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06-05-2022


Sonia Almarcha

“Soy una actriz de distancias cortas”



De niña plasmó en una carta a su madre su deseo de hacer películas. Recientemente ha disfrutado de su primera nominación al Goya por ‘El buen patrón’. A los 13 ya había pisado el escenario, y aún sigue sin aguantar demasiado tiempo sin la adrenalina del teatro. Con lo aprendido de muchas escuelas distintas ha creado su propia técnica


ISMAEL MARINERO MEDINA

FOTOS: ENRIQUE CIDONCHA

“Si no sabes adónde vas, ningún camino es bueno”, escribió Rafael Chirbes, el novelista que demostró mayor lucidez a la hora de radiografiar cómo la corrupción corroe el poder y la sociedad que lo sustenta. Sonia Almarcha, actriz versátil como pocas, sabía desde muy pequeña adónde iba, por eso todos sus caminos han sido buenos. Esta alicantina ha hecho (casi) de todo: zancos, malabares, magia, teatro de calle, títeres, teatro, televisión, cine… Sin miedo y sin plan B. Disfruta de sus personajes como si fueran el primero o el último, y cada vez que tiene ocasión vuelve a las orillas de Chirbes, a propuestas con trasfondo crítico, como El buen patrón. El largometraje de Fernando León de Aranoa le ha brindado su primera nominación al Goya, en la categoría de actriz de reparto.


– ¿En qué momento supo que lo suyo era la interpretación?

– Lo mío viene desde muy chiquitita. De hecho, en mi casa tengo enmarcada una carta que le escribí a mi madre con ocho o nueve años. Ella la guardó durante mucho tiempo y me la dio de mayor. Había dibujado un ciervo en el sobre y dentro ponía: “Quiero que me lleves a Madrid a hacer una película. No se lo digas a nadie, contéstame en privado”.


 ¿Y de dónde venían esas ganas de hacer una película?

– No tengo ni idea. En mi familia no hay nadie que tenga relación con el oficio. Yo no me acuerdo, pero mi madre dice que los fines de semana los sentaba a todos en el sofá, me subía encima de la mesa del comedor y decía: “Voy a contaros una historia”. Cuando estaba en la adolescencia me metí en un grupo de teatro de Pinoso, el pueblo de mis padres. A los 13 años me subí al escenario por primera vez y ya no me bajé.



 Cuando interpreta papeles secundarios o de reparto, ¿se plantea cómo puede aportar desde ese lugar alejado del foco principal?

Cuando te encargan contar una historia como actriz, lo haces como si la tuya fuera la principal. Necesito contarla desde ahí, no me fijo en la cantidad de líneas de texto o apariciones que tiene el personaje. De hecho, una de las razones por las que elijo las cosas que hago es que me interese contar la parte de historia que me corresponda. Con un papel protagonista tienes más tiempo, más margen, un arco mayor para habitar dentro del personaje. He sido actriz principal y lo he disfrutado mucho, pero en el fondo no es algo que me importe.


– Los actores histriónicos suelen llamar más la atención, sobre todo si disponen de poco tiempo para lucirse. En su caso es al contrario, lo suyo tiene que ver más con los matices, con la sutileza de una mirada o un gesto…

– Siempre digo que soy una actriz de distancias cortas, puesto que trabajo en unos márgenes pequeños si los comparamos con los de otras escuelas. He cogido cosas de muchas de ellas y he ido haciendo una propia con la que me identifico más.



– ¿Se siente más cómoda en el escenario o en el set de rodaje?

– Depende del proyecto y de la gente que esté involucrada, pero diría que me gustan por igual. Es cierto que el teatro tiene algo especial, como cuando los niños juegan y dicen “casa”. No puedo estar mucho tiempo sin la adrenalina que me da salir al escenario. Ahora no hay ninguna necesidad de elegir, pero cuando yo empecé la cosa estaba más dividida. Si hacías teatro, no hacías cine. O viceversa. Y si hacías tele, ni te cuento. En la actualidad, por suerte, todos hacemos de todo.


– ¿Hasta qué punto le calan emocionalmente los personajes?

