso es habitual, pero en cine sí negocias. En ambos largos yo peleé por Luis Tosar. Y en 1898…, tanto Pedro Costa, productor ejecutivo, como yo, estábamos de acuerdo en que tenían que estar los mejores actores del momento, como lo estaban en la peli de 1945. Convencimos al productor, Enrique Cerezo, para que estuvieran Carlos Hipólito, Eduard Fernández, Karra Elejalde, Javi Gutiérrez y Luis Tosar. Ni en mis mejores sueños. Y con los de la nueva generación tampoco me equivoqué.


– ¿Qué tiene Anna Castillo, que se la disputan?

– Que es buenísima, tiene un coco impresionante. Lo tiene todo. Los grandes intérpretes son muy inteligentes y saben empatizar, entender las situaciones y comprender el personaje. Lo fundamental de un actor es la inteligencia. Y ella tiene una naturalidad que le permite estar siempre bien. No es nada problemática, algo inherente a los buenos. He tenido más problemas con actores menos buenos [risas]. El ego les impide ser como aquellos. Trabajando con Eduard, Javi, Luis, Carlos… nunca hubo un problema. Me ayudaron en situaciones de rodaje delicadas, como estar largo rato con el agua hasta la cintura en un río de Guinea Ecuatorial. Y, además, dando ejemplo a los chavales. 


– Le falta trabajar con Antonio de la Torre.

 ¡Hombre! Claro que me gustaría hacerlo. Y con Javier Bardem [risas]. Una de las cosas que más me duelen es haberme perdido a Fernando Fernán Gómez.


– Por cierto, Bardem es del método Corazza, como usted. 

– Juan Carlos Corazza es un gran maestro. El método me gusta, me parece muy interesante. Pero el actor también tiene que estudiar de otra manera, saber reaccionar de cualquier forma, no solo a la propuesta que le hacen. Invito siempre a los actores a enriquecerse de distintas corrientes, a estar preparados para acoplarse a lo requerido en ese momento. Mi maestra fue Alicia Hermida, nada corazziana, por así decirlo. Como director debes estar preparado para dirigir a todo tipo de actores. Debes tener la habilidad de poder dirigirlos, de pedirles cosas, sabiendo lo que pides. Concha Velasco cuenta a menudo que, en un rodaje con Berlanga, ante una toma mala, se oía desde el combo: “Maaaaaaal, muy mal”. “Pero, ¿cómo lo hacemos, Luis?”. “Pues bien, joder, bien”. [Risas]. Es vieja escuela, pero… qué auténtico. Yo intento comunicarme con ellos de la forma que sea. Así puedo llegarles. 


– ¿Qué aprendió de Pilar Miró en la dirección de actores?

– Era muy dura con ellos, seguramente, pero si el actor es inteligente, conecta. A mí me gustaba mucho. Tenía gran cultura, habituada a la lectura de clásicos, y gran ojo al decidir a los actores. Se cuidaba mucho de ir a teatro, de decidir repartos.


– ¿Algún actor le ha mostrado un registro 360º distinto a lo requerido?

– No suele ocurrir. Yo soy muy de ensayar antes, y los ensayos sirven para desengrasar la relación, para que ellos no perciban mis comentarios como una crítica, sino como una forma de trabajar en equipo y mejorar lo que hacemos ambos. Normalmente lo consigo en los ensayos. Ya no hace falta pegar el grito de Berlanga desde la sombra. “¿Te acuerdas lo que hablamos? Intenta darle un poco de emoción a ese momento”. De ese diálogo puedes llegar a cosas. Y creo que al final de esas conversaciones el actor no se arrepiente de nada. Todo es negociable, claro, incluso el convencimiento sobre un personaje.



– Dentro de un año, con o sin pandemia, ¿cómo visualiza la industria? ¿Seguirá la tele tirando de las palomitas?

– Creo que entramos en un mundo global muy regido por las plataformas. Para mal o para bien, cada vez va a haber más intervención, pero para mercados más globales. El cine seguirá interesando. Me encantaría que la gente fuese a las salas a ver cosas que no solo sean terror y comedias. Pero vienen tiempos buenos. Pertenecemos a un sector que salió jodido de la anterior crisis, pero gracias al talento estamos encontrando un lugar en el mundo. Álex Pina y La casa de papel. O Élite. O El hoyo. Almodóvar, Amenábar. Se está consiguiendo un interés internacional hacia lo que se hace aquí. Y en español.


– ¿Se ve haciendo un thriller sin un episodio real como base? 

– [Sonríe]. Claro que sí. Después de Motivos personales [2005], claro que puedo hacer trhiller. Con Alejandro Hernández tenemos varios proyectos: uno de terror psicológico, otros más de aventuras… Una de las cosas con las que más me he divertido fue con Hansel y Gretel, con Blanca Portillo y Marcel Borràs. Nos reímos muchísimo haciéndolo, y eso que era terror. Con el terror te ríes mientras lo haces. 

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