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#VozEnOn


 

 En busca de la memoria

   

MIGUEL ÁNGEL OESTE

     

           

Ilustración: Luis Frutos

 

Uno. La programación en Filmin y Movistar de la última película de Nacho Vigalondo, Daniela Forever, que pasó por Toronto y Sitges, habla en cierto modo de la reconstrucción de la memoria a partir de la pérdida. Y lo hace desde la puesta en escena, la estructura y el uso de formatos diferentes para reflexionar sobre el amor (por tanto, también sobre el duelo) y sus bifurcaciones de ese tiempo compartido hasta que se pierde o se rompe inesperadamente. En realidad, la visión de este largometraje va más allá de todo esto y se inserta en gran parte en los confusos deseos de esta época huérfana. De ahí la potencia de una película soñada que nos zarandea en la pesadilla actual donde lo humano se refugia en lo artificial.

 

Dos. Nacho Vigalondo es un cineasta original, pop, con una impronta única trufada de distintas expresiones y géneros populares que se combinan con deseo y fascinación. No es raro encontrar en su cine una veta reminiscente a David Lynch, a Michael Gondry, a Alain Resnais, a Philip K. Dick, a Frank Miller… y podríamos seguir hasta completar varias hojas. Pero lo relevante del autor de Extraterrestre no son las influencias ni los ecos, es el tejido vivo e interpretativo de sus imágenes. Unas imágenes que nos desafían desde las emociones y sentimientos más universales.

 

Tres. “¿No es un pecado pinchar con el ordenador?”, pregunta al comienzo de Daniela Forever Beatrice Grannó (que da vida a la propia Daniela). Una cuestión más relevante de lo que parece, pues enlaza con lo artesanal mismo, con lo tangible de las zonas etéreas de cualquier ser humano. “La verdad es que sí”, responde a la pregunta Henry Golding (Nicolás, un dj que se enamora de Daniela y la perseguirá en sueños que se transformarán en pesadillas). Daniela Forever nos interpela desde líneas de diálogo en apariencia naturalistas, como una fábula que desnuda el alma de los dos protagonistas y, por extensión, la del espectador, con una mirada siempre asombrosa sobre los sentimientos y los vínculos que se establecen.

 

Cuatro. Inmersión profunda en las células de la ciencia ficción, de lo weird, de la comedia romántica, del terror, de la fábula alucinada para desmontar los juicios que rigen las existencias y los discursos sobre lo que es arte y no lo es, sobre la narración y la fortaleza de los géneros y la cultura popular como máquina que radiografía lo más hondo de nuestro espíritu, aquello que se esconde en el rincón más alejado y recóndito de nuestra personalidad. Nacho Vigalondo lo consigue mediante el uso de la puesta en escena y la utilización de formatos (Betacam y digital) para ir en búsqueda de lo que somos, es decir, de la memoria, con lo que implica de ficción y realidad, o de ni una ni otra, para afrontar el tiempo que nos queda, la muerte y un control que también tiene mucho de ficción y realidad, o de ni una ni otra, porque acaso la película se maneja precisamente en los recuerdos, quizás el mundo más creíble que podemos habitar llegado un momento determinado de nuestra vida, al que siempre se acude, solo o acompañado, un mundo creíble, plagado de diálogos veraces, de escenas que se pueden construir con los detalles correctos, imágenes en movimiento que se pegan a lo que somos frente a la inmovilidad más absoluta.

 

Cinco. Solo por la desafiante propuesta de Nacho Vigalondo vale la pena acercarse a Daniela Forever. Una película en la que las distintas artes: el cine, la literatura, la música, los cómics… desmontan desde ese futuro que nos venden con inteligencia artificial a un pasado o presente desde el que siempre se ha mirado con condescendencia los caminos populares del arte.

 

Seis. Por estas razones, y muchas más, esta historia de amor y muerte da miedo, saca la sonrisa, transmite ternura, emociona… Porque se atreve a explorar ese territorio al que acudimos todos a medida que cumplimos años.

           

           

                                                                                                 
                            
                        

                  
                  

Licenciado en Historia y Comunicación, Miguel Ángel Oeste (Málaga, 1972) acaba de reeditar en versión revisada Perro negro (antes, Far Leys, 2014), en torno a la figura del malogrado genio del folk británico Nick Drake. Es autor de las novelas Bobby Logan (Zut, 2011),  Arena (Tusquets Editores, 2020), que obtuvo el Premio Memorial Silverio Cañada en 2021, y Vengo de ese miedo (Tusquets Editores, 2022, premio Finestres de narrativa en 2023). También le asiste experiencia en el ámbito de la literatura infantil y juvenil con los títulos Carlota quiere leer (Anaya, 2020) y Sofía, la hormiga sin antenas   (Anaya, 2022). Forma parte del Comité de Dirección de cine del  Festival  de Málaga y es director de la Semana de Cine de Melilla

       

           

       

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