twitter instagram facebook
Versión imprimir
24-08-2021


Sergio Caballero

"Tengo la suerte de que no me hayan llamado solo para hacer de bueno o de malo"



La trayectoria de este reivindicativo artista va camino de las tres décadas. Hijo de una familia religiosa, la rebeldía de dedicarse a la interpretación le salió bien. No es amigo de los egos exacerbados. Tampoco le gusta repetirse en lo que ya sabe hacer; prefiere que le expriman. Y reclama un audiovisual potente para la Comunitat Valenciana



CARLOS PÉREZ DE ZIRIZA

FOTOS: ROCÍO PEÑA

Versátil, camaleónico, todoterreno. Son algunos de los adjetivos que proliferan si alguien tiene que describir los atributos de un actor flexible. Pero bastan 20 minutos de charla con Sergio Caballero (Vila-real, Castelló, 1975) para darse cuenta de que, en su caso, cualquier calificativo de ese calibre no solo es lícito, sino que hasta se queda corto. Pocas veces este entrevistador se ha enfrentado a alguien capaz de pasar de un semblante radiante y risueño, con el que le imaginaríamos protagonizando cualquier desternillante comedia, a otro mucho más adusto, con el ceño fruncido, la mirada turbia y un punto perverso. Depende del tema de conversación. Si la cara es el espejo del alma, y todo esto ocurre durante una distendida conversación, piensen de qué puede ser capaz tras escuchar el chasquido de una claqueta o en un escenario. 

 

   Caballero ha hecho de todo. Subió el telón a las órdenes de Antonio Díaz Zamora en Las sirvientas (Jean Genet), que le valió el premio al mejor actor en la Mostra de Teatre de Barcelona en 2007. Acumula series como Nissaga de poderPorca misèriaEl cor de la ciutat o Infidels (para TV3); ManiàticsAutoindefinits L’Alqueria Blanca (para la extinta Canal 9); La Vall (en À Punt) o El secreto de Puente Viejo (Antena 3). En la gran pantalla le avalan películas como Benvingut a Farewell-Gutmann (Xavi Puebla), Son de mar (Bigas Luna) o Coses a fer abans de morir (Cristina Fernández Pintado y Miguel Llorens). Esta última y la obra teatral L’abraçada dels cucs (dirigida e interpretada por él junto a Paula Llorens) han sido dos de sus últimos proyectos, pero la entrevista acaba extendiéndose hasta los 40 minutos al hilo de toda su carrera. Y para días enteros daría una charla con él sobre la interpretación y cómo esta proyecta las luces y las sombras de la condición humana. Estamos con un clásico de la escena valenciana… y española.


– ¿En qué momento se dio cuenta de que se dedicaría a la interpretación? ¿Cómo lo asumió su familia?

– Me di cuenta en el instituto. Me había estrenado de muy pequeño en teatro, allá por 1988. Pero tomé la decisión después de escogerlo como asignatura de libre elección en el instituto. Con una profesora que se llamaba Adorada y otro que se llamaba Juanjo Cortina tuve la posibilidad de hacer Tres sombreros de copa y Los cuernos de Don Friolera. Pensé que este oficio era jugar. En casa dije que estudiaría Arte Dramático en Barcelona y así vería cómo se me daba. Se lo tomaron mal. Soy de una familia cristiana, mis padres incluso hablaron con el cura. Ahora ya lo tienen asumido, pero nunca olvidarán la primera vez que me vieron subido en unos zancos [risas]. Estaba interpretando papeles femeninos en el teatro de calle. Para mi madre, actuar era cosa de putas y maricones. Tal cual. Ante su actitud, hice como un mes de huelga de abrazos en casa. Con ese levantamiento, esa toma de la Bastilla, entendieron que no era una tontería. En esta vida tenemos que tomar nuestras propias decisiones. Al poner el pie en el tren para irme a Barcelona tuve la sensación de que no habría vuelta atrás. Y desde 1994 llevo en esto



– Tuvo también formación musical, que luego explotaría en la serie autonómica Unió Musical Da Capo (2009).

– Mis padres nos llevaban a solfeo. Hice guitarra, preparatorio de piano, estaba en una coral… Esas nociones te ayudan a hacer de todo en tu vida de actor. Una vez le pregunté a una amiga que estudiaba Medicina si podía entrar a diseccionar cadáveres. ¡Y era feliz! Soy muy curioso. Eso es importante para esta profesión. Tiras de recursos. 


– Teatro, cine, televisión. ¿Qué nivel de gratificación le aporta cada formato?

