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Pedro Casablanc, el Robinson Crusoe del cine español
MIGUEL ÁNGEL OESTE
Uno. No sé si estarán de acuerdo con la idea de que el cine es un arte colectivo y, por tanto, no hay papeles pequeños ni actores secundarios. En una película todo cuenta. Y, sobre todo, los actores y actrices que son los que se exponen delante de las cámaras. Antes de aprenderse al director o los técnicos de una película, el espectador conoce a quienes construyen a los personajes de las historias. Quizás suene pueril, pero los actores de apoyo, como los llaman en el mundo anglosajón, pueden representar al jugador que sale para revolucionar el partido y dar otra energía, otra vitalidad al juego. A veces son ellos quienes, en apenas un par de escenas, convierten una historia en algo inolvidable. En esta engañosa categoría se podría decir que se encuentra Pedro Casablanc, un actor capaz de llenar cualquier pantalla y dar vida a cualquier personaje, duro o tierno, complejo o simple, dramático o cómico, secundario o principal, como se ha encargado de demostrar cada vez que ha tenido la oportunidad. Porque Casablanc no actúa: habita. No interpreta: es.
Dos. Tal vez, al cine español le iría mejor de lo que le va si a este espléndido actor le dieran más papeles relevantes, de largo recorrido. Casablanc es un hombre modesto y minucioso capaz de dar vida a los seres más atrevidos, que algunos ni siquiera osarían interpretar: desde el personaje que compone en Querer a su interpretación de Luis Bárcenas en la obra teatral y la película B. De hecho, el actor pasó horas con el político para preparar el personaje. En los años que lleva en el cine, el teatro y la televisión ha sido capaz de construir bastantes seres complejos. Además, lo suele hacer con naturalidad, otorgando verosimilitud a cada uno de sus personajes; y es que cada interpretación suya parece brotar sin esfuerzo, como si siempre hubiera estado ahí, aguardando ser contada.
Tres. Pedro Casablanc es un profesional que siempre lleva el trabajo hecho al set. En la construcción de sus personajes, todo su cuerpo cuenta: desde lo más evidente, como su mirada, hasta cómo maneja las manos, cómo sostiene un objeto o cómo se expresa en el silencio. Sus actuaciones están repletas de detalles. Y, pese a ser un actor capaz de llegar muy lejos en lo físico, pocos destacan que también sabe mostrar una vulnerabilidad emocional llena de matices: un suspiro detenido, una palabra que se rompe antes de salir. Un ejemplo de sacrificio increíble. Profesionalidad, cercanía, trabajo constante y talento son características que podrían definir a Casablanc. Pero tal vez su verdadera virtud resida en su capacidad para lograr actuaciones memorables gracias a su profundo conocimiento de la condición humana y su constante reflexión sobre ella. Quizás porque la vida y la actuación no son entidades separadas. Al contrario, una alimenta a la otra. En él, el arte y la existencia son vasos comunicantes.
Cuatro. Pedro Casablanc nació en Casablanca, de donde procede su nombre artístico. Se licenció en Bellas Artes, pero la energía de la interpretación le llevó a dar vida a los personajes que nos regala en series como Querer, Mar de plástico, 1992 e Isabel; o películas como Dolor y gloria, Truman, La infiltrada, La espera o El universo de Oliver. Su filmografía es un territorio donde habitan seres contradictorios y humanos. Nadie sale ileso de sus interpretaciones: siempre queda un eco, ese detalle que permanece, que se niega a disiparse.
Cinco. En un mundo en el que muchos se exhiben en redes, él prefiere vivir tranquilo, apartado, sin ruidos. Leí en algún sitio que le gustaría vivir a lo Robinson Crusoe, en una cueva, seguramente, observando a la humanidad para seguir componiendo los espléndidos personajes que hace suyos con esa energía tan única, tan múltiple, tan vulnerable. Pedro Casablanc es un artista que sabe que la actuación es crear, no exhibirse, no mostrar artificios vacuos en busca del aplauso fácil. Lo suyo es más audaz: es más humano, más sutil, más auténtico. Es un alquimista de emociones discretas, un tejedor de realidades suspendidas que, sin embargo, nos resultan dolorosamente familiares. Pedro Casablanc no solo actúa. Crea vida. Y eso lo convierte en un imprescindible en el gran relato del cine español.
Licenciado en Historia y Comunicación, Miguel Ángel Oeste (Málaga, 1972) ha reeditado recientemente en versión revisada Perro negro (antes, Far Leys, 2014), en torno a la figura del malogrado genio del folk británico Nick Drake. Es autor de las novelas Bobby Logan (Zut, 2011), Arena (Tusquets Editores, 2020), que obtuvo el Premio Memorial Silverio Cañada en 2021, y Vengo de ese miedo (Tusquets Editores, 2022, premio Finestres de narrativa en 2023). También le asiste experiencia en el ámbito de la literatura infantil y juvenil con los títulos Carlota quiere leer (Anaya, 2020) y Sofía, la hormiga sin antenas (Anaya, 2022). Forma parte del Comité de Dirección de cine del Festival de Málaga y es director de la Semana de Cine de Melilla.