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#VozEnOn


 

 Escribir películas, escribir la vida

   

MIGUEL ÁNGEL OESTE

     

           

Ilustración: Luis Frutos

 

Uno. Cuando le preguntaron a Orson Welles quiénes eran sus tres directores favoritos, respondió: “John Ford, John Ford y John Ford”. Pero al autor de Centauros del desierto lo vilipendiaron los críticos en Europa durante bastante tiempo, además de acusarlo de fascista. Menos mal que esos tiempos de ceguera sobre sus méritos cinematográficos ya han pasado y se le considera uno de los grandes cineastas de la historia del cine. El tiempo agiganta la emoción de sus películas, la hondura de sus personajes y la potencia visual con la que narraba. ¿A qué viene esto de John Ford, se preguntará algún lector? Podría haber hablado también de Luis Buñuel o Luis García Berlanga o Pedro Almodóvar u otros cineastas españoles que, en ocasiones, también han sido criticados sin siquiera detenerse a mirar cómo eran realmente sus películas. Sus nombres, de alguna manera, están en el diálogo público. Sin embargo, cuando en un acto alguien suelta eso de que esta o aquella película española tiene un guion que no funciona, o directamente se alude a la temeraria afirmación de que el guion es malo, mi perplejidad sube hasta la luna y me lleva a recordar que los periodos de ceguera siguen presentes.

 

Dos. Cuando sucede algo así, y les aseguro que he vivido algunas situaciones de este tipo, suelo preguntar si recuerdan quién o quiénes son los guionistas de ese texto. Ya saben que el cine, arte popular, es una expresión colectiva, aunque tenga una evidente autoría, cosas de la Nouvelle vague. Pues bien, en la mayoría de los casos no suelen recordar ni saben decir los nombres del guionista. Me resulta increíble que alguien exprese una opinión sobre un guion sin saber quién lo escribió. Si en efecto la película no le interesa por su escritura, qué mínimo que saber el nombre o nombres de los guionistas. Y, sobre todo, porque a veces lo maniqueo, la superficialidad, lo explicativo, cómo se enfrenta a los conflictos de la historia que vemos no solo son responsabilidad del guion; influyen muchos elementos y circunstancias, algunas, claro, azarosas. Y eso sin entrar en el debate de si todo el mundo está capacitado para opinar con criterio sobre un guion.

 

Tres. Rafael Azcona, Joaquín Oristrell, Julio Alejandro, Lola Salvador, Rafa Cobos, Fernando Navarro, Marina Parés, Diego San José, Isa Campo, Isabel Peña, Sara Cano, Paula Fabra, Virginia Yagüe y muchos otros guionistas han escrito estupendos guiones, muy diferentes en fondo y forma, proponiendo caminos dispares en los que adentrarse. Este panorama heterogéneo habla, en parte, de que es la sociedad la que genera historias. Y, por tanto, el desafío está no solo en el nivel cultural (que también), sino en la exigencia de cada guionista. Si durante un tiempo se menospreciaba el cine español con el apelativo de “españolada”, hoy, cuando se alude a la falta de originalidad de los guiones y de los tópicos que muestran, tal vez habría que mirar y no obviar a esta sociedad adocenada en la que nos encontramos inmersos.

 

Cuatro. Quizás esta es una apreciación que algunos consideran cuestionable. Pero no creo que casi nadie, si lo medita con calma, no esté de acuerdo en que vivimos en una sociedad más evidente, más precipitada, más congestionada; donde la agudeza, la provocación intelectual y lo estético tanto moral como en materias de emociones se diluyen en busca de éxitos y mercados que nada tienen que ver con lo narrativo; tampoco, por supuesto, con lo cultural. Y si las historias las genera la sociedad, esas historias están marcadas por ella de algún modo.

 

Cinco. A pesar de esta postura pesimista, el cine español se encarga de proponernos guiones memorables que se traducen en películas y series que nos interpelan como ciudadanos y como personas para preguntarnos sobre los misterios que nos preocupan a todos, radiografiando el mundo y sus relaciones fuera de los tópicos, con sinceridad, intención y ese talento que las hace únicas. Podría poner muchos ejemplos: Barrio, de Fernando León de Aranoa; Verano 1993, de Carla Simón; Crematorio, de los hermanos Sánchez-Cabezudo; Querer, de Alauda Ruiz de Azúa y tantas que demuestran la solidez de los guionistas españoles al contar historias universales que nos incumben. 

 

Seis. Quizás todo sea más simple. Quizás, al igual que se dice que todo español tiene un entrenador dentro, también tiene un guionista. Más que nada, porque la vida misma la contamos o la queremos contar como una buena película, aunque la vida, normalmente, no tiene los puntos de giro de un guion.

           

                                                                                                    
                            
                        

                  
                  

Licenciado en Historia y Comunicación, Miguel Ángel Oeste (Málaga, 1972) ha reeditado recientemente en versión revisada Perro negro (antes, Far Leys, 2014), en torno a la figura del malogrado genio del folk británico Nick Drake. Es autor de las novelas Bobby Logan (Zut, 2011),  Arena (Tusquets Editores, 2020), que obtuvo el Premio Memorial Silverio Cañada en 2021, y Vengo de ese miedo (Tusquets Editores, 2022, premio Finestres de narrativa en 2023). También le asiste experiencia en el ámbito de la literatura infantil y juvenil con los títulos Carlota quiere leer (Anaya, 2020) y Sofía, la hormiga sin antenas   (Anaya, 2022). Forma parte del Comité de Dirección de cine del  Festival  de Málaga y es director de la Semana de Cine de Melilla.                        

       

       
             

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