Empecé en el teatro de calle. He mamado lo que es montar, desmontar, viajar, el contacto con el público… y eso me ayudó a tener una percepción bastante amplia de la profesión, a saber que era muy sacrificada. En Barcelona empecé a trabajar en series. Más tarde llegó el cine. No se puede tener tres amantes a la vez, por eso no podría escoger solo uno entre todos. Pero el proceso de cocción que te da el teatro no te lo dan el cine ni la tele, salvo que se trate de una macroproducción en la que tengas garantizados los ensayos. Y el contacto directo con el público, la adrenalina, no te lo da el audiovisual. Aunque ese momento en el que dicen “¡Acción!” y se congela todo es un instante mágico. Siempre recuerdo cuando oí por primera vez el motor de 35 mm, con Xavi Puebla y Vicky Peña [en Noche de fiesta].  Pero el teatro tiene esa cosa venenosa de la que carecen los otros.


– ¿Hay algún tipo de papel que le habría gustado afrontar y no ha podido?

– Sinceramente, no. He tocado varios palos, y en todos me he sentido muy a gusto. Tengo la suerte de que no me hayan llamado solo para hacer de bueno o de malo. Esa ambigüedad, el hecho de no tener un físico muy marcado, me ha favorecido, aunque también puede ser una dificultad, pues te sitúa en un limbo. Empecé haciendo drama en Barcelona, y cuando volví a València me curtí en series como Autoindefinits o Maniàtics y haciendo comedia con Albena Teatre. Pensaba que, como aquí solo se me conocía por la comedia, quizá eso me limitaría, pero no fue así. No me siento encasillado. Por edad, tengo un abanico bastante amplio de personajes. Hice de Hamlet en 2013. Y de Romeo. Nunca sabes las vueltas que da la vida. Ojalá lo mejor esté por venir. Espero que puedan llegar cosas que me expriman. Que me lleven a límites. Me gusta que me exijan. No me gustan los directores que escogen a determinado actor porque siempre les funciona en el mismo tipo de papel.



– Hablando de directores, ¿de cuál ha aprendido más de entre todos con los que ha trabajado?

– Hay directores y profesores. Tuve a Boris Rotenstein, con una manera de trabajar muy lenta, pues es muy minucioso. O a Txiqui Berraondo, muy diferente a Boris. Eran polos opuestos, de norte a sur, lo cual me dejaba un recorrido amplísimo. De Boris Rotenstein y Carles Alfaro he aprendido a mantener el equilibro cuando soy director y actor al mismo tiempo, como en la obra teatral L’abraçada dels cucs (2021). En cine, Bigas Luna te dejaba hacer: era su manera sutil de llevarte adonde él quería sin que hubiera de por medio exigencia palpable. Belén Macías, con quien hice Juegos de familia (2016) junto a Juanjo Puigcorbé y Vicky Peña, también exigía mucho. Ella tiene cosas que comparto: no permite que el actor se decante por lo que ya sabe hacer y le obliga a que lime los tics. Los actores estamos muy cargados de tics. Nos refugiamos en nuestra zona de confort, pero yo huyo de eso. Por eso creo que he podido hacer cosas diferentes, y si he tenido que decir que no a algo, lo he hecho. Y adoro a Xavi Puebla, que me dio la oportunidad en el cine con Noche de fiesta (2002). Trabajé con él en sus dos pelis siguientes. Es de los directores que no tienen esa fortuna que a veces hay que tener en este oficio.


– ¿Cómo encaja las críticas y los galardones?

– Lo relativizo bastante todo para no darle demasiada importancia. Son opiniones de la gente. A algunos no les gustaré y otros valorarán mucho mi trabajo. Pero tampoco intento gustar. Me da igual la entrega de premios a actores: esto es un oficio de engranaje. Los egos no me gustan, los llevo mal. Sí he tenido la suerte de caer en proyectos que me han dado la oportunidad de adquirir cierta visibilidad. Aunque ojalá los premios vinieran acompañados de curro, porque tengo más trofeos que trabajos en el currículum. Los reconocimientos de la propia profesión o del público son bonitos. He ganado premios que considero que merecían más otros nominados. Y creo que he recibido algunos simplemente porque mi papel era el más visible. Tuve la suerte de trabajar con Laia Marull. Es alguien que ha pasado por épocas en las que no ha trabajado pese a que tiene tres Goyas. Un premio no te garantiza nada. Sí te infla el ego durante la noche, pero al día siguiente te despiertas… y a seguir trabajando.



– Una de sus últimas series es La Vall (À Punt), que tiene un perfil parecido al de la mítica L’Alqueria Blanca. Son historias universales con componente valenciano. ¿Es esa combinación la clave de su éxito?

– Está todo inventado. Tengo la sensación de que Shakespeare ya lo escribió todo. La gente va de moderna por la vida, pero es mejor no abanderarnos de nada. ¿Sabes lo que creo? Que ambas series funcionan porque pensamos que el público de À Punt tiene que ser de edad avanzada. Siempre nos gusta oler a nostalgia, y aquello que suene antiguo o rural, parece que tira más. Pero también hay historias como Fariña (2018), y aunque aquí tengamos nuestras realidades que contar, no hacemos algo así. No nos damos la posibilidad de soñar un poco más allá. Ahora ha entrado la tele a la carta con sus producciones, y el error es que La Vall no esté en una plataforma. Me parece un poco provinciano que tengan que generarse equis capítulos solo para que se consuman en la Comunitat Valenciana. Nos hemos abierto al mundo, y aún más tras la pandemia. La tecnología y los modos de consumo se han disparado. Hemos de ser más ambiciosos. Todos tenemos prejuicios con las series españolas, pero… ¿por qué verlas con prejuicios si quizá te estás tragando una producción americana que en absoluto es la leche? Se hace mucho fast food, no se cuida el producto. 


