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#VozEnOn


 

 Un actor con miles de hijos

   

MIGUEL ÁNGEL OESTE

     

           

Ilustración: Luis Frutos

 

Uno. A pesar de los desengaños de una profesión tan vulnerable, Lucio Romero, si naciera de nuevo, volvería sin duda a dedicarse a la interpretación, a dar vida a cualquier tipo de personaje, pues lo lleva en la sangre. He conocido a pocos actores tan emocionales y apasionados como Lucio Romero, y además con tantos hijos, que es como llama a sus miles de carteles de cine, que le han brindado compañía y felicidad.

 

Dos. Este actor de sangre nació en la calle San Juan de Málaga en 1933. Hijo de carnicero (“y a mucha honra”, como muchas veces ha indicado), soñó desde muy pequeño que se quería dedicar al teatro, al cine y la televisión. A pesar de las dificultades propias de la época consiguió cumplir su sueño de recorrer las tablas de todo el país, trabajar en televisión en Estudio Uno. Historias para no dormir, de Narciso Ibáñez Serrador, y, por supuesto, en cine a las órdenes de Mariano Ozores, Pedro Temboury, Imanol Uribe, José Luis Cuerda, Antonio Banderas, Antonio Mercero o Vicente Aranda, entre otros muchos.

 

Tres. Para este actor y coleccionista de carteles el tiempo está detenido en su sueño de juventud. Quienes le conocen saben que es un actor que sigue desprendiendo la misma pasión. Cada vez que me lo encuentro derrocha entusiasmo por el cine y el teatro. Su otra pasión, el coleccionismo de carteles, resulta igualmente contagiosa. Y es que Lucio Romero contagia alegría y emoción cuando habla de su oficio y de sus carteles.

 

Cuatro. Más de seis décadas dedicadas a sus amores. Más de seis décadas de mimo, delicadeza, fuerza de voluntad para no abandonar el sueño infantil que todavía brota en su sonrisa. Lucio Romero continúa siendo ese niño que recorría las calles de Málaga para hacerse con los carteles de las películas que veía, el niño que se imaginaba en la pantalla, el niño que declamaba un texto en un escenario, el niño que idolatraba el arte de la ficción para transmitir emociones. Un niño que siempre quiso ser lo que ha sido y sigue siendo.

 

Cinco. Lucio Romero no se ha cansado de repetir que ambas pasiones son las únicas que recuerda. Que jamás quiso ser nada diferente. De ahí que este intérprete de sangre se proyecte desde sus papeles teatrales, como No somos Romeo ni Julieta, por el que obtuvo su primer premio en 1968; y en sus papeles cinematográficos, como el entrañable abuelo que compone en El camino de los ingleses, pero también, cómo no, en cada uno de los carteles que ha ido atesorando. Con independencia del cartel, él valora a todos de la misma manera, porque sabe que muestran algo irrecuperable, una memoria que Lucio Romero ha sabido rescatar, cuidar y preservar con extremo primor y esmero.

 

Seis. Lucio Romero es un actor eterno. Siempre estará activo. Siempre soñará y luchará por hacer el mejor papel posible. Para él no hay papeles pequeños. Todos son grandes. Guarda gratos recuerdos de Fernando Fernán-Gómez y José Sazatornil “Saza”, quienes, junto a otros grandes como Luis García Berlanga o Alfredo Landa, también han expresado palabras de gratitud hacia él. Palabras que reconocen su amor por el coleccionismo de carteles y su talento para dar vida a cualquier tipo de personajes. Personajes que Lucio Romero convierte en inolvidables.

 

           

                                                                                                 
                            
                        

                  
                  

Licenciado en Historia y Comunicación, Miguel Ángel Oeste (Málaga, 1972) acaba de reeditar en versión revisada Perro negro (antes, Far Leys, 2014), en torno a la figura del malogrado genio del folk británico Nick Drake. Es autor de las novelas Bobby Logan (Zut, 2011),  Arena (Tusquets Editores, 2020), que obtuvo el Premio Memorial Silverio Cañada en 2021, y Vengo de ese miedo (Tusquets Editores, 2022, premio Finestres de narrativa en 2023). También le asiste experiencia en el ámbito de la literatura infantil y juvenil con los títulos Carlota quiere leer (Anaya, 2020) y Sofía, la hormiga sin antenas   (Anaya, 2022). Forma parte del Comité de Dirección de cine del  Festival  de Málaga y es director de la Semana de Cine de Melilla

       

           

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