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25-06-2021


Susana López Rubio

“Los guionistas y los actores hemos de ser amigos. Siempre escribo a favor del actor”

 

Arrasó al llevar a la pantalla ‘El tiempo entre costuras’. Ha escrito algunas de las secuencias más picantes de ‘Física o química’. Y redactó el desenlace de ‘La templanza’ en la propia sala de montaje


FRANCISCO PASTOR

FOTOS: ENRIQUE CIDONCHA

Hubo una camada de autores que estudió Comunicación Audiovisual en la Universidad Complutense al poco tiempo de que aquellos pasillos fueran inmortalizados en Tesis (Amenábar, 1996). Una de ellas es la guionista Susana López Rubio. “Creo que en toda la carrera apenas estudié guion durante un cuatrimestre. Se me hizo corto, así que me apunté a más cursos. Conseguía becas gracias a las buenas notas y seguí mi formación”, cuenta esta madrileña, cosecha de 1978. 

         

   Desde entonces no ha dejado de trabajar. Suyos son los capítulos de El tiempo entre costuras, aquella superproducción basada en el libro de María Dueñas. Escribió la biblia (el proyecto, al menos en lo narrativo, de una serie) de Acacias 38, que durante seis años se emitió a diario en Televisión Española. “Las producciones diarias tienen un reto: hay que escribir mucho, de forma clara, muy reiterativa. Lo que en una ficción nocturna y semanal se diría con una mirada, aquí se diría a gritos”, reflexiona. Más allá de la pantalla, ha firmado ya dos novelas y otro par de libros infantiles.

 

   Uno de sus últimos triunfos es La templanza, que adapta otro título literario de Dueñas. López Rubio escribió su monólogo final ya en la sala de montaje, mientras la serie recibía los últimos retoques. “Creo que ahora hay más comunicación entre las diferentes partes de un equipo”, apunta. Con todo, ella prefiere que los guionistas se repartan el trabajo por capítulos enteros y no andar ensamblando piezas, ya que de ahí “acaban saliendo diálogos Frankenstein”. Aunque lleva décadas en el oficio, tampoco le convence la distinción, sobre todo en la nómina, entre guionistas veteranos y noveles: “Si trabajamos lo mismo, ¿por qué va a cobrar nadie la mitad que yo?”.

 

   Por los escaparates de las grandes librerías asoma la segunda parte de El tiempo entre costuras, que se titula Sira. Aún se ignora si también se convertirá en una serie. De momento, Adriana Ugarte ha contado en la radio que le encantaría retomar su mítico papel. Y López Rubio adelanta que estaría encantada de volver a escribir sus palabras.

 

— Bastantes intérpretes cuentan, entre sus gestas, cómo le discuten el texto al guionista. ¿Le ha sucedido alguna vez? 

— Verá: los actores y los guionistas hemos de ser amigos. Siempre escribo a favor del actor. Pero reconozco que la comunicación entre unos y otros a veces parece difícil y que tenemos una relación extraña. La verdad es que esto me inquietaba un poco, así que me apunté a un taller para mejorar el trato con ellos. Aunque soy veterana y doy clases como profesora, no dejo de formarme.



— ¿Un taller dirigido específicamente a la comunicación entre actores y guionistas?

— Así es. Allí aprendí a fijarme más en los actores, a escribir para ellos. Cuando conozco quién va a interpretar alguno de mis papeles, busco todo lo que ha hecho antes. Con Adriana Ugarte en El tiempo entre costuras, por ejemplo, vi que se le daba muy bien el llanto. Que resultaba espectacular verla en ese registro. Y le puse más lágrimas. Algo en lo que me detengo mucho, aunque resulte curioso, es en ver qué tal se les da a los actores interpretar a los borrachos. 

 

— ¿Por algo en concreto?

— Creo que muy pocos artistas lo resuelven bien del todo, así que me cuido mucho de ponerles en dicha situación antes de saber cómo les saldrá. Trato de ver las fortalezas y flaquezas de los actores antes de escribir. Y siempre dejo la puerta abierta a comentarios, puesto que es a ellos a quienes les corresponde hacer suyo el diálogo. En cualquier caso, si alguien quiere colar alguna coletilla muy personal en el texto, lo hará. Tampoco es para tanto.



— Ha transcurrido más de una década desde El tiempo entre costuras. Entonces fue una serie pionera. ¿En la actualidad cuesta más sorprender al gran público?

— Las plataformas están dando mucho trabajo a la industria y se están creando productos interesantísimos. Cuando había menos canales y los capítulos de las series se lanzaban en directo y en abierto, había que llegar a todo el público. Escribíamos de repente el personaje del abuelo, que no pintaba nada, para cubrir así ese cupo. Lo abarcábamos todo, sin dirigirnos a nadie en concreto. A mí, en cambio, me encantaban las series de Russell T. Davies, como Queer as folk. Y me preguntaba cuándo haríamos en España un trabajo pensando en las minorías sexuales. Pues el momento es ahora.

 

— ¿Y no le impone dar, en contrapartida, con una competencia excesiva? 

— Es cierto que aprendí en otra cultura de la televisión. Y no me permito aburrir al espectador un solo segundo. Antes las audiencias se medían minuto a minuto y sabíamos en qué momento una ficción había bajado la curva. Mis alumnos se ríen un poco de esa forma de trabajar, como si fuera de la vieja escuela, pero yo les digo que se equivocan por completo: precisamente porque hay más competencia, hay que escribir con más agilidad que nunca. Las plataformas no nos piden tanto que el público sea numeroso, sino fiel. Que nos sigan viendo capítulo a capítulo. Pero hay algo que no cambia, y es que tenemos el agua al cuello. 

 

— ¿Qué es lo que más inquieta a sus alumnos, a los guionistas del mañana?

— Quieren saber cómo pueden entrar en el mercado laboral. Y nunca sé bien qué responderles. Cualquier guionista, al hablar de sus primeros trabajos, cuenta historias marcianas. Uno de mis primeros trabajos apareció mientras miraba anuncios en Internet: ni siquiera existía Google, buscaba con el Altavista. Y tuve alguna beca, con la que escribí en Policías, por poner un ejemplo. Al final me contrataron en la productora Boomerang para escribir la tercera temporada de Motivos personales. Curiosamente, esa temporada nunca se llegó a rodar, pero me quedé trabajando allí. Tengo un consejo, y es que a los guionistas nos toca resolver los problemas, no crearlos. En nuestra industria andamos a tientas y las certezas solo llegan cuando algo ha funcionado, y en esos casos vamos todos como locos a colgarnos las medallas…



— Poco después de Motivos personales arrancó Física o química

— Perfilar a los profesores fue sencillo. Pero cuando nos tocaban los diálogos de los alumnos, nos reíamos mucho. Que si ya no se dice ‘tronco’, que si tampoco se escucha ya ‘movida’… esas cosas. También me tocó escribir un trío. Me da pena que en aquel momento no tuviéramos esta cultura de las redes sociales, porque Física o química habría arrasado en Twitter.

 

— Por su cuenta, no por encargo, ha publicado varias novelas y libros infantiles. ¿Qué camino escogería si escribiera, con libertad absoluta y a solas, un largometraje?

— Levantaría una película de terror. Con muchos zombis y repleta de violencia. Algo que acabara en el Festival de Sitges. Admiro mucho a Stephen King. Y guardo en la cabeza uno de sus consejos: el de escribir todos los días.

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