#VozEnOn
Directoras
MIGUEL ÁNGEL OESTE
Uno. Siento empezar con una situación personal, pero la anécdota me llevó a este texto y a confirmar los modelos tan rígidos en los que nos movemos. El otro día una periodista me pidió que comentase cinco películas españolas recientes que me hubieran interesado por diferentes motivos. Hablé de los siguientes títulos: Cinco lobitos, de Alauda Ruiz de Azúa, Alcarrás, de Carla Simón, El agua, de Elena López Riera, Alegría, de Violeta Salama, y Con el viento, de Meritxell Collel. Después de hablarle brevemente de ellas, la idea era que apenas diese un storytelling sobre estas películas, la periodista me pidió si podía añadir un par de títulos más. Entonces le comenté Las niñas, de Pilar Palomero, y Los encantados, de Elena Trapé. Y fue en ese momento cuando me dijo: pero son todas películas dirigidas por mujeres.
Dos. El comentario, claro, me descuadró. Podría haber citado La isla mínima, de Alberto Rodríguez, As bestas, de Rodrigo Sorogoyen, o Segundo premio, de Isaki Lacuesta y Pol Rodríguez, pero les hablé de las ya mencionadas sin pensar quién estaba detrás de la cámara y porque no creo que exista eso de ‘cine de mujeres’ ni ‘literatura de mujeres’, ni “cine o literatura de hombres”; esta visión, creo, es quitar valor a la expresión misma. Si cité estás películas es porque fueron las primeras que me vinieron a la cabeza y porque todas presentan narraciones que se salen de lo convencional, que me interesan desde su perspectiva humana. Recuerdo la historia y las sensaciones de la visión que me transmitieron, pero no estoy pensando quién la firma, eso me parece reducir, hablar de una excepcionalidad cuando la etiqueta (pienso) limita a un marco circunstancial en relación a los hombres tras la alusión de la periodista. Y es más, ¿me habrían hecho la misma pregunta si le hubiera mencionado cinco películas dirigidas por hombres?
Tres. A nadie se le escapa que hasta no hace demasiado tiempo las distintas expresiones artísticas eran básicamente masculinas. La mujer era una mera evocación del hombre. Simone de Beauvoir lo expresó de un modo agudo: “La humanidad es masculina y el hombre define a la mujer, no en sí, sino en relación con él. La mujer no tiene consideración de ser autónomo”. De un tiempo a esta parte, las mujeres han empezado a narrar sus historias, separadas de los modos de representación que se les asignaban. En realidad, siempre lo han hecho, pero su visibilidad era reducida.
Cuatro. Me parece que mientras estas preguntas se sigan haciendo, estaremos en un pantano con agua estancada. Las mujeres escriben, dirigen, componen, lo hacían antes y ahora. Por supuesto, en los últimos años salen a la luz. Si se sigue hablando de sus películas o sus novelas solo porque son mujeres que dirigen o escriben sin hablar de lo que dirigen o escriben, no avanzaremos como sociedad.
Cinco. Y es que al margen de la definición y del género de la autoría, llegará un momento en que solo se hablará de si es buena la película o la novela. Al menos, a eso es a lo que habría que aspirar. Como me dijo la escritora María Victoria Atencia: “La literatura es una sola, grande e indescriptible y no entiende de géneros”. Esto es válido para cualquiera de las disciplinas artísticas, pues podemos sustituir literatura por cine, música... Cada vez hay más posibilidades de que esto se produzca. No solo relacionado con las perspectivas de género, sino también en un contexto global, que establezca dinámicas que difuminen la territorialidad y el legendario ‘centrismo’.
Seis. Más allá de ser mujeres, su valor está en su mirada, en la creatividad que muestran, en la búsqueda de representaciones novedosas, en desestabilizar el orden establecido, una ‘excentricidad’ que indaga desde el lenguaje para transitar nuevos caminos tanto creativos como vitales, es decir, pensar historias desde otro sitio. De ahí que cualquier pregunta a la firma sea no solo un menoscabo su potencia y alcance, también mirar con unas anteojeras un contexto social que nada tiene que ver con el de hace treinta años. Y menos mal.
Licenciado en Historia y Comunicación, Miguel Ángel Oeste (Málaga, 1972) ha reeditado recientemente en versión revisada Perro negro (antes, Far Leys, 2014), en torno a la figura del malogrado genio del folk británico Nick Drake. Es autor de las novelas Bobby Logan (Zut, 2011), Arena (Tusquets Editores, 2020), que obtuvo el Premio Memorial Silverio Cañada en 2021, y Vengo de ese miedo (Tusquets Editores, 2022, premio Finestres de narrativa en 2023). También le asiste experiencia en el ámbito de la literatura infantil y juvenil con los títulos Carlota quiere leer (Anaya, 2020) y Sofía, la hormiga sin antenas (Anaya, 2022). Forma parte del Comité de Dirección de cine del Festival de Málaga y es director de la Semana de Cine de Melilla.