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23-06-2020

Archivo AISGE (2017)



SIMÓN ANDREU

 

“Siempre he sido un galán atípico, en mi primera película ya era el asesino”

 

Cambió un futuro como carpintero o herrero en su pueblo por la vida de actor en Madrid. Pronto estaba rodando en París, se convirtió en talismán para Eloy de la Iglesia, una secuencia suya inspiró a Tarantino en ‘Pulp fiction’ y fue el primer español en la saga de James Bond


GUILLERMO ESTEBAN

FOTOGRAFÍAS: MIQUEL JULIA

La entrada a Sa Pobla, un pueblo en el corazón de Mallorca, la flanquean campos de patatas. Huele a tierra fértil. Simón Andreu, uno de nuestros actores más prolíficos, nació aquí un 1 de enero de 1941. De aspecto jovial a sus 76 años, conversa sin ningún tapujo y goza de una memoria prodigiosa. Sus vecinos le aprecian. El alcalde acude al estadio municipal con una rebeca que le ha dado la mujer del Andreu para que no pase frío durante la entrevista. Cuando era joven, preparaba sus carreras de triatlón con el Poblense. “Quedé subcampeón de España, fui de los primeros federados”, recuerda. Mientras pisa el césped, lamenta la falta de una escuela de teatro en esta localidad de 12.000 habitantes: “Es una pena. Muchos niños no quieren dar patadas a un balón”. 

 

– ¿Nunca quiso jugar al fútbol?

 

– Vengo a los campos de fútbol porque de pequeño huía de ellos. En mi calle había unos chavales que sí jugaban y yo iba por la calle de atrás porque te pegaban un balonazo. O te empujaban. No respetaban nada. 

 

– ¿En qué momento comunicó a su familia su vocación interpretativa?

– No se lo dije, yo ya era actor. De niño era histriónico: cantaba en el coro de la parroquia, tenía un tambor con el que imitaba al pregonero, me asomaba a las ventanas de mis vecinas…

 

– En los años sesenta su padre le ofreció trabajo.

– Como iba a repetir curso, me puso ante la terrible disyuntiva de ser carpintero con el tío Guillermo o herrero con el tío Mateo. Al final elegí la mili y luego me fui a Madrid.

 

– ¿Por qué a la capital?

– No lo sé. Empecé vendiendo aspiradoras. Intenté trabajar en el cine al enterarme de que en el hotel Castellana Hilton hacían un casting de extras para la película Rey de reyes. Me animé a acudir, pero solo cogían a chicos rubios para que hicieran de romanos. Y agradezco aquella negativa: entré en esta profesión sin haber pasado por el peaje de hacer de figurante.



– ¿Cómo fue su debut?

– Fui de visita a los estudios madrileños Cinearte y salí contratado. Un ayudante de un ayudante le dijo a un amigo que yo era actor. Le contesté que simplemente era aficionado. Me dio una secuencia para estudiármela, me la aprendí y el director me hizo la prueba. El representante Luis Sanz me pidió un número de teléfono y negoció con la productora. Por aquella sesión me pagaron 3.500 pesetas… y yo pagaba 700 en la pensión. Pero la cosa fue a más. Sanz me preguntó si tenía traje, para así presentarme a Agustín Navarro, quien iba a dirigir un filme. Había visto la prueba y quería conocerme. Nada más verme, Navarro se levantó para decirme con su tartamudez: “‘Cha-a-a-a-val, vas a-a-a hacer mi película”. 

 

– ¿Cuál era su título?

– Cuidado con las personas formales. Tuve la suerte de que Jesús García Gárgoles, el jefe de producción, me llevara a un rodaje a los estudios Orfea de Barcelona. La protagonista, María Martín, se llevó a unas amigas para que hicieran de extras, una de ellas era francesa y me puse a hablarle en su idioma. Cuando volví a Madrid representé en el Eslava mi primera obra de teatro, y Gárgoles fue a una función para darme una gran noticia: un director vendría de Francia y buscaba un actor que hablase francés y no fuera rubio. Y es que todos los galanes españoles en aquella época eran rubios y con ojos azules [risas]. Yo era una rara avis. Manolito Gil, Larrañaga y los demás no hablaban francés. Me presentaron a François Villiers y me contrataron, así que me fui a París y rodé Un balcón sobre el infierno.

 

 La novia ensangrentada, de Vicente Aranda, le catapultó. 

– Es una película mítica, la ponen en festivales por todo el mundo. Tarantino estuvo en el de Sitges hace unos años y dijo que era una de sus cintas favoritas. Le encantaba la secuencia en la que yo mato a las dos chicas, y confesó que se inspiró en ella para una escena de Pulp Fiction.

