Verónica Sánchez
“Siempre me ha preocupado poder elegir mis papeles, ahorrar para no verme obligada a nada”
La primera oportunidad se hizo de rogar. Después su nombre llegó en grande a los carteles. Y luego a las plataformas. Por el camino, algún rodaje hundido en el corazón
FRANCISCO PASTOR
FOTOS: ENRIQUE CIDONCHA
Para una primera prueba del largometraje Al sur de Granada (Fernando Colomo, 2003), a Verónica Sánchez le pidieron que improvisara una canción y un baile y que acudiera con un camisón oscuro. De los años veinte, le dijeron. Pero en casa había algunos apuros con el dinero y ella no se podía comprar ropa nueva. Hacía tiempo que había acabado sus estudios en la Escuela Superior de Arte Dramático de Sevilla, la ciudad en la que nació. Allí vivía con su familia cuando se vio tiñendo un vestido de verano en una olla. Hasta que quedara negro.
El siguiente reto no tardó en llegar: después de pasar la prueba, quedaba otra, esta vez en Madrid, ante el director. Tocaba buscar dinero para un billete y un hostal, y Sánchez pensó en todas las cintas de VHS que coleccionaba desde pequeña. Las vendió en una tienda de segunda mano junto a sus zapatillas de bailar. Recaudó unas 15.000 pesetas. “Tenía el sueño tan claro que no lo pensé mucho”, cuenta.
La apuesta salió bien. De aquella película salió Sánchez con su primera nominación al Goya, a la que luego se agregarían otras dos. Y más importante que esto: ha pasado la mitad de sus 48 años frente a la cámara. El país entero supo quién era gracias a Los Serrano y, desde aquella etapa, no se ha alejado del público. Ella asegura que alguna vez echó en falta más trabajo. Pero no la crean. Tras décadas de carrera, ya en la era de las plataformas, la industria se la sigue rifando. Series como Ángela o Las hijas de la criada son ejemplos recientes de ello. Quizá sea una de las actrices más queridas de España.
— ¿Dónde estaba cuando le confirmaron aquel debut en Al sur de Granada?
— Salía de trabajar y estaba a punto de ir al cine. No había comido nada en todo el día y había pasado a un local para comprar un sándwich. Iba con la bandeja encima cuando me llamó un número que no estaba en mi agenda. Era Colomo. Se me cayó la bandeja al suelo y salí a la calle para poder hablar, y eso que estaba lloviendo. Me dijo que me quería en la película. Ya no fui capaz de comer ni de ir al cine. Volví a casa andando como si fuera un zombi. Mi madre me preguntó si estaba bien cuando me vio cruzar la puerta y le respondí que sí, pero que me iba a acostar. Serían las nueve de la noche, como mucho. En la cama me preguntaba si me lo habría inventado todo.
— Casi desde el principio, su presencia en las ficciones ha sido un reclamo. En el cartel de El Calentito (Chus Gutiérrez, 2005) su nombre ocupa más que el de la directora.
— Llegué a sentirme mal porque me llamaban para personajes que no iban conmigo. En algunos no encajaba ni siquiera en la descripción física. Alguna vez he acudido a pruebas por compromiso, por conocer al director y no quedar mal del todo, aunque ya supiera que diría que no. Otra vez me ofrecieron actuar en un musical, encima del escenario y a lo grande. Sería porque me habían visto en Los 2 lados de la cama [Emilio Martínez-Lázaro, 2005]. Y quizá yo había logrado cantar para esa película, pero de ahí a sostener todas las noches un musical en el teatro… Soy consciente de mis limitaciones. Siempre me ha preocupado poder elegir mis papeles. Ahorrar dinero para, aunque llegaran las vacas flacas, no verme obligada a nada, a ningún personaje que no quisiera. También me he permitido algún volantazo y salir de lo que el público pudiera esperar de mí.
— ¿Recibió reproches por el volantazo de dejar Los Serrano?
