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#VozEnOn


 

 Proyecto: sinónimo de sueño

   

MIGUEL ÁNGEL OESTE

     

           

Ilustración: Luis Frutos

 

Uno. Un proyecto es un sueño. Da lo mismo que ese proyecto termine realizándose o no. Sé que suena raro. Pero mientras dura ese proyecto el sueño sigue, la ilusión no se desvanece, silba la banda sonara de una película épica. También da igual que se trate de un encargo o de un viaje personal. Empezar algo es el inicio de una ensoñación. Uno puede decir eso de “Tengo un sueño”. De repente las cosas, las perspectivas, los obstáculos, el foco en el que se pone la mirada cambian. Cuando uno es joven siente la vida como un guion por escribir. Ese guion es el proyecto, el sueño, o los sueños, que empiezan a escribir sin importar si se materializarán. Simplemente uno entra en ese estado febril de la ilusión. La cabeza se le llena de esa historia (o historias) por escribir.

 

Dos. Tengo amigos a los que les han encargado proyectos, es decir, sueños, que durante meses o años han sido el no va más. Los veía disfrutar mientras hablaban y experimentaban cualquier situación desde el prisma de la historia que estaban escribiendo. De ese modo, transformaban su vida y la de los personajes a los que daban sensaciones humanas. Es lo que tienen los guiones, que te implicas desde la respiración, terminas por confundir momentos inventados y otros que son igualmente ficticios pero que parecen reales.

 

Tres. Mientras sueñas es fácil emocionarse, tener una sensibilidad más atenta, perder el juicio desde una óptica creativa. La sinopsis, el tratamiento, la estructura, las primeras versiones, la charla con productores y compañeros, todo forma parte de ese sueño que se agranda. El estudio de los personajes da paso a nombres de actores y actrices. A veces coinciden con los rostros que uno pensó al escribir tal o cual personaje, otras no. ¿Y qué más da? Es un proyecto. Es un sueño. Alguien ha diseñado el personaje de una mujer madura, con experiencia. Pero de repente una voz en la sala dice que por qué no se le rebaja la edad a ese personaje; es un primer borrón en el sueño; no pasa nada, ¿verdad?, dice la persona que sugiere el cambio, la persona que acaba de leer el texto, y adorna sus palabras en un discurso de marketing que hace que el sueño empiece a nublarse parcialmente. Luego otro dice que la elección del actor principal no está gustando en tal o cual redes, que si es estrábico, que si no se parece al anterior, que si tal vez no deberían replantearse el proyecto, el sueño que lleva años soñando esa mente con amor por la epifanía. Entonces los presentes miran a los que han estado junto al proyecto todo ese tiempo. Los que se supone que lo viven. Ellos no quieren que se acabe ese tránsito, se han pasado muchas horas, muchos días, muchas semanas, muchos meses a la búsqueda del sueño. De manera que se sigue. Hasta que hace ¡BOOM!, como una onomatopeya.

 

Cuatro. Sí, ¡BOOM! Después de ese tachón aparecen otros. Y los que empezaron el sueño empiezan a sentirse fuera de sí. Sienten que se desdoblan. Ellos soñaron con el Steve Carrell, de The Office, pero los otros hablan de una película grave al estilo Lars Von Trier o de Zack Snyder. ¿O acaso es al revés? Todo se confunde. Todo se disipa. Entonces el del marketing dice que en Hollywood siempre ha sucedido eso. Siempre han ocurrido peleas históricas por los papeles. ¿Eso qué tiene que ver con nuestro proyecto?, se atreve a decir uno de los soñadores, en concreto, el soñador. El de marketing habla y habla y habla, con gráficos e incidencias e intereses poniendo ejemplo de redes y miles de seguidores que tienen X y Z. La marea del averno de opinadores que se cuelan en el sueño y en los sueños.

 

Cinco. Tampoco los soñadores son ingenuos. Conocen el riesgo. Saben a la perfección que el sueño se puede convertir en pesadilla. El guionista o guionistas están meses con el proyecto, ese sueño que han construido con amor. Y sí, llega el insomnio, tan extendido en la sociedad contemporánea. El insomnio con sus ojeras y su irascibilidad y la negrura de esa ensoñación a la que le empiezan a restar el idilio del camino que con tanto mimo se ha elaborado durante tanto tiempo. Y en una hora o un día o una semana el proyecto comienza a emborronarse, a ser otro, a no entenderse, a tener cataratas. Y los soñadores empiezan a dudar. Acaso unos minutos o incluso días o semanas, pero luego se ponen de nuevo de viaje, se embarcan en el proyecto, creen, siguen persiguiendo el sueño, en búsqueda, en ebullición, contra viento y marea, mirando al cielo, creyendo que el vibrante vuelo de Superman es una realidad que se sueña en la bondad de cada acto del personaje y en la música e imágenes que nos cautivan con un impulso vitalista y sensorial. Un sueño que cautiva el vibrante espíritu de un mito que solo se siente mirando al cielo.

           

           

           

                                                                                 

                            
                        

                  
                  

Licenciado en Historia y Comunicación, Miguel Ángel Oeste (Málaga, 1972) ha reeditado recientemente en versión revisada Perro negro (antes, Far Leys, 2014), en torno a la figura del malogrado genio del folk británico Nick Drake. Es autor de las novelas Bobby Logan (Zut, 2011),  Arena (Tusquets Editores, 2020), que obtuvo el Premio Memorial Silverio Cañada en 2021, y Vengo de ese miedo (Tusquets Editores, 2022, premio Finestres de narrativa en 2023). También le asiste experiencia en el ámbito de la literatura infantil y juvenil con los títulos Carlota quiere leer (Anaya, 2020) y Sofía, la hormiga sin antenas   (Anaya, 2022). Forma parte del Comité de Dirección de cine del  Festival  de Málaga y es director de la Semana de Cine de Melilla.                         

     
     

        
      

            

       

       

       

            

            

       

       

       

       

       

       

           
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