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05-03-2018

 
El Óscar más especial para una fantástica mujer
 
‘Una mujer fantástica’ es un triunfo de todos. Y pensar que hace unos años no se hubiera podido rodar una película así solo multiplica los motivos para respaldarla
 
 
ALEJANDRO MELERO
En el día después de los Óscar, mientras en Hollywood siguen celebrando y en Europa las redes sociales y la prensa se pelean por ver quién analiza los premios más rápido, destaca una película que no dejó indiferente a nadie: Una mujer normal, del chileno Sebastián Lelio. Su premio a la mejor película de habla extranjera (como si el español fuera una lengua extranjera en los Estados Unidos…) es el corolario de un recorrido espectacular desde su estreno en la Berlinale, donde su guion, exquisito, se llevó el premio.
 
   Llevamos unos años celebrando que la Academia haya abrazado la diversidad. Y ya era hora. Todavía hay algunas voces que lo lamentan, pero esas voces no son sino un recordatorio de que la diversidad sigue necesitando muchos abrazos más. Y de que estos abrazos, además, mejoran al que los da. Esta mañana parecía unánime el veredicto de que la gala de ayer fue algo aburrida porque primó la reivindicación sobre el glamur. Como si la reivindicación fuera necesariamente aburrida y el glamur, siempre divertido. La de anoche fue una gala en la que se volvió a premiar el poder (la palabra es, sin duda, exagerada) latino en la meca del cine, con el triunfo de Guillermo del Toro con La forma del agua y también de Píxar y su Coco. Pero es el tercer vértice de este triángulo latino, el de Una mujer fantástica, el que más valor tiene.
 
 

 
 
   El primer Oscar para un largometraje chileno (hace dos años se premió un cortometraje) es el reconocimiento para su industria, pero también para su valiosísima historia del cine. Que llegue gracias a una película tan valiente no debe sorprender a nadie, porque el cine chileno ha demostrado su valentía en infinidad de ocasiones, incluso en los tiempos cuando más difícil era.
 
  En el discurso de agradecimiento por el Oscar de Coco se ha hablado de la importancia de que los niños tengan referentes visuales con los que identificarse. Su director pronunció la frase de la noche: “los marginados merecen sentir que pertenecen a un lugar. Las representaciones son importantes”. Miguel, el niño mexicano de Coco, y la limpiadora inmigrante de La forma del agua han triunfado esta noche delante de algunas de las personas más poderosas. Junto a ellos, de la mano, iba Marina, la protagonista de Una mujer fantástica.
 
 

 
 
   Tuve la suerte de ver Una mujer fantástica en un preestreno organizado por la revista Shangay, con un público acostumbrado a ver cine que no se corta a la hora de representar nuevos valores. Digo esto porque, lejos de encontrarnos ante una película más, la sensación general fue la de ser testigos de un nuevo paso de gigante. La historia que relata es dura: Marina, una mujer trans, pierde a su pareja, Orlando, un hombre mayor que ella. A la tragedia de la pérdida se suma la incomprensión de la familia de Orlando, fiel reflejo de unas costumbres y tradiciones que obligan a Marina a enfrentarse a situaciones que ponen a prueba su dignidad y su identidad.
 
   De lo que más se habló esa noche del preestreno fue de la interpretación de Daniela Vega en el papel de Marina. No es casual que la actriz comenzara asesorando al director y guionista en el proceso de escritura de la película. Sus experiencias reales, sumadas a su cultura (recomendó a Lelio los libros que leer, los lugares que visitar) se demuestran fundamentales para seguir los pasos de esta mujer fantástica en un mundo que no es tan fantástico como debería. Su lucha personal en un mundo donde siguen sin reconocerse los derechos de las personas trans dejaba de ser personal, porque la compartía con Marina, ese personaje que estaba naciendo.
 
  Vega no sabía durante ese proceso que ella acabaría interpretando el papel. Es fácil imaginar su alegría cuando el director le comunicó que había entendido que solo ella podría dar vida a Marina y que el papel era para ella. Durante su estancia en España para la promoción, Vega habló en entrevistas de sus vivencias personales, de lo relativamente fácil que le fue meterse en la piel de un rol tan difícil. En su viaje personal hay una lección para los actores y actrices, especialmente para los que, como ella, se enfrentan a sus primeros personajes. Daniela, para su transformación en Marina, confió sobre todo en uno de los grandes temas de la película: el respeto. Su personaje, sometido a situaciones de abuso que son difíciles de aguantar, necesita que la actriz que la interpreta esté siempre de su parte.
 
 

 
 
   En secuencias bellísimas (estamos hablando de un largometraje con un gran componente poético), vemos a Marina pasar del placer al dolor, de la debilidad a la fuerza; en ocasiones, dentro del mismo plano. Ocurre esto, por ejemplo, en las escenas musicales, tal vez las más conseguidas e hipnóticas. Para los espectadores resulta fácil identificarse con Marina. Su pérdida, después de todo, le duele tanto como nos dolería a los demás. Pero su duelo, negado en un mundo cruel, no tiene justificación alguna. Y tal vez aquí encontramos uno de los grandes aciertos del guion: lo que pide Marina no es nada especial. Ella, soñadora pero perdedora, no pide privilegios. Su reivindicación es tan justa que duele, y quien se atreva a no apoyarla quedará arrinconado en el lado equivocado de la historia. 
 
   Este Óscar ayudará a que mucha más gente pueda disfrutar de Una mujer fantástica. ¿Para qué sirven los premios sino para que los distribuidores y canales de exhibición aprendan a expandir su capacidad de miras? Lejos de ser un filme de minorías o para minorías, Una mujer fantástica es un triunfo de todos. Pensar que hace unos años una película así no se hubiera podido rodar ofrece motivos para apoyarla. Y para pedir más cine así. Más mujeres fantásticas interpretadas por actrices fantásticas. Que haya tantas que algún día lo fantástico sea lo normal.

 
Alejandro Melero (Almería, 1979) es escritor, director teatral y profesor de cine en la Universidad Carlos III de Madrid

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