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¿Quién nos contará la crisis del coronavirus? ¿Quién llegará, a través de la cámara o el teatro, al tuétano del sufrimiento causado? ¿Será comedia o drama? Es difícil creer que desde el Hollywood actual surjan miradas tan lúcidas y geniales como las de Wilder o Lubistch; más bien me temo que la pomposidad y la solemnidad de escuela Spielberg se impondrá.

 El coronavirus proporciona una oportunidad a la decencia política y un nuevo reto a los creadores. Ante una peste real que amenaza la salud de ricos y pobres, en el ambiente flota un aire de sobriedad. Ojalá se acerque el San Martín de los cínicos. 

Los equipos de películas y series acostumbran a encerrarse dos jornadas en un hotel para conceder decenas de entrevistas cortas, una práctica que idiotiza por igual a artistas, periodistas y potenciales espectadores. La precariedad profesional de los informadores se ve reforzada por la presión del 'clickbait', esos titulares sensacionalistas que solo persiguen conseguir visitas. Por eso, la rebeldía y responsabilidad individual vuelve a ser, como siempre, un potente y nada desdeñable instrumento para evitar que el arte se convierta en un producto de usar y tirar. 

Todavía hay días en los que parece que el macho tóxico anda suelto y legitimado. ¿Cómo convencerlos para que cambien de bando? La capacidad transformadora de la ficción es la herramienta que proponen algunos cineastas, porque todo empieza por atreverse a mirarse las entrañas. Las películas masculinas que cuestionan el veneno del patriarcado tienen dificultades para triunfar en taquilla, pero la igualdad pide paso y el pasado ha dejado de ser una eximente. Que cada palo que aguante su vela: necesitamos que, de ahora en adelante, los hombres aguanten la suya.