— Sin duda. En mi entorno no comprendían que abandonara un trabajo tan estable, con lo difícil que es esta profesión. Hubo quienes tampoco lo entendieron en el equipo. Pero yo sentía que era el momento de arriesgarme. Después lo tendría más complicado, con una hipoteca a cuestas o familiares a mi cargo. Venía de dos años en los que grabamos mucho y me pareció que mi personaje empezaba a pasar por cosas que ya había vivido. Llegué a la serie con 25 años y daba vida a una adolescente. Cuando había cumplido los 27 y ella seguía sin crecer, no me vi capaz de seguir. Yo me puedo venir muy abajo si pasa el tiempo y no sé muy bien de dónde tirar para enriquecer el papel o si siento que algo ya lo he hecho.
— ¿La serie Sky Rojo fue otro de esos volantazos?
— Supuso un reto en muchos planos. Para mí aquello era algo nuevo. Y el rodaje fue muy físico. Extremo. La narrativa quedaba cerca del cómic, de Quentin Tarantino o Robert Rodríguez. Pero estábamos hablando de un asunto durísimo, la trata, de modo que a mí me salía llevarlo al realismo y al drama. El creador, Álex Pina, me explicaba qué referencias tenía, qué músicas había imaginado… y todo adquiría más sentido. Así entendí que jugábamos con un problema social, aunque en un contexto que no pretendía resultar verosímil. Buscábamos llegar a un público joven, que maneja otros ritmos, no podíamos hablar de ese tema con el mismo lenguaje de siempre. Era divertido cuando nos daban una escopeta para pegar tiros o nos poníamos a derrapar con un coche. Pero las actrices nos sentíamos muy expuestas: ¡hacíamos de prostitutas! Y nos debíamos a tantas mujeres cuyas historias sí están ocurriendo de verdad en alguna parte. Todas las estadísticas que se cuentan en Sky Rojo están documentadas.
— ¿Cree que esa serie creció al calor del despertar feminista de la última década?
— Los personajes femeninos han cambiado, desde luego. Antes nos daban papeles menos ricos, que acompañaban a un protagonista varón. También nos tocaba caer bien y enamorar a los espectadores. Eso ya no es así: la Coral de Sky Rojo toma decisiones muy cuestionables y varios planes salen mal por su culpa. La Alejandra de El embarcadero conserva un punto de rencor que aporta sombras a sus luces. Y la protagonista de Ángela no es la víctima perfecta, sino una madre que llega a olvidar a sus hijas en el coche, algo por lo que muchos le pondrían la cruz para siempre. Cuando yo empecé en esto apenas había papeles para las mujeres de la edad que tengo yo ahora. Eso está cambiando y yo también: tengo más oficio y más vida que regalar a mis personajes. Era tremendo, durísimo, que las actrices desapareciéramos cuando más teníamos que ofrecer.
— ¿Le quedó mucho por contar a su Clara en El Caso. Crónica de sucesos? La serie acabó de forma abrupta.
— Sí, me dio mucha pena que acabara. Y eso que yo suelo preferir los proyectos que no van a durar mucho tiempo. Dos, tres temporadas. Pero cuando terminó aquello, le quedaba recorrido por delante. La hemeroteca en la que basábamos las tramas era espectacular. Casi no había que inventar nada. Además, Fernando Guillén Cuervo había creado unos personajes divertidísimos. A mí me tocaba encarnar a la recién llegada. Él me llamaba Massiel, con cierta sorna y dentro de la ficción, pero aún me lo llama en la vida real. Claro que nos quedaba mucho por contar.
— Estaba ambientada en los años sesenta y los personajes sí reflejaban más la sensibilidad de su tiempo que del nuestro, algo que no ocurre siempre en las ficciones de época. ¿No les dio miedo ahuyentar a la audiencia?
— Con cierta sabiduría en el guion se puede encontrar un equilibrio: dejar que algunos personajes hagan comentarios antiguos y burdos y permitir a los demás que lleven la contraria. Aunque la sensibilidad de la época fuese otra, mucha gente iba por delante de las normas establecidas para su tiempo. Y resultaba creíble darles un lugar en la ficción. El papel de Blanca Apilánez se inspiraba en Margarita Landi, una periodista pionera que existió en la realidad, al igual que existió la revista El Caso. Ella y yo éramos de las que más leña dábamos en esos desencuentros.