 

– ¿Qué sintió?

– Que Tarantino se haya sentado a ver una película mía es un triunfo.



– A las órdenes de Eloy de la Iglesia ha aparecido en bastantes títulos.

– Entré en su mundo un poco impuesto. Eloy era comunista y tenía mucho apego a sus compañeros del partido, quería hacer la película con su gente, pero el productor quiso que estuviera yo y al final tuvo que tragar. Como la experiencia fue bien, después repetimos más veces.

 

– Rechazó un papel de Almodóvar porque se encontraba en Australia. ¿Se arrepiente?

– No. No podía dejar el filme en el que estaba actuando. Si trabajas en un bar cualquiera, le puedes decir al dueño que se ponga el delantal porque te ha salido una oferta en un hotel de lujo, pero en el cine eso es impensable: quitas tu cara y se para la película. Un rodaje es sagrado. Yo dejo el plató para ir a hacer pis y le pido permiso al ayudante de dirección


– Fue el primer español con licencia para actuar en la saga Bond. Encarnó al malvado Dr. Álvarez en Muere otro día. ¿Cómo surgió ese reto?

– Trabajé en Inglaterra con quienes se encargan de los castings para las películas de James Bond. La siguiente era Muere otro día y me llamaron. 

 

– La secuencia en la que le mata Halle Berry es breve. ¿Es a la que más alegrías le debe?

– No. Me han dado satisfacciones muchas escenas en filmes pobres. Pobres de verdad. Incluso a las órdenes de algún cineasta amateur he disfrutado tanto como con Halle Berry.

 

– Pongámonos a imaginar: usted graba en Mallorca para un cineasta local y de repente llama Tarantino. ¿No abandonaría el proyecto?

– No, no. Si un chaval ha confiado en mí, nos encontramos en plena filmación y me contacta Tarantino, solo me voy si me lo suplica el chaval. Si veo en su carita que le he jodido los 1.000 euros que tenía para la película, no me cuesta resistir la tentación. Para mí es igual de sagrado hacer un corto para alguien que está empezando que un largometraje con Tarantino

 

– El director Luciano Ercoli le describió como el actor perverso del cine español. ¿Cómo ha sido la transición de galán a perverso?

– Bueno, siempre he sido un galán atípico. En mi primera película con ese rol ya era el asesino. 



– ¿Cuál es su vínculo con los Goya?

– Tengo una relación muy rara con la Academia de Cine. No me invitaron hasta que los premios llevaban ocho o nueve ediciones.

 

– ¿Y por qué contaron con usted en ese momento?

– Porque necesitaban dinero. De ahí que quisieran ampliar el número de académicos. Mi antiguo banco cerró unos años atrás y me pasé a La Caixa, mi domiciliación se traspapeló y me borraron de la Academia. Pero no voy a los Goya porque la gente no se corta y te empuja para hacerse una foto. Es una putada. Cuando empecé en esta profesión, los ministros de Franco entregaban los premios sindicales. Nos dieron un galardón al mejor equipo artístico por Siempre es domingo y todos los actores subimos para la foto. No llegué el primero para salir en el centro, pero tampoco llegué el último para estar a un lado. Y cuando hicieron la foto, yo estaba atrás, a un lado y casi en el suelo por los empujones que me dieron. Pensé: “Macho, en tu puta vida te pelees para salir en una foto”.

 

– ¿Jamás pensó en dirigir?

– No. Es un trabajo serio, requiere mucha fuerza y capacidad de mando. Desde que llegas hasta que te vas a casa es una carrera de obstáculos continua. 

 

 Raúl Arévalo se atrevió y salió airoso con Tarde para la ira.

– Porque tendrá mentalidad de director. Yo soy incapaz de decirle a un compañero cómo tiene que hacerlo. 

 

– ¿Faltan subvenciones en el cine español?

– Sí. De una manera u otra. Falta protección. Que haya un título español en nuestras propias salas es un milagro. Y aquí se hace buen cine. Recuerdo que fui a un pase de La lengua de las mariposas, y la ponían a las tres de la tarde, mientras que el resto de la cartelera lo copaban cintas americanas de quinta división. Si te ponen Lo que el viento se llevó, dices: “¡Olé tus cojones!”. Pero antes que ver una mierda americana, prefiero una buena historia española o incluso una mierda de aquí, ya que al menos veo a un obrero vestido de obrero. En las producciones de Hollywood ves a un obrero que va con un Cadillac.

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