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#VozEnOn


 

 Felipín (A propósito de Salva Reina)

   

MIGUEL ÁNGEL OESTE

     

           

Ilustración: Luis Frutos

 

Uno. Al gran actor Salva Reina le dieron el Goya por el personaje que compone en El 47, de Marcel Barrena. Un personaje convertido en símbolo para no rendirse, que ejemplifica muy bien lo que representa el propio Salva Reina en su día a día o, mejor, como filosofía de vida. Este Goya reconoce lo que muchos sabíamos desde hace tiempo: Salva es un actor capaz de convertir cualquier creación en un personaje inolvidable. Quizás los premios le debían haber llegado antes, ya con su pequeño pero intenso papel en La isla mínima, de Alberto Rodríguez; o en Tregua(s), de Mario Hernández, donde da vida a un guionista en un juego de dudas y decisiones maduras que nos hicieron pensar más allá de la pantalla.

 

Dos. A Salva Reina nadie le regaló nada. Cada aplauso, cada sonrisa, cada lágrima que arranca son frutos de un esfuerzo incansable, un esfuerzo que él siempre mezcla con diversión, con esa alegría contagiosa que lo caracteriza. Recuerdo que lo conocí de chaval jugando al fútbol con Álvaro Carrero y otros amigos en una época en que hacer cultura en Málaga era casi una utopía para quienes veníamos de abajo. Las dificultades para quienes no tienen recursos siguen presentes, no solo en el cine, sino en todos los ámbitos de la cultura. Por eso su reconocimiento tiene aún más mérito para todos los que sueñan y siguen soñando con hacer cultura desde abajo, con esfuerzo y pasión.


Tres. La cercanía de Salva es saber entender que su oficio es un reflejo real y auténtico para muchos. Por eso baja a eso que se denomina el barro sin problema, en cualquier situación, con los amigos o con aquellos que le piden ayuda. Su trabajo actoral lo ha desarrollado con una profesionalidad envidiable. Es un intérprete modesto, pero capaz de dar vida a los seres más atrevidos. Y siempre lo hace con naturalidad, haciendo verosímil cada uno de sus personajes. Con frecuencia le he dicho que lo encasillan demasiado en trabajos cómicos, pero es que esa chispa suya no es casualidad ni suerte divina; es una consecuencia del trabajo constante, de una dedicación admirable para lograr que cada personaje sea creíble.


Cuarto. He tenido la suerte de trabajar junto a él en algunos actos, y siempre me llama la atención (y lo valoro mucho) que es un actor que trae el trabajo preparado con meticulosidad. Y si hay que improvisar o modificar alguna cosa o cambiarla, lo hace con esa fluidez de lo sencillo, sin estridencias. Salva Reina no solo actúa, se entrega por completo. Es de esos actores capaces de llegar muy lejos en todo lo físico (vean la serie Malaka), que se crece incluso en situaciones en las que, directamente, corre peligro. Pero también es capaz de mostrar una vulnerabilidad emocional llena de matices. Un ejemplo de sacrificio increíble.


Cinco. El público quiere a Salva Reina, y sus compañeros de profesión, desde directores a técnicos, lo adoran aún más. Porque Salva no es solo un actor brillante, es un compañero ejemplar, siempre generoso, siempre atento, siempre dispuesto a echar una mano. Felipín es solo el comienzo; estoy convencido de que este Goya será el primero de muchos reconocimientos aún mayores. Como diría un querido amigo común, "¡Viva, Salva!" Qué alegría poder seguir disfrutando de su talento y de que sea, además, un productor con olfato. Pero esta es otra historia, como diría un personaje de Irma la dulce.

           

                                                                                                    
                            
                        

                  
                  

Licenciado en Historia y Comunicación, Miguel Ángel Oeste (Málaga, 1972) ha reeditado recientemente en versión revisada Perro negro (antes, Far Leys, 2014), en torno a la figura del malogrado genio del folk británico Nick Drake. Es autor de las novelas Bobby Logan (Zut, 2011),  Arena (Tusquets Editores, 2020), que obtuvo el Premio Memorial Silverio Cañada en 2021, y Vengo de ese miedo (Tusquets Editores, 2022, premio Finestres de narrativa en 2023). También le asiste experiencia en el ámbito de la literatura infantil y juvenil con los títulos Carlota quiere leer (Anaya, 2020) y Sofía, la hormiga sin antenas   (Anaya, 2022). Forma parte del Comité de Dirección de cine del  Festival  de Málaga y es director de la Semana de Cine de Melilla.                        

       

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