– De hecho, Antena 3 prepara una serie sobre la Ruta del Bakalao con un equipo que no es valenciano.

– Como ya pasó con Crematorio (2011), la serie protagonizada por Pepe Sancho, que creo que tampoco era producción de aquí. ¿Podemos querernos un poco? Pero no querernos desde el ego, sino desde la autoestima. En València tenemos arrancada de caballo y parada de burro. Nunca acabamos de creérnoslo. El gobierno autonómico tiene que ver en esto una industria, como las naranjas, el azulejo, el automóvil… Llega un punto en el que te sientes un pedigüeño. Las subvenciones están bien, pero no se trata de eso. Se trata de que apuesten. Y lo primero es que los productores apuesten por el talento de aquí, desde directores a actoresCoses a fer abans de morir (2020) es de las pocas películas hechas con material valenciano en todos los sentidos. ¿Podemos, por favor, crear una infraestructura audiovisual valenciana? 



 Lo último que ha hecho es dirigir L’abraçada dels cucs, un texto de Paula Llorens sobre dos suicidas. A esos dos personajes les ponen cara ustedes mismos. ¿Hay que normalizar el tabú que continúa siendo el suicidio?

– Según Paula, escribió el texto de Miquel pensando en mí. Encarno a un profesor cuya homosexualidad no fue aceptada por sus padres y que siempre ha intentado dar a los jóvenes un arma para luchar: los libros. Pero se siente defraudado. L’abraçada dels cucs transita del humor al llanto cómplice sin ser angustiosa. Es una comedia que no hace broma del suicidio, sino humor. Lo que ocurre con el este tema ya pasó antes con la homosexualidad, el cáncer o la eutanasia. A la sociedad le dan miedo estas cosas, aunque cada 40 segundos alguien se quite la vida en el mundo. Dos tíos míos se suicidaron a los setenta y pico años. También debemos tener libertad para decidir cuándo acabar con nuestra existencia, estemos bien o estemos bien o estemos mal


– Justo antes había rodado el filme Coses a fer abans de morir (2020). 

– No sé si es porque me hago mayor o porque los astros se alinean, pero en los últimamos tiempos estoy trabajando temas como la muerte, el suicidio… Mi personaje en esa cinta es Sam, un tipo de 41 años que tiene un tumor cerebral sin solución. Pero la historia es un canto a la vida y a la amistad. Él pone en jaque a sus amigos un fin de semana para que hagan realidad sus deseos. Tuve la suerte de recibir la Mención Especial del Jurado al reparto [en el Festival de Alicante] junto a Cristina Fernández Pintado y Àngel Fígols. Fue bien acogida, estamos muy contentos.



La asignatura pendiente de salir mejores del bache

La pandemia ha sido una de las cosas que más han puesto a prueba la fe de los profesionales de la cultura en el ser humano. Sergio Caballero es abiertamente optimista, pero no tiene un pelo de tonto: “No pierdo la ilusión porque me rodeo de las cosas que me gustan. Pero no llegamos a aprender nada, son demasiados años demostrando continuas meteduras de pata. No tiene que venir una pandemia para que aprendamos a ser resilientes. Cuanto más avanzamos a nivel tecnológico, más perdemos la esencia humana: no veo empatía por ninguna parte, y eso que le pongo ilusión. Pasa en el trabajo, en la familia, en los amigos. Te llevas decepciones, no tanto por lo que esperas, sino porque falta nobleza, honestidad… Mucha gente sale huyendo y no entiendes por qué lo hacen. Es un enigma”, comenta al respecto.


Como actor, encajó la llegada del Covid-19 como otra de las pruebas de fuego a las que se enfrenta el sector desde tiempos inmemoriales. “En lo económico, podía permitirme el lujo de aguantar todo el año, pero me sentí insultado por las declaraciones del ministro de Cultura, y es de las pocas veces que me ha pasado. No me gustó cómo nos trataron, ese vacío en la cultura", se queja sin disimular. Hasta que en enero de este 2021 intervino en Dinamarca, una obra de Rodolf Sirera que dirigía Carles Alfaro: "Eso me despejó la mente. Aunque ya tenía plato, techo, cama y me sentía querido. Sería cínico por mi parte decir que soy uno de los damnificados por la pandemia. Pero es cierto que esto supone otro jaque mate para nuestro sector”.

Versión imprimir

Contenidos Relacionados