— Los 2 lados de la cama (2007) coincidió con la llegada del matrimonio igualitario y Las 13 rosas (2007) con la Ley de Memoria Histórica. ¿Le tocó ser la musa de la España de Zapatero?
— Nunca había unido así los puntos, pero me hace cierta ilusión. Los 2 lados de la cama era la secuela de un trabajo que nos sorprendió a todos. Respecto a Las 13 rosas, descubrí esa historia real cuando conocí el proyecto. Me avergonzó bastante no haber oído hablar de ellas hasta ese momento. Enseguida sentí que teníamos la obligación de contar esa violencia que se ejerció, por sistema y con crueldad, incluso cuando había acabado la guerra. Eso sí, aquel rodaje me dejó en un pozo. Fue una de las primeras veces en que algo se me colaba tan dentro y me costó sacármelo. En este trabajo es bastante habitual que nos llevemos el dolor a casa, y más en esa película, donde contábamos una injusticia muy grande que se cometió contra unas jóvenes. Rodamos en la cárcel de Segovia durante cerca de un mes. Nuestros camerinos eran celdas. Había algo en esas paredes que se quedó conmigo un tiempo. Al acabar no sentí la alegría de siempre.
— Usted pronunciaba la frase más lapidaria de todo el metraje: “Que mi nombre no se borre de la Historia”.
— Esas palabras existieron, Julia Conesa las escribió en una carta. Me abrumó que ella, con lo joven que era, discurriera con esa madurez. Y que lo hiciera en ese momento tan difícil. Recuerdo cuando rodábamos las torturas, cuando nos venían a buscar a casa. Pienso en Luisa Martín, que hacía de mi madre, corriendo detrás del camión cuando nos llevaban al fusilamiento. Jamás se me olvidará el día que filmamos la ejecución. Martínez-Lázaro trajo militares reales para que conformaran el pelotón. Él quería que esa coreografía que ellos realizan con las armas fuese lo más certera posible. Nosotras estábamos enfrente y nos pusimos a temblar porque aquello impresionaba mucho. ¡Tener a 16 tipos delante que nos apuntaban con un arma! Era demasiado. Me dolió pensar en la cantidad de gente que ha dejado este mundo de esa manera, que eso haya sido lo último que han visto en su vida tantas personas. Desde entonces pienso que la ficción genera empatía, apego, que gracias a ella las víctimas dejan de ser meras cifras para los espectadores.
— ¿Diría que le ha tocado llorar mucho?
— Recuerdo un casting en Italia. Fue de las experiencias más extrañas de mi vida. Encarnaba a una mujer que dirigía algún tipo de mafia. Su marido estaba en la cárcel, así que ella tomaba las riendas. Y yo me preguntaba cómo abordar a alguien así, que se haga respetar en entornos de ilegalidad y delincuencia. Me imaginaba a una persona durísima, con autoridad. En la prueba tenía que hablar con uno de mis súbditos. El director me pidió que llorase. Yo no entendía nada: ¿cómo iba a llorar ella delante de ese siervo? Traté de llegar a un acuerdo, propuse que se emocionara por algún recuerdo del pasado. Y él me lo dejó muy claro: “A los italianos nos gusta ver llorar a las mujeres”. Me fui por donde había venido.
— Algunos piensan que llorar es la prueba definitiva de que un actor es bueno.
— Cada vez ocurre menos. Pero hay quienes consideran que somos mejores actores cuanto más lloramos. Yo no lo comparto. Pienso que la riqueza, la mayor parte del tiempo, está en la contención. A mí me gusta tapar las lágrimas porque creo que nos comportamos así en la vida real. ¡Llorar es algo muy íntimo!
— Y el acento, ¿le tocó contenerlo en sus inicios?
— Sí, claro. Cuando yo estudiaba, en Andalucía nos enseñaban el acento neutro. Decían que nos expondríamos a muchos prejuicios si se nos escapaba algún deje andaluz. Eso ha cambiado, se nos permite actuar con más naturalidad. Yo me he quedado con este acento tan mío y extraño, resultado de haber vivido entre Madrid y Sevilla. Aspiro algunas eses, pero otras no. Y lo mismo con las jotas. Ya no sé ni cómo hablo.




