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30-10-2020


Valeria Vegas

 


“Me pregunto qué será de mí cuando la causa trans deje de interesar tanto”


 

De su pluma nacen guiones, libros, piezas de periodismo. En la cabeza tiene una enciclopedia sobre cultura popular española. Y su admiración hacia nuestras actrices es extrema



FRANCISCO PASTOR (@frandepan)

Tierno Galván jamás le dijo a Susana Estrada que se tapara, que se iba a resfriar. El profesor nunca se dirigió así a la vedete que posó medio desnuda junto a él en aquella noche de gala. Aquel histórico rumor lo han desmentido, entre otros, los textos periodísticos de Valeria Vegas (Valencia, 1985). Porque a esta escritora le interesa bastante más el pasado que el presente, y conoce la farándula del siglo pasado con una destreza enciclopédica. Mimí Muñoz, Amelia de la Torre, Marisa Ponte. Su conversación es una cascada con los nombres de antiguas actrices españolas. Por esta virtud, entre otras, trabaja como guionista para los Javis en Veneno, cuya temporada ya está completa en Atresplayer Premium.

 

   La serie se basa en el libro que Vegas rubricó en 2016 y que publicó por su cuenta. Llamó a la puerta de varias editoriales, pero ninguna se interesó por ¡Digo! Ni puta ni santa. Las memorias de La Veneno. Otro de sus volúmenes, Vestidas de azul [Dos Bigotes, 2019], habla de la transexualidad en la España de los ochenta. Ella misma es una mujer trans. Realizó el cambio mientras estudiaba Comunicación Audiovisual en la universidad. Y aunque en el oficio del periodismo se siente a salvo de los prejuicios, advierte: “Hoy mi colectivo se encuentra en boca de todos. El teléfono suena más que nunca. Cojo todo el trabajo que puedo, pero me pregunto qué será de mí cuando la causa trans deje de interesar tanto”.

 

   Es cierto que Vegas trabaja mucho. Podemos leer sus piezas en publicaciones como Vanity Fair o Jot Down. La escuchamos en la cadena SER y en Canal Sur. Este verano hablaba sobre Rocío Jurado en el programa de Telecinco Hormigas blancas. En la plataforma Filmin se ofrece el documental Manolita, la Chen de Arcos, que lleva su firma. En él entrevistó a la primera española trans que adoptaba un hijo. Su próximo sueño viene con fecha: publicar una novela antes de los 40. Aún le queda un lustro.



– Además de escribir parte de los guiones de Veneno, inspira uno de sus personajes. ¿Cómo lo lleva?

– Me da pudor, pero poco más. Conozco el medio y entiendo la diferencia entre lo real y lo narrativo. Pero de repente aparece algún personaje que no está inspirado en nadie, como una vecina que jamás existió, y mi madre se extraña. Y venga a explicarle que no, que la ficción es ficción y que no pasa nada [ríe]. De hecho, hasta pocos días antes de empezar la grabación, mi personaje se llamaba de otra forma. Me imponía demasiado que apareciera mi nombre, pero los Javis me convencieron de lo contrario, y me alegro de estar ahí: ello permitía contar la historia mediante varios planos temporales y jugar con diferentes generaciones de gente trans. 

 

– ¿Algo le ha sorprendido especialmente de su trabajo como guionista?

– Acudir a los rodajes. Pulir a las actrices en los últimos retoques y contarles qué dejes tendría la Veneno y qué palabras escogería. Me impactó la producción que había alrededor: las grúas, el humo… Aquellas intérpretes de primer orden. Soy una mujer de pocas ambiciones, pero Veneno me reafirmó un poco. ¡Partía de un libro que yo escribí! Y pensé que se me daba bien eso de buscar y encontrar historias en el pasado. Tengo mucha memoria.

 

– ¿Enfrenta la temida página en blanco de otra forma tras este chute de reconocimiento?

– Sí. Desde antes de estudiar la carrera ya sabía que quería dedicarme a contar historias. Y de todo lo que soy, me considero escritora. Esto me ha ayudado a reconciliarme con el sueño de escribir. ¡Me encontré un mundo muy oscuro al salir de la universidad! Llamé a muchas puertas, hice muchas prácticas. Intuyo que perdí alguna oportunidad laboral por mi condición de trans. Hasta mi padre [murió el año pasado] lo dijo en su día: que me apoyaba en todo, pero que acabara la carrera y saliera al mundo bien armada, que bastante difícil lo tendría después. Con todo, diré que, en lugar de odio y maldad, he encontrado más ignorancia que otra cosa. Una ignorancia algo inocente.



– ¿Cuáles son los rescoldos de esa ignorancia?

– A las personas trans se nos sigue haciendo la pregunta de si nos hemos operado. A mí me da igual, pero algunos de mis compañeros lo pasan mal, y con razón. Con todo lo que tenemos que contar, ¿de verdad lo importante es eso? ¿Por qué no nos preguntan por los malos tratos, por lo difícil que nos resulta levantar una relación sentimental? Nosotras no nos interesamos por los genitales del resto, ¡faltaría más! Por suerte, hay una generación venidera que ahora está creciendo en otra realidad. Yo me pasé años y años con un DNI en el que no me reconocía. Aquello me abordaba incluso en los recados pequeños, desde ir al banco a comprar un billete de tren.

 

– ¿Y las personas trans mayores? Han sufrido el paro, la exclusión sin paliativos… 

– Yo me siento afortunada. No me sale ponerme de pobrecita, me parecería ingrato hacia quienes lo pasaron peor. Por ejemplo, a mí mi familia me apoyó en todo. Ese respaldo es fundamental, ¡y cuánta gente trans carece de él! Quiero ser tan solidaria como pueda, pero sin olvidarme de lo que he vivido yo misma, porque eso supondría caer en la amnesia. Me han marcado cosas que aún no sé bien dónde guardar, como el trato en el colegio

 

– ¿Esas vivencias endurecen el ánimo?

– De los más jóvenes celebro lo claros que tienen sus derechos, pero también les veo más blandos. Se les cierra la puerta de casa y no saben llamar al cerrajero. Si a mí me ocurre algo así, ya me veo como Carmen Maura, buscándome la vida. Soy mañosa. Me dicen a menudo que yo nací vieja. Y tienen razón. ¿Cuánta gente de mi edad conoce a Laly Soldevila? Algunas compañeras de clase ni siquiera habían escuchado hablar de Cecilia. Hace poco mencioné a Pajares y Esteso en un rodaje y una actriz jovencísima no sabía quiénes eran. Me chocó, pero lo entendí: la que vive en el pasado soy yo. Mis amigos comparten referentes de los noventa, como es natural, pero a mí me suenan a chino.



– ¿De dónde le viene esa insaciable curiosidad por la cultura popular de antes? Lo suyo parece nostalgia de unos tiempos que en realidad no ha vivido. 

– Creo que de mi padre. Era muy cinéfilo y disfrutaba especialmente del cine español. Recuerdo el grito que me pegó porque en la televisión echaban Bajarse al moro (1989). Así descubrí también La vaquilla(1985), El bosque animado (1987) o Con el culo al aire (1980). Él era el que me hablaba sobre las mujeres que aparecían en esas películas. ¡Y de Chus Lampreave! Todavía me interesan aquellos títulos, no tanto por el guion, la factura o la narrativa, sino por nuestras actrices, que me divierten mucho. Precisamente por eso les dediqué mi primer libro, Grandes actrices del cine español [Ocho y Medio, 2015]. Me encanta ver cintas españolas y reírme con las artistas, es de lo que más me gusta de estar viva.

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