– Yo me implico hasta el corvejón. No sé hacerlo de otra manera. Pero cuando termino, enseguida me estoy tomando una caña, sin acordarme de nada. No me llevo nada en la mochila, tengo esa facilidad para la desconexión.


– Su marido, Ismael Martínez, también se dedica a esto. ¿Es complicada la convivencia entre actores?

– En 28 años no he sentido nunca eso que le he oído a otros compañeros: “Yo con otro actor no podría estar”. Ninguno de los dos somos obsesivos, y al llegar a casa hay niños, perros, tortugas, gallinas y muchas cosas a las que atender. El hecho de que yo pueda entender lo que está viviendo, y viceversa, ha sido bueno para nosotros. Ser actor condiciona mucho, es una manera de vivir.



– ¿Cuáles han sido las mayores alegrías que le ha dado esta profesión?

– La obra de teatro La charca inútil y la película La soledad supusieron un antes y un después para mí. Tiene que ver con la experiencia tan intensa que viví y con la sensación de que todas las cosas que había ido aprendiendo de distintas escuelas durante tantos años, no sé por qué clase de magia, encajaron como si fueran fichas de un rompecabezas.


– Hablando de La soledad, ¿cómo fue trabajar con esa propuesta formal tan radical que proponía Jaime Rosales?

– El tema de la pantalla partida (la polivisión, como la llamaba él) era muy complicado. Grabábamos primero el audio, luego borraban mis partes, colocaban únicamente las del otro actor y yo estaba sola delante de la cámara, por lo que tenía que memorizar el tempo de lo que habíamos hecho para repetirlo y que cuadrara. Era complicadísimo. Quizá por eso lo considero clave en mi trayectoria, porque tuve que llegar a un nivel de concentración tan bestia que me sirvió para entender el personaje y la actuación de otra manera.


 Si uno repasa su trayectoria, la presencia de Rafael Chirbes parece una constante. Representó sobre las tablas En la orilla, intervino en la serie Crematorio… e incluso la película El reino puede entenderse como una extensión de su obra.

– Chirbes me parece uno de los grandes autores de la literatura en España, a pesar de que todavía es bastante desconocido para el público general. Yo no lo conocía antes de hacer Crematorio, pero cuando leí la novela fue como reconocer lo que pasaba en sus páginas. Yo conocía a esos personajes de verlos cuando iba al casino con mi tío y oía esas conversaciones cuando volvían de cazar… Era algo tan reconocible que me cautivó. Cuando preparé mi personaje de El reino con Sorogoyen tenía una referencia muy directa, y tiene también mucho que ver con el legado de Chirbes y la idiosincrasia de una tierra que conozco muy bien porque es la mía. Aunque sea una parte jodida de mi tierra, hay que contarla.



– Nos escandalizan los casos de corrupción, pero eso no siempre tiene reflejo en la ficción…

– Me llaman las historias o los proyectos que tienen algo que decir y no solo buscan el entretenimiento. No puedo evitar que se me vayan los ojos ahí. Afortunadamente, me llegan a menudo propuestas de este tipo.


– El buen patrón también tiene esa lectura de crítica social, aunque sea desde el humor. ¿Qué ha pasado con esa película para que haya recibido tantos premios, nominaciones y elogios?

– Es un trabajo excepcional del equipo, pero especialmente de Fernando León de Aranoa, quien hace una cosa maravillosa: trata a todos los personajes con la misma importancia desde la escritura, y en el rodaje lo mantiene. Además, sabe dirigir actores, algo infrecuente, y sabe hacer una cosa más importante todavía: unificar. Consigue que todos los actores, que venimos de diferentes escuelas, trabajemos con el mismo código. Eso es dificilísimo. Y el resultado es impecable.


– ¿Intimida trabajar junto a una figura como Bardem?

– Será que soy una insensata, porque no me intimidó para nada. Ya nos conocíamos, hicimos algún curso con Corazza, pero hacía mucho tiempo que no nos veíamos. Conectamos enseguida porque tenemos una manera de trabajar muy parecida, también relacionada con el estilo de Fernando [León de Aranoa]. Desde el principio pusimos el foco en crear ese matrimonio, no tanto en cómo iban a ser después las secuencias. Lejos de intimidarme, fue un placer trabajar con Javier, es supergeneroso.

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