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22-01-2020


"Las series más locales son precisamente las que se hacen globales" 


 

Teresa Fernández-Valdés está detrás de muchas de las ficciones que han convertido en marca a la productora de la que es cofundadora: Bambú. Suya es también 'Las chicas del cable', la primera producción que Netflix grabó en España


NURIA DUFOUR

REPORTAJE GRÁFICO: ENRIQUE CIDONCHA

Hace más de una década que Bambú Producciones debutó en la televisión. Lo hizo en TVE con la celebrada pero fallida serie de policías y ladrones Guante blanco. "Fue un fracaso del que aprendimos mucho. Aquello nos impulsó a continuar", recuerda Teresa Fernández-Valdés, periodista de formación, aunque luego construiría su prestigiosa trayectoria profesional sobre dos cimientos bien distintos: los de productora y guionista. Junto a Ramón Campos y Gema R. Neira ha consolidado una de las factorías más sólidas del audiovisual. 

   Aunque Bambú nació ya en Madrid, su germen se encuentra en Galicia, de donde proceden sus fundadores. Fueron guionistas en algunas de las ficciones que produjo Voz Audiovisual para TVG a finales de los noventa, como Padre Casares o A vida por diante. Nada más llegar a la capital desarrollaron para Ganga Producciones la serie Desaparecida, que logró marcar un punto de inflexión en la narrativa de ficción. "TVE sintió que llegaban nuevos aires, nuevas generaciones de productores, así que nos invitaron a llevar alguna idea".

   La compañía suma en su catálogo una veintena de títulos seriados -Gran reserva, Gran Hotel, HispaniaVelvet, Tiempos de guerraInstinto, En el corredor de la muerte- y acumula reconocimientos internacionales. La cabecera especializada The Hollywood Reporter ha incluido en dos ocasiones el nombre de Teresa Fernández-Valdés entre los de mayor relevancia de la industria audiovisual. Forbes la destacaba como una de las mujeres más influyentes del sector. Y fue la primera profesional española que recibió la Medalla de Honor en el MipTV, el principal mercado audiovisual del mundo, que se celebra cada año en la ciudad francesa de Cannes. "Nunca he entendido estos premios como algo personal", asegura, "puesto que mi carrera no la he hecho sola. Los reconocimientos vienen a confirmar que tuvo sentido fundar Bambú".

   Entre los proyectos de la compañía figura Un asunto privado (Amazon), que protagonizará una detective.Hay otra serie en desarrollo para la recién llegada Apple TV y una más para la consolidada Netflix (la tercera que realizará con esta plataforma después de Las chicas del cable y Alta mar).



- Parece que asistimos a una reactivación de la industria audiovisual.

- Totalmente. Vivimos una de las mejores épocas para la ficción televisiva.

- ¿No estaremos ante el efecto de una burbuja?

- No. No estamos ante algo que no se pueda pagar, que es lo que son las burbujas. Aquí hay recursos. Estamos investigando, descubriendo una nueva televisión, y en ese proceso habrá cosas que se estabilicen como claves y otras que se queden fuera de mercado. 

¿Percibe cambios en la audiencia?

- Está claro que el consumo ya no está en el abierto. Se ha democratizado. El público es más exigente. Hoy podemos acceder a ficciones de multitud de países, cosa que nunca pensamos que ocurriría. A la hora de ofrecer nuevo contenido ya no hay tantos límites. Ahora tú mismo rompes tus propias reglas. Aquello en lo que no confiabas, al final funciona. Y al revés. O productos que apenas tienen impacto en tu país, de repente barren en el extranjero. Ahí está el ejemplo de La casa de papel.   

¿Continúa siendo el dato del día siguiente la peor de las pesadillas para un productor?

- Los datos no se trabajan como hace unos años. Antes la cifra era determinante, pero ahora cuentan otros parámetros. Las plataformas tienen sus propias medias, sus costes, su volumen de público, que es universal. Lo que te dan es una referencia de cómo va tu serie, aunque sin compararte con otras producciones de la casa. Hay bastante silencio respecto a este tema.



¿Diría usted que hay más libertad creativa?

Hay más espacio para contar otro tipo de historias, aunque siempre vas a estar dentro de un código y un lenguaje que la plataforma quiera defender, es como regirse por una línea editorial.  No te ponen delante un dineral y te dicen: "Haz lo que te dé la gana". No. Pero sí hemos ganado en oportunidades.

¿Oportunidades para arriesgar?

- Dentro de toda oportunidad arriesgada vas a tener más libertad porque antes la temática no hubiera cabido. Algunas plataformas te permiten arriesgar. No todas. O no todas quieren arriesgar con Bambú. Porque es cierto que a cada productor le hacen ir de su perfil. 

Las plataformas han roto las fronteras. Ante lo global, ¿en qué lugar queda lo local?

- Precisamente las series que se viralizan, que acaban convirtiéndose en globales, son las más locales. Hay una atención del público a lo singular, a lo único. Se buscan historias con un espíritu más de calle y pegadas a la tierra. La Galicia de Fariña es un ejemplo de esto. Y hay otros: Happy ValleyBroadchurchThe killing. Yo no diría que el objetivo de triunfar mundialmente haga que las historias se deslocalicen, sino que a menudo, desde una historia absolutamente local, eres capaz de comunicarte mucho más allá. Se trata de conseguir el impacto desde lo diferente, lo radical.



 ¿Qué es lo que no funciona en este mundo global? 

- Es difícil exportar comedias. El humor local todavía no se comparte, y quizá nunca se comparta: de lo que yo me río aquí, en otro lugar no hace tanta gracia. 

¿Por eso mismo no han abordado la comedia, ustedes que en Bambú han tratado prácticamente todos los géneros?

- No nos hemos atrevido de momento. Consideramos que es un género muy complicado. Escribir bien una comedia es dificilísimo. Y tampoco es sencillo dar con un reparto que tenga su química, que funcione, que defienda el texto que tú has escrito. Sí puedo adelantar que en cine vamos a atrevernos antes con la comedia.

- En el pasado Festival de San Sebastián anunciaron el lanzamiento de una división enfocada a largometrajes. Y allí mostraron las primeras imágenes de El verano que vivimos, un drama romántico donde Blanca Suárez y Javier Rey actúan a las órdenes de Carlos Sedes. 

- Queremos producir cine para salas. A primeros de año debutamos con la película de terror Malasaña 32, y en el marco de ese estreno presentaremos esta nueva vertiente.



¿Qué falló en 45 revoluciones? El envoltorio era bueno y novedoso.

- Como producto nos funcionaba, aunque a lo mejor quedó desubicado de público: hacía alusión a algo tan nostálgico como los años sesenta, pero debido al propósito de contemporizar y atraer a audiencias más jóvenes, las referencias musicales eran absolutamente modernas. Quizá nos quedamos en tierra de nadie. 

¿Están saliendo los guionistas del anonimato?

- En televisión, totalmente. Se les ha dado foco, visibilidad. Ya tienen nombre. Sin ellos no habría historias, son el verdadero motor de las productoras.

¿Consigue usted ver series como espectadora?

- Lo profesional sale siempre, es inevitable, pero sigo disfrutando mucho con la televisión. Consigo dar ese paso atrás, tomar distancia, ponerme como espectadora, dejarme llevar por la historia que veo y hacer el análisis después. Eso lo logro también con nuestras propias producciones.

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